Capítulo 1
El metro de las seis de la tarde en la hora punta era un hervidero de olores metálicos, sudor y frustración. Pero para Elena, una inmigrante rumana de curvas imposibles y mirada de acero, el aire se sentía mucho más denso. No era por la multitud, sino por la orden que cargaba encima. Satoru Gojo, un hombre que no aceptaba un "no" por respuesta, le había exigido que se vistiera exactamente así: un top blanco criminalmente corto que apenas contenía sus pechos y una falda de cuero negra tan ajustada que cada paso era un desafío a la física.
Elena se sujetaba del pasamanos superior, tensando aún más la tela de su top. Sentía las miradas. Eran como manos invisibles recorriendo su piel. Especialmente la de un viejo de gafas y chaleco azul que estaba a unos pasos, un hombre que la devoraba con una mezcla de lascivia senil y asombro, incapaz de apartar los ojos de su culo casi al descubrimiento.
—¿Te gusta que te miren, verdad, preciosa? —La voz de Satoru vibró directamente en su oído, cargada de una arrogancia masculina que la hizo estremecerse.
Él se había materializado detrás de ella, aprovechando un frenazo del vagón para pegarse por completo. Satoru era alto, una presencia dominante que cortaba el paso a cualquiera. Vestía de forma impecable, pero sus intenciones eran sucias.
Elena no respondió con palabras, solo apretó más fuerte el tubo de metal. Sintió de inmediato el bulto masivo de Satoru presionando contra la parte alta de sus nalgas. Era una erección dura, agresiva, que buscaba su calor a través de la fina capa de cuero de la falda. Satoru no se escondía; al contrario, usó su cuerpo para acorralarla contra la puerta del vagón, creando un pequeño refugio privado en medio de la multitud.
—Mueve ese culo rumano para mí —le ordenó en un susurro ronco, sus labios rozando el lóbulo de su oreja—. Ahora mismo.
Elena, con el corazón martilleando contra sus costillas, obedeció. Empezó a oscilar las caderas rítmicamente. Sus nalgas, firmes y voluminosas, se restregaban contra la polla de Gojo de lado a lado. Podía sentir cada centímetro de su grosor, la firmeza de un hombre que estaba disfrutando de su sumisión pública.
El viejo del chaleco azul seguía mirando, con la boca entreabierta, viendo cómo esa mujer increíble se contoneaba de una forma que no podía ser accidental.
—Así, perra... —gruñó Satoru, su mano derecha descendiendo para apretar con violencia su cintura—. Siente lo duro que me tienes. Todos estos imbéciles te desean, pero solo yo voy a espandir tus orificios.
Satoru no se conformó con el roce. Metió su mano libre por debajo del top de Elena, atrapando uno de sus pechos con una fuerza bruta. Sus dedos largos y expertos pellizcaron el pezón que ya estaba erecto por la excitación y el miedo a ser descubiertos. Elena soltó un jadeo ahogado, pero Satoru la giró violentamente por el cuello para estampar sus labios contra los de ella.
Fue un beso hambriento, lleno de lengua y el sabor a posesión. Mientras la devoraba la boca, Satoru bajó la mano hacia su trasero. Con un movimiento experto, subió la falda de cuero, exponiendo la rejilla de sus medias y la piel blanca de sus nalgas. Sus dedos se engancharon en el borde de su tanga de hilo dental y la apartaron sin ceremonias.
Elena sintió el aire frío del vagón en su vagina húmeda, por un segundo antes de que los dedos de Satoru, empapados en su propio deseo, la invadieran. Él empezó a masturbarla con una furia rítmica, hundiéndose dentro de ella mientras ella trataba de gritar de placer. Pero Satoru fue más rápido: le tapó la boca con la palma de la mano, forzándola a tragarse sus propios gemidos.
—Cállate y gime para mi mano, Elena —le siseó, sus ojos azules brillando con una intensidad depredadora—. Mira al viejo. Míralo mientras te meto los dedos delante de sus narices.
