Tú Eres Mi Destino
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Tú Eres Mi Destino

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Zusammenfassung

Charlotte Whitmore ha tenido una vida completamente tranquila y feliz, es la princesa para su padre, Edward Whitmore un empresario muy importante de la gran Nueva York. Su felicidad también se debe a su novio Daniel, el cual a pesar de mantener su relación en secreto ha demostrado que es el hombre ideal para Charlotte. Pero pronto eso cambia, la vida de la pequeña Whitmore cambia de la noche a la mañana debido a una sola cosa, la bancarrota de su familia, todo parece indicar que es el fin para la gran familia Whitmore. Hasta que una pequeña luz de salvación aparece, una con nombre y apellido: Alexander Beaumont, un nuevo rico y único heredero de Charles Beaumont. El joven heredero ofrece la salvación para los Whitmore, salvación que tiene mucho que ver con Charlotte. Ahora ella tendrá que decidir si serle fiel al amor verdadero o a la responsabilidad para con su familia y padre. Puede que al final el destino termine por sorprender a la joven y lo que comenzó como una oferta se termine convirtiendo en algo real y más fuerte que lo que Charlotte tenía antes.

Status:
vor 8 Monaten
Kapitel:
5
Rating
n/a
Altersfreigabe
18+

Capítulo 1

Charlotte

El reloj antiguo sobre mi buró suena a las siete en punto.

No es una alarma estridente. Es un sonido elegante, delicado, casi musical. Mi madre dice que los Whitmore no despertamos con escándalo, despertamos con clase.

Abro los ojos y lo primero que veo es el techo alto, blanco, con molduras delicadamente talladas. La luz de invierno entra por los ventanales de mi habitación y pinta las paredes en tonos dorados. Desde aquí puedo ver parte del Upper East Side. Nueva York nunca duerme... pero desde esta altura parece que sí.

Me incorporo lentamente.

Soy Charlotte Whitmore.

Hija de Edward Whitmore.

Apellido que abre puertas.

Apellido que pesa.

Camino hacia el baño mientras me quito la bata de seda. El mármol frío bajo mis pies me despierta del todo. Me ducho rápido, dejando que el agua caliente disuelva los restos del sueño. Mientras me arreglo el cabello frente al espejo, observo mi reflejo con atención.

Cabello rubio oscuro, perfectamente cepillado.

Ojos claros, demasiado expresivos según mi madre.

Postura recta. Siempre recta.

—Perfecta —murmuro en voz baja.

No porque lo crea.

Sino porque es lo que se espera.

Vivo en una mansión que mi padre compró antes de que yo naciera. Cinco pisos, escaleras de mármol italiano, lámparas traídas de Europa, retratos familiares que parecen observar cada paso que doy. Es hermosa... y a veces se siente como una jaula.

Tomo mi vestido crema del perchero. Elegante, sobrio, apropiado. Mi madre detesta que use colores demasiado vivos por la mañana. Dice que la discreción es el mayor lujo.

Mientras me coloco los aretes de perla, pienso en papá.

Su corazón.

Hace años que vive con esa palabra rondándolo todo. Cardiopatía. Operaciones. Medicación. Descanso obligatorio. Aun así, insiste en seguir yendo a la oficina, aunque sea unas horas.

Dice que un Whitmore no se rinde.

Y yo... le creo.

Mi hermano mayor, William —Will para mí—, heredó la firmeza de papá. Tiene veintisiete años, sonrisa encantadora y un talento natural para los negocios. Mamá lo adora porque dice que será quien mantenga el apellido en alto.

Yo soy... diferente.

No peor.

Solo diferente.

Termino de arreglarme, respiro hondo y salgo de mi habitación.

El pasillo es largo, silencioso. Mis tacones apenas hacen ruido sobre la alfombra persa. Bajo por la gran escalera central, deslizando la mano por el barandal pulido. Desde aquí se puede oler el café recién hecho y el pan tostado.

El comedor principal está iluminado por la luz natural que entra por los ventanales. La mesa es larga, demasiado larga para solo cuatro personas.

Papá ya está sentado en la cabecera. Su traje gris impecable. Su piel un poco más pálida de lo habitual.

