El Abrazo Prohibido en la Oscuridad

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Summary

🚨 ATENCIÓN 🚨 Esta historia es solo para mayores de 18 años 🔞. Contiene escenas intensas, picantes y subidas de tono 🥵🥵. ¡Disfruta cada momento de la lectura si te atreves! 😈📖

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Anthony tenía dieciocho años recién cumplidos y vivía solo con su madre, Valeria, en un departamento pequeño pero acogedor en el tercer piso de un edificio viejo en la zona este. Valeria era una mujer de treinta y ocho años, de piel morena suave, cabello negro larguísimo que le llegaba casi a la cintura, curvas exageradas que siempre habían atraído miradas y un carácter fuerte pero dulce con su único hijo. Viuda desde hacía doce años, había criado a Anthony sola y, aunque nunca lo admitiría en voz alta, llevaba mucho tiempo sin tocar a nadie más que a sí misma.

Esa noche de sábado Anthony había salido con sus amigos de siempre. La fiesta era en una casa grande en las afueras: música a todo volumen, luces estroboscópicas, vasos rojos llenos de ron con energizante, líneas de cocaína sobre la mesa del comedor y botellas de vodka que pasaban de mano en mano. Anthony no era de los que se descontrolaban normalmente, pero esa noche se dejó llevar. Shot tras shot, risas, baile pegado con una chica que ni siquiera recordaría al día siguiente. Cuando se dio cuenta, el mundo giraba y apenas podía caminar derecho.

Sus amigos, viendo que no estaba en condiciones de manejar ni de tomar un taxi solo, decidieron llevarlo a casa. Lo subieron al asiento trasero del carro de Kevin y, entre risas y bromas pesadas, llegaron al edificio alrededor de las 3:17 de la madrugada.

Mientras tanto, en el departamento…

Valeria había tenido un día largo en el trabajo y una noche de insomnio sexual que ya le quemaba las entrañas. Hacía semanas que no se permitía un momento para sí misma. Se había duchado, se había puesto solo una bata de satén rojo oscuro que apenas le cubría los muslos y, después de dudarlo un rato, había sacado del cajón secreto su juguete favorito: un consolador realista de veintiún centímetros, grueso, con venas marcadas y base succionadora.

Se acostó boca arriba en la cama grande de su habitación, luces apagadas excepto la pequeña lámpara de sal rosa que dejaba todo en un tono cálido y pecaminoso. Separó las piernas, se humedeció los dedos con saliva y empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos mientras con la otra mano guiaba la punta gruesa del dildo hacia su entrada.

—Joder… sí… —susurró cuando la cabeza rompió el anillo de músculos y empezó a entrar.

Lo fue metiendo despacio, disfrutando cada centímetro que la abría. Cuando llegó hasta el fondo, soltó un gemido largo y profundo, arqueando la espalda. Empezó a bombearlo con fuerza, sacándolo casi por completo y volviéndolo a clavar hasta que sus labios vaginales besaban la base. El sonido húmedo, obsceno, llenaba la habitación junto con sus jadeos cada vez más altos.

—Ay, mierda… más duro… —se exigía a sí misma, pellizcándose un pezón con la mano libre mientras aceleraba el ritmo. Sus caderas subían y bajaban buscando más profundidad, el consolador entraba y salía brillando con sus jugos, dejando un charco oscuro en las sábanas.

Justo cuando sentía que el orgasmo estaba a punto de romperla, el timbre sonó.

Un sonido seco, insistente.

Valeria se quedó congelada, el dildo enterrado hasta el mango, su coño contrayéndose alrededor del grosor plástico. Su corazón latía en la garganta.

—Mierda… —susurró, retirándolo con un sonido húmedo y sucio. Lo dejó caer al suelo, se cubrió rápidamente con la bata roja (sin abrocharla del todo) y se puso una toalla pequeña alrededor de la cintura como si eso fuera a disimular algo.

Abrió la puerta apenas una rendija.

Eran los amigos de Anthony. Y Anthony estaba literalmente colgando entre Kevin y otro chico, con la cabeza caída y oliendo a alcohol y sudor.

—Se nos pasó la mano con el trago, doña Valeria… lo sentimos —dijo Kevin con cara de culpabilidad.

Valeria abrió la puerta de golpe, la bata se abrió lo suficiente como para dejar ver el interior de sus muslos y el inicio de sus pechos pesados.

—Tráiganlo adentro, rápido.

