𝟣
𝖩𝖠𝖤𝖫
Siempre fui el tío soltero.
El hermano menor de Patricia, el que nunca se casó, el que vivía en un apartamento pequeño lleno de libros y discos de vinilo. El que llegaba a las comidas familiares con un peluche envuelto en papel de seda y una sonrisa de complicidad dirigida únicamente a ella.
Molly.
Mi sobrina.
Cuando nació, yo tenía veinte años. La sostuve en mis brazos en la sala de maternidad y lloré como un estúpido. Patricia, agotada pero feliz, me dijo: «Ya tienes a tu princesa, Jael. Cuídala». Y lo hice. Durante diecinueve años lo hice. Fui su caballero, su refugio, el hombre que no se fue cuando su padre decidió que ser papá no era lo suyo.
Ella tenía siete años cuando él se marchó.
Yo tenía veintisiete.
Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Patricia abrazada a Molly en el sofá, las dos llorando. Y yo, sentado en el borde de la mesa de centro, sin saber qué hacer, sintiendo una rabia sorda y helada. Pero cuando Molly levantó la vista y me miró con esos ojos enormes, húmedos y asustados, supe que no podía quedarme quieto.
Me arrodillé frente a ella.
—No te preocupes, princesa —dije—. Yo no me voy a ningún lado.
Y no lo hice.
Molly creció, pero algo en ella nunca cambió del todo.
No hablo de lo físico. Hablo de su forma de vestir, de su forma de ser. Mientras sus amigas de secundaria empezaban a usar jeans ajustados, maquillaje y ropa más «de mujer», Molly seguía eligiendo vestidos cortos, de vuelo, con estampados de flores pequeñas o animalitos. Seguía usando medias blancas hasta el muslo, a veces con puntilla, a veces lisas. Seguía durmiendo rodeada de peluches. Seguía peinándose con trenzas.
A Patricia eso la sacaba de quicio.
—¿Hasta cuándo, Jael? —me decía cada vez que me veía llegar con una nuevo osito de felpa o un vestido con lazo—. Tiene diecinueve años. No es una niña.
—¿Y qué importa? —respondía yo, encogiéndome de hombros—. Es preciosa se vista como se vista. Déjala ser feliz.
Y era cierto.
Para mí, Molly siempre fue preciosa. Su sonrisa, su risa coqueta, su manera de acurrucarse en el sofá con las piernas recogidas mientras veíamos películas viejas. Era mi niña. Mi princesa.
Nunca pensé en ella de otra manera.
Hasta aquella tarde.
Era miércoles.
Patricia trabajaba el doble turno en el restaurante. Alguien había pedido licencia y ella cubría. Me llamó por la mañana.
—¿Puedes pasar a ver a Molly en la tarde? Me da cosa que esté sola tanto tiempo.
—Claro —dije—. No hay problema.
Siempre decía que no había problema.
Salí de la oficina a las cinco. Compré una torta de frutillas, su favorita, y un osito pequeño que vi en la vidriera de una tienda: tenía una nariz de terciopelo y una cinta azul en el cuello. Lo pagué sin dudar.
Llegué al edificio de Patricia. Subí en el ascensor, saqué las llaves que tenía desde hacía años. Entré en silencio, pensando en sorprenderla.
La casa estaba en penumbras.
—¿Molly? —llamé en voz baja.
No hubo respuesta.
Dejé la torta en la mesada. Subí las escaleras. El pasillo estaba quieto, la luz de su habitación filtraba tenuemente por la puerta entreabierta.
Me acerqué sin hacer ruido.
Y entonces la vi.
Molly estaba de espaldas, de pie frente al espejo de cuerpo entero.
Llevaba un vestido que no le había visto antes.
Era de un rosa pálido, casi blanco, con mangas cortas de vuelo y un escote redondo bordeado de puntilla. La falda era amplia, muy corta, terminaba varios centímetros arriba del muslo. El vuelo era tan ligero que parecía flotar alrededor de su cadera con el mínimo movimiento.
Debajo, unas medias blancas hasta medio muslo, de algodón suave, con un pequeño moño en la parte trasera de la banda elástica.
Sus piernas eran largas, delgadas, perfectamente torneadas. Las medias se ajustaban a su piel dejando ver la calidez de su tono. La luz de la tarde entraba por la ventana y dibujaba sombras suaves sobre sus muslos.
Llevaba el cabello recogido en dos trenzas, simétricas, que caían sobre sus hombros. En los extremos, unos pequeños lazos de terciopelo rosa.
