¿DONDE ESTA OLIVIA?

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Summary

Un taxi, una desaparición y un secreto que lo cambia todo. Emilia Rufino creía conocer al hombre que amaba, hasta que su hija de dos años se desvaneció. Ahora, rodeada por las sombras de un matrimonio ajeno y una mujer despechada, Emilia descubre que su nueva vida era solo una pieza en el tablero de alguien más. ¿Es posible amar al monstruo que te arrebató lo que más querías? En el rastro de Olivia no hay pistas, solo traiciones.

Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Su nombre será Olivia CAP 1

El aire en la habitación se volvió sólido, casi imposible de respirar.

—No pienso cargar con este estorbo —sentenció Carl.

Sus palabras no fueron un argumento, sino una ejecución.


Amalia retrocedió, sus dedos enterrándose en la tela de su vientre como si pudiera proteger a la criatura del veneno que emanaba de él. Tenía las manos temblorosas, pero la mirada encendida por una furia nueva, nacida de la traición.


—¡Es mi hijo! —le gritó, y su voz, aunque quebrada, cortó el silencio como un vidrio roto—. Si no puedes amarlo, entonces, lárgate. No te necesito, Carl. Solo me haces daño en ste momento con tus palabras.


Un golpe seco contra la pared hizo vibrar los cuadros. Carl se acercó, su rostro transformado en una máscara de desprecio y toma de su quijada para que lo mire y escuche atentamente.


—Tu me haces daño, cuando me desobedeces, arruinando nuestros planes... mi madre siempre tuvo razón sobre ti —escupió con una calma aterradora—.De ninguna manera, cuentes conmigo para una responsabilidad que nunca pedí, tú te empeñas en cargar con esto, sera tu asunto, no el mio.


El estruendo de la puerta al cerrarse marcó el fin de su mundo. Amalia se desplomó sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada para que las paredes no escucharan sus sollozos. El hombre que amaba la había desechado como a un estorbo por el simple "delito" de elegir la vida.

—No importa —susurró hacia la oscuridad—, seremos nosotros dos contra el mundo.


De repente usa su teléfono, para comunicarse con alguien, decia: hermana podes venir a mi casa, no me siento bien.


Nueve meses después de aquel rechazo de carl.


El hospital era un laberinto de luces fluorescentes y olor a antiséptico. Amalia sostenía a su hija con una devoción que rozaba el agotamiento sagrado. A su lado, su hermana Mairen la observaba. No había ternura en sus ojos, sino una distancia analítica, gélida.


—Mírala... es perfecta —murmuró Amalia, acariciando la mejilla sonrosada de la recién nacida—. Creo que tiene mis ojos.


Mairen soltó una risa breve, carente de alegría.

—No lo creo. Es demasiado rubia; ha sacado los rasgos de mi lado de la familia, claramente.


Amalia prefirió el silencio. No quería que la amargura de su hermana contaminara su paz.


—Tengo miedo, Mairen —confesó de pronto, bajando la voz—. Miedo de no ser suficiente... de que ella crezca y llegue a odiarme.


—Estás fabricando fantasmas, como siempre —replicó Mairen con brusquedad, aunque sus dedos rozaron brevemente la manta de la bebé—. Serás una madre asfixiante, eso seguro; no la dejarás respirar de tanto tenerla en brazos. Pero ella te amará. El instinto no necesita manuales.


Amalia asintió, aunque la herida que Carl dejó seguía latiendo bajo su piel.


—Aún no decidimos el nombre —continuó Mairen, recuperando su tono dominante—. He pensado en Álexa. Es moderno, fuerte.


—Ya tiene nombre —interrumpió Amalia, y por primera vez en días, su voz sonó firme—. Se llamará Olivia.


Mairen palideció. El reproche nubló su rostro al instante.

—¿El nombre de la abuela? Hermana, es un error. Te traerá tristeza recordarla cada vez que la llames.


—Ella fue mi roca —respondió Amalia con los ojos empañados—. Nos crió sola cuando el mundo nos dio la espalda. Quiero que mi hija herede su fuerza.

—Es tu decisión —sentenció Mairen dándole la espalda—, pero no esperes que esto termine bien.


Dos días después, el sol golpeaba el asfalto con una indiferencia cruel. Amalia subió al taxi con una fragilidad luminosa, mientras Mairen cargaba las maletas con su habitual eficiencia mecánica. Instalada en el asiento trasero, Amalia sintió la necesidad de gritarle su alegría al universo.

—¡No puede imaginar lo feliz que soy de volver a casa con mi pequeña! —le dijo al conductor, buscando un reflejo de su dicha en el espejo retrovisor.

—Hermana, por favor —la cortó Mairen, gélida—. Deja que el hombre conduzca. Nadie quiere escuchar tus desbordes emocionales a esta hora.

Amalia sintió un pinchazo en el pecho.

—Solo quería compartirlo... Siempre encuentras la forma de apagar mi luz.

—Eres demasiado sensible —bufó Mairen, mirando por la ventana.

De pronto, la voz del conductor, una vibración ronca y pesada, llenó el vehículo:

—Mi esposa también dio a luz hace un mes.

Amalia sonrió, sintiendo una conexión inmediata. —¡Qué maravilla! Debe ser el momento más hermoso de sus vidas.

Se produjo un silencio denso, un vacío que pareció succionar el calor del coche. El hombre respondió con una voz que venía desde el fondo de un pozo:

—Es una pena que no podamos sentir esa alegría. Nuestro bebé no sobrevivió. Mi esposa está en pedazos... y los médicos dicen que no habrá otra oportunidad.

El aire se volvió irrespirable. Amalia sintió un nudo en la garganta, dándose cuenta de que su felicidad acababa de chocar de frente contra el luto ajeno. Miró a Mairen, quien le devolvió una mirada triunfante, un "te lo dije" silencioso y cruel.

En la penumbra del taxi, Amalia estrechó a Olivia contra su pecho con una fuerza desesperada. El mundo, comprendió entonces, era un lugar implacable, lleno de hombres que huyen, hermanas que juzgan y extraños que cargan con el peso de la ausencia.