A pesar de todo

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Summary

Felix y Hyunjin no sabian que una noche de calentura teminaria en todo este caos hermoso.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

Dos líneas

La casa estaba en silencio absoluto.

No era el silencio cómodo de cuando Hyunjin llegaba tarde y se metía en la cama sin hacer ruido para no despertar a nadie.

Era ese silencio pesado que se instala cuando uno está completamente solo, esperando algo que no quiere que pase.

Felix estaba sentado en el borde de la bañera, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas.

Las baldosas blancas del piso estaban frías bajo sus pies descalzos, pero no se movió. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, casi transparentes bajo la luz fluorescente del baño.

Esa luz seguía siendo lo peor, aunque Hyunjin la había cambiado dos veces desde que se mudaron. Blanca, cruda, sin piedad.

Iluminaba cada imperfección: las ojeras que nunca se iban del todo después de once años de noches cortas, las pequeñas arrugas que empezaban a formarse en las comisuras de los ojos cuando sonreía a las mellizas, el mechón de cabello rubio que se le caía sobre la frente y que ya no se molestaba en peinar porque “total, Hyunjin dice que me queda lindo así”.

Frente a él, sobre el lavamanos de mármol gris que Hyunjin había elegido porque “es eterno, Lix, como nosotros”, había un objeto pequeño. Blanco. Insignificante.

Un test de embarazo.

Felix no lo había tocado desde que puso el temporizador del celular.

Habían pasado exactamente setenta y ocho segundos desde que vibró en el bolsillo de su pijama viejo de Pollito (el que Ari le regaló en su último cumpleaños porque “papá, seguís siendo un niño grande”).

No se había movido. No había respirado profundo. Solo lo miraba fijo, como si al no parpadear pudiera cambiar el resultado antes de verlo.

Porque ya lo sabía.

No era la primera vez. Había hecho tres en los últimos once años: dos positivos (Ari y Lina, con diferencia de minutos en aquel entonces) y uno negativo (hace cuatro años, cuando todavía hablaban de un tercero en voz baja, entre besos y miedo).

Pero esta vez el cuerpo le había dado señales distintas.

No eran náuseas violentas ni antojos raros de helado de pistacho a las tres de la mañana.

Era un cansancio profundo, como si alguien le hubiera echado plomo en los huesos. El estómago revuelto solo por las mañanas, pero sin vomitar.

Los pezones sensibles al roce de la camiseta vieja. Y esa sensación extraña, casi instintiva, de que algo dentro de él estaba… cambiando.

Se había convencido durante una semana de que era estrés.

Hyunjin trabajando hasta las tres de la mañana en el proyecto del edificio corporativo más grande de su carrera, las mellizas en plena preadolescencia rebelde (“papá, no me abraces delante de mis amigas”), Jisung mandándole audios de cuarenta minutos a medianoche porque “necesitaba desahogarse sobre el último capítulo que editó”.

Todo normal. Todo explicable.

Hasta esa mañana.

Se había levantado a las seis para preparar el desayuno —panqueques con forma de corazón para Ari y Lina, café negro para Hyunjin que nunca llegó a tomar porque se fue corriendo al estudio— y al oler el aceite en la sartén había sentido un mareo tan fuerte que tuvo que apoyarse en la mesada.

No vomitó. Solo se quedó ahí, respirando por la boca, con la frente fría contra el granito, y pensó: “Otra vez no”.

Por eso estaba aquí ahora, a las once y cincuenta y dos de la noche, con el corazón latiéndole en la garganta, esperando que Hyunjin llegara de un momento a otro.

Felix tragó saliva. El movimiento le dolió.

—Vamos… —susurró para sí mismo. La voz salió ronca, como si llevara horas sin hablar—. Solo míralo.

Se obligó a levantarse. Las piernas le temblaron un segundo.

Apoyó las dos manos en el borde del lavamanos. El mármol estaba helado. Bajó la mirada lentamente.

Primero vio su reflejo.

Cabello revuelto, ojos muy abiertos, pupilas dilatadas por la adrenalina. Parecía un chico de dieciocho años otra vez.

