Tú olor en mi piel《CharlieBabe》

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Summary

Bangkok, en las sombras del poder. Charlie jefe de la Mafia tailandesa, es un Enigma, el rango más alto en la cadena alimenticia. Frío, letal y acostumbrado a poseerlo todo. Babe es un Alfa especial, el único hombre que logró derribar sus murallas…y el único que se atrevió a huir de él. Cuando un ataque enemigo revela el secreto que Babe guardaba en su vientre, Charlie no duda: lo encierra en su mansión con una sola orden. Pero entre el rencor de un abandono no resuelto y la necesidad instintiva de proteger a su familia, la línea entre el odio y el deseo se desdibuja. En un mundo de alianzas rotas, venganzas sangrientas y feromonas que delatan la verdad más íntima, ambos deberán descubrir si el lazo que los une es más fuerte que el miedo a ser la debilidad del otro. Porque en el imperio de Charlie, nada es más peligroso que amar…y nada más valioso que una familia por la que darlo todo.

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

La penumbra del departamento se cerraba como una trampa de hormigón y silencio.

Babe llevaba tres meses en ese refugio, un piso alquilado bajo un nombre falso en las afueras de Bangkok. Las sábanas olían a él, a ese Alfa especial que alguna vez fue el único capaz de hacer que Charlie, el Enigma, el jefe de la mafia tailandesa, bajará la guardia.

Pero él se había ido. Lo había dejado sin una explicación que no fuera un mensaje de texto frío y una ausencia que a Charlie le había helado la sangre. Babe lo hizo para protegerlo. Sabía que, mientras su vínculo con el Enigma fuera conocido, cada uno de sus enemigos buscaría la manera de usarlo como ariete contra el muro de acero que era Charlie.

Ahora, con la mano apoyada en su vientre, la realidad de su sacrificio latía dentro de él. El embarazo había sido un descubrimiento posterior a su huida. Un giro del destino que lo debilitaba, que convertía su feromona Alfa, antes imponente, en un velo diluido, y sus fuerzas, antes capaces de doblegar a cualquiera, en un simple reflejo de lo que fueron.

Un crujido en la sala lo sacó de su letargo. El sonido metálico de la cerradura siendo forzada con una destreza que no era casualidad.

Babe salió de la cama en un instante. Su cuerpo reaccionó por inercia. Agarró el bate de béisbol que mantenía junto al velador, el peso familiar en sus manos. Sus músculos tensos, su mandíbula apretada. Pero en su pecho, el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que le robaba el aliento.

Avanzó en puntillas por el pasillo. La sala estaba sumida en la oscuridad. No había nadie. El sofá estaba intacto, la mesita, todo en su lugar. Una sombra de duda lo atravesó, pero el instinto Alfa le chillaba que no estaba solo.

Iba a retroceder hacia su habitación, a asegurar la puerta, cuando una mano de hierro surgió de la penumbra del vano de la entrada y lo tomó del cuello con una fuerza brutal. Los dedos, ásperos como el cuero, se cerraron alrededor de su tráquea, cortándole el aire de golpe. El bate cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en el silencio.

Babe fue empujado contra la pared del pasillo. El impacto le sacudió la columna y una explosión de estrellas blancas le nubló la visión por un segundo. Ante él, un hombre Alfa de una contextura enorme, con un olor a tierra mojada y feromonas de odio, le sonrió con los dientes manchados.

—Esto que te voy a hacer es un regalo para Charlie de parte de mi jefe.— escupió el hombre, su aliento fétido contra la mejilla de Babe. Su voz era un gruñido grave, lleno de seguridad.

El miedo, puro y visceral, se apoderó de Babe. Pero no por él. Una mano instintiva subió para proteger su vientre, encontrando la muñeca del atacante e intentando zafarse.

No. Por favor, no.

Babe luchó. A pesar del vértigo, a pesar de la presión que le robaba el oxígeno, desató un forcejeo feroz. Sus puños golpearon el brazo del hombre, sus piernas buscaron apoyo para impulsarse. Era un Alfa especial, pero sus fuerzas se sentían como si estuvieran bajo el agua. Cada movimiento le costaba el doble, un peso invisible lo arrastraba hacia abajo.