El anciano, a menos de un metro, parecía estar en trance. Veía el forcejeo, veía la falda levantada y la mano del hombre alto trabajando frenéticamente entre las piernas de la mujer. Elena, con los ojos empañados y el cuerpo temblando, alcanzó el clímax bajo la presión de Satoru, sintiendo cómo sus jugos empapaban la mano del hombre que la reclamaba como suya en el lugar más público e inapropiado imaginable.
—Esto es solo el principio, puta —susurró Satoru, limpiando su mano en la tela de la falda mientras el metro anunciaba la siguiente parada—. Vamos a casa. Tengo mucho más para ti.
El vagón dio un bandazo violento, pero Satoru ni siquiera se inmutó. Tenía sus dedos hundidos en la la vagina de Elena, sacando un sonido pegajoso que se perdía apenas por el estruendo de las ruedas sobre los raíles.
El viejo del chaleco azul no parpadeaba; sus pupilas estaban dilatadas, fijas en el espectáculo de degradación y placer que ocurría a plena vista.
Satoru retiró sus dedos de golpe, dejando a Elena temblando, con las piernas flojas y el sexo latiendo. Los dedos de Gojo estaban brillantes, empapados en el fluido espeso y transparente de la mujer rumana.
—Míralos, Elena —ordenó Satoru, levantando la mano frente a la cara de ella—. Mira cómo me has puesto la mano. Chúpalos. Limpia cada gota de tu propia vergüenza.
Elena, con los ojos inyectados en deseo y el maquillaje ligeramente corrido por el sudor, entreabrió los labios. Satoru le metió los dedos en la boca con rudeza, golpeando su garganta. Ella empezó a succionar, rodeando los dedos largos del hombre con su lengua caliente, saboreándose a sí misma mientras mantenía la mirada fija en el anciano, quien ahora se sujetaba el pantalón con manos temblorosas, incapaz de procesar la obscenidad de la escena.
—Ahora, no te muevas —siseó Satoru.
Él se soltó de ella y, con una agilidad depredadora, se agachó detrás de su figura. Elena seguía colgada del pasamanos, con los brazos en alto, lo que arqueaba su espalda y exponía sus nalgas de forma criminal. Satoru, de rodillas en el sucio suelo del vagón, ignorando la mugre, lo primero que hizo fue hundir su cara en el espacio entre sus muslos. Elena soltó un jadeo que tuvo que morderse para no alertar a todo el tren. Satoru empezó a lamerle las nalgas con lengüetazos largos y hambrientos, saboreando la piel salada y el perfume que emanaba de su centro. Sus manos, grandes y firmes, abrieron sus mejillas con fuerza, exponiendo la intimidad más profunda de Elena.
Sin previo aviso, Satoru aplicó su lengua directamente sobre el ano de la mujer.
Elena se tensó tanto que sus manos apretaban el metal del pasamanos. Era un contacto prohibido, sucio, realizado mientras el metro entraba en un túnel oscuro.
Gojo no tuvo piedad; usó la punta de su lengua para explorar cada pliegue, deleitándose en el estremecimiento violento que sacudía el cuerpo de la rumana.
Mientras el viejo observaba desde las sombras del vagón, viendo solo la cabeza de Gojo moviéndose rítmicamente entre las piernas de la mujer, Satoru bajó hacia la vagina. El clítoris de Elena estaba hinchado, gritando por atención. Gojo lo atrapó entre sus labios y empezó a succionar con una fuerza que amenazaba con hacerla colapsar allí mismo.
“Fliggg fliggg fliggg…”
—Eres mi perra rumana, ¿verdad? —gruñó Satoru contra su carne húmeda, su voz resonando baja y vibrante—. Me encanta cómo te empapas mientras todos estos perdedores te miran.
Elena estaba en otro mundo. El contraste entre el frío del metal en sus manos y el fuego de la lengua de Satoru en su vagina la estaba volviendo loca. Él no se detuvo; alternaba entre lamer su entrada vaginal con una voracidad animal y volver a su ano, creando una sinfonía de sensaciones que la mantenían al borde del abismo.
El olor a sexo llenaba el pequeño espacio que habían reclamado, un aroma que el anciano parecía intentar inhalar con desesperación.