El mismo que, hace once años, se había sentado en el borde de la bañera de la casa de sus padres, con un test idéntico y el mismo miedo apretándole el pecho.

Parpadeó fuerte.

Luego bajó la vista al test.

Dos líneas.

No tenues. No dudosas. Claras. Rojas. Inconfundibles.

Felix sintió que el aire se le escapaba de golpe.

—No…

Se inclinó más cerca, como si al acercarse pudiera ver algo diferente.

Pero no.

Seguían ahí.

Dos líneas.

Una risa rota se le escapó de la garganta, mitad sollozo, mitad incredulidad.

—No puede ser…

El suelo pareció inclinarse. Apoyó más peso en las manos, los brazos temblando.

Su primera reacción fue negar.

Tal vez el test estaba vencido.

Tal vez había leído mal.

Pero su memoria ya estaba reconstruyendo todo sin piedad.

La fiesta de graduación.

La mansión de Minho llena hasta reventar.

La música tan alta que hacía vibrar los huesos.

El alcohol dulce quemándole la garganta.

Hyunjin mirándolo desde el otro lado de la sala, con esa sonrisa ladeada que todavía, once años después, le aceleraba el pulso cuando lo veía entrar por la puerta con cara de cansado pero feliz.

El calor de su cuerpo contra el suyo en esa habitación del segundo piso.

La forma en que todo había pasado demasiado rápido.

Demasiado borracho.

Demasiado impulsivo.

Demasiado sin protección.

Felix cerró los ojos con fuerza. Se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido que quería salir.

—Mierda…

La palabra salió ahogada.

Su estómago se contrajo. No era náusea. Era pánico puro.

Porque ahora venían los pensamientos peores.

Hyunjin llegando en cualquier momento, agotado, con los planos bajo el brazo y esa sonrisa que ponía cuando veía a Felix esperándolo en la cocina.

Las mellizas durmiendo en sus habitaciones al final del pasillo. Diez años. Preguntando cosas como “¿cuándo voy a tener un hermanito?” con esa inocencia que lo mataba.

Jisung, que iba a gritar de emoción y luego a preocuparse por él.

Minho, que iba a hacer un comentario sarcástico pero luego lo abrazaría fuerte.

Y él.

Veintiocho años. Papá full-time. Sin carrera. Sin título. Sin nada que pudiera escribir en un currículum después de su nombre.

Y ahora… esto.

Otra vez.

Felix se dejó caer de nuevo en el borde de la bañera. El golpe fue sordo. El test vibró ligeramente sobre el lavamanos.

Se quedó mirando el piso. Las baldosas blancas que Hyunjin había elegido porque “son limpias, eternas, como lo que tenemos”.

Pasaron varios segundos. Minutos, quizás.

No lloró.

Todavía no.

Solo respiró. Corto. Superficial.

La primera persona que apareció en su mente fue Jisung.

Siempre era Jisung.

Pero no podía llamarlo ahora. Decirlo en voz alta lo haría real. Y no estaba listo.

Sus ojos se deslizaron hacia el celular, apoyado en la repisa junto al jabón.

Sabía quién tenía que saberlo primero.

Cuando Hyunjin llegara.

Porque Hyunjin siempre llegaba. Aunque fuera tarde. Aunque oliera a café viejo y estrés. Siempre llegaba y lo abrazaba por detrás, besaba su nuca y murmuraba “perdón por llegar tan tarde, amor”.

Felix tomó el teléfono. La pantalla se iluminó: 23:58.

Hyunjin había escrito hacía veinte minutos: “Ya salgo del estudio, 20 min y estoy. Te amo ❤️”.

Felix sonrió un poco, a pesar de todo.

Se levantó despacio. Guardó el test en el bolsillo del pijama. No quería que las mellizas lo vieran si se despertaban.

Caminó hasta la puerta del baño. Apagó la luz cruel.

Y se quedó ahí, en la oscuridad, esperando el sonido de la llave en la cerradura.

Porque esta vez no iba a decírselo por teléfono.

Esta vez iba a esperar a que Hyunjin estuviera frente a él.

Y a que lo abrazara fuerte.