El hombre rió, un sonido áspero.

La cabeza de Babe impactó contra la pared de estuco. El dolor fue un latigazo blanco que le desdibujó los contornos de la realidad. Oyó el zumbido de su propia sangre en sus oídos, sintió el mundo girar en un carrusel descontrolado. Pero aún así, sus manos siguieron aferrándose al brazo del asaltante, sus uñas clavándose en la piel, sus piernas pataleando con la desesperación de quien protege algo más valioso que su propia vida.

No a mi bebé. A él no.

El hombre, perdiendo la paciencia, lo tiró al suelo con un empujón seco. Babe cayó de espaldas sobre el frío parquet. Su nuca golpeó primero, y un nuevo mareo lo invadió, pero el instinto lo mantuvo consciente. El Alfa se abalanzó sobre él, las rodillas encajándose a los lados de sus caderas, inmovilizándolo con su peso.

Babe forcejeó, retorciéndose bajo el peso superior. Sus brazos, empujaban el pecho del hombre. Sus dedos buscaron sus ojos, su garganta, cualquier punto vulnerable. Pero el Alfa era una mole de músculo, y la ventaja era una cruel burla.

La presión en su garganta se intensificó.

Babe jadeó, pero el aire no entraba. Sus pulmones ardían. Sus manos intentaron separar los dedos de hierro, pero sus fuerzas se desvanecían como arena entre los dedos.

Las estrellas blancas se convirtieron en un túnel negro que se cerraba lentamente por los bordes de su visión. Sus movimientos se volvieron espasmódicos, débiles. En su vientre, sintió un tirón, un eco de peligro que le dio un último espasmo de lucha, pero su cuerpo ya no respondía.

Justo cuando el mundo a su alrededor se redujo a un punto negro, un impacto sordo y húmedo sacudió el cuerpo del hombre sobre él. Un sonido de huesos crujiendo, un gemido ahogado. La presión en su cuello cesó de golpe. Babe sintió el peso del Alfa ser arrancado de encima, como si una fuerza sobrenatural lo hubiera despegado de él.

Cayó de lado contra el suelo, aspirando un espasmo de aire con un jadeo ruidoso, pero su conciencia se deslizaba como agua entre sus dedos.

Antes de que la oscuridad lo reclamara por completo, antes de que sus ojos pudieran enfocar la figura que ahora se erguía sobre el cuerpo inerte de su agresor, un aroma lo envolvió. No era el olor a tierra del atacante.

Era algo más profundo. A bosque después de la tormenta. A pólvora y sándalo. A Charlie.

En algún lugar, muy lejos, oyó una voz cortante como un cuchillo:

—Llévenselo al calabozo. Quiero que hable.

Charlie agudizó sus sentidos, algo que solo un Enigma podía hacer: desglosar el espectro de feromonas en el aire, en la piel de Babe. Y entonces, lo encontró.

Un matiz. Tenue, casi imperceptible para cualquier otro. Una tercera firma olfativa, anidada en lo más profundo del aroma de Babe. Dulce, inocente. Un cachorro.

Los labios de Charlie no se movieron. Su pulso no se aceleró. Simplemente, procesó la información con la misma lógica implacable con la que dirigía su imperio. Su Alfa especial, el que había huido, llevaba a su heredero dentro.

No mostró sorpresa. Su expresión era una máscara perfecta de control. Simplemente, ajustó el peso de Babe en sus brazos con una delicadeza contradictoria a la fuerza que empleaba, y cruzó el umbral del departamento destrozado llevándose a su Alfa consigo.

La noche de Bangkok se tragó la escena, y con ella, cualquier rastro de la huida de Babe. Ahora, solo quedaba la mansión, la jaula dorada que Charlie le había construido, y el peso de un secreto que ya no era tal.

La luz mortecina del amanecer se filtraba a través de las cortinas de seda, dibujando rayos pálidos sobre la cama de dos plazas.

Babe parpadeó, su mente aún atrapada en una niebla espesa, pero el dolor en la nuca y el ardor en su garganta lo devolvieron a la realidad con la crudeza de un puñetazo.

El hombre. La lucha. El aire que no entraba.