Mamá está a su derecha, leyendo una revista financiera.

Will revisa su teléfono con gesto concentrado.

—Buenos días —digo con suavidad.

Papá levanta la mirada y sonríe.

Esa sonrisa siempre ha sido mi lugar seguro.

Me acerco y le doy un beso en la mejilla.

—Buenos días, princesa.

Antes de que pueda responder, la voz de mamá corta el aire.

—Charlotte, ya no tienes seis años. Deja de comportarte como una niña mimada.

El silencio se instala un segundo.

Papá suspira.

—Déjala, Margaret. Es mi hija. Siempre será mi niña.

—Precisamente ese es el problema, Edward —responde mamá sin apartar la vista de la revista—. Siempre la tratas como si el mundo fuera a consentirla igual que tú.

Will levanta la mirada, divertido.

—Si el mundo la consiente la mitad de lo que lo haces tú, papá, Lottie tendrá la vida resuelta.

—No necesito que me consientan —digo mientras tomo asiento frente a ellos—. Solo estaba saludando.

Mamá deja la revista sobre la mesa.

—Una señorita debe mantener compostura en todo momento. Incluso en casa.

—¿Incluso con su propio padre? —pregunto, arqueando ligeramente una ceja.

Papá sonríe con orgullo disimulado.

—Ves, Margaret. Tiene carácter.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Will interviene, apoyando los codos sobre la mesa.

—Vamos, madre. Si Lottie no tuviera carácter, se aburriría en las cenas benéficas.

Le lanzo una mirada fulminante.

—No me aburro.

—Te aburres —insiste él—. Solo eres demasiado educada para decirlo.

—Charlotte —dice mamá con tono firme—. Esta noche vendrán los Hamilton. Espero que estés presentable y... prudente.

—Siempre estoy presentable.

—La prudencia no tiene que ver con el vestido.

Papá carraspea levemente, llevándose una mano al pecho por un segundo. Apenas un gesto. Pero yo lo noto.

—¿Estás bien? —pregunto de inmediato.

—Estoy perfectamente —responde él, restándole importancia.

Mamá lo observa con atención, pero su expresión no es de ternura. Es de cálculo.

Will cambia de tema.

—Tengo reunión temprano en la oficina. Papá, luego necesito que hablar un momento contigo..

—Claro —dice papá—. Después del almuerzo.

Yo tomo mi taza de café.

—¿Irás hoy a la oficina? —le pregunto.

—Solo unas horas.

—Deberías descansar más.

—No empieces tú también —responde con una sonrisa cansada—. Si escuchara a todos, viviría encerrado en una habitación.

—No sería tan mala idea —murmura mamá.

La miro.

—Mamá...

—El mundo no tiene compasión, Charlotte. Y menos con los hombres que se debilitan.

Papá deja los cubiertos con suavidad.

—No estoy débil.

—No he dicho eso.

Pero lo ha dicho.

El ambiente se vuelve denso. Yo tomo aire y enderezo la espalda.

—Papá no es débil. Es el hombre más fuerte que conozco.

Will me observa, y por primera vez su expresión es seria.

—Lottie...

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

Papá me dedica una mirada cálida.

—Gracias, hija.

Mamá vuelve a tomar su revista, como si la conversación hubiese terminado.

—Recuerda lo que te dije, Charlotte. Esta noche quiero verte impecable.

—Siempre lo estoy.

—No hablo solo de apariencia.

Sostengo su mirada unos segundos.

—Entonces tendré que adivinar qué espera de mí.

Ella sonríe apenas.

—No te preocupes. Cuando llegue el momento... lo sabrás.

Un escalofrío me recorre la espalda, aunque no sé por qué.

Tomo otro sorbo de café, intentando disipar esa sensación extraña.

Todo parece igual que siempre.

La mesa elegante.

Las conversaciones medidas.

Las expectativas invisibles.

No sé que algo se está rompiendo bajo esta superficie perfecta.

No sé que mi mundo está sostenido por hilos que no veo.

Y no sé que pronto... tendré que elegir entre lo que deseo y lo que se espera de mí.

Pero por ahora solo soy Charlotte Whitmore.

La hija perfecta.

O eso creen.

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