¿Quién Soy?
Es una pregunta que nos ronda la cabeza en algún momento de nuestras vidas.
Según mis padres, nací enmantillada. Siempre escuché que eso era señal de buen augurio; que mi vida estará llena de suerte y muchas cosas más, pero me han pasado tantas cosas, que lo menos que creo que tengo, es buena suerte.
Mi familia es bastante particular, vivimos todos juntos: mis abuelos, mis tíos, mis papás y mis hermanos. Es como una vecindad. Los más jóvenes de la casa somos mis hermanos y yo, los demás pasan todos los 50 años, excepto mis padres, que bordean los 40.
Nuestra crianza se vio marcada por las decisiones unánimes de todo el grupo familiar o “La Corte Suprema”, como suelo decirles.
Era difícil vivir así. Todo era un problema. No podíamos salir ni a la casa de al lado. Era frustrante a veces, por no decir todo el tiempo. Luego que aprendí a leer, despertó en mí el amor por la lectura y de esa forma, descubrí y entendí varias cosas que mi familia no me explicaría.
Desde pequeña, tuve sensaciones extrañas que no entendía hasta luego de cumplir los 12 años. El único de mi familia que las sabía era mi abuelo Nelson, quien, aunque quisiera, no las podría compartir con nadie.
Hace algunos años él tuvo un accidente en moto y perdió gran parte de su capacidad para articular palabra, aun así, nos podíamos comunicar sin problemas, él podía entender mi alma y yo, leer sus gestos y comprender lo que me quería decir.
Mi abuelo era mi único y mejor amigo. El resto de mi familia vivía del qué dirán y no entendía por qué. Todo se basaba en las buenas costumbres y en frases como:“En esta familia nadie... Esto, aquello o lo otro”. Si alguien cometía un error, era la oveja negra de familia y en mi casa, esa era yo.
Siempre fui rebelde, hacía lo que quería. Mis papás siempre estaban preocupados por mí (de verdad que les di varios dolores de cabeza, no intencional, claro está), es solo que no me gustaban las injusticias y de alguna forma, me encantaba romper las reglas.
«¿Y a quién no? ¿Se han dado cuenta de que todo lo rico, divertido y emocionante para los padres es un peligro o no se debe hacer?...»
Recuerdo que siempre fui muy enamoradiza y desde preescolar me gustaban los chicos, (al menos por ese lado, mis padres no debían preocuparse) en especial me gustaba un compañero, él era mi prototipo de novio; delgado, de tez clara, ojos claros, su cabello lo llevaba un poco largo y le colgaba a los lados.
De verdad me hacía suspirar, casi me salían los corazoncitos a través de los ojos como en las caricaturas de los Looney Tunes.
Cada que lo veía, suspiraba de amor, me sonrojaba toda y se me notaba mucho. Aunque no era de tez blanca, era bastante clara de piel. Recuerdo que me comparaban con Heidi porque tenía una buena relación con mi abuelo, cosa que me molestaba muchísimo. Detestaba que me compararan.
Un día, sentí la necesidad de escribirle a mi amor platónico. Algo me decía que él no me era indiferente, pero los niños a veces son taaaan lentos.
Para mi mala suerte, mis padres me descubrieron y como tenía errores ortográficos me hicieron escribir millones de veces cada palabra que había escrito mal. Desde entonces no tengo errores de ortografía.
Por otro lado, mi abuelo era un sol, todas las tardes luego de almorzar, me sentaba con él y le comentaba todo sobre el chico que me gustaba. Él solo me sonreía y sabía que me entendía. Me tomaba de las manos en señal de comprensión y por alguna razón sentía que me decía: ─mi niña está enamorada, pero estás muy joven para el amor─ y me abrazaba. Ese gesto era todo lo que necesitaba.
Pasó el tiempo y aprobé el segundo nivel de educación básica, estaba súper emocionada. Mi madrina me daba todo lo que yo deseaba y como obtuve buenas calificaciones, me prometió una súper sorpresa de regalo de graduación.
Lastimosamente, en ese momento mi abuelo tuvo un accidente en casa, resbaló en la ducha mientras le daban un baño y se lastimó bastante. Fue hospitalizado por mucho tiempo. Lo tenían en la Unidad de Cuidados Intensivos y no entendía nada de eso, solo sabía que estaba delicado de salud.
Una tarde, nos llevaron a verlo y mi mundo se vino abajo.
Lo vi tan mal. Estaba acostado con ropa de hospital, conectado a diferentes cables y máquinas que mostraban su ritmo cardíaco, el nivel de oxígeno, entre otros. Él intentó quitarse la máscara de oxígeno para hablarme, pero solo logró agitarse.
Vi a través de sus ojos tantas cosas que me tuve que salir de la habitación, me lastimaba verlo así, tan vulnerable, tan mal. Automáticamente mis ojos se llenaron de lágrimas y en mi pecho una sensación de tristeza y ahogo me consumía. Cerré mis ojos y respiré profundo, alejé todo mal pensamiento de mi mente, hasta ese recuerdo tatuado en mi memoria donde vi a mi abuela materna morir.
