La Oportunidad de los Dioses | VKOOK

Summary

Todo era un infierno; el que creyó que era el amor de su vida, en realidad fue su perdición. Todo parecía acabado, hasta que murió. Fue solo un instante, un aleteo de mariposa y un parpadeo de él... Había regresado, había reencarnado. Pero esta vez, no cometería los mismos errores del pasado; ahora, encontraría un mejor futuro para él. Y quién lo diría, que aquel futuro anhelando estaba con el vampiro que rechazó en primer lugar. Esa reencarnación debió ser una nueva oportunidad de los dioses.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Canción recomendada: Lord Huron - The Night We Met




PRÓLOGO: El cultivador que no ascendio



El cielo oscuro se extendía infinito, cubierto de estrellas que brillaban por todos lados como alfileres clavados en un terciopelo sin fin. Sus ojos se abrieron de imprevisto ante aquella escena; ese cielo tan radiante le recordó el día en que todo su sufrimiento comenzó, aquel que deseaba olvidar.

—Si estás de acuerdo, mañana mismo mandaré a traer los retratos de los candidatos para que puedas escoger.

Jungkook, todavía medio suspendido entre la contemplación y el recuerdo, parpadeó varias veces, confundido. La conmoción le marcaba el rostro; no supo si era por la sorpresa o por la sensación persistente de haber dejado algo atrás.

—¿O es que no estás de acuerdo? —preguntó de nuevo su Majestad, con voz reposada pero firme, al notar la confusión en los ojos del contrario.

—Oh... no, no. Está bien, tráigalos mañana —respondió él con voz queda, tratando de ordenar pensamientos que se negaban a alinearse.

—De acuerdo. Aunque ambos sabemos que terminarás escogiendo a Mingyung; aun así quiero que veas al otro candidato que he preparado para ti —dijo el emperador con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

Conocía perfectamente el enamoramiento que Jungkook sentía por aquel lobo de la manada, aunque él mismo aún se negara a aceptarlo por completo. Por eso había buscado otro candidato, uno del que estaba seguro lo amaría más que a su propia vida. Pero al final del día, la decisión solo podía tomarla el chico que tenía frente a él.

Jungkook, ajeno a los pensamientos del emperador, se había sumergido en los suyos propios. Bastó con escuchar ese nombre, Mingyung, para despertar lo que llevaba días conteniendo. Ese nombre... el de su esposo en su vida pasada. El mismo que lo había asesinado por venganza.

Cada vez que lo recordaba, sentía cómo el viento de la noche se volvía más agresivo, colándose en su cuerpo hasta los huesos. Las imágenes regresaban sin piedad, oprimiéndole el pecho hasta obligarlo, por instinto, a llevarse la mano al cuello, como si aún pudiera protegerse de una herida invisible.

—Está bien, Su Majestad —respondió finalmente.

El emperador asintió con levedad, mirándolo fugazmente, para terminar retirándose con paso seguro, y lo dejó solo en el balcón. La puerta se cerró con un leve golpe que sonó más definitivo de lo que debería.

Dejando a Jungkook en completa soledad.

Solo él y el cielo que se pintaba hasta el horizonte.

Así que había renacido.

Un suspiro largo escapó de sus labios. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, la luna le pareció más alta, más fría; las estrellas, expectantes. Miró el vacío como quien espera una respuesta que sabe que no llegará.

—Una nueva oportunidad, ¿verdad? —murmuró al aire. No recibió respuesta, solo la brisa que jugueteaba con sus cabellos.

El silencio se convirtió en sentencia: los dioses le habían concedido otra vida en el mundo mortal. ¿Por qué? Después de tantos años de cultivación y haber llegado al límite del mismo, ¿por qué no poder ascender al cielo? ¿Qué le faltaba? ¿Qué deuda debía saldar? Esas preguntas lo asfixiaban más que el recuerdo mismo de su muerte.

Recordó con una claridad cruel el día que lo había condenado. La espada de Mingyung tocando su garganta como si buscara una excusa para partirlo. Aquel ruido metálico y seco en el aire; el calor repentino de la sangre que nunca llegó a humedecer la tierra porque lo arrancaron antes.

Recordó los ojos de Mingyung: antes, dos luceros que lo habían atraído sin remedio; convertidos en dos pozos helados, llenos de rabia y un azul que parecía beberse la luz que algún día iluminó su vida.

“Esto es por honor y venganza hacia Jicheng. Por obligarme a casarme contigo, ella murió. Ahora te mando al infierno junto con ella para hacer justicia por su muerte.”

Las palabras todavía vibraban en su memoria, cargadas de una ira que lo partió por dentro.

Si en aquel momento hubiera sabido que Mingyung ya pertenecía a otra, que su elección no fue más que un error que acabó en un acto de vergüenza y orgullo ajenos, tal vez habría escogido diferente. Tal vez habría vivido. Pero no fue así: eligió mal, fue traicionado y la traición lo llevó a la muerte a manos de quien era su protector.

Tal vez los dioses, con una mezcla de crueldad y misericordia, decidieron darle otra oportunidad. No para recuperar lo perdido, sino para no repetir el error.

Jungkook cerró los puños, sintiendo la tela de su tunica crujir entre sus dedos. La determinación no nació de la venganza inmediata, sino de una calma fría que se asentaba en su pecho: esta vez observaría, aprendería y se prepararía. No permitiría que la historia se repitiera. No dejaría que la espada de un lobo tirano volviera a escribir su final.

La luna siguió testigo, inmóvil, y las estrellas, indiferentes, continuaron brillando. Pero dentro de Jungkook algo se encendió: una luz pequeña y afilada que prometía no ser de estrella, sino de decisión.

Una decisión de reescribir su propio destino, escoger bien, de aprovechar aquello que se le fue dado.

Y claro que Jungkook lo aprovecharía muy bien.








“Aquí, en el lugar que se concreta mi muerte y mi renacer, quisiera poder decir todo lo que pienso.

Como me atormenta en sueños el filo de aquella espada.

Siendo el más fuerte, he muerto bajo la mano de mi propio protector.

¿Cómo podré vivir ahora, sabiendo lo que pasa, lo que acontecerá?

¿Cómo puedo vivir de nuevo en el infierno que ignoré por creerme superior?

Tal vez no es solo una oportunidad de vida, sino una de redención hacia mí mismo, aquello que me faltó para estar allá arriba con ellos”.

Fragmento del diario de JK (desconocido), 1856