Capitulo 1
Naruko Uzumaki tenía 18 años y ya no era la niña hiperactiva que corría por Konoha gritando que sería Hokage. Ahora era una mujer de curvas peligrosas: pechos grandes y firmes que desafiaban cualquier top, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo que hacía girar cabezas. Su cabello rubio largo caía en cascada sobre su espalda, y esas marcas de bigotes felinos en las mejillas le daban un aire salvaje, casi animal. Pero lo que más ardía dentro de ella no era el chakra del Kyuubi… eran los celos que le quemaban el pecho cada vez que veía a su madre Kushina abrazar a su padre Minato.
Minato Namikaze, el Cuarto Hokage, seguía siendo el hombre más atractivo del pueblo: alto, rubio, ojos azules profundos, esa sonrisa calmada que hacía que el corazón de Naruko latiera desbocado. Ella lo había deseado en secreto durante años. Cada vez que lo veía besar a su madre en la cocina, o cuando escuchaba los gemidos ahogados que salían de su habitación por las noches, sentía una mezcla de rabia y humedad entre las piernas. Quería ser ella la que estuviera debajo de él, la que lo hiciera gemir su nombre.
Esa noche había una gran fiesta en la mansión Namikaze para celebrar el aniversario de la aldea. Sake fluía como agua, risas y música llenaban el aire. Naruko llevaba un vestido negro ajustado, escote profundo que apenas contenía sus tetas enormes, y una falda corta que dejaba ver sus muslos gruesos. Observaba desde un rincón cómo su padre bebía más de la cuenta, riendo con los invitados, mientras Kushina charlaba animadamente con Tsunade.
Perfecto, pensó Naruko, mordiéndose el labio inferior. Su plan era simple y sucio.
Cuando la fiesta ya estaba en su punto más alto y Minato tambaleaba ligeramente, Naruko se acercó con una sonrisa inocente.
—Papá… parece que ya tomaste demasiado —susurró, tomándolo del brazo—. Ven, te llevo a descansar un rato antes de que mamá te vea así.
Minato la miró con ojos vidriosos, sonriendo torpemente.
—Kushina… siempre cuidándome, ¿eh? —murmuró, confundiendo el cabello rubio y la silueta curvilínea con la de su esposa.
Naruko sintió un escalofrío de excitación recorrerle la columna. No lo corrigió.
Lo guió por el pasillo hasta el dormitorio principal, cerrando la puerta con llave. La habitación estaba a media luz, solo iluminada por la luna que entraba por la ventana. Minato se dejó caer en la cama, riendo bajito.
—Ven aquí, mi zorrita pelirroja… —dijo, extendiendo los brazos.
Naruko se subió a la cama gateando como gata en celo, sus tetas balanceándose pesadamente dentro del vestido. Se colocó a horcajadas sobre él, sintiendo cómo su polla ya empezaba a endurecerse bajo los pantalones.
—Shhh… déjame cuidarte esta noche —susurró ella, voz ronca de deseo.
Le desabrochó la camisa con dedos temblorosos, besando su pecho definido mientras bajaba. Minato gimió, agarrándola por las caderas.
—Kushina… estás más caliente que nunca…
Naruko sonrió con malicia, sintiendo los celos transformarse en lujuria pura. Bajó la cremallera de su padre y liberó su polla: gruesa, larga, venosa, ya goteando precum. Se le hizo agua la boca.
Sin decir nada, se inclinó y la tomó en su boca caliente, chupando con avidez, lengua girando alrededor de la cabeza mientras lo miraba con ojos azules brillantes. Minato gruñó, enredando los dedos en su cabello rubio.
—Joder… sí, así… mi zorra…
Naruko succionaba más profundo, garganta relajada, dejando que llegara hasta el fondo mientras gemía alrededor de su carne. Saliva le corría por la barbilla, mezclándose con el sabor salado de él. Cuando sintió que estaba al límite, se apartó jadeando, se quitó el vestido de un tirón quedando solo en tanga negra y sus tetas al aire, pezones rosados duros como piedras.
Se subió encima, apartó la tela de su tanga a un lado y se empaló lentamente en su polla. Ambos soltaron un gemido largo y profundo cuando la llenó por completo. Era enorme, estirándola deliciosamente, tocando lugares que nadie había tocado antes.
—Papá… —susurró sin poder contenerse, aunque él seguía creyendo que era Kushina.
Minato la agarró por el culo con fuerza, empezando a bombear hacia arriba mientras ella subía y bajaba, sus tetas rebotando salvajemente. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con gemidos y jadeos.
—Tan apretada… Kushina, ¿qué te pasó? Estás… joder, estás ardiendo…
Naruko se inclinó hacia adelante, besándolo con desesperación, lengua invadiendo su boca mientras aceleraba el ritmo. Sus caderas giraban en círculos, apretando su coño alrededor de él como si quisiera ordeñarlo.
—Fóllame más fuerte… por favor… —suplicó, voz quebrada.
Minato obedeció, volteándola de repente para ponerla a cuatro patas. Agarró sus caderas y la penetró de nuevo con una embestida brutal. Naruko gritó de placer, arañando las sábanas mientras él la follaba como animal, bolas golpeando contra su clítoris hinchado.
—Te voy a llenar… mi zorrita… —gruñó Minato, perdido en el alcohol y el placer.
Naruko empujó hacia atrás, encontrando cada embestida.
—Hazlo… lléname… quiero sentirte dentro… ¡papá!
La palabra se le escapó en un gemido roto. Minato no pareció notarlo, demasiado cerca del clímax. Con un rugido, se enterró hasta el fondo y explotó, chorros calientes y espesos llenándola por completo, desbordándose por sus muslos.
Naruko llegó al mismo tiempo, coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, gritando su nombre mientras temblaba.
Se derrumbaron juntos, sudorosos, jadeantes. Minato la abrazó por detrás, murmurando algo incoherente sobre lo mucho que la amaba… pensando que era su esposa.
Naruko sonrió en la oscuridad, sintiendo el semen caliente goteando de su interior. Los celos no se habían ido… solo se habían transformado en algo más oscuro, más adictivo.
—Mañana mamá se va de misión por tres días… —susurró contra su cuello—. Y yo… voy a seguir cuidándote, papá.