Distracción en 4K

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Gojo se coge a una tetona.

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18+

Capítulo 1

El televisor de ochenta pulgadas era una verdadera pérdida de dinero en ese momento. Satoru Gojo, un hombre que normalmente obtenía todo lo que quería con solo chasquear los dedos o mostrar una sonrisa arrogante, estaba descubriendo que incluso su legendaria capacidad de concentración tenía un límite biológico, y ese límite tenía el nombre de Elena y el tamaño de sus tetas.

En la penumbra de la sala, la única fuente de luz era el resplandor azulado y parpadeante de una película de acción pretenciosa que Satoru había puesto como simple ruido de fondo. No sabía de qué trataba. No le importaba. Su mirada, aguda y hambrienta, estaba clavada en el perfil de la mujer sentada a su lado en el sofá de cuero marrón. Elena estaba con un brazo alzado, la mano hundida en su cabello oscuro en un gesto de distracción o cansancio, una postura que obligaba a su espalda a arquearse y a su pecho a proyectarse hacia adelante de una manera que Satoru solo podía describir como un insulto a su autocontrol. Llevaba una camiseta de tirantes de algodón gris, una prenda que claramente estaba librando una batalla perdida contra las leyes de la física. La tela, estirada hasta el punto de volverse casi traslúcida en los puntos de mayor tensión, delineaba la curva pesada y masiva de sus tetas, que se mecían levemente con cada una de sus respiraciones.

Satoru tragó saliva, sintiendo cómo su propia garganta se secaba. Su pene, ya dura y pulsante contra la costura de sus pantalones de diseño, exigía una liberación que la película no iba a darle.

—¿Te gusta lo que ves, Satoru? —La voz de Elena rompió el silencio, cargada de una suficiencia que lo hizo gruñir.

Ella ni siquiera se giró para mirarlo, manteniendo esa postura que tensaba su escote, haciendo que la hendidura entre sus tetas pareciera un cañón profundo y oscuro donde él quería enterrar la cara hasta asfixiarse.

—A decir verdad, me gusta tanto lo que veo que estoy a un segundo de mandar esa pantalla a la mierda, para hacer algo más productivo —respondió él, con su voz descendiendo a un barítono peligroso y rasposo.

No hubo caballerosidad, no hubo juegos de seducción lenta. Satoru extendió una mano, cuyas articulaciones eran grandes y masculinas, y dejó que sus dedos rozaran el costado de la costilla de Elena, justo debajo de donde el peso de su teta izquierda creaba una sombra natural.

Elena soltó un suspiro entrecortado, un sonido que fue como música para los oídos de Gojo. Ella bajó el brazo, pero no para cubrirse, sino para apoyarse en el respaldo del sofá, girando el rostro hacia él con una sonrisa desafiante.

—Vinimos a ver una película, Satoru. Se supone que es un clásico.—

—A la mierda el clásico —escupió él, moviendo su mano con decisión.

Sus dedos se cerraron sobre la base de esa masa de carne firme y suave. Satoru soltó un gruñido gutural al sentir el calor que emanaba de ella a través del algodón. Era un volumen obsceno; su mano, a pesar de ser grande, apenas podía rodear la mitad de la circunferencia de una sola de sus tetas.

—Mira esto, Elena. Mira cómo me tienes. No puedo ver ni un minuto de esa basura mientras estas cosas están saltando frente a mi cara, rogando que las atienda.—

Se acercó más, invadiendo su espacio personal hasta que el olor de ella, una mezcla de vainilla, sudor dulce y excitación lo golpeó como un camión. Satoru hundió la nariz en el hueco de su cuello, inhalando con fuerza mientras apretaba su pecho con una rudeza deliberada. Sus dedos se enterraron en la carne blanda, deformando la redondez perfecta del seno, y escuchó el primer gemido real de Elena, un sonido húmedo que indicaba que ella estaba tan empapada como él estaba de duro.

—Estás tan suave aquí... —susurró Satoru contra su piel, usando un lenguaje que sabía que la haría estremecerse—. Tienes tanta carne para que yo me pierda en ella. ¿Tienes idea de cuántas veces he imaginado sacar mi pene y restregarlo por este canal hasta correrme en tu barbilla?—

La mano de Satoru bajó con violencia hacia la entrepierna de ella, sin detenerse ante la tela de sus pantalones cortos. Quería comprobar si su cuerpo estaba tan listo como sus palabras sugerían. Elena jadeó, abriendo las piernas por instinto ante la presión de los dedos de Gojo, que buscaban desesperadamente el calor de su vagina.