Estaba ligeramente inclinada hacia el espejo, ajustándose el dobladillo.
No me había visto.
Yo estaba inmóvil.
Y entonces sentí algo que no debía sentir.
Fue un golpe seco, físico, en algún lugar del estómago. O más abajo. Una conciencia repentina, violenta, de que aquello que estaba viendo no era solo a mi sobrina pequeña. Era a una mujer. Una mujer con piernas suaves, caderas estrechas bajo la tela vaporosa, una nuca delicada donde el vello corto se rizaba con humedad.
Me excitó.
Me excitó verla así.
Y ese pensamiento me partió en dos.
Pero no me moví.
No pude.
Ella giró, apenas, para verse de perfil. La falda del vestido se levantó un instante. Vi la curva de su trasero, la tela ajustada de las medias marcando cada línea, cada pliegue. Su mano bajó para alisar la tela y el gesto fue tan infantil, tan inocente, que me provocó un nudo en la garganta.
—Tío.
Su voz me sacudió.
Había levantado la vista y me miraba a través del espejo. Sus ojos grandes, brillantes, sin ningún pudor. Sonreía.
—¿Te gusta? —preguntó, y giró sobre sí misma para mostrarme el vestido. La falda se infló ligeramente—. Lo compré ayer. ¿Viste los moñitos?
Señaló las cintas en sus trenzas.
Yo no podía hablar.
—Tío, ¿estás bien?
Asentí con la cabeza, forzando una sonrisa.
—Sí, princesa. Estoy bien.
Pero no lo estaba.
Entré en la habitación como si nada. Dejé el osito sobre su cama, junto a los otros peluches. Ella lo tomó, lo abrazó contra su pecho y sonrió de esa manera suya, luminosa, que siempre me derretía.
—Gracias —dijo—. Es hermoso.
—Te traje torta también —dije, con la voz rara.
—¿De frutilla?
—Sí.
Dio un saltito. El vestido se levantó un par de centímetros. Las medias crujieron suavemente.
Y yo desvié la mirada.
Esa tarde todo fue distinto.
Nos sentamos en el living a ver televisión, como tantas otras veces. Ella se acomodó en el sillón con las piernas recogidas, abrazando al osito nuevo. Yo me senté en el otro extremo, manteniendo distancia.
Pero no podía dejar de mirarla.
Cada vez que movía un brazo, la manga del vestido se deslizaba, dejando ver la curva de su hombro. Cada vez que se estiraba para alcanzar el control remoto, el borde de la falda se levantaba un poco más. Sus piernas, siempre sus piernas, cubiertas por esas medias blancas que se marcaban en la nuca cuando doblaba las rodillas.
Ella no parecía notar nada.
Hablaba del vestido, de lo mucho que le gustaba, de cómo su madre le había dicho que era demasiado infantil, que ya no estaba para esas cosas.
—Pero a mí me encanta —dijo, acariciando el vuelo de la falda—. Me siento yo. No quiero vestirme como todas las demás.
—Está bien —dije, con la boca seca—. Está bien que seas tú.
Me miró.
—Tú siempre me entiendes, tío.
Y sonrió.
Cuando cayó la noche, Patricia aún no llegaba. Molly se quedó dormida en el sofá, acurrucada sobre un cojín, el osito abrazado contra su pecho. La falda se había arrugado hacia arriba mientras dormía. Sus muslos estaban completamente visibles, la banda de las medias marcada sobre la piel.
Me levanté despacio, tomé una manta del respaldo del sillón y la cubrí.
Pero antes de soltarla, me quedé mirándola.
Su respiración era suave, rítmica. Sus labios entreabiertos. Las pestañas largas dibujaban sombras diminutas en sus mejillas.
Tenía diecinueve años.
Pero seguía siendo mi princesa.
Me incliné y, con el mayor cuidado del mundo, ajusté la manta sobre sus piernas.
Luego fui a la cocina y me serví un vaso de agua helada. Me quedé apoyado contra la mesa, mirando la noche a través de la ventana, sintiendo el frío del vidrio en la yema de los dedos.
Intenté no pensar en nada.
Pero no pude dejar de pensar en ella.
Patricia llegó poco después de las once. Estaba cansada, apenas saludó, se dejó caer en una silla y se quitó los zapatos.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —mentí.
Miré hacia el living. Molly seguía dormida. Patricia suspiró.
—No sé qué voy a hacer con esa chica —dijo en voz baja, señalando el vestido asomando bajo la manta—. ¿Viste cómo se viste? Parece una nena de doce.
