Capítulo 01
Heredero del imperio Kingman, Caleb Reed Johnson Kingman nació bajo la sombra de una traición. Hijo de un agente encubierto que se infiltró en la organización y terminó enamorándose de la princesa Alessandra, Caleb creció entre el lujo, el poder… y la sangre. Desde pequeño fue moldeado para liderar, para desconfiar, para sobrevivir.
Tres años después de su nacimiento, Sharley Christal De Acosta Martínez llegó al mundo en medio del escándalo. Hija de la princesa Sai De Acosta y de su guardaespaldas Richard Martínez, su existencia fue rechazada por los patriarcas de ambas familias tras la muerte de Alessandro Kingman. Sin embargo, con el tiempo, incluso los Kingman tuvieron que aceptar que Sharley también llevaba sangre de imperio en las venas.
Ellos no solo comparten un linaje marcado por la mafia.
Comparten un pasado.
Un secreto.
Un trauma que los unió antes de que supieran lo que era el amor.
En un mundo donde la lealtad se sella con sangre y la traición se paga con muerte, Caleb se ha convertido en el príncipe oscuro de su imperio. Frío. Calculador. Implacable.
Pero hay una sola persona capaz de atravesar su armadura: Sharley.
Ella es la luz que desafía su oscuridad.
La única capaz de mirar al heredero Kingman sin miedo.
La única que conoce al hombre detrás del monstruo.
Pero amar al príncipe de la mafia tiene un precio.
Los enemigos de los Kingman no perdonan debilidades, y Sharley se convierte en el blanco perfecto para destruir a Caleb. Mientras las sombras del pasado resurgen y los secretos amenazan con salir a la luz, ambos deberán decidir si su amor es lo suficientemente fuerte para sobrevivir al mundo que los vio nacer.
Porque en la mafia no existen los finales felices.
Solo sobreviven los que están dispuestos a perderlo todo.
Hace diez años atrás
El disparo rompió la noche.
Sharley no entendía por qué su madre la había empujado al suelo. Solo recordaba el sonido seco, la respiración agitada y el olor a pólvora mezclado con perfume caro.
Tenía cinco años.
Cinco años y ya sabía que en su mundo nadie gritaba.
Nadie lloraba.
Nadie pedía ayuda.
Las luces de la mansión De Acosta parpadeaban mientras hombres armados corrían por los pasillos de mármol. Desde el suelo, con la mejilla contra el frío, Sharley vio sangre deslizarse como una sombra viva.
— No mires — susurró su madre.
Pero ya era tarde.
Al otro lado del salón, un niño observaba lo mismo.
Caleb Kingman.
Ojos oscuros. Silencioso. Inmóvil.
No parecía asustado.
Parecía estar aprendiendo.
Sus miradas se encontraron por primera vez entre el caos.
Dos herederos.
Dos futuros condenados.
Dos niños entendiendo, sin palabras, que el amor en su mundo siempre vendría acompañado de violencia.
Esa noche, algo murió.
Y algo nació.
La oscuridad no los separó.
Los unió.
La noche en que la inocencia murió
La sangre no es tan roja bajo la luz azul de una mansión.
Es casi negra.
Caleb lo aprendió a los ocho años.
Su madre le había dicho que esperara en el despacho.
Que contara hasta cien.
Que fuera valiente.
Caleb siempre era valiente.
Pero cuando llegó al noventa y siete, escuchó el primer disparo.
El segundo fue más cerca.
Y el tercero… fue el que lo obligó a dejar de ser un niño.
Salió al pasillo descalzo, siguiendo el eco de voces alteradas y el olor metálico que comenzaba a invadir el aire. Las puertas estaban abiertas. Los hombres armados no miraban hacia abajo. Nadie esperaba que el heredero estuviera despierto.
Nadie esperaba que entendiera.
Desde lo alto de la escalera vio a su padre. Arrodillado. Con las manos levantadas. Ensangrentado.
Rodeado por hombres de la organización que una vez lo acogió… y que ahora lo miraban como lo que siempre fue: un infiltrado.
Un traidor.
— ¿Lo hiciste por ella? — escupió uno de los hombres—. Te enamoraste y olvidaste tu misión. —
El disparo resonó sin aviso.
La sangre salpicó el mármol.
Caleb no gritó.
No lloró.
No se movió.
Pero entonces alguien lo vio.
Uno de los agentes de la CIA alzó la vista y sus ojos se clavaron en el niño inmóvil en la escalera.
— El hijo. —
Silencio.
El hombre comenzó a subir los escalones lentamente.
Paso.
Paso.
Paso.
Caleb retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Sentía el corazón en la garganta, pero no miedo. No exactamente.
Sentía algo más oscuro.
El agente sonrió.
— No podemos dejar cabos sueltos. —
Y fue entonces cuando ella apareció.
Sharley.
Pequeña. Frágil. Temblando detrás de una columna, con los ojos abiertos como si el mundo se estuviera rompiendo frente a ella.
