La Muerte de Edmund Ashbourne
La mañana en Elmsbury estaba cubierta con una niebla más densa de lo normal, el aire se sentía más frío y cortante, como cuchillas en mi piel pálida y mejillas manchadas por las lágrimas. Las cortinas de la sala estaban a media luz, lo que hacía que el ambiente fuera aún más sombrío y gris, lo único que iluminaba la habitación eran las velas de los candelabros dorados en el techo y alrededor del ataúd.
Mis manos enguantadas estaban aún sobre la tapa del ataúd de madera. Mi madre me había pedido que lo cerrará porque no quería que nadie más lo hiciera, y ella no se sentía con la fuerza para ver el cuerpo de su esposo tan de cerca. Pero lo cierto es que yo… Aún no puedo hacerlo. Dentro yacía el hombre al que más he amado. El hombre que me enseñó todo lo que sé.
A mi alrededor podía escuchar los murmullos de vecinos y familiares rezando por el alma de mi padre. Mi madre sollozaba, un sonido que intentaba contener, pero que yo reconocía perfectamente como suyo. Permanecí erguida, inmovíl, lo bastante serena para no afligir más a mi madre y no avergonzar a la familia. Lo bastante recatada para ser una dama.
Pero me sentía hueca por dentro, el corsé me apretaba demasiado, ni siquiera me dejaba inhalar.
Después de esos segundos en los que me quedé junto a su ataúd, segundos que se sentían realmente como horas o quizás años. Me incliné, la tela de mi vestido negro crujió cuando rozó la madera, un sonido que resonó demasiado fuerte en ese momento tan solemne y triste. Besé la frente fría de mi padre a modo de despedida, pero realmente no quería dejarlo ir y… Antes de que mis manos comenzaran a temblar, cerré la tapa del ataúd.