—Patricia…
—No, en serio. No la entiendo. Todas sus amigas ya están saliendo con chicos, se arreglan, se maquillan. Y ella sigue con sus ositos y sus vestiditos. ¿Hasta cuándo va a seguir así?
—¿Y por qué tiene que cambiar? —respondí, con más brusquedad de la que pretendía.
Mi hermana me miró.
—Porque la vida no es un cuento de hadas, Jael. Por mucho que tú quieras convertirla en una princesa, ella va a tener que enfrentar el mundo real.
Me quedé callado.
No supe qué decir.
O tal vez supe, pero no pude decirlo.
Porque ella no entendía. No entendía que para mí Molly era perfecta tal como era. Que su manera de vestir, de ser, de mirar el mundo con esa mezcla de inocencia y determinación, era lo que la hacía única. Y que yo, su tío, el que prometió cuidarla siempre, acababa de descubrir que mi amor por ella ya no era tan puro como creía.
Esa noche no pude dormir.
Regresé a mi departamento, me senté en la oscuridad del living, y me quedé horas mirando el techo.
Repetía una y otra vez la imagen de ella frente al espejo. La curva de sus piernas. La tela rosa. Las trenzas. Su sonrisa cuando me preguntó: «¿Te gusta?».
¿Me gustaba?
Sí.
Sí, me gustaba.
Y eso estaba mal.
Pero no podía dejar de pensarlo.
A la mañana siguiente, Patricia me envió un mensaje.
«Molly te quiere agradecer el osito. ¿Vienes a cenar el domingo?».
Respondí que sí.
Por supuesto que sí.
Siempre decía que sí.
Y mientras escribía esa palabra, sentí que cruzaba una línea de la que no podría regresar.
El domingo, cuando llegué a su casa, Molly me abrió la puerta.
Llevaba puesto otro vestido corto, este de un azul pálido, con pequeñas flores bordadas en el borde de la falda. Las mismas medias blancas, las mismas trenzas.
—Tío —dijo, y me abrazó.
Su perfume, suave y dulce, me envolvió por completo.
Yo cerré los ojos.
Y, por un instante, me permití sentir.
Solo un instante.
Luego me aparté, sonreí, y entré a saludar a Patricia.
Pero algo en mí ya no volvería a ser igual.
Y lo peor de todo era que, en el fondo, no estaba seguro de querer que lo fuera.
La mesa estaba servida como tantas otras veces.
Patricia había preparado una lasaña, la especialidad que aprendió de nuestra madre. El olor a queso gratinado y salsa de tomate inundaba el comedor pequeño, mezclándose con el aroma del vino tinto que yo había traído. Los platos eran los de siempre, los mismos que usábamos cuando éramos niños, con ese borde de flores azules ya medio borradas por los años de lavado.
Molly estaba sentada frente a mí.
Llevaba puesto aquel vestido azul pálido con bordados de flores pequeñas en el dobladillo. Era incluso más corto que el rosa, si eso era posible. Cuando se sentó, la falda se le subió unos centímetros y yo desvié la mirada hacia la copa de vino.
Las medias blancas llegaban hasta medio muslo. La banda elástica se marcaba ligeramente bajo la tela, y cuando ella cruzaba las piernas, se escuchaba ese suave crujido de algodón contra algodón.
Sus trenzas estaban impecables, sujetas con dos cintas de raso celeste que hacían juego con el vestido.
—¿Te gustó el osito? —pregunté, solo para decir algo.
—¡Sí! —respondió con una sonrisa enorme—. Lo llamé Nube. ¿Viste que es blanco y suavecito? Lo puse en mi cama, al lado de Pelusín.
—Pelusín era mi favorito —dije, y fue cierto.
—Ahora duermen juntos —dijo ella, y se rió bajito.
Patricia sirvió la lasaña en los platos. El suyo, el de Molly, el mío.
—Jael —dijo sin levantar la vista—. Tengo que pedirte un favor.
—Dime.
Dejó la fuente sobre la mesa y se sentó. Se quedó mirando el vino dentro de su copa, girándola con los dedos.
—Mi jefe está desesperado. Van a abrir un nuevo restaurante en la costa, y necesita que alguien supervise la puesta en marcha. Me mandan a mí. Dos semanas, quizá tres.
—¿Cuándo?
—El martes que viene.
Molly dejó de comer.
—¿Te vas, mamá?
—Solo un par de semanas, amor. No es para tanto.
