PRÓLOGO:
Principado de Valaquia —Rumanía—; siglo XV.
Tras la caída de Constantinopla, el Imperio Otomano, bajo el mando de Mehmet II, el conquistador, se expandía con la brutalidad de una marabunta, arrasando con las tierras cristianas. A finales de 1476, solo un hombre —el último muro que separaba Europa de la conquista musulmana— lanzaba su ofensiva final contra los turcos.
Su reino quedó en ruinas y sus soldados todos muertos. Su esposa, presa del engaño, buscó la muerte en las aguas del río junto al castillo. Lo único que le quedaba: su primogénito estaba a salvo, protegido como el próximo sucesor al trono, mientras que sus otros hijos permanecerían ignorantes de su linaje para preservar sus vidas. Ahora, traicionado, derrotado y encadenado, era arrastrado a su ejecución, donde su cabeza se volvería un trofeo para los enemigos de Dios.
Sin embargo, una voz resonaría en su alma, deteniendo el tiempo a su alrededor.
—Este día moriras, aun así, te ofrezco venganza: la fuerza para enfrentar ejércitos y controlar a las bestias. Si aceptas mi propuesta, también morirás —advirtió, tajante—. A pesar de eso, como si de un sueño se tratase, te alzarás de entre los muertos y viviras para siempre, a menos que un “Hombre de Dios” sea quien te mate. Además, tu linaje quedará igualmente maldito, si ellos, como mortales, reciben nuestro beso.
—¿Y qué quieres a cambio? —preguntó el príncipe.
—Derrota a mis enemigos... a quienes me redujeron a un espíritu errante y fortalecieron a los que te derrotaron. Si aceptas, tendrás la mitad de mi espíritu y la mitad de mi poder, pero deberás cuidarte de no sucumbir a las tentaciones de ese poder, o te condenarás convirtiéndote en una bestia.
—Correré ese riesgo por mi tierra... ¿Qué debo hacer?
Se acercó una mujer pálida; su largo cabello, negro, tan oscuro como el vacío del averno, ocultaba su cara y sus pechos como un velo fúnebre. Inclinándose para estar cara a cara frente a él. Su rostro, aunque extraño, era inmaculado. No tenía rasgos que indicaran una etnia definida y, al mismo tiempo, las tenía todas. Una combinación de todas las razas, una mujer primigenia. Por un instante creyó estar ante una figura religiosa, pero la ilusión se desvaneció cuando abrió los labios, mostrando largos colmillos y ojos afilados como una serpiente.
La mordida fue dolorosa. El príncipe gritó, y un guardia turco respondió con un latigazo. Todo había vuelto a la normalidad. Pero la marca estaba ahí, en su cuello, como un recordatorio de su pacto. Y una semana después, aquel cuerpo abandonó su tumba dominado por una sed infernal. En tiempos violentos, atacaba ejércitos enemigos para alimentarse. Y con las guerras menguando, se retiró a Poenari, las ruinas de su hogar. Entonces, los campesinos —sus antiguos súbditos reducidos a presas— comenzaron a temerle. El protector de su patria se había vuelto un demonio. Las familias que conocían el mito del strigoi lo desafiaron por generaciones; jamás lograron matarlo.
Así permaneció… hasta finales del siglo XIX.
Del blog de Maya Silver, 7 de marzo de 2006.
Otra vez tuve el mismo sueño… —en realidad, un recuerdo—. Siempre sucede una vez al mes, siempre en mi semana fértil. Es como si algo en mi sangre, algo que no puedo entender, lo recordara. Es tan recurrente que me asusta, pero, a pesar de su frecuencia, me hace despertar contenta.
Aquella mañana estaba de paseo con mis padres. Habíamos regresado hace poco de pasar las vacaciones con la familia de mi mamá en el extranjero. Era un día de tormenta; la lluvia hacía que el aroma a petricor invadiera el aire y, aunque los truenos me asustaran cuando era tan pequeña, me alegraba la idea de detenernos a mirar las nuevas muñecas en la tienda que estaba dos calles antes del jardín de infantes. Siempre llevaba en brazos una muñeca de trapo que hizo mi abuela.
En un impulso inocente me separé de mis padres y corrí hacia la tienda, emocionada. —¿Qué podría pasar?
Al llegar, vi a un niño que también miraba la vidriera. Creo que me pareció lindo, ya que lo miraba tanto. Tenía cabello negro y ojos amables de color caramelo, que se fijaban emocionados en los dinosaurios de Jurassic Park. Él sonrió con timidez al notar que lo miraba. Pero antes de que intentara hablarle..., dos niños mayores tomaron mi muñeca para pasársela entre ellos mientras me dedicaban insultos racistas.
