—CASA DEL CAMBIO—
Decorados macabros pasaron por la casa noble recién abandonada, mientras más y más gente parecía carecer de valor conforme notaban las puntas y astillas en la madera. Entre más y más pasos se daban, menos lógica parecía haber en cómo se distribuyó el lugar, un laberinto, en lo que antes parecía una residencia normal.
—Señorita Aria. —Un movimiento de rata le hizo dirigir la espada y la mirada—. ¿Está segura de que el tal Noche está aquí? —Devolvió la mirada al camino, mientras otro pasillo surgía donde las ratas corrieron.
—Segura. —Encontró el segundo camino y giró al lado opuesto—. Ya se nota su marca por este lado. —Evitó ponerse más nerviosa mientras el dulce pasaba a su boca.
—Aria, deberías ver esto. —Iluminó un poco más la pintura con la antorcha.
En la pintura se veía a alguien familiar, una pareja. El chico de pelo rojo y el uniforme escolar, mientras la chica portaba un vestido mucho más ostentoso, lleno de joyas, mientras caía a lo que parecía el agarre de su presa.
—Pobre Aldo. —Vio en esa pintura un resumen de la vida de ambos.
—¿No fue él quien trajo a Samanta? —El guardia sintió que la pintura estaba al revés, y no pudo evitar una punzada de envidia al chico.
—Sí. —Rememoro un poco, mientras la pintura parecía moverse—. No fue él quien te puso la maldición en un primer intento. —Luego recordó la corte y todo lo demás.
—Si el títere dice algo que no te gusta. —Señaló las cuerdas en la pintura—. Culpas al títere o al titiritero. —Redirigió su indicación a la marca en el cuello del chico, luego a la frente de la chica—. Démonos prisa, este lugar está cambiando de nuevo. —Advertida por el temblor, giró hacia la puerta.
Avisados algo tarde, se pusieron en movimiento, mientras un nuevo temblor parecía enterrarlos en lo profundo; el lugar perdió las puertas y pasillos a los costados, que ascendieron, mientras un pasillo apareció donde antes estaba la pintura.
—Se nos acabó el tiempo. —Aria contuvo la amargura en las palabras—. A esperar. —Susurró para sí misma.
—¿Comemos? —Saco el pedazo de carne seca y le paso uno al guardia y otro a Aria—. O, ¿qué hacemos?
—¿Esperaremos mucho? —Tomo la carne que le ofreció la chica, mientras guardaba la espada.
—Quizá. —Dio el primer mordisco, mientras los recuerdos llegaban a su mente, los planos apareciendo como fantasmas delante de él, poniéndose uno sobre otro, intentando imitar la estructura del laberinto—. O quizá no. —Jugó con los dedos, imitando los movimientos que había visto en el momento, y se dio la vuelta, mirando al lado contrario del pasillo—. No vean ese camino.
—¿Por qué? —Guardó el pedazo de carne en la mochila, mientras seguía el ejemplo de su amiga.
—Se perderá en un rato. —Mordió lo último de la carne; cambiaba el cristal en su collar; el naranja era muy valioso a pesar de la insignificancia del exterior—. No miren mucho al abismo.
—¿Luz? —Mostró el cristal blanco, esperando ser de ayuda. —Verdad.
—Guárdalo, podría sernos útil pronto. —Llevó la diestra al collar donde estaba el cristal.
Extraída la energía del cristal, se formó una esfera del tamaño de la cabeza de su portadora. El brillo rojo daba un toque tétrico a la pared, pero el color rojo pasó a meterse en la mano, corriendo al interior del cuerpo de la chica y saliendo para meterse en el cristal de nuevo, ya no emitiendo el brillo naranja, más bien un brillo rojo.
La esfera en la mano comenzaba a emitir algo de fuego, en una esfera pequeña, pero brillante, que emitía más luz que calor, maravillando al guardia, quien veía en ese acto la maestría de su señora y empleadora en ese caso.
El sonido que venía de atrás lo distrajo lo suficiente para llamar la curiosidad de posibles aliados; se giró levemente, esperando dar la bienvenida, y en su lugar solo pudo sentir miedo al ver las incontables figuras de capucha negra mirándolos, retirándose con prisa al ser visto, a excepción de una cabeza sonriente escalofriante.
Detenido por la mano de su empleadora, se sentó de nuevo, sintiendo que en cualquier momento podrían saltar para atacarlos.
Aun así, desenfundó al completo y habló en susurros.