Y luego…ese aroma. A bosque mojado, a pólvora.

Babe incorporó el torso de golpe, el corazón galopándole en el pecho. Sus ojos recorrieron la habitación con una urgencia frenética. Las paredes de un gris profundo, los muebles de ébano tallado, la mesita de noche donde aún descansaba un reloj que él mismo había dejado atrás…Reconoció cada rincón con un escalofrío que le heló la médula.

Estaba en la mansión de Charlie. En el dormitorio que una vez compartieron.

—Maldición.— susurró, pasándose una mano por el rostro. Su voz salió áspera, rota. La furia contra sí mismo le retorció las entrañas.— ¿Cómo pude ser tan descuidado? ¿Cómo dejé que me encontrara?

Babe apartó las sábanas con brusquedad. El mareo lo embistió de nuevo, pero lo ignoró. Sus pies tocaron la alfombra y se puso de pie.

Sus ojos se clavaron en la única puerta. Sabía que estaría cerrada, quizá custodiada. Entonces su mirada se desvió hacia la ventana. Estaba a dos plantas de altura. Podía hacerlo. Antes de su embarazo, habría saltado sin dudarlo, sus rodillas habrían amortiguado el impacto con la gracia de un felino.

Ahora no tengo fuerzas, pensó con amargura.

Pero el miedo a quedarse, a enfrentar a Charlie, era más grande que cualquier advertencia de su cuerpo.

Caminó hacia la ventana con pasos vacilantes. La duda lo detuvo un instante frente al vidrio. Sus dedos rozaron el marco, tanteando la apertura. Podría hacerlo. Bajar al jardín, encontrar una salida, desaparecer otra vez…

Inhaló hondo, dispuesto a correr el riesgo.

—¿En serio piensas saltar por la ventana?

La voz llegó desde la puerta, cortante como una hoja, impregnada de una ironía que helaba la sangre.

Babe se giró de golpe, el corazón encajándosele en la garganta. Charlie estaba apoyado contra el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho. Vestía una camisa negra de cuello alto que acentuaba la dureza de su mandíbula, y sus ojos oscuros miraban a Babe con una fijeza que lo despellejaba.

—Mi amor…— las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera detenerlas, un viejo reflejo que le hizo daño en cuanto lo pronunció. Sintió cómo la mirada de Charlie se volvía aún más impenetrable, y se corrigió con un nudo en la garganta.— Cachorro…quiero decir, Charlie.

Ninguna emoción cruzó el rostro del Enigma.

Ni un parpadeo, ni un gesto. Como si la corrección no valiera más que el vuelo de una mosca. Babe sintió un pinchazo en el pecho, un dolor frío que apretó sus costillas, pero se obligó a mantener el rostro en blanco.

—Gracias por ayudarme.— dijo, con la voz plana.— Pero debo irme.

Y caminó. Como si el jefe de la mafia tailandesa, el Enigma que había hecho temblar a medio país, no estuviera a un paso de él. Babe apretó los dientes, cada paso una mentira de seguridad, y se dirigió hacia la puerta con la intención de pasar a su lado y desaparecer en el pasillo.

Una mano de hierro lo tomó del brazo, deteniéndolo en seco. Los dedos de Charlie se cerraron alrededor de su bíceps con una presión que no admitía réplica.

—No vas a irte a ningún lado.

Babe tiró de su brazo, el pulso desbocado, la adrenalina pugnando por suplir sus fuerzas mermadas.

—Sí, lo haré.— respondió, la voz quebrada por el esfuerzo.— Déjame ir.

El gruñido de Charlie fue grave, gutural, un sonido que solo un Enigma podía producir, y que hizo vibrar el aire de la habitación. Sus ojos se encendieron con una chispa de algo que Babe no se atrevió a nombrar.

—No creas que te dejaré irte con mi hijo dentro.

Babe se quedó helado. El mundo se detuvo.

Su mirada se encontró con la de Charlie, y lo que vio allí no fue sorpresa ni furia ciega. Era certeza. Una certeza gélida y absoluta.

No había forma de negarlo. Charlie lo sabía. Por supuesto que lo sabía; sus sentidos de Enigma podían desgranar el olor de un cachorro en el aroma de su cuerpo aunque este no mostraba señal externa alguna.