Él intentó recuperarla, pero recibió una patada en el estómago que lo dejó en el suelo enrollado de dolor. Entonces, al verlo así, sin poder levantarse, me puse a llorar. De repente, su mirada —antes luminosa— se tornó seria, oscura, de una forma inquietante. Los abusivos dejaron de jugar y sus caras se volvieron pálidas como tiza. Aquel niño solo dijo:
—Devuélvanle... su muñeca... —Arrastraba sus palabras en un siseo serpentino—. ¡Háganlo ahora!
Su grito coincidió con un trueno, distorsionando su voz. La luz del relámpago brilló en sus ojos con tonos rojizos. Asustados, los abusivos le arrojaron mi muñeca a la cara y huyeron, perdiéndose entre la gente. El niño la tomó, la contempló con una sonrisa y me la dio. Se veía amable otra vez, aunque con las lágrimas contenidas de aquel golpe... La tomé abrazándola contra mi pecho, y cuando quise darle las gracias, ya no estaba.
Jamás lo volví a ver. Jamás pude agradecerle.
Quizá algún día, en ese mundo entre el sueño y la vigilia, pueda encontrar la forma de decírselo.
Pasaron diez años desde aquel día, pero cada tanto vuelvo a soñarlo. Quisiera volver a verlo, darle las gracias; es un anhelo para mí cerrar ese capítulo que, si bien podría ser insignificante, fue algo muy lindo que recuerdo con cariño.
El despertador emite su insistente pitido electrónico, como cada mañana. Sin embargo, siempre que sueño con él, me despierto antes, ganándole a la alarma. Hoy también es un día tormentoso. Abro las ventanas para que entre algo de aire y doy una profunda aspiración. El aroma a asfalto mojado me da la bienvenida a pesar de la altura de mi balcón. Ato las cortinas a los lados y, tomando la silla del escritorio, me siento frente al espejo y comienzo a peinarme.
Al verme —y notar cuánto crecí—, quisiera volver el tiempo atrás y ser una niña jugando con muñecas en lugar de dedicar mis días a los estudios. Abro el archivo Excel que uso como agenda para ver cuáles son mis actividades para hoy. Al menos tengo mi pasatiempo, el lugar donde brillo de verdad. Tengo que esforzarme; nuestra próxima competencia está a pocos meses, y todavía no puedo decidir qué canción voy a usar.
Del diario de Malice Latos, 16 de febrero.
Nueva York. Fue un día especial. Mi debut como miembro de la orden, mi primera misión importante. Y también, la primera vez que estuve frente a los nobles.
Las compuertas de madera se abrieron y el grave rechinar de las cerraduras me invitaba a pasar. Nerviosa, caminé por el pasillo, mientras los murmullos a mi alrededor eran opacados por el tacón de mis zapatos, golpeando el piso de mármol y resonando en las paredes de piedra. Estábamos dentro de una mansión, rodeada por una ciudad moderna. Era como si las rejas y murallas a nuestro alrededor fueran una barrera que separa el interior del exterior por quinientos años.
Dentro de la mansión Karnstein disfrutamos de la última tecnología para facilitarnos la vida, pero tenemos muchas costumbres de la Edad Media. Mis modales y vestimenta —a pesar de mi disgusto— deben ser los más correctos si no quiero perder mi posición. Nunca conocí a mis padres, pero supe que eran nobles, y si tengo un lugar entre ellos, es gracias a eso.
Al final del corredor estaba el trono, custodiado por un enorme guardia, parado con firmeza y descansando un gran martillo de guerra en los hombros. Allí estaba sentada una mujer de abundante cabello negro, labios carnosos y ojos como dos rubíes brillantes. Con un cuerpo voluptuoso, envuelto en un bello vestido, compuesto de una falda carmesí tornasolada y un corsé de satén rojo con detalles en negro. Sus brazos estaban cubiertos casi hasta el hombro por guantes de seda negra y sus piernas envueltas en medias satinadas que llegaban hasta la mitad de los muslos, llamando a una sensual vista de los bordes de encaje. Su extrema belleza era una trampa mortal para cualquiera que tenga el honor y la desgracia de conocerla. Su nombre es: Camille Báthory.
—Malice, hija de Latos, barón de Neustadt.
—Estoy a sus órdenes, mi condesa. —dije mientras me inclinaba en reverencia, apoyando una rodilla en el suelo.
—Fuiste iniciada en la orden luego de tu contribución. Y al tener una distinguida sangre aristocrática, la misión que te encomendamos no es de una importancia menor. Confío en que podrás cumplirla.