—Satoru... —logró decir ella, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo su garganta.

—Dime, Elena. Dime qué prefieres: ¿Seguimos viendo cómo termina la historia de esos idiotas en la tele, o me dejas abrirte de piernas y enseñarte lo que un hombre de verdad puede hacer con todo este exceso de cuerpo que tienes?—

Él no esperó respuesta. Sus labios atraparon el lóbulo de su oreja, mordiéndolo con fuerza mientras su otra mano bajaba el tirante de la camiseta, liberando por fin la primera pulgada de esa piel pálida y caliente que tanto lo había estado torturando.

Satoru no pudo aguantar más la distancia. Sus labios chocaron contra los de Elena con una violencia hambrienta, un beso que no tenía nada de tierno y todo de posesivo. Sus lenguas se encontraron en una lucha húmeda, entrelazándose con fuerza mientras el sonido de sus bocas succionándose —¡slurp, muack, tsk!— llenaba el espacio entre los diálogos olvidados de la televisión. Era un beso profundo, cargado de saliva y del sabor metálico del deseo puro. Satoru la sujetó por la nuca, enterrando sus dedos en su cabello, forzándola a abrir más la boca para que él pudiera invadirla por completo. Sin romper el beso, las manos de Satoru bajaron como garras hacia el dobladillo de la camiseta. Con un movimiento brusco, tiró de la tela hacia arriba, y las tetas de Elena saltaron hacia afuera, liberandoce por fin de su prisión.

Satoru se quedó paralizado un microsegundo, sus ojos recorriendo la inmensidad de esa carne pálida que temblaba levemente ante el contacto con el aire frío de la sala. Eran enormes, pesadas, con venas finas y azuladas cruzando la piel translúcida y areolas oscuras, anchas y rugosas que coronaban los pezones ya erectos.

Satoru no perdió el tiempo. Se abalanzó sobre ellas como un animal hambriento. Hundió la cara entre los dos globos, inhalando profundamente. El olor de ella era embriagador: el aroma natural de su piel mezclado con el ligero rastro de sudor atrapado bajo la tela que acababa de descartar.

—¡Sniff, huff! —Satoru llenó sus pulmones con el aroma de su hendidura. —Hueles a pura perdición, Elena. Hueles a una perra que sabe exactamente lo que me hace.— Comenzó a lamer la base de su teta izquierdo, su lengua larga y caliente trazando círculos lentos, dejando un rastro de brillo salival sobre la piel blanca. —¡Lick, slurp!— Luego, subió hacia el pezón, atrapándolo con los labios y succionando con una fuerza que hizo que Elena arqueara la espalda y soltara un grito ahogado. —¡Chup, chup, chup!— El sonido de la succión era rítmico y obsceno. Satoru usaba sus manos para apretar y moldear el pecho contrario, amasando la carne como si fuera arcilla, maravillado por la forma en que sus dedos se hundían en la suavidad.

—¡Ahhh, Satoru, más fuerte! —gemía ella, golpeando el brazo del sofá con el puño.

Él pasó a la otra teta, dándole el mismo trato, alternando entre mordiscos suaves y lambetazos voraces. —¡Munch, lick!— Mientras su boca trabajaba, la mano de Satoru bajó hacia su propia entrepierna. La erección le dolía, estaba a punto de estallar. Se desabrochó el cinturón con una mano y bajó la cremallera —¡zip!—. Su miembro saltó hacia afuera con un golpe sordo contra su abdomen. Era una pieza de carne impresionante, larga, gruesa y con las venas marcadas como cables bajo la piel tensa. La punta ya estaba supurando un líquido preseminal cristalino que brillaba bajo la luz de la tele.

Satoru se acomodó, sentándose más cerca del borde del sofá para que Elena quedara justo frente a él.

—Mira esto, Elena. Mira cómo me tienes por culpa de estas malditas tetas —dijo él, agarrando su pene por la base y golpeándolo rítmicamente contra la teta de ella.

—¡Thwap, thwap, thwap! — El sonido de la carne caliente chocando contra la piel suave de sus senos era hipnótico.

Elena no necesitó que se lo pidieran dos veces. Se inclinó hacia adelante, dejando que sus enormes tetas colgaran sobre él, y abrió la boca. Satoru agarró su cabeza con firmeza, guiándola.

—Chúpala, perra. Déjala bien empapada.—

Elena envolvió sus labios alrededor de la cabeza de Satoru, succionando con una técnica desesperada mientras él gemía.