Esa última mirada que me regaló antes de irse fue tan desgarradora. Tenía esa misma sensación en el cuerpo, dolor, tristeza, incertidumbre. Como pude frené todo aquello y me reprendí a mí misma.
«¡Pero, Natalie, la idea es animarlo, no hacerlo sentir mal!».
Respiré profundo una vez más, me sequé las lágrimas y entré de nuevo a su habitación con determinación y enfocada en darle palabras de aliento, me senté en su cama y le dije: “¡te estamos esperando en la casa, abuelo! Limpiamos todo, mejoramos tu cuarto y tengo tantas cosas que contarte. ¡No puedes dejarnos esperándote!Además, te extraño muchísimo. ¡Yo te cuidaré cuando salgas, ya verás!“...y sonreí tanto como pude. Él me sonrió de vuelta y se veía más animado y alegre.
De regreso a casa, le pedí tanto a Dios por su salud, ya había perdido a mi abuela materna, vi lo mal que estaba antes de llevarla al médico y no quería perder a otro de mis abuelos más queridos.
Le pedí mucho a Dios para que mejorara y mis súplicas fueron escuchadas. Él mejoró tanto en tan poco tiempo que lo dieron de alta. Arreglamos de nuevo la casa y al estar bien adelantados en la limpieza, me tomé un descanso y nos sentamos en el porche de la casa.
Estábamos conversando todos amenamente. De pronto no sé cómo, pero vi a mi abuelo sentado en su silla preferida, su mirada daba a la calle, giró su rostro hacia mí y me sonrió. Estaba tan contenta, tenía tan buen semblante. Era como si nada le hubiera pasado.
Después de eso, sonó el teléfono y mi mamá corrió a contestar. Cuando regresó, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Hizo un gesto como si tuviera un nudo grande en la garganta y dijo delante de todos —“el señor Nelson acaba de morir”─.
Instintivamente giré mi mirada hacia la silla donde acababa de ver a mi abuelo y ya no estaba. Se había ido.
No podía creer lo que estaba pasando. La alegría que habitaba en la casa por el regreso de mi abuelo se tornó en tristeza en un segundo; todo pasó tan rápido.
Pestañé varias veces como si de un mal sueño se tratase, no lo podía creer. Nos mandaron a bañarnos y arreglarnos para recibir a todos. Luego de un rato, llegó el cuerpo de mi abuelo, pero no lo pudimos ver. El personal de la funeraria debía prepararlo y se encerró con mi abuelo en una habitación de la casa.
Pasaron los minutos, las horas y vi llegar mucha gente. Me abrazaban, lloraban y se derrumbaban delante de mí. Llegué a sentir que debía ser fuerte por mi papá, por todos. Intenté no botar ni una lágrima delante de ellos, porque no quería que me vieran triste y me consolaran, cuando sabía que ellos estaban igual o peor, pero era inevitable. Las lágrimas salían de mí como un río que no se puede contener.
Durante el velorio, algo en mí se apagó. Le cuestioné a Dios muchas veces el que se lo hubiera llevado. Estaba tan molesta con él porque me quitó lo más preciado que tenía, mi mejor amigo, mi papá. Estaba realmente dolida con él. Yo me sentía sola y se llevó a la única persona con la que contaba.
El día del entierro, había tanta gente en la casa que no se podía pasar de una habitación a otra. Mi abuelo era muy querido, se notaba por la cantidad de gente que fue a despedirlo. La iglesia fue adornada con florecillas blancas, el sacerdote dio una ceremonia hermosa, pero mis ojos solo estaban puestos en la urna, esa gran caja de madera delicadamente pulida de adornos dorados que me separaba de mi abuelo, donde estaba él con ese gesto de paz y se veía como si estuviera dormido, como si en cualquier momento fuese a despertar y de nuevo mis lágrimas salían sin cesar.
Allí estaba yo, en la iglesia, en la casa de Dios, despidiendo a mi abuelo en la casa del hombre que me creó y me estaba haciendo el daño más grande del mundo. Todo era tan ilógico para mí. Tan irónico.
Al terminar la misa caminamos hacia el cementerio. Realmente no vi venir lo peor. Estaba tan desolada y era la primera vez que asistía a un entierro. Al ver que lo bajaban y lo colocaban dentro de un gran agujero en el suelo, mis sentimientos estallaron, me derrumbé. Me fui sobre la urna, no podía dejar que lo metieran allí, pero un amigo de la familia me tomó en sus brazos y me abrazó, me sostuvo mientras veía cómo le colocaban capas y capas de tierra y cemento, era como si se aseguraran de que no fuera a despertar y salir de allí.
Lloré tanto, nunca había llorado tanto por alguien.
Nada te prepara para ese momento tan doloroso, comprendí que no lo volvería a ver jamás. Había perdido a mi mejor amigo, mi papá, mi abuelo querido.