Pero su voz no sonaba tan segura.
Patricia me miró entonces. Directo a los ojos, como hacía siempre cuando necesitaba algo que le costaba pedir.
—¿Podría quedarse Molly contigo? No quiero dejarla sola tantos días. Y no tengo a quién más pedírselo.
Lo dijo como si fuera una molestia, como si estuviera abusando de mi tiempo. Pero no entendía, no podía entender, que yo hubiera aceptado antes de que ella terminara la frase.
—Claro —dije—. No hay problema.
Y lo decía en serio.
Siempre lo decía en serio.
Molly soltó el tenedor.
El sonido del metal contra la loza fue agudo, pero lo que vino después fue un ruido más intenso: el roce de sus piernas al levantarse rápidamente de la silla, el golpe leve de sus pies contra el piso de madera, el vuelo de la falda azul moviéndose con la prisa de su cuerpo.
—¿En serio, tío? —su voz era un chillido contenido, una explosión contenida por los límites de la mesa—. ¿En serio puedo irme a tu casa?
—No es irse —corrigió Patricia—. Es quedarse unos días mientras yo viajo.
Pero Molly ya no la escuchaba.
Ya estaba rodeando la mesa.
Ya estaba frente a mí.
Y antes de que pudiera decir algo, antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, ella ya había levantado una pierna, luego la otra, y se había sentado en mi regazo.
El impacto de su cuerpo contra el mío fue suave, pero me sacudió entero.
Sus muslos presionaron los míos, las medias blancas rozando la tela de mi pantalón de vestir. Su peso era ligero, casi ingrávido, pero al mismo tiempo era todo el peso del mundo. Sus brazos rodearon mi cuello, sus manos se juntaron detrás de mi nuca. Sentí el calor de su pecho contra el mío, la presión diminuta de sus senos a través de la tela del vestido.
Su olor.
Dios, su olor.
No era perfume, no era jabón. Era ella. Ese olor dulce, limpio, ligeramente almizclado, que siempre había asociado con la infancia. Con abrazos en cumpleaños. Con tardes de lluvia viendo películas. Con noches de insomnio cuando era pequeña y Patricia trabajaba hasta tarde.
Pero ahora era diferente.
Ahora ese olor me entraba en los pulmones como un veneno lento.
—¡Te quiero mucho, tío! —dijo contra mi oído, y su voz era un susurro cálido que me recorrió la columna—. ¡Muchísimo!
Y empezó a besarme.
Los besos caían sobre mi mejilla, mi mandíbula, el borde de mi oreja. Eran besos rápidos, infantiles, sin malicia. Besos de niña agradecida. Pero sus labios eran suaves, húmedos, y cada uno dejaba una marca invisible sobre mi piel.
Yo no me movía.
No podía.
Mis manos estaban suspendidas en el aire, a los costados de su cintura, sin atreverme a tocarla. Mi cuerpo entero estaba rígido, tensionado, tratando desesperadamente de controlar algo que ya empezaba a descontrolarse.
Porque mi amiguito estaba despertando.
Fue lento al principio, apenas un latido. Un cambio en la presión de la sangre. Luego una conciencia, un estiramiento, un endurecimiento inevitable contra la tela de mis calzoncillos y luego contra el muslo de Molly a través del pantalón.
Ella no lo notó.
Seguía abrazándome, besándome, riendo bajito con esa risa suya de cascabel.
Pero yo lo notaba.
Dios, cómo lo notaba.
—¡Molly!
La voz de Patricia fue un latigazo.
Ella se separó de mi cuello, giró la cabeza hacia su madre, pero no se bajó de mi regazo. Sus manos quedaron apoyadas en mis hombros, sus piernas colgando a cada lado de las mías. La falda se le había subido aún más. La banda de las medias asomaba completamente, y un pequeño triángulo de piel desnuda brillaba entre el borde del algodón y el inicio del vestido.
—¿Qué? —preguntó Molly, con ese tono de quien no entiende por qué lo están retando.
—¿Qué es eso de saltar encima de la gente? —Patricia tenía los labios apretados, el ceño fruncido—. Ya no tienes seis años. No puedes andar trepándote a las personas como si fueras una niña chica.
Molly parpadeó.
—Pero es mi tío.
—Da igual. No se hace. Eres una mujer, compórtate como tal.
El silencio se instaló entre nosotras tres.
Molly bajó la mirada. Sus manos se aferraron un poco más a mis hombros. Sentí sus dedos pequeños presionando la tela de mi camisa.