—¡Gulp, slurp, gluck!— El sonido de la garganta profunda llenaba la habitación, mezclándose con los gemidos profundos de Gojo. Mientras ella le daba una mamada deliciosa, Satoru aprovechó el volumen de su pecho. Juntó ambos senos de Elena con sus manos, aplastándolos contra su propio pene mientras ella seguía succionando.

Ahora era una doble estimulación: el calor húmedo de la boca de Elena en la punta, y la fricción suave, aceitosa y masiva de sus tetas rodeando el resto del tronco de su polla. Satoru empezó a bombear sus caderas, moviéndose hacia adelante y hacia atrás. —¡Frot, frot, squelch!— El roce de su glande contra la garganta de ella y el contacto de su piel con los pezones de Elena lo estaban volviendo loco.

—¡Eso es, así! —Satoru empezó a masturbarse usando las tetas de ella como si fueran un túnel de carne—. ¡Schlop, schlop, schlop! — El sonido de los fluidos mezclándose, la saliva de Elena goteando desde su boca sobre sus propios pechos y la polla de Satoru deslizándose entre ellos, creaba una sinfonía de absoluta depravación.

Él la agarró del pelo para marcar el ritmo, empujando su cara hacia sus pechos mientras su polla entraba y salía de esa hendidura improvisada. Elena lo miraba desde abajo, con los ojos vidriosos y la boca ocupada, mientras sus tetas se movían violentamente por el ritmo del frote. Satoru estaba perdiendo el control; el contraste entre la suavidad de ella y la dureza de él era demasiado.

—Voy a dejar todo este puto sofá con mi leche para que tú lo limpies con tu lengua, Elena... ¡No pares! —rugió, mientras el sonido de la succión —¡gluck, gluck!— y el frote de la carne —¡splat!— llegaban a su punto máximo.

Satoru Gojo no era un hombre que se impresionara fácilmente, pero la visión de Elena arrodillada entre sus muslos, con los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo y la boca estirada al límite para dar cabida a su grosor, era algo que quería grabar a fuego en su memoria. Ella no lo estaba haciendo por obligación; lo estaba haciendo con un hambre animal, devorando su carne como si fuera la última comida de un condenado.


—¡Gluck, gluck, gurgle! —El sonido que emanaba de la garganta de Elena era profundo y gutural.


Ella no se limitaba a lamer la punta; estaba bajando la cabeza hasta que su nariz se aplastaba contra el vello púbico de Satoru, forzando toda la longitud de su pene dentro de su garganta. Gojo soltó un gruñido bajo con sus manos enterrándose con violencia en el cabello oscuro de ella para controlar el ritmo. Cada vez que ella bajaba, sus enormes pechos, liberados y pesados, golpeaban rítmicamente contra los muslos de Satoru.

—¡Splat, thwack!— El sonido de la carne de sus tetas chocando contra las piernas de él era tan excitante como la propia mamada.

Satoru bajó la vista, viendo cómo la piel pálida de las tetas de Elena se sacudía con cada embestida de su garganta. Las venas en el cuello de la mujer se marcaban por el esfuerzo de no atragantarse, pero ella seguía adelante, sus labios sellándose alrededor de la base de Satoru con una presión que le hacía ver estrellas.

—Eso es, carajo... trágatela toda, Elena —jadeó Satoru, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá.

—Chupa cada gota de ese pre-semen, quiero que me dejes seco antes de empezar siquiera a follar.—

Elena subió la mirada, manteniendo el contacto visual mientras su boca seguía trabajando. Sus ojos estaban nublados de lujuria, y un hilo de saliva mezclado con fluido seminal empezó a escaparse por la comisura de sus labios, goteando directamente sobre la parte superior de su teta izquierda. —¡Drip, splat!— El brillo de la saliva sobre su piel pálida hacía que Elena pareciera una auténtica profesional del vicio.

Ella sacó la polla de su boca solo un segundo, el sonido de la succión rompiéndose con un —¡pop!— húmedo, solo para pasar su lengua por toda la parte inferior, desde los testículos hasta el glande, trazando la vena gruesa que palpitaba como un corazón independiente. —¡Lick, slurp, mmmph!—

—¡Mierda! —Satoru arqueó la espalda, sus dedos tirando del pelo de Elena para obligarla a volver al centro. —No te detengas, sigue usándola. Quiero sentir cómo tus tetas la aprietan mientras me la mamas.—

Elena obedeció con un deleite evidente. Usó sus manos para juntar sus pechos masivos de nuevo, creando un sándwich de carne tibia alrededor del tronco del pene de Satoru. Ahora, mientras ella succionaba la cabeza con una voracidad renovada —¡gluck, slurp!—, el resto del pene de Satoru estaba siendo masajeado por el roce constante de la suavidad de sus tetas, el sonido era una locura de fluidos: —¡Squelch, schlop, slurp!—

Satoru empezó a masturbarse con los pechos de ella, usando la propia saliva que Elena goteaba para lubricar el frote. El calor era insoportable. Cada vez que ella succionaba con fuerza, Satoru sentía que su próstata enviaba descargas eléctricas por toda su columna.