—Mi señorita, es peligroso quedarse; al menos permítame hacer guardia para protegerlas de eso. —Indicó con la cabeza al pasillo.

—No, la luz se mantiene y no pasarán, no les prestes atención, aun si te tocan. —Intrusiones que sabía el guardia podría tratar, pero le faltaba valor para no correr ella misma—. Concéntrate en la pared, así saldremos de aquí más rápido; ignora todo lo demás.
—Aria, ayuda. —Sintió las manos empezar a abrazarla, mientras seis se posaban en su hombro derecho—. Por favor. —Le costaba contener el pánico, mientras empezaba a llorar del miedo.
—Sian, cálmate e ignóralos, concéntrate en la pared, la luz ya los está eliminando. —Elevo más la luz en su mano y se sentó con más comodidad.
—Sí. —Vio cómo las manos se alejaban, mientras ella misma preparaba el cristal blanco—. Enti… —La izquierda de su amiga la detuvo de continuar con el cambio de cristal.
—No les prestes atención, no hagas nada en su contra, ignóralos, solo mira la pared y empieza a contar cuántos ladrillos hay. —Ella misma notó las manos en sus hombros y cabeza, pero el calor del contacto de la piel con su amiga la tranquilizó un poco. —Yo cuento ochenta. ¿Y tú? —Le devolvió la atención con los ojos cerrados.
—U-uno, do-dos, tres, cuatro, cinco, se…
El nuevo estruendo los liberó de la tensión, mientras sentían su ascenso desagradablemente rápido, en especial por los rostros tan cerca del piso, madera astillada o con restos de comida rellena de gusanos.
Regresando a donde estaban, vieron la pintura de nuevo; el chico y la chica los veían a ellos con miradas desquiciadas de alegría retorcida, con los ojos teñidos de oscuridad.
—Avanzamos. —Corrió hacia la salida a la derecha, rumbo al trono si no se equivocaba. Desconcertada al ver la pintura de antes, pero normal, se dio cuenta del problema—. Ya nos perdimos.
—¿Que? Avanzamos. —Corrió hacia la salida.
A la derecha, rumbo al trono, si no se equivocaba; desconcertada al ver la pintura de antes, pero normal, se dio cuenta del problema.
—Ya nos perdimos —mencionó, agitada por la repentina carrera.
—Pe… pero dijiste que conocías el camino. —Retrocedió un poco al ver el cuadro—. ¿Regresamos?
—Si supiera dónde estamos, sabría dónde está la salida. —Golpeó el marco metálico del cuadro, resignada a esperar.
—Si estuvieran juntos. —El rostro oscuro del piso a la derecha desapareció al mismo tiempo que su voz.
Con incluso más prisa, vio cómo su amiga, o lo que en su momento pensó que era su amiga, se había convertido en una marioneta de cuerpo completo, igual que el caballero.
Hilos de oscuridad los movían desde el techo, que parecía un abismo invertido, hacia el cielo oscuro, en un infinito alarmante. Las paredes de madera parecían difuminarse con la piedra de más arriba, de la oscuridad.
—¿Cuándo? —Ya entendiendo mejor el problema, retrocedió hasta sentir el marco.
La antorcha fue llevada al frente y agarrada como si fuera una espada. Al poco tiempo, ambas marionetas se pusieron en la misma pose, dándole la espalda, como previendo un peligro.
—¿Son reales? —Sintiendo sus sentidos perderse en la distancia, apenas notó el viento moverse a su alrededor.
—Sí. —Las dos figuras de la pintura respondieron al unísono mientras la atrapaban.
La figura, a medio salir de la pintura, Samanta, emitía una risa contagiosa, más propia de una chiquilla traviesa que de una noble de su cargo. La derecha agarró el hombro derecho de la chica, estrangulando el cuello con el antebrazo. La izquierda pasaba por el otro lado del cuello, sujetando el collar y retirándolo a la fuerza por el paso, mientras lo dejaba caer y sujetaba con fuerza el pecho izquierdo.
La imitación de Aldo emitía lágrimas de cristal negro mientras la mandíbula inferior parecía caerse como un muerto ya descompuesto, emitiendo un aroma afrodisíaco. Con la izquierda a las muñecas de la chica, logrando hacerle caer la antorcha y cambiando la mano por grilletes que aún parecían meterse dentro de la manga de color guindo. La derecha tomó el pecho izquierdo y tiró hacia atrás.
