Buenos Aires-Extinción

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Summary

Algo extraño cayó en Buenos Aires. Y en solo días el mundo se volvió un infierno. Mateo lo vio primero. Sofía sobrevivió por pura culpa. Ezequiel mató a los que amaba para seguir vivo. Ahora tres adolescentes rotos huyen hacia el norte, perseguidos por un parásito que no solo mata... sino que hace a los infectados más fuertes, más rápidos y más hambrientos. Pero la verdadera amenaza no son los muertos. Es lo que queda de los vivos. ¿Cuánto estás dispuesto a perder para seguir respirando? Advertencia: Violencia gráfica, lenguaje fuerte, temas de pérdida y culpa.

Genre
Scifi
Author
Zhistorias
Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

Parte 1: Algo Extraño

Algo extraño cayó en Buenos Aires.

En un pequeño pueblo, las nubes que tapaban la luna se abrieron de golpe, desgarradas por una fuerza invisible. Un destello atravesó el cielo y se estrelló con violencia en la cancha de cemento. Los arcos de acero se doblaron como si fueran de papel, y el suelo quedó marcado por un cráter humeante.

Las puertas se abrieron de inmediato. La gente salió de sus casas, el murmullo se propagó como fuego: el chisme se activaba, la curiosidad los arrastraba hacia el epicentro.

Entre ellos estaba Mateo, un adolescente de mirada inquieta, que acababa de salir de la casa de un amigo.

Estaba caminando con los auriculares puesto escuchando “La ciudad de la furia” de su cantante favorito Gustavo Cerati se detuvo, con el corazón acelerado, intentando entender lo que veía.

“¿Qué pasó?”, pensó mientras avanzaba quitándose los auriculares.

—Boludo, ¿qué es eso? —gritó uno desde la vereda. —Che, ¿ya llamaron a la policía? —preguntó otro, con el celular en alto. —Lo veo moverse... ¡qué asco, wacho! —dijo un tercero, retrocediendo un paso.

Las voces se mezclaban con el sonido de las grabaciones. La mayoría levantaba sus teléfonos, iluminando la escena con flashes y pantallas. El objeto seguía allí, inmóvil pero palpitante, como si respirara.

Mateo tragó saliva. No podía apartar la vista. Algo dentro de él le decía que no era un simple accidente.

Las sirenas cortaron el murmullo de la multitud. Las patrullas llegaron de golpe, frenando con violencia frente a la cancha. Las luces azules y rojas bañaron las caras curiosas, y el silencio se quebró en un instante.

Mateo, instintivamente, se ocultó detrás del viejo tobogán oxidado. Buena decisión: los policías bajaron armados y con gestos duros.

—¡Aléjense ya del objeto! —ordenó un oficial, con voz seca.

La gente retrocedió, empujada por la cinta amarilla que apareció como un muro invisible. El chisme se transformó en miedo.

—Acaba de caer algo... y llegaron los policías, gente —murmuró un chico con el celular en alto.

—Che, amigo, ¿me podés decir qué es eso...? —intentó preguntar, pero el oficial le arrancó el teléfono sin pestañear.

—¡Ey, qué hacés, la concha de tu madre! —gritó el chico, furioso.

El policía no respondió. Con tono neutro, mientras borraba los videos de la galería, soltó:

—Empiecen a entregar los celulares. Más vale que lo hagan. No tenemos problema en quitárselos.

Camionetas negras comenzaron a llegar, silenciosas, pesadas. La situación ya no parecía un simple accidente.

—¿Qué es eso? —preguntó una señora, temblando.

—Un satélite que cayó. No se preocupe —respondió un oficial, guardando el celular en su bolsillo.

—No parece un satélite... yo lo veo palpitar, perfectamente —dijo una chica teñida de rojo, sin miedo a mirar de frente.

—¡Les dije que se aparten! —rugió el oficial, empujando a la mujer con violencia. Casi cayó al suelo, de no ser por los brazos que la sostuvieron.

—¿Qué hacés, hijo de puta? ¿Qué te creés? —le gritó un hombre, avanzando. —Si, pensás que por ser policía podés hacer lo que querés... —añadió otro, con rabia.

La misma señora, recuperando el aire, se plantó: —Nosotros somos humanos también. No podés mentirnos así.

La tensión escalaba. La gente empezaba a empujar, a gritar. Y entonces, un disparo al cielo cortó todo.

Un hombre de negro, rostro neutro, levantó el arma aún humeante. Su voz fue un látigo:

—Escuchen bien. Ustedes no son pelotudos, por lo que tengo entendido. Así que si no quieren que la próxima bala vaya derecho... dejen el culo quieto.

El silencio cayó como un manto. Nadie se movió. Nadie respiró demasiado fuerte.

Mateo se deslizó sigilosamente entre los policías, agachándose lo máximo posible. El cráter lo atraía como un imán. La cosa palpitaba en el fondo, húmeda, viscosa, y su rostro se tensó por el asco.

De repente, un murmullo invadió su mente:

T... E... M... A... N. AL... M... O... L... F... A.

Mateo exhaló con fuerza, como si su cerebro hubiera sido atravesado por algo invisible.

