La Virgen de la Serpiente

Summary

En las sombras de Slytherin, Astoria Greengrass no es solo una joven frágil de sangre pura: es la Santa consagrada a un ritual oscuro que rejuvenecerá a Voldemort y lo hará inmortal. Criada como trofeo para el Señor Oscuro, Astoria carga con una maldición de sangre que la consume lentamente. Pero cuando Draco Malfoy, el mortífago marcado, comienza a mirarla más de lo debido, nace un amor prohibido capaz de cambiar el destino del mundo.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1: La Maldición Heredada

Greengrass Manor, Wiltshire – Verano de 1987

La habitación infantil del ala este nunca recibía sol directo. Las cortinas de terciopelo verde esmeralda colgaban pesadas como secretos y filtraban la luz en un resplandor mortecino que parecía más propio de un mausoleo que del cuarto de una niña. Astoria Greengrass, de apenas cinco años, estaba sentada en el suelo de mármol frío, con las piernas cruzadas bajo un vestido negro de encaje que le llegaba a los tobillos. Frente a ella, un caballito de madera tallado en ébano la observaba con ojos de obsidiana, inmóvil. No jugaba con él. No jugaba con nada.

Sus manos pequeñas trazaban patrones invisibles en el aire, como si intentara atrapar algo que solo ella podía ver. A veces sentía un pinchazo en el pecho, un frío que se extendía como veneno lento por sus venas. Sus padres lo llamaban “el mal de familia”. Ella lo sentía como una sombra que vivía en su interior.

La puerta se abrió con un crujido suave. Daphne entró primero, con el cabello rubio recogido en una trenza perfecta y un vestido verde oliva que hacía juego con los ojos de ambas. A sus nueve años ya parecía una miniatura de su madre: elegante, segura, destinada a brillar. Detrás venía la señora Greengrass, con el rostro pálido y los labios apretados en una línea fina.

—Astoria, levántate —ordenó su madre en voz baja, casi un susurro—. Hoy vienen los sanadores.

La niña obedeció sin protestar. Siempre obedecía. Sabía que las visitas de los sanadores no eran para curarla, sino para confirmar lo que ya sabían todos: que su sangre estaba enferma.

El primero en entrar fue un hombre alto con túnica negra y gafas de media luna. Llevaba unas gafas con un curioso relieve de arañas. Astoria lo reconoció: era el mismo que había venido cuando tenía tres años, el mismo que había colocado su diminuta mano sobre un cuenco de plata lleno de un líquido color metal que se tiñó de negro al tocarlo.

—Otra vez —murmuró el sanador, sin mirar a la niña—. La maldición no ha remitido.

La señora Greengrass se llevó una mano al pecho, como si el diagnóstico fuera nuevo.

—¿Cuánto tiempo le queda? —preguntó, con la voz temblorosa a pesar de su intento de sonar fría.

—Diez años. Quince, si es excepcionalmente fuerte. Pero la maldición no perdona. Solo él puede deshacerla.

Astoria no entendía quién era “él”. Solo sabía que su nombre nunca se pronunciaba en voz alta en esa casa. Solo se decía “el Señor Oscuro”, en susurros, como si pronunciarlo pudiera invocarlo. Daphne se acercó y tomó la mano de su hermana. A diferencia de los suyos, los dedos de su hermana eran cálidos, firmes. Astoria sintió una punzada de envidia que jamás se atrevería a admitir.

—Cuando yo vaya a Hogwarts—susurró Daphne—, te escribiré todos los días. Te contaré cómo es volar en escoba, cómo son las clases de Pociones, cómo se siente el Gran Comedor lleno de velas flotantes.

Astoria levantó la vista. Sus ojos, de un verde pálido casi translúcido, brillaban con algo que era más que esperanza: un hambre silenciosa.

—¿Podré ir yo también algún día?

Daphne vaciló. La madre respondió por ella.

—No es seguro para ti, cariño. Tu… condición. Necesitas reposo. Aire puro. Aquí estás protegida.

Protegida. La palabra sonaba como una jaula.

Cuando los sanadores se marcharon, la señora Greengrass se arrodilló frente a Astoria y le tomó el rostro con sus huesudas manos.

—Eres especial, mi niña. Muy especial. Tu sangre es pura, más pura que la de nadie. Pero lleva una marca antigua. Una marca que solo el Señor Oscuro puede borrar.

Astoria no entendía. Solo sentía el frío extendiéndose otra vez.

—¿Por qué vivo oculta?, ¿no me queréis? —preguntó en voz muy baja.

La madre se quedó inmóvil. Luego sonrió, una sonrisa que no llegó a los ojos.

—Te queremos, Astoria. Por eso te protegemos. Algún día lo entenderás.

La puerta se cerró tras ellas y la niña se quedó sola otra vez en la opresiva y oscura estancia. Se acercó a la ventana y apartó un borde de la cortina. Afuera, el jardín estaba bañado en la luz dorada del atardecer. Daphne corría por el césped, riendo, persiguiendo mariposas encantadas que cambiaban de color. Astoria apoyó la frente contra el cristal frío. Su reflejo la miró de vuelta: piel de porcelana, cabello negro como el ala de un cuervo, ojos hundidos por las noches de fiebre.