Babe redobló sus esfuerzos por liberarse, retorciéndose, empujando el pecho de Charlie con la palma de su mano libre.

—Déjame ir, es lo mejor.— insistió, la voz subiendo de tono.

Charlie no cedió un milímetro. Su agarre se mantuvo firme, y su rostro volvió a la frialdad de siempre, como si hubiera decidido que el arrebato anterior había sido un desliz.

—No vas a seguir poniendo en peligro la vida de mi hijo.— dijo, cada palabra medida, cada sílaba un golpe.— ¿Me oíste? Te vas a quedar hasta que solucione el maldito problema con ese sujeto que me envió un recado a través de ti.

—¡Charlie!— Babe tiró de su brazo con más fuerza, la impotencia ardiéndole en el pecho.— No puedes tenerme encerrado. No soy tu prisionero.

—Ahora mismo, eres lo que yo diga que eres.

Charlie no había alzado la voz, pero el peso de su autoridad llenaba la habitación, denso como plomo. Babe siguió forcejeando, sus músculos protestando, su embarazo pesándole como una losa invisible que le robaba cada gramo de fuerza. Se odiaba por ser tan débil.

Charlie observó sus intentos con una paciencia que resultaba ofensiva. Cuando Babe hizo amago de soltarse con un movimiento brusco, el Enigma lo sujetó con ambas manos, inmovilizándolo contra su propio cuerpo. Babe jadeó, sintiendo el calor de Charlie a través de la tela, el aroma que una vez lo había hecho sentirse seguro y que ahora lo aterraba.

—Si sigues así — la voz de Charlie bajó hasta convertirse en un susurro que helaba—, te alejaré de mi hijo, Babe.

El golpe fue directo al centro de su pecho. Babe dejó de forcejear, los brazos cayendo a los costados, la mirada fija en los ojos de Charlie con una mezcla de incredulidad y un dolor que no pudo ocultar.

—No lo harías.— dijo, pero su voz tembló al pronunciarlo.

Charlie esbozó una sonrisa. Era fría, vacía, la expresión de un hombre que estaba dispuesto a cumplir su palabra aunque eso significa arrasar con todo a su paso.

—No me pongas a prueba.— advirtió, y el brillo en sus ojos dejó claro que no era una amenaza vacía.— No querrás ver de lo que soy capaz.

Babe abrió la boca para responder, pero Charlie lo interrumpió con un tono que no admitía réplica:

—Te quedas aquí, y punto. No hay discusión.

Lo soltó. Babe dio un paso atrás, su brazo sintiendo aún el fantasma de los dedos de Charlie. Lo miró un instante más, como si evaluara si su mensaje había calado hondo. Luego, sin una palabra más, giró sobre sus talones.

La puerta se cerró con un portazo que resonó en el silencio de la habitación como un disparo. El eco del golpe se desvaneció lentamente, dejando a Babe solo con el latido atronador de su corazón y el eco de las palabras de Charlie.

Se dejó caer de rodillas junto a la cama, los brazos envueltos alrededor de su torso, protegiendo el pequeño secreto que ya no era. La imagen de la sonrisa gélida de Charlie, de sus ojos impenetrables, se le clavó en la memoria.

—Lo lastimé.— susurró, y su voz se rompió al fin.— Lo lastimé tanto que ahora me odia.

Babe apretó los párpados, pero las lágrimas no vinieron. Solo un nudo caliente en la garganta y una culpa que le roían las entrañas. En el vientre, un latido diminuto le recordó que ya no estaba solo. Que sus decisiones ya no afectaban solo a su vida.

Y, por primera vez desde que huyó, Babe no supo si había hecho lo correcto.

En la otra ala de la mansión, Charlie estaba sentado detrás de su escritorio de ébano, las manos entrelazadas sobre un mapa desplegado de la ciudad. Frente a él, tres de sus hombres de confianza esperaban en silencio, sus posturas rígidas, sus miradas fijas en el suelo.

—El Alfa que atacó a Babe.— dijo Charlie, su voz tan controlada que parecía carecer de emoción.— ¿Habló?

Uno de los hombres, un alfa de menor rango llamado Krit, dio un paso al frente.