—Me vas a hacer correrme en tu garganta si sigues así, perra.— amenazó Gojo, con la voz rota por el placer. —Tienes una boca de oro y unas tetas hechas para el pecado. No puedo creer que estuviéramos perdiendo el tiempo con esa estúpida película.—

Elena respondió aumentando la velocidad, con sus manos apretando sus propios pechos contra él con tanta fuerza que los pezones se ponían rojos. Ella empezó a mover la cabeza de arriba abajo con un ritmo frenético, haciendo que el sonido de la mamada —¡gluck-gluck-gluck!— fuera lo único que se escuchaba por encima del televisor.

Satoru sintió la primera oleada del orgasmo acercándose. Sus músculos se tensaron, sus pies se hundieron en la alfombra y su agarre en el pelo de Elena se volvió férreo. Ella no se detuvo; al contrario, succionó más fuerte, sus dedos clavándose en los muslos de Satoru como garras, preparada para recibir lo que venía con el mismo hambre con el que había empezado.

—¡Haaaah... Elena, joder! —rugió Satoru, sintiendo cómo su polla palpitaba violentamente, lista para disparar. —Quédate así… Elena… No te muevas… ni un puto… centímetro… —ordenó Satoru, con su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplicas.

Se posicionó justo frente a ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás mientras él sujetaba su cabello con el puño izquierdo, enrollando los mechones oscuros alrededor de sus dedos para tener un agarre firme. Con la mano derecha, guio su polla, que palpitaba con una urgencia dolorosa, hacia los labios de ella.—¡Gluck! —El sonido de la primera embestida fue seco y contundente. Satoru no fue amable. Empezó a follarle la garganta con un ritmo salvaje, aprovechando que ella estaba atrapada contra los cojines del sofá. Cada empuje de sus caderas era profundo, haciendo que la punta de su miembro golpeara el fondo de su garganta. —¡Gag, gluck-gluck, splat!— Elena intentaba absorberlo, sus ojos se ponían en blanco y las lágrimas de puro instinto biológico empezaron a rodar por sus mejillas, pero no se apartó. Al contrario, sus manos agarraron los muslos de Satoru, ayudándolo a profundizar el contacto.

—¡Eso es, puta, trágatela toda! —rugió Satoru, aumentando la velocidad. El sonido de su carne chocando contra la cara de ella era rítmico y obsceno.

—¡Thwap, thwap, thwap!— La saliva de Elena, abundante y espesa, lubricaba el eje de Satoru, deslizándose por su barbilla y goteando directamente sobre sus pechos masivos, que se sacudían con cada impacto. Satoru soltó el cabello de ella por un momento solo para usar ambas manos y apretar sus tetas contra el tronco de su polla mientras seguía embistiendo su boca. La fricción era total.

—¡Squelch, schlop!— El calor de la garganta de Elena combinado con la presión de sus senos lo estaba llevando al límite absoluto. Podía sentir las contracciones en la base de su miembro; el orgasmo estaba golpeando la puerta con una fuerza violenta.

—¡Me voy a correr, Elena! ¡Abre bien esos ojos y mírame! —gritó, su voz rompiéndose por el placer.

Con un último empujón que la hizo atragantarse —¡gluck-ack!—, Satoru se retiró justo a tiempo. Su polla saltó libre de su boca, vibrando con una intensidad eléctrica, y el primer chorro de leche caliente y espesa salió disparado con una fuerza increíble.

—¡Splat! —El primer disparo golpeó directamente en la mejilla de Elena, salpicando su ojo.—¡Splat, splat! —Los siguientes chorros cubrieron su nariz, su boca entreabierta y se perdieron entre los mechones de su cabello oscuro que caían sobre su frente.