—Está bien —dije, y mi voz sonó más grave de lo normal—. No es para tanto, Patricia. Es solo un abrazo.
Mi hermana me fulminó con la mirada.
—Tú siempre la defiendes. Y así la tienes, creyendo que puede hacer lo que quiera.
—No estoy haciendo nada malo —murmuró Molly.
—Te estoy diciendo que te sientes en tu silla. Por favor.
Fue ese «por favor» seco, cortante, lo que la hizo moverse.
Molly se levantó de mi regazo lentamente. Sentí la pérdida de su peso como un vacío físico. Sus muslos se separaron de los míos, sus manos dejaron mis hombros. Dio un paso atrás, luego otro. Se quedó de pie junto a la mesa, con los brazos caídos a los costados, el vestido levemente arrugado.
—Perdón —dijo en voz baja.
Y volvió a su silla.
Nadie habló durante un rato.
Patricia sirvió más lasaña. El tenedor de Molly raspaba el plato en círculos lentos. Yo bebí el vino de un trago y serví más.
Mi erección no cedía.
Estaba ahí, firme, insistente, escondida bajo la tela del pantalón y el mantel que caía hasta mis rodillas. Tenía que controlarla. Tenía que pensar en otra cosa. En cualquier cosa.
En Patricia reprendiendo a Molly.
En cómo Molly había bajado la mirada.
En cómo yo no había dicho nada para defenderla, esta vez, porque decir algo habría significado llamar la atención sobre mí, sobre lo que me estaba pasando.
—Bueno —dijo Patricia después de un largo silencio—. Entonces quedamos así. El martes la llevo a tu casa antes de irme al aeropuerto.
—Sí —respondí—. Quedamos así.
Molly levantó la vista del plato. Sus ojos se encontraron con los míos.
Sonrió, apenas.
Y yo sentí que me hundía un poco más.
El resto de la cena transcurrió con normalidad fingida.
Patricia habló del restaurante nuevo, de los problemas con la cocina, del chef que había contratado y que ya estaba dando problemas. Molly comió en silencio, de vez en cuando levantaba la mirada hacia mí y luego la bajaba rápidamente. Yo asentía a lo que decía mi hermana, respondía con monosílabos, bebía más vino del que debía.
Cuando terminamos, ayudé a recoger la mesa.
Molly llevó los platos a la cocina. Su madre fue al baño. Yo me quedé solo en el comedor, de pie junto a la ventana, mirando la calle vacía.
La oí acercarse antes de verla.
Sus pasos eran ligeros, casi silenciosos. Se detuvo a mi lado.
—Tío.
—Dime, princesa.
—¿De verdad no te molesta que me quede en tu casa?
No. Me aterra. Me aterra porque no sé qué voy a hacer cuando estemos solos. No sé cómo voy a mirarte, cómo voy a respirar a tu lado sin que se note todo lo que no debería sentir.
—Claro que no —dije—. Me encanta.
Ella sonrió, esa sonrisa suya que siempre iluminaba todo.
—A mí también me encanta —dijo—. Contigo siempre me siento segura.
Me miró un momento más. Luego giró y volvió a la cocina.
Me quedé solo, apoyado contra el marco de la ventana, sintiendo el frío del vidrio en la nuca.
Segura, había dicho.
Y yo acababa de demostrarme a mí mismo que quizá no era tan seguro como ella creía.
Esa noche, cuando llegué a mi departamento, no pude dormir.
Me senté en el borde de la cama, la cabeza entre las manos, y respiré hondo varias veces. Intenté pensar en otra cosa. En el trabajo, en las facturas, en el ruido del tráfico. Cualquier cosa que no fuera ella.
Pero ella estaba en todas partes.
El peso de su cuerpo en mi regazo. El calor de sus muslos a través del pantalón. Sus besos en mi mejilla, en mi mandíbula. Su voz diciendo te quiero mucho, tío.
Y mi cuerpo respondiendo.
Me acosté boca arriba, mirando el techo oscuro. La erección seguía ahí, insistente, dolorosa.
Pensé en masturbarme.
Lo había hecho antes, por supuesto. Era un hombre de treinta y nueve años, soltero, con necesidades normales. Pero siempre eran mujeres anónimas, rostros difusos, cuerpos sin nombre.
Ahora no.
Ahora, si cerraba los ojos, lo único que veía era a ella.
Molly.
Mi sobrina.
Con su vestido rosa, con sus medias blancas, con sus trenzas y sus lazos y su sonrisa inocente.
—No —dije en voz alta—. No.
