PROLOGO

PRÓLOGO
Hubo un tiempo en que el frío era solo clima y la muerte llegaba por edad.
Ese tiempo terminó por la misma razón que terminan todas las cosas buenas: la envidia de alguien que no supo conformarse con lo que tenía.
Tres razas habitaron Lemítica desde el principio. Los Elfos, maestros del tiempo, eternos y sabios. Los Humanos Puros, casi divinos, portadores de un conocimiento que rozaba lo sagrado. Y los Humanos Normales — que lo tenían todo excepto lo que tenían los otros dos, y eso era suficiente para odiarlos.
La conspiración fue simple. La mentira fue suficiente. Los Humanos Normales acusaron a los Puros de un crimen que no cometieron, y los Elfos — engañados, convencidos — los condenaron. Los encadenaron vivos en la grieta del norte. Los sellaron en la oscuridad.
Lo que no calcularon fue el tiempo.
Siglos de oscuridad, de frío, de traición sin respuesta. El dolor tiene un límite. Después de ese límite viene otra cosa. Los Puros no murieron en el Abismo — se transformaron. El odio acumulado los rehízo desde adentro, convirtiendo a los primeros hombres sabios en los primeros demonios. Y el más poderoso entre ellos, el que cargó con más dolor que ninguno, emergió como algo que Lemítica no tenía nombre para nombrar.
Lo llamaron el Diablo. No era suficiente, pero era lo que había.
Cuando los Elfos descubrieron el engaño ya era tarde para el arrepentimiento. Solo quedaba la guerra. Una guerra que arrasó razas enteras, que costó casi toda la magia y casi toda la sangre élfica, que terminó no con una victoria sino con un sello — cuatro Estrellas forjadas del último poder disponible, puestas en el cielo como candado y como advertencia.
El Diablo quedó encerrado de nuevo. Los Elfos quedaron rotos para siempre.
La calma que siguió duró siglos. Las Estrellas bañaban el mundo de mana. Los humanos crecieron, aprendieron, construyeron. El Clan Pétalos Rojos vigilaba el norte. Los pocos elfos sobrevivientes vivían como sombras de lo que habían sido, retirados en sus bosques, sin fuerza para ser más que memoria.
Fue suficiente. Hasta que no.
El Clan SolTerni no necesitó una razón grande para hacer lo que hizo. La ambición no necesita razones grandes. Tres hermanos — Kael, Vane, Sion — masacraron a los últimos elfos. Fácil trabajo: los guardianes del sello llevaban siglos debilitados, reducidos, olvidados. Cuando cayeron los últimos, las cuatro Estrellas cayeron con ellos. Cuatro destellos en el horizonte. Cuatro golpes sordos que nadie supo leer.
Los SolTerni recogieron lo que quedó y construyeron reinos sobre ese robo. Cuatro portadores, cuatro coronas, cuatro tronos que no envejecen porque las Estrellas caídas tienen ese efecto secundario que nadie menciona: detienen el tiempo en quien las carga. Los mismos cuatro hombres siguen sentados en sus tronos hoy, siglos después, pudridos por dentro de una manera que ningún espejo muestra.
Mientras tanto el sello se aflojaba. Cada año, un poco más. Lo que habían encerrado no dormía — esperaba. La oscuridad del norte no era clima.
Era respiración.
Cuando el sello cedió del todo, Lemítica ya no tenía elfos que lo sostuvieran ni guardianes que lo vigilaran. El Diablo emergió con todo lo que siglos de odio acumulado pueden construir, y la nieve empezó a avanzar desde el norte sin detenerse, cubriendo reino por reino, corrompiendo todo lo que tocaba. Los Vacíos — lo que queda de un humano cuando el Diablo lo vacía por dentro — se multiplicaron. Los demonios volvieron.
Los cuatro reyes, inmortales y desesperados, comprendieron demasiado tarde que las Estrellas que robaron eran la única defensa contra lo que habían liberado. Con sus últimas fuerzas, con lo que quedaba del poder de las Estrellas caídas, realizaron el único ritual que les quedaba.
Crearon a Mart.
Un ser nacido de la voluntad de las Estrellas. No de sangre ni de carne — de propósito. Lo pusieron a dormir con una misión grabada más adentro que la memoria: despertar cuando la humanidad no tuviera más opciones. Juntar las Estrellas dispersas. Pedir el deseo que pudiera deshacer lo que generaciones de traición habían construido.
Lo pusieron a dormir y esperaron.