Había visto todo.
El disparo.
La traición.
La sangre.
El agente levantó el arma hacia Caleb.
Y algo dentro del niño se quebró.
No fue un grito.
No fue una súplica.
Fue instinto.
Tomó el arma que había caído justo delante de sus pies. Sus manos eran demasiado pequeñas. Demasiado inexpertas.
Pero apretó el gatillo.
Una vez.
El disparo explotó en el pasillo cerrado.
El agente cayó hacia atrás con un agujero en la frente.
El silencio fue absoluto.
El eco retumbó como una sentencia.
Sharley lo estaba mirando.
No con miedo.
Con comprensión.
Dos niños de sangre noble en un mundo que devoraba a los débiles.
Caleb bajó lentamente el arma.
Su padre yacía muerto a pocos metros.
El hombre que intentó matarlo también.
Y en medio de ambos cuerpos, el heredero Kingman entendió algo que jamás olvidaría:
El amor traiciona.
La sangre protege.
Y la inocencia es un lujo que los príncipes de la mafia no pueden permitirse.
Sharley dio un paso hacia él.
No dijo nada. No hacía falta.
Desde esa noche compartieron un secreto.
Uno que jamás podría salir a la luz.
Porque si alguien descubría que el heredero Kingman había matado a un agente del gobierno, las cosas jamás volverían a ser las mismas. Ni para él, ni para su madre…
La guerra no sería una amenaza.
Sería inevitable.
Y así, entre cadáveres y silencio, nació lo único más peligroso que el poder:
La oscuridad que los unía.
Aquí empieza la obsesión de una chica inocente con el amor platónico de su niñez.
Nadie será capaz de lidiar con una obsesión sin igual, acaparando la atracción con el chantaje. El secreto jamás estuvo a salvo entre los dos, porque ella hará hasta lo imposible con tal de verlo arrastrarse por ella... Caleb mantiene su secreto como el más sagrado de todos.
Pero jamás contó con la atracción obsesiva de su casi prima, su amiga de la infancia, su familia. Ella mantiene prisionero al príncipe oscuro con el secreto.
🖤 Caleb, 8 años.
🖤 Sharley, 5 años.
Época actual
Una pregunta que lo inició todo.
— Es una chica fea! ¿Cómo puede gustarte una chica sin brillo propio? —
La voz sarcástica de Sharley hace que una sensación extraña recorra el cuerpo de Caleb, quien hasta ahora ha visto a su prima como una niña pequeña e inocente.
¿En qué momento se volvió tan desvergonzada?
¿Acaso es una extraña, donde está la preciosa de mi mejor amigo?
Dato curioso, a los malditos príncipes herederos nos gusta referirnos a nuestras hermanitas como preciosas, y no es que sea una mentira, ellas son las más preciosas que el mundo jamás haya visto. Pero esta chica no es la preciosa que siempre he conocido.
La hermana de mis primos Email y Shawn, es Sharley, la preciosa de ellos, mientras que Sasha también se refiere a su hermana Samara como su preciosa, y, por último, pero no menos importante, mi pequeña hermanita, la niña de mis ojos, Brianna es mi preciosa.
— Estoy preocupado por la belleza interior, quiero ser un ángel, no un cascarón vacío — sonrió ante sus burlas, pero más que eso, acaso mi bella prima ¿está coqueteando conmigo?
Sharley retrocede cuando siente mi presencia ceñirse sobre ella.
— Solo estaba bromeando, digo, no tomes mucho en cuenta de mis palabras — sonrío de lado, quien se cree que es al decirme esas cosas, acaso está diciendo que soy una chica superficial.
— Ella es una preciosura ante mis ojos, así que me alegra que sea fea ante los ojos de alguien más. Soy bastante celoso — me acerco a ella, lo último le susurro al oído.
Aún me parece mentira que ella se estremezca ante mi presencia.
— Idiota, aléjate un poco de mí, cómo puedes estar tan cerca de mi— lo alejo de mi al poner mis manos en su pecho, maldición, es la primera vez que toco a un hombre de esta manera. Tan íntima.
El cuerpo de Caleb irradia fuerza, sus pectorales son como rocas, ¿En qué momento creció tanto este chico?
— Incluso eres mal alto, ¿cuándo creciste tanto? Diablos, eres una torre —
Me burlo de él, se aleja de mí, idiota, acaso me importa que esté tan cerca de mí, él es solo otro más de los chicos de la mansión, ni siquiera es mi primo.
— Los hombres crecen, la verdadera pregunta es, ¿Por qué creciste? Debiste mantenerte niña para siempre, antes eras más linda y tierna — pongo ambas manos en cada lado de su cabeza, la miro directo a sus ojos, si, ella está nerviosa por mí, en el sentido de cortejar a alguien. Así que mi bella prima está interesada en mí, supongo que soy irresistible.
— Imbécil — lo empujo con todas mis fuerzas.