Ambas figuras lograron meter a Aria dentro de la pintura, mientras la misma se modificaba en ondulaciones, mostrando a una figura que intenta huir del agarre de ambas figuras que parecían agarrarse a ella como cualquier noble a una mascota amada, en lo que ambos espectadores sintieron era un abrazo lesivo, la forma en que entrecruzaban las extremidades ahora deformadas alrededor de su amiga.
—¡Resista, mi señorita! —Estuvo a punto de cortar la pintura, cuando la chica detuvo el movimiento poniéndose al frente de la misma—. Apártese, señorita Sian, debo liberar a mi señorita de la pintura.
—¡No la mates! —grito, recordando un evento similar en la biblioteca—. Hay que encontrar sus ojos y entonces podremos liberarla.
—¿Ojos? —Vio a la chica asentir y se apartó.
Miró de nuevo a la pintura y encontró que en efecto los ojos faltaban o, mejor dicho, una mano negra retiró el primero y lo alejaba lejos del marco y el otro estaba haciendo lo mismo.
—¿Po-por dónde buscamos? —dirigió su mirada a la única acompañante de esa pesadilla de laberinto.
—No sé. —respondió apenas creyéndose sus propias palabras y rememorando quién sí sabía en la pintura.
Sian intentó recordar más, con las manos apretando sus parietales, intentando recordar más de ese día antes de que a ella misma la metieran en otra pintura y luego la imagen petrificada de una indicación.
—Hacia las manos o jugando —divaga para sí misma mientras siente la pared detrás de ella desaparecer de repente y dejándola caer—. No, otra vez. —Las manos en sus hombros la hicieron entrar en un pánico repentino, mientras intentaba soltarse.
—Señorita Sian, por favor, concéntrese. —Ajito un poco a la chica, mientras recuperaba algo de su calma tras el movimiento de todas las paredes—. La vida de Aria está en juego, concéntrese.
—Las manos, debemos seguir las manos o su dirección. —Recién en ese momento noto cómo el lugar parecía modificarse al punto que de nuevo parecía ese laberinto por el que habían entrado—. Eso es, así las encontraremos, si seguimos las manos. —Convencida por fin de su razonamiento, vieron cómo las manos se perdían en la oscuridad.
—Yo iré por este lado. —Señalo a la izquierda—, usted vaya por la otra. —Comenzó a correr tras la mano que se alejaba.
Apenas visible por las antorchas, el destello de luz que era el ojo se alejaba con velocidad, mientras la mano pintada de oscuridad en la pared avanzaba siempre pegada a la misma madera, evitando el brillo del fuego.
—Sí. —Sintió su fuerza volver, mientras seguía la mano derecha que llevaba el ojo brillante—. “Espérame, Aria, te salvaré”.
Con todos ausentes, el pilar con el cuadro descendió de nuevo; en esa ocasión puso otra pintura idéntica, con una ligera diferencia: el rostro tenía una leve sonrisa.
Más y más cabezas se reunían alrededor, modificando el entorno en un minilaberinto de oscuridad y preparando las armas, repitiendo el mismo mensaje en tonos desquiciados y descartando las armaduras, cambiándolas más bien por las marionetas que antes habían usado.
—Mejor. —Repetían todas las cabezas en desorden y sin coordinación u orden que pudiera ser discernido, mientras repetían lo mismo acomodando lo último de los detalles de la pose y retiraban los ojos de la muñeca—. Mejor. —Comenzaron a gritar, mientras modificaban la pintura de la chica atrapada, por la de la pareja sin ojos—. Mejor. —Del mismo modo que llegaron, todos desaparecieron dejando la escena tal cual la imaginó su amo. Comenzaron a seguir a los participantes.
Una nueva figura pasó por el pasillo frente a la pintura, mirando con calma cómo el par seguía el juego del gato y el ratón. La chica con regocijo y el chico alarmado mientras el patrón de su cuello emitía oscuridad antes de formar un grillete. La cadena se dirigía a la mujer, quien disfrutaba de la vista.
Viendo la pintura, se diluyó la imagen, dejando ver a Aria, dormida en un salón de clase, cual fuera que resultaba irrelevante para el espectador, mientras se retiraba la capucha y la pintura se alargaba como una puerta.
—Veamos si esta vez lo impides, querida Alexandra. —Ingresando en la pintura, la figura se volvió una sombra borrosa que desaparecía poco a poco—. ¿Veré?
Como un destello de oscuridad, busco a su recipiente nuevamente, listo para revivir la experiencia, mientras reconocía el campus con fuerza; complemento lo último alrededor y entrego la carta en el cuaderno de Aldo.