—Hablo, jefe. Es un sicario de Somchai. Confirma que el ataque fue un mensaje directo: un aviso de que conocen el punto débil.

Charlie levantó la vista, sus ojos oscuros como pozos sin fondo.

—¿Punto débil?

Krit tragó saliva.

—Usted, jefe. Querían demostrar que pueden llegar a…a lo que usted protege.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Charlie deslizó un dedo sobre el mapa, trazando una línea imaginaria.

—Somchai tiene tres almacenes en el puerto, dos casas de apuestas en Chinatown y un club en Thonglor que usamos para lavar dinero. Quiero todo eso para el final de la semana.

Los hombres intercambiaron miradas.

—Jefe, con respeto, sus operaciones están bien custodiadas. Tomar todo eso en una semana…

Charlie alzó una ceja, y el aire en la habitación se volvió denso, cargado con la presión de su feromona. Los tres hombres sintieron cómo sus instintos se retorcían, cómo sus cuerpos pedían sumisión.

—¿He pedido opiniones?— preguntó Charlie con una suavidad que helaba.

—No, jefe.— respondieron al unísono.

—Entonces, ejecuten. Y quiero que Somchai sepa que fui yo. Que cada pérdida tenga su nombre grabado.

Los hombres asintieron y se retiraron en orden. Cuando la puerta se cerró, Charlie se reclinó en su asiento y pasó una mano por su rostro. Por un momento, solo un momento, la máscara se resquebrajó. Sus dedos temblaron apenas, y sus ojos se desviaron hacia el teléfono sobre el escritorio. En la pantalla, una notificación del sistema de seguridad: la puerta del dormitorio principal se había abierto hace diez minutos para el servicio de desayuno, y luego se había cerrado.

Charlie tomó el teléfono y marcó un número interno. Contestó Fah al primer tono.

—¿Comió?

—Sí, señor. Poco, pero comió. Rechazó la oferta de antojos, dijo que no era un omega.

Los dedos de Charlie apretaron el teléfono con más fuerza de la necesaria.

—Prepárenle algo dulce para media mañana. Y asegúrense de que las ventanas de su habitación estén siempre con visibilidad al jardín. Que no se sienta encerrado.

—Sí, señor.

Colgó sin despedirse. Apoyó los codos en el escritorio y se pasó las manos por el cabello, un gesto que nunca permitía que nadie viera. La imagen de Babe en el suelo de su departamento, con los dedos de otro Alfa alrededor del cuello, se le apareció como una brasa viva en la memoria.

“Mi amor…Cachorro, quiero decir, Charlie.”

La corrección le había escocido más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero no podía permitirse flaquear. No ahora. Si Babe volvía a escapar, si alguien más lograba alcanzarlo…

Charlie cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que apenas movió sus hombros.

Te voy a proteger aunque me odies por ello.

La reunión en el despacho

Charlie estaba sentado frente a su escritorio, con los planos de tres almacenes portuarios extendidos sobre la superficie. Frente a él, sus tenientes —Krit, un Alfa llamado Arthit y una mujer beta llamada Mali— esperaban instrucciones con la paciencia de quienes conocían el precio de interrumpir al jefe cuando estaba en ese estado.

—Los almacenes del tres al cinco.— dijo Charlie, señalando con un dedo.— Somchai los usa para mover heroína. Quiero que mañana por la noche, cada uno esté ardiendo.

Krit asintió.

—Jefe, tenemos inteligencia de que Somchai ha reforzado la seguridad. Trajo mercenarios de Chiang Rai. Hombres que no le deben lealtad a nadie más que al dinero.

—Entonces págales más.

Mali levantó una ceja.

—¿Ofrecerles soborno?

Charlie alzó la vista, y la frialdad en sus ojos hizo que hasta Mali, que llevaba diez años a su servicio, apretara la mandíbula.

—No soborno. Ofréceles una opción: aceptan el dinero y se retiran, o se quedan y los entierro junto con los almacenes. Somchai no les pagará lo suficiente para morir por él.

Los tres asintieron al unísono.

—¿Y Somchai, jefe?— preguntó Arthit, el teniente.— ¿Qué hacemos con él?