Pero mi cuerpo no me escuchaba.
Y esa noche, por primera vez en diecinueve años, me masturbé pensando en ella.
Fue rápido, casi violento. Terminé con un gemido ahogado contra la almohada, temblando, sudando. Luego me quedé inmóvil, mirando la mancha húmeda en mis calzoncillos, sintiendo la vergüenza instalarse en mi pecho como un animal frío.
Me odié.
Pero también supe, con una claridad aterradora, que lo volvería a hacer.
El martes llegó demasiado rápido.
Patricia llamó a la puerta a las ocho de la mañana. Abrí con el pelo aún húmedo de la ducha, tratando de parecer normal.
—Te dejo encargada —dijo mi hermana, y besó a Molly en la frente—. Pórtate bien. No le des problemas a tu tío.
—No voy a dar problemas —dijo Molly, y entró arrastrando una maleta rosada con estampado de unicornios.
Patricia me miró.
—Cualquier cosa me llamas.
—Sí.
—Y no le compres más peluches, que ya no caben en su cuarto.
Sonreí, asentí.
Ella se fue.
Y nos quedamos solos.
Molly se paró en medio de mi living, giró sobre sus talones y miró alrededor.
—Me gusta tu casa —dijo—. Huele a tí.
—¿Y a qué huelo?
—A libro viejo. Y a café.
Sonreí.
—Voy a preparar café, entonces.
—Yo quiero chocolate caliente.
—Chocolate caliente para la princesa, entonces.
Ella rió.
Y yo entré en la cocina, apoyé las manos en la mesa, y cerré los ojos.
Dos semanas.
Dos semanas enteras con ella bajo mi techo.
No sabía si iba a sobrevivir.
No sabía si quería hacerlo.
Afuera comenzaba a clarear. La luz de la mañana entraba por la ventana, tibia y dorada.
Molly se había sentado en mi sofá, con las piernas recogidas, el vestido azul desplegado sobre sus muslos. Sacó el osito Nube de su mochila, lo acomodó en su regazo, y empezó a hablarle en voz baja, como si le contara un secreto.
Yo la miré desde la cocina.
Y supe que esto no iba a terminar bien.
Los primeros días tuvieron la cualidad irreal de un sueño del que no puedes despertar.
Molly ocupó la habitación de invitados. Lo llamaba así, "la habitación de invitados", aunque nunca había recibido a nadie allí. Era un cuarto pequeño con una cama individual, una mesita de luz y un placard vacío. Ella lo transformó en menos de una hora.
Sacó los peluches de su maleta y los acomodó sobre la almohada: el osito Nube, un conejo de orejas largas que tenía desde los ocho años, una llama de felpa comprada en una feria. Colgó su vestido rosa en el perchero, al lado del azul. Dejó sus zapatos, unas bailarinas blancas con hebilla, al pie de la cama.
—Ya está —dijo, satisfecha—. Es mi cuarto ahora.
Y sonrió.
Yo me quedé en el umbral, apoyado contra el marco de la puerta, sin saber bien qué hacer con las manos.
—¿Necesitas algo más?
—No —respondió, y se sentó en la cama, abrazando al conejo—. Bueno, sí. ¿Dónde puedo ver Netflix?
—En el living. Te enseño el control.
—¿Ves pelis conmigo?
Siempre había visto películas con ella. Cientos, miles de tardes frente a la televisión. Disney, Studio Ghibli, comedias románticas antiguas. Pero ahora la pregunta tenía otro peso, otra densidad.
—Sí —dije—. Claro que sí.
Esa noche vimos Mi vecino Totoro.
Molly se acurrucó en un extremo del sofá, las piernas recogidas bajo el cuerpo, las medias blancas brillando tenuemente bajo la luz del televisor. Yo me senté en el otro extremo, con mi café, tratando de mantener una distancia prudente.
No funcionó.
A los veinte minutos, ella se había deslizado por el sofá hasta quedar a mi lado. Su cabeza descansaba sobre mi hombro. Su mano jugaba distraídamente con el borde de mi camisa. Sentía su calor a través de la tela, su respiración lenta y regular.
—Me encanta esta parte —susurró, cuando Totoro aparece por primera vez.
—A mí también —dije.
Pero no estaba mirando la pantalla.
Estaba mirando sus pestañas, la curva de su mejilla, la forma en que sus labios se separaban ligeramente al respirar.
Estaba perdido.
Y ella no tenía idea.
Los días siguientes establecimos una rutina.
