La Fosa
Ese camino se extendía por unos cuántos cientos de metros. La pasada llovizna, junto con la espesa niebla, habían impregnado todo el bosque a su alrededor. La humedad era completamente palpable. Junto con el canto de los pájaros en la punta de los árboles, y el de los grillos en el suelo y en la maleza. El sendero, cubierto por el bosque, estaba en su cabalidad llena de vida y en su máximo esplendor. El viento rugía detrás de la montaña, y las nubes negras y oscuras, se fueron esparciendo hasta convertirse en la nada. El campesino, adormecido en sus pensamientos, ignoraba por completo el bello paisaje que ante él se presentaba. Sus pisadas eran calculadas, debido a los tantos años de cruzar por aquel sendero.
Este hombre se dirigía y prestó a cumplir su jornada en un cafetal, que pertenecía a un finquero de la región. La botas que tenía eran nuevas, por lo que, por vanidad o por limpieza, decidió evadir los charcos y el lodo, en cambio, pisaba las piedras o el pasto para evitar ensuciarse. Tenía la cabeza agachada, atento a no pisar el lodo. Delante de él, y sin que se diera cuenta, una enorme fosa, de tres metros de ancho y con una profundidad incalculable, estaba en medio del camino. Los pies estaban avanzando, y en cada paso, se encontraba cada vez más cerca de la enorme fosa. Sin nadie cerca, y con la atención del campesino puesta en el suelo, el cuerpo de él cayó, estrepitosamente y con movimientos bruscos allí.
Su vista se nubló, la cabeza le daba vueltas. El cuerpo estaba encogido, había caído con los pies, por lo que el impacto, y por las botas, era irremediable que algo le pasará. Sus manos se extendieron hacia arriba, cuando recuperó la vista, pudo ver la luz de encima de él. Las copas de los árboles hacían su vaiven, el cielo era maravilloso, aunque se sentía lejano. Los dedos quisieron enterrarse entre el azul celeste, remojarse en ellos, pero no lo lograron.
El aturdimiento seguía, los pies no se movían. Su mochilita, miserable y rota, era ahora peor, las partes se abrieron, la comida y otros utensilios se desparramaron alrededor de él. Una parte del pollo estaba a su lado derecho. Una lágrima brotó de su ojo. El lodo lo cubría a él, a la comida y a su herramienta.
Las rodillas, flexionadas, tenían ligeros aunque evidentes moretones. Unas cuantas rocas pequeñas incrustadas en la parte de las rodillas y la parte de arriba le empezaban a molestar. Era cuestión natural de tiempo que pasados unos minutos el dolor se empezará a intensificar.
Tosió un poco, tapándose con la boca, y luego, alzando la cabeza hacia arriba, empezó a gritar lo más que pudo, el eco salía de entre la fosa hasta la superficie, más sin embargo, el ruido, por más fuerte que él lo hiciera, no era completamente suficiente para alertar a alguien que estuviera cerca.
Y el miedo, empezó a calar en sus pensamientos. La razón, era que ese sendero no era tan transitado, y de las personas que trabajaban en la finca, solo él pasaba por ese lugar. Tenía que tener mucha suerte para que alguien pasara por allí. Se agarró las manos en posición de oración, proclamó hacia si el favor de Dios, de María y de todos sus santos, pues creía que entre más santos invocara, el milagro se iba a hacer más rápido.
El corazón palpitaba con mucha fuerza, sus sienes temblaban y la respiración era irregular. Hasta ese momento, no había pensado cuántos metros había caído, por la pobre iluminación, pudo deducir unos 4 metros o algo más. Todavía no había movido sus pies, y el hormigueo ya empezaba a fastidiarle; el aire era nulo, y en cada respiro sentía que poco a poco se le iban las fuerzas.
Adelante de él, un enorme hueco horizontal se encontraba oscuro, era irregular, pero no hecho por los humanos, y dudó demasiado de que hubiera sido un animal. Vio sus herramientas, y las agarró una a una, entre ellos estaba el machete, aunque estaba demasiado lejos, y no lo pudo agarrar. Cómo la molestia de sus pies se estaba tornando insoportable, quiso moverse, más en vano, un dolor le recorrió los dos pies, como pequeños pinchazos internos e insoportables.
Al no poder pararse, posó el culo en el barro, y con mucha cautela, movió cada uno de sus pies hacia adelante, por lo que su postura mejoró considerablemente. Los ojos se cerraron, y el campesino imaginó cosas "bonitas", todo esto para poder calmarse, y no pensar en lo peor. Más el no era Dios, ni mucho menos el destino, y este último, no tendría piedad por él.
Delante, en el enorme hueco irregular, dos puntitos blancos se abrieron, el campesino ya había abierto los ojos, y se detuvo en observar el acto. Estos puntitos titilaban, luego, en un lapso de 5 segundos, estos empezaron a avanzar hacia él. El corazón volvió a palpitar con una anormalidad inquietante. De entre los lados del hueco, unas garras, filosas y largas, palparon el terreno, y se hacían ver. Eran verdosas, con tonos morados y rojizos, las uñas eran de un negro asfalto, y de entre las lucecitas, en la mitad inferior, un enorme hocico, como de perro, emergió de entre las tinieblas, lo abrió un poco.
El campesino empezó a gritar desbocadamente, y agarró sus herramientas, y sin pensarlo dos veces, se los empezó a tirar al hocico. El monstruo ni se inmutó, no obstante, de las manos del campesino salió un martillo, y cuando lo lanzó, chocó contra uno de sus ojos, de este brotó un líquido amarillo, que cubrió todo el cuerpo del campesino. Gritó nuevamente, pidiendo ayuda, suplicándola, y tirando las herramientas que tenía. La bestia, ante la hostilidad, clavó en los tobillos sus enormes garras, un gritó desgarrador y ahogado salió de su boca; El monstruo siguió avanzando, la luz que provenía de arriba dibujo un boceto horrible, del ojo herido seguía brotando este liquido amarillo sin parar. El horror había llegado a su cúspide más alta.
Seguía gritando, implorando su ayuda repentina, pero el bosque no hablaba, y nadie estaba cerca para socorrerlo, estaba completamente solo y abandonado. Él escupió a la bestia, y entre sollozos murmuró que qué era. Este mostró sus dientes, y con una voz macabra, le dijo que habían más, y muy diferentes a él.
Un nuevo gritó empapó el bosque, cogió en un movimiento su machete, y se lo clavó entre el hocico y la cabeza. Pero ya todo fue en vano. El hocico se abrió monstruosamente, y le mordió las costillas. Estas se partieron internamente, e hirieron los órganos, la agonía era plena, ya todo estaba consumado.