—¡Ey, pibe! ¿Qué hacés acá? —un policía lo tomó del brazo sin cuidado, apartándolo con violencia.

Mateo soltó un quejido de dolor. —¡Pará un toque, me lastimaste! —protestó, intentando levantarse.

No tuvo tiempo: lo sometieron rápido, empujándolo contra el suelo. —¿Qué pasa? ¿Qué hice? —preguntó con un tono desesperado.

Lo arrastraron hasta un vehículo policial. —¡Ey, no me pueden arrestar! —gritó, con miedo absoluto.

—¿Grabaste algo? —le preguntó un oficial, mirándolo fijo. —N-no... no grabé nada. Si querés te doy mi celu... —balbuceó Mateo, temblando.

—No hace falta, nene. —La puerta se cerró de golpe. Su voz quedó silenciada tras el vidrio blindado.

Desde adentro, Mateo alcanzó a ver a un científico con barbijo acercarse al objeto. Tocó la superficie, y la piel metálica se distorsionó, desapareciendo: era un holograma.

Mateo quedó confundido, respirando agitado. La gente afuera era obligada a volver a sus casas, empujada por los policías.

Forzó la vista. Entre las luces y el humo, vio cómo el científico sacaba con unas pinzas un bicho terrorífico: muchas patas, boca xenomórfica, un aguijón brillante. El tamaño de un botón de camisa, pero con un movimiento que helaba la sangre.

Mateo golpeó la ventana, gritando otra vez. —¡Ey! ¡Miren eso! ¡Está vivo!

—Qué rompe bolas este pendejo... —bufó un policía. —Llévenlo a la comisaría más cercana. Y llamen a la madre.

Los compañeros obedecieron. El auto arrancó con violencia, alejándose del lugar. Mateo quedó atrapado, confundido, mientras el pueblo se hundía en un silencio extraño, como si todos hubieran visto demasiado.

Luego de un rato...

Mateo estaba en la comisaría, cruzado de brazos, mirada perdida en el suelo. Su pie se movía con ansiedad pura, golpeando el piso como un metrónomo nervioso.

De repente, la puerta se abrió con fuerza. Una mujer de aspecto cansado, uniforme de enfermera, entró con el corazón en la garganta.

—¡Acá está mi hijo! ¿Qué pasó? —preguntó, preocupada.

—Tranquila, señora. Hubo un accidente. Su hijo se acercó más de lo que debía —explicó el oficial.

—¿Un accidente? ¿Qué clase? —insistió ella.

—Cayó un satélite. El pibe seguro tenía mucha curiosidad, nada más —respondió el policía con una sonrisa falsa.

Mateo apretó los dientes. Sentía que se iban a romper por la presión.

—Puede llevarlo a casa Nosotros resolvemos lo demás— dijo el oficial con amabilidad fingida.

—Muchas gracias. Yo hablaré con ese nenito —dijo la madre, enojada.

En el auto, el silencio pesaba. Mateo miraba la ventana con tristeza.

—¿Qué tenés en la cabeza, Mateo? ¿Qué te dije de meterte en cualquier lado? ¿Sos o te hacés? —preguntó su madre, alterada.

Mateo no respondió.

—¿Y si te lastimabas? ¿Y si ese satélite explotaba? —insistió ella.

—No era un satélite. Te mintieron má. Sabes muy bien que no haría algo tan bobo como eso —dijo Mateo, con voz firme.

—¡No me levantes la voz, Mateo! Porque te vas a quedar encerrado en tu pieza toda la semana.

—Era una nave alienígena, mami. No era un satélite. Te mintieron. Yo vi cómo sacaron algo... —respondió Mateo, desesperado.

—¡Basta, Mateo, basta! —su madre tenía lágrimas en los ojos—. Vos no entendés que te metiste en peligro, que te podías lastimar grave. Encima te fuiste re lejos... ¿Qué hago yo si te pasa algo? No soy adivina, hijo... —dijo, quebrada.

Mateo ladeó la cabeza, derrotado. —Perdón, má. Tenés razón. Fue culpa mía... —murmuró, mirando el suelo con frustración escondida.

Ella lo miró por el retrovisor, con el corazón apretado.

En la casa, Mateo entró de malas, dejó todo sobre la mesa y se encerró en su pieza. Se tiró en la cama, soltando algunas lágrimas.

La puerta se abrió levemente. Mateo se tapó los ojos con el antebrazo.

—Hijo... si querés, mañana faltá a la escuela, por si te sentís mal. Yo trabajo temprano —dijo su madre, con voz cansada.

—Bueno... —respondió Mateo, seco, esperando que se fuera.

—Te amo, hijo... —susurró ella, con tristeza.

—Yo también... —dijo Mateo, después de callar un rato.

La madre cerró la puerta, dejándolo solo en la oscuridad.

Mateo miraba el techo en la oscuridad. El recuerdo del bicho lo perseguía, junto con la frase que aún resonaba en su mente:

“TEMAN AL AMO ALFA.”

Su pecho parecía explotar. —Lo imaginaste... —repetía en voz baja, frotando el brazo dolorido por el agarre del oficial.

Su mirada se diluyó en la penumbra.