Yo trabajaba desde casa por las mañanas. Ella dormía hasta tarde, aparecía en la cocina con el pelo alborotado y los ojos aún pegados, vestida con un camisón corto de algodón con estampado de lunares. Se sentaba en la barra mientras yo preparaba el desayuno, balanceando las piernas.
—¿Qué quieres hoy? —preguntaba yo.
—Panqueques.
—Ayer también comiste panqueques.
—Y mañana también voy a querer panqueques.
Sonreía, vencido, y encendía la sartén.
Hacíamos panqueques. Siempre panqueques.
Ella los comía con dulce de leche, miel, frutillas. Yo los comía sin nada, mirándola de reojo, memorizando cada gesto: la forma en que se limpiaba la boca con el dorso de la mano, el ruido que hacía al chuparse los dedos, la manera en que se reía cuando un poco de dulce le quedaba en la nariz.
—Tío, eres un desastre —decía, aunque era ella quien se manchaba.
—Tú eres un desastre —respondía yo.
—Sí, pero tú me quieres igual.
Y yo sentía que el pecho se me partía en dos.
Por las tardes salíamos.
Íbamos al parque, al cine, a la librería del barrio. Molly se detenía frente a los escaparates y señalaba los vestidos, los peluches, las cintas para el cabello. A veces entraba y se probaba cosas. Yo esperaba afuera, mirando el teléfono, o fingiendo mirarlo.
Pero siempre la veía.
La veía alzarse los vestidos frente al espejo del probador, girando lentamente, ajustando el escote, alisando la falda. La veía salir con un modelo nuevo, preguntándome: «¿Te gusta?». La veía pagar con su propio dinero, guardar la bolsa, sonreír.
—Compraste otro —decía yo.
—Es que era muy lindo —respondía ella.
Y yo asentía, porque era cierto.
Siempre era cierto.
El quinto día, Patricia llamó por videollamada.
Molly se sentó en el sofá con el teléfono en la mano, iluminada por la pantalla. Yo estaba en la cocina, fregando los platos del almuerzo, pero podía oír todo.
—¿Cómo estás, amor? —preguntó Patricia.
—Bien. Tío me hace panqueques todos los días.
—¿Todos los días? Jael, no la malcríes tanto.
Molly rió.
—No es malcriarme, mamá. Es quererme.
Hubo un silencio breve. Luego Patricia dijo algo que no pude oír bien. La voz de Molly cambió, se volvió más baja, más seria.
—Sí, mamá. Me porto bien.
Otro silencio.
—Ya sé que no soy una niña.
Sus dedos jugaban con el borde de su vestido, un nuevo que no le había visto antes: blanco con pequeños bordados de fresas. La falda era aún más corta que las anteriores.
—Sí —dijo—. Te quiero también.
Colgó.
Se quedó mirando la pantalla oscura por un momento. Luego levantó la vista y me encontró mirándola.
—Mi mamá cree que soy tonta —dijo.
—No es cierto.
—Cree que no me doy cuenta de las cosas. Pero sí me doy cuenta.
Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana. La luz de la tarde caía sobre sus piernas, sobre las medias blancas, sobre el borde del vestido.
—Me doy cuenta de que le molesta —dijo en voz baja—. Mi forma de ser, mi ropa, mis cosas. Le molesta que no sea como ella quiere.
Me acerqué lentamente.
—No le molestas, princesa. Solo… le cuesta entenderte.
—¿Y tú me entiendes?
Me detuve a un paso de ella.
—Sí —dije—. Te entiendo.
Me miró. Sus ojos brillaban.
—¿Y no te molesta? ¿Que me vista así? ¿Que tenga peluches y medias y trenzas como una nena chica?
—No —respondí, y mi voz sonó ronca—. No me molesta.
—¿Te gusta?
El aire se volvió denso.
—Me gusta —dije—. Me gusta que seas tú.
Sonrió.
Y en esa sonrisa había algo que no había visto antes. O tal vez siempre había estado ahí, y yo recién ahora podía verlo.
Esa noche no pude dormir.
Di vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando los ruidos del departamento. El refrigerador, el tráfico lejano, el viento contra la ventana.
Y entonces la oí.
Era un sonido leve, casi imperceptible. Un roce de telas, un crujido de maderas. Luego pasos, muy suaves, acercándose por el pasillo.
La puerta de mi habitación se abrió sin hacer ruido.
—Tío —susurró.
Me incorporé.
—¿Molly? ¿Qué pasa?
—No puedo dormir.
