Capitulo 1 un pasado sin retorno en el presente
El eco de la guerra jamás muere, aunque los años lo intenten sepultar.
Entre las cenizas de los reinos y las cicatrices del tiempo, hubo un nombre que aún se murmura como un mal presagio: Zidrack.
Lo llamaban el Carroñero Escarlata, el Rompehuesos, el Guerrero de la Sangre.
Un hombre cuya sola presencia hacía huir a ejércitos enteros. Un asesino a sangre fría que no conocía compasión, ni miedo, y tampoco límites.
Decían que en el campo de batalla su silueta era la de un demonio humano, que sus pasos dejaban un rastro de cadáveres y que su risa retumbaba como un trueno en medio de la carnicería. Algunos soldados aseguraban que con solo escuchar su nombre, la sangre se les helaba; otros afirmaban que su espada cantaba como un lamento de los muertos.
Pero incluso los monstruos más grandes pueden caer.
Una noche que tiñó los cielos de fuego y ceniza, en un enfrentamiento que reunió a decenas de miles de hombres, Zidrack conoció lo que jamás había sentido: el filo de la muerte sobre su piel. Una lanza atravesó su costado y lo hizo arrodillarse. Su cuerpo, antes indomable, se quebró. El rugido de la guerra lo envolvía, pero él solo escuchaba el latido frenético de su propio corazón.
Por primera vez en su vida, tuvo miedo.
Y en lugar de luchar hasta el último aliento... huyó.
Desapareció entre las sombras, dejando que el mundo lo creyera muerto. El guerrero se desvaneció, pero el hombre sobrevivió.
Buscó refugio en algo distinto: el conocimiento. Durante años recorrió bibliotecas prohibidas, templos olvidados y archivos secretos de magos caídos. Se sumergió en los grimorios del maná, en los rituales oscuros y en la manipulación de fuerzas que pocos se atrevían a nombrar.
Se volvió un mago... o al menos lo intentó.
Podía invocar sombras, encender llamas, susurrar palabras que hacían temblar el aire. Pero nunca fue suficiente. Los jóvenes aprendices lo superaban con rapidez, los arcanistas de las nuevas generaciones ascendían mientras él se quedaba atrás.
Sus hechizos eran fuertes, sí, pero jamás lo bastante para igualar lo que había sido con la espada en mano. La magia, comprendió, no podía devolverle su antigua grandeza.
No lo haría temido, ni invencible, ni leyenda.
Y así, frustrado, dejó a un lado los grimorios. Abandonó las runas y los sellos. Eligió algo más silencioso, más humilde... pero no menos poderoso: el martillo y el yunque.
Hoy, en un pueblo escondido entre montañas y caminos olvidados, Zidrack es un herrero.
El fuego de la fragua ilumina su rostro endurecido, marcado por cicatrices que nadie osa preguntar. Sus brazos, antes alzados para segar vidas, ahora se alzan solo para forjar espadas, arcos y lanzas.
Para los aldeanos, él es solo un hombre callado, de mirada dura y palabras escasas. Un forjador que parece cargar con un pasado del que nunca habla.
Ese día, tres jóvenes guerreros irrumpieron en su herrería. El humo, el calor del metal al rojo vivo y el sonido de martillazos los hicieron detenerse un instante antes de hablar.
-Maestro Zidrack, ¿ya están listas nuestras armas? -preguntó Derek, el más alto, con una sonrisa nerviosa.
Zidrack levantó la vista lentamente. Sus ojos grises parecían brasas apagadas. Señaló la mesa donde reposaban tres espadas recién forjadas.
-Espadas para quienes saben blandirlas... -dijo con voz grave-. Y para quienes no... simples juguetes que los matarán rápido.
El silencio se volvió denso. Los jóvenes intercambiaron miradas incómodas.
-Je... siempre tan serio, maestro -rió Kael, el más joven, intentando romper la tensión. Tomó una de las hojas y la alzó hacia la luz-. Pero hay que admitirlo, estas armas son distintas a las de cualquier otro herrero.
Varian, el tercero, pasó un dedo por el filo.
-Es como si... latiera -susurró, sorprendido.
Zidrack lo observó en silencio, apoyándose en el yunque.
-Toda arma tiene vida, si sabes escucharla. Pero recuerden esto: la espada no hace al guerrero. Solo revela lo que ya es.
Derek frunció el ceño, intrigado.
-¿Cómo lo sabe con tanta seguridad?
La fragua rugió detrás de Zidrack. El silencio que siguió pesaba como una losa. Los muchachos sintieron un escalofrío, como si esa herrería escondiera un secreto oscuro.
Zidrack se inclinó hacia adelante. Sus palabras fueron un susurro, pero cortaron como un filo:
-Porque yo fui algo que ustedes jamás deberían conocer.
Los tres jóvenes quedaron helados. Sus risas murieron en sus labios. Por un momento, pensaron en preguntar... pero no se atrevieron.
Kael forzó una sonrisa nerviosa y rompió la tensión.
-Bueno... mientras estas espadas nos sirvan en el entrenamiento, no nos quejamos.
Zidrack no respondió. Tomó de nuevo el martillo y volvió a golpear el hierro incandescente, como si ellos ya no existieran.
Los muchachos salieron de la herrería entre risas forzadas y comentarios bajos, intentando disipar la extraña sensación que los acompañaba.
Zidrack los observó marcharse. Y al ver cómo empuñaban las armas, pensó:
Cada vez que uno de ellos sostiene un filo, es como una gota de lo que alguna vez fui. Una sombra. Un eco. Porque yo soy la cascada, yo soy la tormenta. Yo soy la leyenda... la muerte entre vivos.