Satoru se puso de pie de repente, dejando a Elena gimiendo silenciosamente, con los muslos cubiertos de su propia saliva y la de él. La miró con una sonrisa de absoluta superioridad.
—Todavía no hemos terminado —susurró, pegando su cuerpo nuevamente a su espalda y sintiendo cómo ella buscaba desesperadamente el contacto de su erección.
El chirrido de los frenos del metro resonó como un grito metálico mientras el vagón se inclinaba hacia un lado.
¡SCREEEEECH!
Elena se tambaleó, pero antes de que pudiera perder el equilibrio, los brazos de Satoru la rodearon como cadenas de acero. Con un movimiento brusco y experto, la giró y la estampó de espaldas contra el poste metálico central del vagón.
—Es hora de que todos vean a quién perteneces, Elena —gruñó Satoru, su voz era un trueno bajo que vibraba en el pecho de la mujer.
Satoru no perdió ni un segundo. Con una mano sujetó ambos brazos de Elena sobre su cabeza, anclándola contra el poste frío, mientras que con la otra liberó su pene, que saltó con una violencia animal, palpitando con venas gruesas y un brillo de pre-semen en la punta.
Elena abrió las piernas instintivamente, su falda de cuero ya estaba subida hasta la cintura, dejando sus medias de rejilla y su vagina empapada y totalmente expuestos.
El viejo del chaleco azul, ahora a escasos dos metros, se sujetaba a un asiento con los nudillos blancos, su respiración era un silbido asmático de pura excitación prohibida.
—Mírame a los ojos mientras te destrozo —ordenó Gojo.
Sin preámbulos, Satoru se hundió en ella de una sola estocada brutal.
¡PLAP!
El sonido de la carne chocando contra la carne fue tan fuerte que pareció silenciar el traqueteo del tren. Elena echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en un grito mudo, sus ojos se pusieron en blanco por un segundo ante la invasión total.
—¡Ahhh... G-Gojo...! —logró articular ella, sus dedos arañando el poste metálico.
Satoru empezó a embestirla con una saña inhumana. Cada golpe de sus caderas era un impacto seco que hacía que el cuerpo de Elena rebotara contra el poste.
¡CLACK-PLAP! ¡CLACK-PLAP!
El poste vibraba con cada estocada. Satoru no buscaba placer mutuo; buscaba marcar territorio. Sus manos bajaron para apretar las nalgas de Elena, hundiendo sus dedos en la carne firme, dejando marcas rojas que contrastaban con la piel pálida de la rumana.
—¡Así, perra! ¡Sientela toda! —Satoru estaba fuera de sí, su lenguaje era soez, gráfico, disfrutando de la humillación de la mujer ante los ojos de los extraños—. ¡Siente cómo te lleno el útero, cómo te ensucio por dentro!
¡SLOSH! ¡SQUELCH!
El sonido de los fluidos mezclándose era constante, una música sucia que llenaba el aire pesado del vagón. Elena movía la cabeza de lado a lado, su pelo castaño ondeando mientras sus propios gemidos se convertían en súplicas incoherentes en su idioma natal.
—¡Vrei să mă lași însărcinată, Satoru! ¡Da, tăticule, umple-mă! (¡Quieres dejarme embarazada, Satoru! ¡Sí, papi, lléname!) —gritaba ella, olvidando cualquier rastro de decencia.
Satoru sintió la presión acumulándose en la base de su columna. Podía sentir las paredes vaginales de Elena contrayéndose espasmódicamente, tratando de ordeñar cada gota de su esencia. Él la sujetó con más fuerza, pegando su pecho contra la espalda de ella, aplastando sus tetas contra el algodón de su camisa.
—Aquí viene, Elena... toda mi descendencia... directamente al fondo de tu vientre —rugió él, sus ojos azules brillando con una luz casi sobrenatural.
Gojo dio tres estocadas finales, tan profundas que parecieron llegar al alma de la mujer. En la última, se hundió hasta el hueso y se quedó allí, rígido, mientras su cuerpo se sacudía con espasmos violentos.
¡NNNGGHHH... ARRRGH!