En su muñeca izquierda llevaba una pulsera de plata que se enroscaba como una serpiente dormida. No recordaba cuándo se la habían puesto. Solo sabía que no era posible quitársela. A veces se movía sola, con un leve roce escamoso contra su piel.

Esa noche, cuando todos dormían, Astoria se levantó de la cama y caminó descalza hasta la biblioteca prohibida del ala oeste. Las estanterías estaban llenas de tomos encuadernados en piel de dragón, con títulos en runas que no entendía. Encontró un libro pequeño, olvidado en un estante bajo:Linajes Malditos del Siglo XX. Lo abrió con dedos temblorosos.

En la página 47, una ilustración en tinta negra mostraba a una mujer hermosa de cabello oscuro y ojos verdes, con una serpiente enroscada en el brazo. Debajo, una sola línea:

Evelyn Greengrass (nacida Black), rechazó la propuesta de Tom M. Riddle en 1943. Maldición hereditaria impuesta: debilidad progresiva de la sangre, solo reversible por el lanzador.

Astoria cerró el libro de golpe. El corazón le latía con fuerza. No era defectuosa por accidente. Era defectuosa porque alguien dijo “no” a una propuesta. Y ahora, ese “no” era su condena a muerte. Se miró la muñeca. La serpiente plateada se movió ligeramente, como si respirara. Astoria sonrió por primera vez en mucho tiempo. No era una sonrisa feliz. Era una sonrisa de quien empieza a entender que las cadenas también pueden romperse.

Greengrass Manor – Verano de 1988

El sol de julio se filtraba a través de los vitrales del salón principal, tiñendo el suelo de mosaicos en tonos verdes y plateados como un tapiz Slytherin. Astoria, de seis años, estaba sentada en un rincón apartado, con las rodillas contra el pecho y un libro de cuentos encantados abierto en el regazo. No lo leía; solo fingía, para no atraer la atención de los adultos. Sus padres habían organizado una “reunión familiar” con los Malfoy, pero Astoria sabía que era más que eso: conversaciones susurradas sobre linajes, lealtades, los Sagrados Veintiocho y el “Señor Oscuro” que todos esperaban que regresara.

Lucius Malfoy entró primero, con su bastón de serpiente en la mano y una sonrisa fría que no llegaba a los ojos. Narcissa lo seguía, elegante en su vestido negro, con el pequeño Draco a su lado. A sus ocho años, Draco ya era todo lo que Astoria no era: alto para su edad, fuerte, con el cabello platino brillando como oro blanco y una postura que irradiaba confianza. No parecía enfermizo, ni frágil; caminaba como si el mundo le perteneciera.

Daphne, de diez años, se sonrojó al verlo. Sus ojos se iluminaron, y corrió hacia él con una risa nerviosa.

—Draco, ¡qué alto estás! ¿Quieres ver el jardín? Hay rosas encantadas que cambian de color.

Draco le miró con una sonrisa genuina que hizo que Daphne se ruborizara aún más. Era obvio que le gustaba; hablaba de él constantemente, de cómo era el niño perfecto de los Malfoy, destinado a grandes cosas.

—Claro, Daph —dijo Draco, con esa voz suave y arrogante que ya practicaba—. Muéstrame.

Pasaron por delante de Astoria sin mirarla. Draco ni siquiera reparó en su existencia, como si fuera parte del mobiliario: una niña pálida y delgada, con ojos hundidos y una pulsera de plata que parecía demasiado pesada para su muñeca.

Los adultos se sentaron en los sillones de terciopelo. Lucius inclinó la cabeza hacia el señor Greengrass.

—Una lástima lo de Evelyn —murmuró Lucius, en voz baja pero audible—. Rechazar al Señor Oscuro… es una mancha en el linaje. Y ahora, la niña pequeña…

Narcissa miró de reojo a Astoria, con una expresión de incomodidad mezclada con piedad.

—Sí, un recordatorio constante del error, la maldición de sangre… defectuosa. ¿Cuánto tiempo le dais?

La señora Greengrass se tensó, ajustando su collar de esmeraldas.

—No hablemos de eso. Astoria es… especial. Su pureza es impecable, a pesar de todo.

Astoria fingió no oír. Pero las palabras se clavaron como espinas: “mancha”, “defectuosa”, “recordatorio”. Sabía que se referían a su abuela Evelyn, la que había dicho “no” a ese Tom Riddle, ¿sería el verdadero nombre del Señor Oscuro? No importaba, lo terrible era que ahora ella pagaba el precio.

Cuando los Malfoy se marcharon, Daphne entró en la habitación de Astoria, aún sonrojada.

—Draco es increíble, ¿verdad? Me ha dicho que cuando vaya a Hogwarts, me enseñará a volar en escoba. Es tan fuerte, tan perfecto…

Astoria escuchó con atención, sentada en su cama con las manos en el regazo. No interrumpió. Solo imaginó: un chico como Draco, alto y valiente, nunca miraría a alguien como ella. Su sangre era defectuosa; su destino era vivir en una jaula hasta su temprana muerte. Jamás podría vivir una historia de amor. Era una niña maldita, no una princesa de cuento.