La voz de la condesa es imponente, pero al mismo tiempo apacible, disipando toda incomodidad.
—Así lo haré, milady, le agradezco esta oportunidad.
Camille sonrió complacida y se puso de pie, demostrando su femenina imponencia, antes de dar la orden en voz alta.
—Muy bien. Como sabes, hace más de cien años, Vlad III de Valaquia fue destruido tras viajar a Londres. Él, quien heredó el poder de la madre Lilith, desapareció, pero su linaje humano aún debe existir. Deberás usar “tus habilidades” para encontrar al descendiente más adecuado y convertirlo en uno de los nuestros. Tal vez la maldición otorgada por la Reina de la Noche también fluya en su sangre.
—Como usted ordene —respondí, sin levantar la mirada—. Encontraré al descendiente y lo haré unirse a nosotros.
—Informarás cada novedad de inmediato. Orlok será tu compañero, como siempre, pero la misión es tu responsabilidad. Te deseo suerte, señorita Latos.
Me retiré de la sala del trono luego de mostrar mis respetos a Camille y me preparé para viajar a Rumanía. Es la primera vez que intentaba transformar a alguien. Tal vez la misión sea sencilla, pero volver a Europa —la tierra natal de mis padres— me provocaba una inesperada nostalgia.
17 de febrero: El avión volaba sobre el Atlántico camino a Bucarest, un jet privado con las ventanas cubiertas por gruesas telas para bloquear la luz del sol.
Kraven Orlok, mi compañero y mejor amigo, estaba revisando los datos de los posibles candidatos. La pantalla brillaba en su calva mientras leía los registros. Por mi parte, solo estaba recostada, esperando llegar al aeropuerto, jugando un rato con mi teléfono móvil a un aburrido juego de citas escolares con temática de nuestra especie.
Debíamos encontrar un lugar para ubicarnos y comenzar la búsqueda. Si no fuera porque ya de por sí nuestra presencia —sobre todo la mía…— llamaba demasiado la atención, las necesidades de una casa grande para mi compañero con sus mascotas, unas cuantas ratas, eran todo un problema… Por mi parte, un departamento pequeño era más que suficiente.
Kraven, notando mi aburrimiento, de pronto me llamó para que pusiera atención a la información recolectada. Para un genio como Kraven, entrar en los registros civiles, historiales médicos y otros datos de interés es pan comido.
—Estos son los posibles descendientes de los que, hasta ahora, tenemos registros. Empezando por Dío Drago, padre de los tres candidatos. Diego, el hermano mayor, es universitario y deportista; creemos que tiene una vida sexual activa, por lo que no es adecuado. Luego está Demián, el hermano del medio, quien parece ser la mejor opción; es probable que aún sea puro, aunque tiene antecedentes con psicólogos por conductas antisociales y peleas callejeras. Y la última, Diana, la hermana menor, es demasiado joven para siquiera intentarlo; sería perjudicial para su salud mental. Estas son las opciones y mi recomendación, pero la decisión es tuya.
Estuve dubitativa unos segundos; me había costado mucho tiempo aprender a morder sin infectar a nadie, pero esta nueva misión dependía de que hiciera todo lo contrario. Entonces me di cuenta de un pormenor importante en la misión: si Camille me eligió a mí, específicamente a mí, para hacerlo, es porque espera que elija a un hombre.
—Dime, ¿alguna vez intentaste convertir a alguien?
—La verdad, no —respondió, encogiéndose de hombros—, nunca lo hice y tampoco lo necesito. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, solo tenía curiosidad.
Tomé la computadora, miré cada retrato con atención y leí la información correspondiente a cada uno.
De pronto, la foto del hermano medio llamó mi atención. Su mirada, más hostil que la de sus hermanos, con su ceño siempre fruncido, me pareció muy atractiva. Lo elegí sin pensarlo demasiado. Todo en él me gustó desde el momento en que lo vi. Sus labios rosados y llenos de vida eran otra parte que no podía dejar de mirar. Sin duda, era mi tipo de hombre.
—Demián se ve justo como me gustan. —No pude evitar relamerme, imaginando su sabor, mientras acariciaba su cara con deseo en la pantalla. —Tan solo ve su mirada... Es como si estuviera destinado a ser uno de los nuestros. Estoy ansiosa por conocerlo. Lo quiero, incluso si el plan no funciona; quiero que sea mío, aunque sea como ghoul.
La reacción de mi compañero fue mirar con lástima la foto de aquel humano que pronto dejaría de serlo.