Erase una vez en la mafia

All Rights Reserved ©

Summary

Ella sólo quería una vida sencilla. Un hogar pequeño. Un futuro lejos del peligro. Pero cuando el hombre más temido de la ciudad decide que le pertenece, su realidad cambia para siempre. Encerrada entre el lujo y las sombras de un imperio criminal, deberá aprender a sobrevivir en un lugar donde el poder se impone, la lealtad se pone a prueba… y el amor puede ser tan peligroso como una bala. En un juego donde nadie es completamente inocente, confiar puede costarlo todo. Érase una vez en la mafia es una historia de tensión, deseo y secretos, donde el mayor peligro no siempre es quien sostiene el arma… sino quien logra tocar tu corazón.

Status
Ongoing
Chapters
49
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

La Amante

Dicen que la mafia no es violencia, que es honor, familia, lealtad; que es un apellido que se pronuncia en voz baja y con respeto, un pacto antiguo sellado con sangre y silencio.

Dicen que es orden en medio del caos, un lenguaje secreto que solo los iniciados comprenden, una mano invisible que sostiene a los suyos cuando el mundo se vuelve hostil.

Lo que no dicen es cómo te mira cuando decide que eres suya.

Porque la mafia no entra en tu vida con un disparo; entra con una promesa. Se desliza como seda negra, te rodea con paciencia, te susurra que contigo será distinta, que te protegerá del mundo, que te dará poder, que te convertirá en algo más grande que tus propias limitaciones. Y por un instante —breve, brillante, vertiginoso— le crees, porque la adrenalina se confunde con destino y el peligro se disfraza de pasión.

Te hace sentir invencible. Intocable. Elegida.

Hasta que un día comprendes que no eras invitada.

Eras propiedad.

La mafia no ama: posee. No protege: encierra. Y cuando decide que te necesita, no pregunta. Toma.

Se convierte en una amante caprichosa que promete eternidad mientras afila las cadenas.

Lucía aún no lo sabía. Pero esa tarde, cuando el hombre de traje oscuro cruzó la puerta del café, la amante ya la había elegido.

Y la mafia nunca elige dos veces.


El café olía a pan recién horneado, a leche caliente y a lluvia vieja, como si la humedad se hubiera quedado atrapada en las paredes desde la mañana. Afuera, el cielo se sostenía en una luz gris que volvía todo más lento, como si el día no tuviera prisa por terminar. Las mesas estaban casi llenas; voces bajas, cucharitas golpeando tazas, el tintinear ocasional de un plato al volver a su sitio componían esa música doméstica que, para Lucía, significaba normalidad.

Estaba limpiando una mesa junto a la ventana cuando lo sintió. No fue el sonido de la puerta, sino algo más sutil: una variación en la atmósfera, una leve presión en el aire, como si el lugar entero hubiera retenido el aliento durante un segundo sin que nadie más lo notara. Una pausa imperceptible, pero real.

Entonces alzó la vista.

El hombre que acababa de entrar no parecía buscar asiento ni revisar el menú. Se movía con la calma de quien no necesita pedir permiso para existir. Traje oscuro, impecable, sin una sola arruga; el abrigo doblado sobre el brazo como si el frío fuese un detalle menor. El cabello peinado hacia atrás con una precisión que no hablaba de vanidad sino de disciplina. La mandíbula firme, la mirada fija, no curiosa sino decidida.

No sonrió, pero tampoco lo necesitaba.

Lucía bajó la vista al trapo húmedo, como si la cubierta de la mesa se hubiera convertido de pronto en el asunto más importante del mundo. Se obligó a respirar igual que siempre, a moverse igual que siempre, a no concederle el privilegio de alterar su ritmo. Su turno llevaba horas y sentía el peso dulce del cansancio en los brazos, una fatiga tibia que le gustaba porque significaba que al final del día habría pan con aceite, tal vez un chocolate para Maya si lograba ahorrar lo suficiente, y una cama compartida en la que su hermana se dormía rápido, segura, con esa confianza que solo tienen los niños cuando creen que el mundo todavía es bueno.

La campanilla de la puerta sonó tarde, como si se arrepintiera de haber anunciado su llegada.

“Buenas tardes”, dijo él.

La voz no era grave por esfuerzo; era grave porque sí, porque provenía de un lugar donde la duda no tenía espacio.

Lucía levantó la cabeza. La distancia entre ambos era corta: dos mesas, una silla, un pasillo estrecho. Lo suficiente como para advertir que sus ojos no recorrían el local ni inspeccionaban los precios. Estaban en ella.

No como quien mira, sino como quien registra.

Caminó hacia el mostrador con el mismo paso que con cualquiera. Tomó una libreta y sostuvo el lápiz con firmeza.