Satoru no se detuvo; agarró su miembro con fuerza y dirigió el resto de su descarga hacia abajo. El líquido blanco y denso cubrió la extensión de sus tetas, decorando la piel pálida con hilos viscosos que se deslizaban lentamente hacia el canal de su escote. —¡Drip, splat!— Elena se quedó inmóvil, respirando con dificultad, con la cara y el pecho cubiertos por el rastro de la victoria de Satoru.

Él se quedó ahí, de pie, jadeando, viendo cómo su propia marca goteaba desde el cabello de ella hasta la punta de sus pezones. La televisión finalmente llegó a los créditos, inundando la habitación con una luz blanca que resaltaba el desorden que habían creado.

—Ni siquiera sé de qué trataba la maldita película —susurró Satoru con una sonrisa arrogante, limpiándose un rastro de saliva de la mano mientras admiraba el cuerpo de Elena, arruinado y hermoso. —Pero joder, este final ha sido mucho mejor.—

Satoru se quedó allí, de pie, con los pulmones ardiendo y esa sonrisa de suficiencia que solo un hombre que acaba de vaciarse por completo puede lucir. Elena seguía hundida en el sofá, decorada de pies a cabeza con el "brillo" del éxito de Gojo. Tenía un mechón de pelo pegado a la frente por la viscosidad, y un hilo de leche bajaba lentamente desde su clavícula hasta perderse en el abismo de su escote.

—Bueno —soltó Satoru, rompiendo el silencio post-coital con un tono ridículamente casual mientras se sacudía la última gota—. Tengo que admitir que esa fue la mejor crítica de cine que he dado en mi vida. Cinco estrellas, Elena. Repetiría la función mañana mismo.—

Elena intentó articular una respuesta, pero cuando abrió la boca, solo soltó un sonido húmedo —¡splat!— porque un poco de semen acumulado en su mejilla decidió resbalar justo hacia su labio inferior. Ella lo escupió con una mueca, limpiándose con el dorso de la mano.

—Eres un animal, Gojo. Mira mi pelo... —protestó ella, aunque sus ojos todavía brillaban con esa chispa de satisfacción—. Se va a quedar como cartón piedra en diez minutos.—

—¡Eh, es producto, de la estética de la más alta calidad! —se mofó él, buscando a tientas sus calzoncillos por el suelo—. Deberías cobrarme un extra por el tratamiento capilar. Es orgánico, rico en proteínas y…—

¡Bip, bip, bip!

El sonido estridente del microondas en la cocina los sobresaltó a ambos. Satoru se quedó congelado, a medio camino de subirse los pantalones.

—¿Pusiste palomitas? —preguntó Elena, parpadeando con incredulidad mientras intentaba despegarse un pezón del cuero del sofá.

—Sí... antes de que decidieras que tus tetas eran más interesantes que la trama.— respondió Satoru, soltando una carcajada—. Mierda, Elena, hueles a sexo y a mantequilla artificial. Es una combinación peligrosamente adictiva.—

Gojo caminó hacia la cocina, completamente desnudo y con el rastro de la batalla todavía visible en su piel, moviéndose con esa arrogancia natural. Regresó un minuto después con el bol humeante, sentándose de nuevo al lado de ella, ignorando por completo que ambos estaban cubiertos de fluidos.

—¿Quieres? —le ofreció, extendiendo una palomita hacia la boca de ella. Elena lo miró como si estuviera loco, luego miró su propio pecho cubierto de blanco y finalmente aceptó la palomita con un suspiro.

—¡Crunch!——Satoru, hay una gota de... bueno, de ti... a punto de caer dentro del bol —señaló ella con una risa contenida.

Él miró hacia abajo, vio el desastre y simplemente se encogió de hombros con una sonrisa pícara.

—Sazonador extra, nena. No te quejes. Además —añadió, señalando la pantalla donde los créditos seguían rodando—, todavía no me has dicho quién era el asesino. Aunque, honestamente, después de cómo te he dejado la garganta, creo que el asesino he sido yo y el arma del crimen está ahora mismo intentando no pegarse a tus muslos.—

_Cállate y pásame una servilleta, imbécil —rio Elena, lanzándole un cojín que, por supuesto, terminó manchado también.

—Nop. Primero terminamos las palomitas —decretó Satoru, acomodándose y pasando un brazo por encima de los hombros pegajosos de ella. —Y luego, tal vez, si te portas bien, te ayudo a "limpiar" esas tetas en la ducha. Pero te advierto, soy un limpiador muy meticuloso.—

Elena rodó los ojos, pero se acurrucó contra su costado sudado, masticando palomitas y aceptando que la noche de "cine" había sido un desastre absoluto, sucio, sexy y ridículamente divertido.