Antes de soltar la bomba que, otra vez, iba a cambiarlo todo.


El sonido de la llave llegó exactamente a las 00:17.

Felix lo oyó desde el pasillo.

Estaba sentado en el último escalón de la escalera principal, con la espalda apoyada en la baranda, el test todavía guardado en el bolsillo como si fuera una bomba que podía estallar en cualquier momento.

No había encendido las luces de la sala. Solo la pequeña lámpara de la mesita de entrada, esa que Hyunjin había comprado en un viaje a Japón porque “da una luz cálida, no como la del baño”.

La puerta se abrió despacio. Hyunjin entró con cuidado, como siempre hacía cuando llegaba tarde: zapatos en la mano para no hacer ruido, mochila colgada de un hombro, el cabello negro revuelto por el viento de la noche y los ojos cansados pero iluminados al ver la silueta de Felix en la escalera.

—Amor… —murmuró Hyunjin con voz baja, casi ronca de tanto hablar por teléfono en el estudio—. ¿Todavía despierto?

Felix levantó la cabeza. Intentó sonreír, pero salió torcido, más una mueca que otra cosa.

—Te estaba esperando.

Hyunjin dejó los zapatos en el perchero y cerró la puerta con suavidad. Caminó hacia él sin prisa, dejando la mochila en el suelo a mitad de camino.

Se detuvo frente a Felix, entre sus rodillas abiertas porque Felix no se había movido del escalón.

—¿Esta todo bien? —preguntó Hyunjin, inclinándose un poco para mirarlo a los ojos. Le pasó una mano por el cabello, apartando el mechón rebelde—. Tienes cara de… no sé. ¿Las niñas te volvieron loco hoy?

Felix negó con la cabeza. Tragó saliva. El nudo en la garganta era tan grande que dolía.

—No son las niñas.

Hyunjin frunció el ceño. Se sentó a su lado en el escalón, hombro contra hombro. El olor a café viejo y a papel que siempre traía del estudio se mezcló con el aroma familiar de su perfume.

Felix cerró los ojos un segundo, respirándolo, buscando fuerzas.

—¿Entonces qué pasa? —Hyunjin le tomó la mano. Sus dedos eran fríos por el aire de la calle, pero apretaron con fuerza—. Me estás asustando, Lix.

Felix abrió los ojos. Miró sus manos entrelazadas: las de Hyunjin grandes, con manchas de tinta en los dedos índice y medio; las suyas más delgadas, con uñas mordidas porque todavía, después de once años, se ponía nervioso cuando tenía que decir algo importante.

Sacó el test del bolsillo con la mano libre. Lo sostuvo entre ellos, sin mirarlo todavía.

Hyunjin lo vio. Primero no entendió. Luego sí.

Sus ojos se abrieron despacio. La mano que sostenía la de Felix se tensó.

—¿Es…?

Felix asintió una sola vez.

—Dos líneas.

Silencio.

No fue un silencio vacío. Fue uno cargado, como el que precede a una tormenta. Hyunjin miró el test como si fuera algo que pudiera desaparecer si parpadeaba. Luego levantó la vista hacia Felix.

—¿Estás… seguro?

Felix soltó una risa corta, sin gracia.

—Hice dos. Los dos iguales.

Hyunjin respiró hondo. Pasó la mano libre por su cabello, desordenándolo más.

—Dios…

Felix sintió que las lágrimas empezaban a picar. No quería llorar todavía. No hasta entender qué sentía Hyunjin.

—¿Estás enojado? —preguntó en voz baja.

Hyunjin negó rápido.

—No. No, amor. No estoy enojado.

Pero su voz tembló un poco. Felix lo conocía demasiado bien: cuando Hyunjin estaba asustado, hablaba más despacio, como si midiera cada palabra.

—¿Entonces…?

Hyunjin soltó la mano de Felix solo para pasarle el brazo por los hombros y atraerlo contra su pecho. Felix se dejó. Apoyó la frente en el hueco de su cuello, oliendo su piel, esa mezcla de sudor limpio y el jabón que usaban los dos.

—Asustado —admitió Hyunjin contra su cabello—. Feliz. Confundido. Todo al mismo tiempo.