“Buenas tardes. ¿Qué es lo que desea?”

Él inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo que no era exactamente cortesía, sino reconocimiento medido.

“Un espresso.”

Lucía anotó antes de preguntar:

“¿Algo más?”

“No por el momento.”

La respuesta fue inmediata, exacta, sin espacio para conversación innecesaria.

Se giró hacia la máquina. El vapor estalló con un breve silbido y el café cayó en la taza con un hilo oscuro y espeso. Se concentró en lo concreto —la temperatura, el sonido, el movimiento exacto de su mano al colocar el plato— como quien se aferra a un borde para no perder el equilibrio.

Cuando llevó la taza a su mesa, él ya estaba sentado.

No había elegido cualquier sitio. Había tomado la mesa frente a la puerta, de espaldas a la pared, desde donde podía verlo todo sin que nadie lo sorprendiera por detrás. Lucía dejó el espresso frente a él.

“Aquí tiene.”

Por un instante, su mano quedó cerca de la suya. No hubo contacto y, aun así, Lucía sintió el calor como si lo hubiera habido.

Él no tomó la taza de inmediato; la miró a ella, no al café.

“¿Eres española?”

No fue una pregunta curiosa; fue una afirmación envuelta en un interrogante. Él ya lo sabía.

“Sí”, respondió ella, cuidando el tono. “De Valencia.”

Un detalle pequeño, verdadero. Una migaja que no significaba nada… y aun así la hizo sentir expuesta.

“Valencia”, repitió él, como si el nombre tuviera un sabor que quisiera memorizar.

Entonces bebió.

Lucía retrocedió, volvió al mostrador y continuó con su rutina, pero algo en el ambiente había cambiado. Las conversaciones parecían más bajas, las risas menos libres. No porque él hiciera algo visible, sino porque su sola presencia alteraba el equilibrio.

“Lula.”

La voz vino desde la cocina, suave pero urgente.

Lucía giró la cabeza. Maya asomaba por la puerta entreabierta con el cabello recogido sin orden y los ojos demasiado atentos para su edad. Llevaba un delantal enorme que le quedaba como vestido. Siempre insistía en ayudar, aunque su ayuda consistiera en probar el azúcar o en robar pedacitos de masa.

“¿Puedo salir tantito?”, susurró. “Prometo que no estorbo.”

La sonrisa que apareció en el rostro de Lucía fue inmediata y genuina, distinta de cualquier otra que ofreciera a sus clientes.

“No, mi vida. Quédate ahí. Te dije que hoy no.”

“Me aburro…”

“Entonces haz dibujos. O cuenta cucharas. Lo que sea, pero ahí.”

Maya infló las mejillas con dramatismo y Lucía le pellizcó la nariz con suavidad, un gesto pequeño que, para ella, significaba protección.

“Luego te compro un cannolo si te portas bien.”

“¿De pistache?”

“De pistache.”

Maya sonrió y desapareció en la cocina.

Cuando Lucía regresó al salón, el hombre la observaba otra vez. No con interés en la niña, sino con atención hacia el cambio que se producía en Lucía cuando hablaba con ella, como si archivara mentalmente esa diferencia.

Lucía sintió un escalofrío.

Continuó trabajando. Atendió mesas, cobró cuentas, repartió pan, sostuvo conversaciones triviales. Intentó convencerse de que era solo un cliente más. Pero cada vez que levantaba la vista, él seguía allí.

No pedía nada ni hablaba con nadie. No estaba pendiente de su teléfono; tan solo observaba, como quien espera que el otro revele algo sin darse cuenta.

Cuando terminó el espresso, se levantó sin prisa. Dejó el dinero sobre la mesa, más de lo necesario, y se colocó los guantes con un gesto meticuloso.

Lucía no se acercó. Prefirió mantener la distancia; no quería agradecer ni tampoco deber. Por alguna extraña razón, se sentía comprometida y prefirió que la escasa distancia que le ofrecía el café fuera más que suficiente para contener el extraño vaivén que comenzaba a instalarse dentro de ella.

Él se detuvo junto a la puerta y, sin girarse del todo, dijo:

“Volveré.”

No sonó como una promesa.

Sonó como una decisión.

La campanilla tintineó cuando salió y el aire pareció moverse otra vez, como si alguien hubiera liberado una presión invisible. Las voces subieron; las cucharas chocaron de nuevo con normalidad.

Lucía se quedó quieta, el trapo aún entre las manos, mirando la lluvia adherida al cristal.

Quiso tomarse una breve pausa en el espacio y el tiempo porque sintió algo parecido a un presentimiento. No de peligro inmediato, sino de cambio.

Y el cambio —lo supo sin entender cómo— olía a café amargo y a seda negra.