Lo llevaron hasta la habitación de Anthony y lo dejaron caer boca arriba sobre la cama. Ni siquiera le quitaron los tenis. Se despidieron con un “cuídelo, doña” y desaparecieron por el pasillo.

Valeria cerró la puerta principal con llave y volvió a la habitación de su hijo. Anthony respiraba pesado, pero estaba consciente a medias. Intentó incorporarse y murmuró algo incoherente.

—Tranquilo, mi amor… déjame ayudarte —dijo ella, inclinándose para quitarle los zapatos.

Cuando intentó sacarle la camiseta, Anthony de repente la abrazó con fuerza por la cintura y la jaló hacia él. Valeria perdió el equilibrio y cayó encima, sus pechos aplastándose contra el pecho de su hijo.

—Bebé… te extrañé… —balbuceó Anthony, claramente confundido.

La luz del departamento parpadeó dos veces… y se fue por completo. Oscuridad absoluta.

Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos.

Anthony, en su borrachera profunda, empezó a acariciar la espalda de su madre pensando que era su novia de ese momento, una chica de cabello largo que había besado en la fiesta. Sus manos bajaron hasta las nalgas, las apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne suave y abundante.

—Estás tan caliente… —susurró contra su cuello.

Valeria intentó apartarse.

—Anthony… soy yo… para, hijo… —pero su voz salió débil, temblorosa.

Las manos de él subieron por debajo de la bata, encontraron piel desnuda, subieron hasta los pechos y los agarraron con ambas manos. Los pezones ya estaban duros como piedras. Los pellizcó suavemente y Valeria soltó un gemido involuntario, traicionero.

—No… no debemos… —susurró ella, pero su cuerpo no se movía.

Anthony la giró con una fuerza que no parecía tener en ese estado y quedó encima de ella. Su erección, dura como roca dentro del jean, presionó justo contra el centro caliente y mojado de Valeria. El consolador todavía estaba tirado en el suelo, pero ahora era la polla real y caliente de su hijo la que empujaba contra su entrada desnuda, separando apenas los labios hinchados.

—Ahhh… —Valeria soltó un gemido largo cuando sintió el grosor frotarse contra su clítoris.

Anthony bajó la cremallera torpemente, sacó su miembro y lo apoyó directo contra la abertura empapada. La cabeza gruesa rozó el agujero, resbaló por los jugos y empujó apenas, entrando un par de centímetros.

Valeria arqueó la espalda y clavó las uñas en los hombros de su hijo.

—Hijo… no… por favor… —pero sus caderas traicioneras subieron solas, tragándose otros cinco centímetros más.

Anthony gruñó y empujó con fuerza. La polla entró hasta la mitad en un solo movimiento. Valeria abrió la boca en un grito silencioso, sus paredes vaginales apretando desesperadamente alrededor del grosor caliente y palpitante de su propio hijo.

—Joder… qué rico estás… —murmuró él, empezando a bombear lento pero profundo.

Valeria ya no luchaba. Cerró los ojos en la oscuridad, se mordió el labio hasta hacerse sangre y dejó que su cuerpo tomara el control. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran violentamente, el sonido de carne contra carne llenaba la habitación junto con los gemidos ahogados de ambos.

Anthony aceleró. La follaba con fuerza, sin delicadeza, como un animal en celo. La cama crujía, las caderas chocaban, el coño de Valeria chorreaba tanto que se escuchaba el chapoteo obsceno con cada embestida.

—Te voy a llenar… mamá… —balbuceó él sin darse cuenta de lo que decía.

Esas palabras fueron el detonante.

Valeria explotó. Su orgasmo la atravesó como un rayo, su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de su hijo, ordeñándola. Gritó sin control, las piernas temblando, los ojos en blanco en la oscuridad.

Anthony empujó una última vez, profundo, y se vació dentro de ella. Chorros calientes y espesos inundaron el útero de Valeria mientras él gruñía contra su cuello, temblando entero.

Se quedaron así, pegados, jadeando en la oscuridad, con el semen de Anthony goteando lentamente por los muslos de su madre.

La luz volvió de golpe.

Ambos se miraron.

Valeria tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, el cabello desordenado y los labios hinchados.

Anthony parpadeó, confundido, todavía dentro de ella.

—Mamá… —susurró.

Valeria solo le acarició la mejilla con dedos temblorosos.

—Shhh… ya pasó… duérmete, mi amor.

Pero ninguno de los dos se movió.

Y en el fondo, ambos sabían que esa noche no había terminado… solo acababa de empezar.