Charlie se reclinó en su asiento, entrelazando los dedos sobre el estómago. Durante un momento, su expresión se volvió distante, como si estuviera considerando las opciones con la misma frialdad con que elegía un vino.

—Quiero que viva.— dijo finalmente.— Al menos hasta que vea todo lo que ha perdido. Hasta que sepa que tocó algo que no debía.

La referencia a Babe no fue explícita, pero todos en la sala la entendieron. Hubo un silencio cargado antes de que Krit carraspeara.

—¿Y el Alfa que atacó al señor Babe? ¿Seguimos interrogándolo?

Charlie sonrió, y esa sonrisa no llegó a sus ojos.

—Ya me dijo todo lo que necesitaba saber. Pero no quiero que muera rápido. Que aprenda lo que significa ponerle las manos encima a alguien que es mío.

La posesión en sus palabras resonó en el despacho como un trueno lejano. Mali bajó la mirada; Krit asintió sin cuestionar.

—Ahora.— Charlie recogió los planos y los guardó en un cajón.— Quiero un informe de seguridad de la mansión. Cada entrada, cada guardia, cada cámara. Si un mosquito se acerca al ala este, quiero saberlo antes de que aterrice.

—Sí, jefe.

Los tres se retiraron con reverencias. Cuando la puerta se cerró, Charlie se quitó los anteojos de lectura que no necesitaba realmente (los usaba para dar una impresión de civilidad que nadie en su sano juicio confundía con debilidad) y se frotó el puente de la nariz.

El informe de la operación

Charlie estaba en su despacho cuando Krit llamó para dar el parte. Los almacenes de Somchai habían ardido según lo planeado. Dos de los mercenarios aceptaron el dinero y desertaron; tres murieron en los incendios. Somchai había escapado por los pelos, pero había perdido el sesenta por ciento de su inventario y la confianza de sus aliados.

—Buen trabajo.— dijo Charlie, con la mirada fija en el monitor de seguridad que mostraba la habitación de Babe. En ese momento, Babe estaba recostado en la cama, una mano en el vientre, leyendo.— Prepárense para la siguiente fase.

—Jefe.— la voz de Krit sonó vacilante.— Somchai está desesperado. Hemos interceptado comunicaciones; está buscando aliados entre los carteles del norte. Si se alía con…

—No va a aliarse con nadie.— cortó Charlie.— Para cuando sus mensajes lleguen al norte, sus contactos ya sabrán que trabajar con él es una sentencia de muerte. Envíales una muestra de nuestra…generosidad. Un cargamento de armas, sin costo. Y hazles saber que Somchai está en nuestra lista.

Krit asintió a través de la pantalla.

—Entendido, jefe. ¿Algo más?

—No.— respondió Charlie.— Nada más.

Cortó la comunicación y se quedó mirando la pantalla en silencio. Su rostro estaba tranquilo, casi en paz, y por un momento Charlie dejó que la máscara se resquebrajara.

Bajo el escritorio, sus manos temblaron. Cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en las palmas.

Y no se permitió pensar en nada más que en la guerra que estaba ganando. Porque si pensaba en lo que había perdido, sabía que no podría seguir adelante.

Fah le había dejado la puerta sin llave esa vez. Un gesto pequeño, quizá un olvido, quizá una orden de Charlie que Babe no quería descifrar. Había caminado por el corredor alfombrado, sintiendo la suavidad del tejido bajo sus pies descalzos, el eco de sus pasos ahogado por la opulencia silenciosa.

Llegó al final del pasillo que daba al vestíbulo principal, y un aroma llegó hasta él, dulce, empalagoso. Su instinto se erizó, y su mirada se dirigió hacia la entrada, donde dos figuras conversaban en voz baja.

La silueta de Charlie imponente contra la luz que entraba por los ventanales.

Frente a él, una mujer. Alta, esbelta, con el cabello negro recogido en un moño elegante. Vestía un traje sastre color ciruela que le marcaba la cintura, y en sus muñecas colgaban brazaletes de oro que tintineaban con cada movimiento. Una Omega, sin duda. Y sus ropas eran caras, su postura segura, su mirada fija en Charlie con una intimidad que Babe reconoció al instante.