Felix cerró los ojos. Una lágrima se escapó y mojó la camisa de Hyunjin.

—Pensé que habíamos terminado con esto —susurró—. Las mellizas ya tienen diez. Nosotros… nosotros ya tenemos nuestra vida armada.

Hyunjin lo abrazó más fuerte.

—Lo sé.

—Hyun… —Felix levantó la cabeza para mirarlo—. ¿Y si no podemos? ¿Y si es demasiado?

Hyunjin lo miró fijo. Sus ojos oscuros brillaban un poco bajo la luz tenue.

—Podemos —dijo con esa certeza tranquila que siempre sacaba cuando las cosas se ponían feas—. Lo hicimos una vez. Con dieciocho años, peleándonos como idiotas. Y mira dónde terminamos.

Felix soltó una risa ahogada.

—En una casa que diseñaste, con dos demonios durmiendo arriba y otro en camino.

Hyunjin sonrió. Pequeño, pero real.

—Exacto.

Le limpió la lágrima con el pulgar.

—¿Desde cuándo lo sospechabas?

—Una semana —admitió Felix—. Pero hoy… hoy fue demasiado fuerte. Me mareé preparando el desayuno.

Hyunjin hizo una mueca.

—Te dije que no te levantaras tan temprano. Que yo me ocupaba.

Felix rodó los ojos, aunque sin fuerza.

—Saliste a las cinco y media. Alguien tenía que darles de comer a las niñas.

Hyunjin suspiró. Lo besó en la frente. Luego en la sien. Luego en la mejilla.

—Vamos a estar bien —murmuró—. Los tres. O las tres. O lo que sea que venga.

Felix se aferró a su camisa.

—¿Y si son mellizos otra vez?

Hyunjin soltó una risa baja.

—Entonces hago una casa más grande.

—No digas estupideces Hyunjin.

—Es la verdad. —Hyunjin le tomó la cara con las dos manos—. Mirame.

Felix obedeció.

—Te amo —dijo Hyunjin, serio—. Te amé cuando te odiaba. Te amé cuando te hice llorar. Te amé cuando nacieron las niñas y pensé que no iba a poder con nada. Y te amo ahora, con todo este miedo y esta locura. Nada de esto cambia eso.

Felix sintió que el nudo en la garganta se aflojaba un poco.

—También te amo —susurró—. Aunque me hayas dejado embarazado a los diecisiete.

Hyunjin sonrió torcido.

—Fue mutuo.

Felix le dio un golpe suave en el pecho.

—Idiota.

Hyunjin lo abrazó otra vez. Se quedaron así varios minutos, sentados en la escalera, en la penumbra. El reloj de la cocina marcaba las doce y media. Arriba, las mellizas dormían sin saber que su familia acababa de crecer un poco más.

Finalmente, Hyunjin se separó lo justo para mirarlo.

—¿Quieres contárselo a Jisung ahora? O… ¿esperamos a mañana?

Felix negó.

—Mañana. Hoy… hoy solo quiero estar contigo.

Hyunjin asintió. Se puso de pie y le tendió la mano.

—Ven. Vamos a la cama. Mañana pensamos en todo lo demás.

Felix tomó su mano. Se levantó. Hyunjin lo abrazó por la cintura mientras subían las escaleras despacio.

En el pasillo, pasaron por las puertas de las habitaciones de las niñas. Ari había dejado la luz del velador encendida otra vez. Lina tenía el peluche gigante tirado en el piso.

Felix se detuvo un segundo frente a la puerta de Ari.

—¿Creés que van a estar contentas? —preguntó en voz baja.

Hyunjin besó su sien.

—Van a estar muy contentas. Van a pedir un hermanito desde el día uno.

Felix sonrió. Pequeño, pero real.

—A pesar de todo…

Hyunjin completó la frase sin dudar, como siempre hacían.

—Siempre terminamos encontrando nuestro camino.

Entraron a su habitación. Hyunjin cerró la puerta con cuidado.

Y por primera vez en esa noche larga, Felix sintió que el miedo empezaba a aflojar.

No se iba. Todavía no.

Pero ya no estaba solo.