Elena sintió el chorro caliente y denso golpeando su cuello uterino una y otra vez. Era una cantidad masiva, una inundación de vida que la llenaba por completo, desbordándose por sus muslos y manchando las medias de rejilla. Satoru se mantuvo dentro de ella, asegurándose de que cada gota de su semilla se quedara donde él quería.
El viejo del chaleco azul finalmente apartó la mirada, temblando, mientras el metro anunciaba la llegada a la estación central.
Satoru se retiró lentamente, dejando que un hilo de semen y jugos compartidos colgara entre ellos. Elena se deslizó por el poste hasta quedar sentada en el suelo, con las piernas abiertas y la mirada perdida, sintiendo la pesadez en su vientre que no había sentido nunca antes.
El sonido de las puertas del metro abriéndose —un siseo neumático frío y mecánico— marcó el fin de la pesadilla y el éxtasis. Satoru Gojo se separó de Elena con una frialdad que dolió más que cualquier embestida. Mientras ella todavía sentía el espasmo de sus músculos internos y el calor denso de la semilla de él goteando por la parte interna de sus muslos, Satoru ya estaba subiéndose la cremallera del pantalón. Se arregló la camisa con una elegancia insultante, sin un solo pelo fuera de lugar, como si no acabara de follar a una mujer contra un poste delante de medio vagón. Elena, apoyada contra el metal frío, intentó buscar su mirada, una señal, un rastro de afecto o al menos de reconocimiento humano. Pero los ojos azules de Satoru, ocultos tras sus gafas oscuras, ya no estaban sobre ella.
Satoru se inclinó un poco, lo justo para que su aliento volviera a rozar la oreja de Elena una última vez. Pero esta vez no había deseo, solo una orden final envuelta en una cortesía cruel.
—Límpiate eso, Elena. Das un espectáculo penoso —dijo con una sonrisa ligera, casi divertida—. Fue un buen mata tiempo. Asegúrate de tomar algo para el dolor de caderas. No quiero que camines raro la próxima vez que te llame.
Elena sintió como si le hubieran dado una bofetada. Satisfecha físicamente hasta el punto del agotamiento, pero herida en lo más profundo de su orgullo femenino. Él la había usado como un juguete, un recipiente para su exceso de energía y su semen, y ahora la desechaba con la misma facilidad con la que se quita un guante sucio.
—¿Te... te vas? —susurró ella, con la voz rota, intentando subirse la falda de cuero con manos temblorosas.
—Tengo una clase con mis estudiantes, Elena —respondió él, dándole la espalda sin esperar respuesta—. El deber llama. Y ellos son... bueno, ellos son importantes.
Satoru salió del vagón con ese paso largo y despreocupado que lo caracterizaba. Elena se quedó allí, paralizada, mientras los nuevos pasajeros entraban, esquivándola como si fuera un estorbo, una mancha de suciedad en la impecable red de transporte. El viejo del chaleco azul pasó por su lado, lanzándole una última mirada de desprecio mezclada con asco antes de desaparecer en la multitud.
Elena se pegó al cristal de la ventana. Sus dedos dejaron huellas empañadas sobre el vidrio mientras el tren empezaba a moverse lentamente.
—Mírame... —rogó en un susurro que nadie escuchó—. Satoru, por favor, voltéate. Una vez más.
A través del cristal, lo vio. Satoru estaba en el andén, rodeado por un grupo de jóvenes que lo saludaban con respeto y admiración. Se reía, les ponía una mano en el hombro, irradiando esa luz de mentor y héroe que ella nunca llegaría a poseer.
Elena lo observó con el corazón encogido, sintiéndose como un objeto roto, un secreto sucio que él acababa de enterrar bajo el cemento de la estación.El tren aceleró. La figura de Satoru se hizo más pequeña. Ella esperó hasta el último milisegundo, anhelando que él girara la cabeza, que le dedicara un último gesto, una señal de que lo que había pasado significaba algo. Pero Satoru Gojo no volvió la vista atrás. Estaba demasiado ocupado siendo el sol de otros, mientras Elena se hundía en la oscuridad del túnel, cargando con su semilla dentro de ella y el vacío de su ausencia en el alma.