Su silueta se recortaba contra la penumbra del pasillo. Llevaba puesto el camisón de lunares. Sus pies descalzos sobre la madera fría. El cabello suelto, sin trenzas, cayendo sobre sus hombros.
—¿Quieres que te prepare leche caliente? —pregunté.
—No. Quiero quedarme aquí.
Dio un paso. Luego otro.
—¿Puedo?
Mi corazón latía demasiado rápido. Sabía que debía decir que no. Sabía que debía llevarla de vuelta a su habitación, arroparla, decirle que todo estaba bien.
Pero no dije nada.
Ella se acercó al borde de mi cama. Levantó la sábana y se deslizó adentro, a mi lado.
Su cuerpo era cálido, pequeño, ligero. Se acurrucó contra mi costado, apoyó la cabeza en mi hombro. Su pelo olía a champú de frutas.
—¿Te acuerdas —susurró— cuando era chica y me quedaba a dormir en tu casa? ¿Y me leías cuentos hasta que me dormía?
—Me acuerdo.
—Eran mis noches favoritas.
Su mano encontró la mía bajo las sábanas. Entrelazó sus dedos con los míos.
—Siempre me sentía segura acá —dijo, con la voz ya pastosa de sueño—. Siempre.
Esperé a que su respiración se volviera lenta y regular. Esperé a que sus dedos se aflojaran, a que su peso se hiciera más pesado contra mi hombro.
Entonces cerré los ojos.
Y no dormí en toda la noche.
A la mañana siguiente, desperté antes que ella.
El sol entraba por la ventana, dibujando líneas doradas sobre su rostro dormido. Tenía la boca entreabierta, las pestañas largas inmóviles. Una mano apoyada sobre mi pecho.
No me moví.
Me quedé mirándola, conteniendo la respiración, memorizando cada detalle. La curva de su mejilla. El lunar diminuto junto a su oreja. La forma en que su cabello se desparramaba sobre la almohada.
Quería tocarla. Quería pasar mis dedos por su mejilla, por su cuello, por sus hombros. Quería besarla.
Pero no lo hice.
En lugar de eso, me levanté con cuidado, deslizándome fuera de la cama sin despertarla. Fui a la cocina y preparé café. Me quedé mirando la cafetera mientras el aroma llenaba el departamento.
Esto está mal, pensé.
Muy mal.
Pero no podía dejar de sentirlo.
Molly despertó media hora después.
Apareció en la cocina bostezando, el camisón arrugado, el pelo revuelto. Se sentó en la barra y apoyó la mejilla sobre su brazo.
—¿Panqueques? —preguntó con voz ronca.
—Panqueques —dije.
Ella sonrió, adormilada.
—Eres el mejor tío del mundo.
Puse la sartén al fuego.
El mejor tío del mundo.
Ojalá ella supiera.
Esa tarde, mientras ella veía televisión, me encerré en mi habitación y llamé a Patricia.
—¿Pasa algo? —preguntó, alarmada por mi llamada a deshora.
—No, nada. ¿Cómo va todo?
—Bien, bien. Saturada, pero bien. ¿Molly está bien?
—Sí, está bien.
—¿Seguro? Te noto raro.
—Es solo cansancio.
Hubo una pausa. Luego Patricia suspiró.
—Jael, ¿estás seguro de que no es mucha molestia tenerla? Porque puedo pedirle a alguna compañera que vaya a verla, o a la mamá de su amiga...
—No —dije, demasiado rápido—. No es molestia. De verdad.
Otra pausa.
—Bueno —dijo Patricia—. Como tú digas.
Colgamos.
Me quedé sentado en el borde de la cama, mirando el teléfono oscuro.
No era molestia.
El problema no era ese.
El problema era que ya no quería que se fuera.
Es viernes.
Molly lleva un vestido nuevo, amarillo pálido, con un lazo enorme en la espalda. Las medias son blancas, como siempre. El cabello en dos trenzas simétricas.
—Hoy quiero salir —anuncia—. A algún lado lindo.
—¿A dónde quieres ir?
—A la plaza. La que tiene los juegos.
—¿Los juegos? Pero eso es para niños.
Me mira, desafiante.
—¿Y qué importa?
Sonrío.
—Está bien. Vamos a la plaza.
Ella aplaude, da un saltito. La falda se levanta un instante.
Y yo pienso: dos semanas.
Dos semanas que están pasando demasiado rápido.
Dos semanas que quizá deberían terminar ya.
Pero no quiero que terminen.
No quiero que nada termine.