Babe se quedó inmóvil en el umbral, observando una escena que no estaba hecho para ver. La mujer sonrió, y su mano encontró el brazo de Charlie con la naturalidad de quien tiene derecho a tocar. Sus dedos se deslizaron sobre la tela de la chaqueta, breves, pero suficientes. Charlie no se apartó. Simplemente se quedó allí, escuchándola, mientras ella inclinaba la cabeza y reía ante algo que Babe no pudo oír.

Fue esa risa lo que le clavó la primera espina. Una risa fácil, cálida, que no merecía la frialdad de Charlie. Pero Charlie no la rechazaba. Sus hombros estaban relajados, su postura no era la de un hombre incómodo. Y cuando la mujer dio un paso atrás para despedirse, su mano rozó la de Charlie en un gesto que podría haber sido casual, pero que Babe supo que no lo era.

Babe sintió un pinchazo en el pecho, tan real como si alguien hubiera hundido una aguja entre sus costillas. Su mano subió instintivamente a su vientre, protegiendo el latido que latía en su interior, y se obligó a apartar la mirada. Dio media vuelta, sus pies moviéndose con la urgencia de quien huye de una herida abierta, y caminó hacia la sala de estar contigua al comedor.

Babe se dejó caer en una silla, sus manos temblando apenas, y tomó la copa de agua frente a él solo para tener algo que hacer con los dedos.

No es nada, se dijo. Es una socia. La vestimenta lo dice. Es solo una socia.

Pero su mente reproducía una y otra vez la imagen.

Charlie entró en la sala. Babe lo sintió acercarse, sintió el peso de su presencia como un imán que tiraba de algo en su pecho. Se sentó frente a él, en el otro extremo de la mesa, y Babe levantó la vista al fin.

Charlie lo miraba con esa expresión impenetrable que había perfeccionado en los últimos días. No había calidez, pero tampoco hostilidad. Solo espera. Como si estuviera esperando que Babe dijera algo.

Y Babe, a pesar de sí mismo, lo dijo.

—¿Es nueva?— preguntó, y la pregunta salió más afilada de lo que pretendía. Hizo una pausa, obligándose a mantener la voz estable.— Se nota la complicidad.

Charlie no respondió de inmediato. Tomó la jarra de agua y sirvió en su copa con una lentitud deliberada, sus ojos fijos en el líquido que ascendía. Cuando habló, su voz era un filo envuelto en terciopelo.

—Sí, lo es.

Bajó la jarra y levantó la vista hacia Babe. Sus labios se curvaron en algo que no era una sonrisa.

—Estuvo conmigo cuando me dejaste.

Las palabras cayeron sobre la mesa como piedras. Babe sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, cómo su corazón daba un golpe contra las costillas y luego se hundía. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa, los nudillos blanqueándose.

Babe parpadeó, sus pestañas húmedas antes de que pudiera controlarlas. Bajó la mirada a su vientre, donde el pequeño latido seguía su ritmo constante, ignorante del caos que lo rodeaba.

—Ah.— dijo, y la sílaba fue un susurro. Levantó la vista hacia Charlie, y en su rostro esculpió una máscara de indiferencia que le costó cada gramo de su voluntad.— Te ves bien con ella.

La mentira le supo a hiel en la lengua.

Charlie lo observaba con una intensidad que Babe no supo interpretar. Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa, un gesto mínimo, casi imperceptible.

—¿Eso crees?— preguntó, y había algo en su tono que Babe no se atrevió a examinar.

Babe asintió, su mandíbula tensa. La sonrisa que esbozó fue un gesto mecánico, una mueca que no llegaba a sus ojos.

—Deberías pedirle que sea tu novia.— dijo, y las palabras fueron un cuchillo que él mismo empuñaba.— Se nota que…se preocupa por ti.

Charlie lo miró un largo momento. En sus ojos, Babe vio algo que se encendía y se apagaba con la rapidez de una cerilla. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa cruel, una sonrisa que Babe conocía bien: la que Charlie usaba cuando iba a destruir algo.

—Tienes razón.— dijo Charlie, y cada palabra fue un golpe medido, preciso.— Ella estuvo en mis momentos difíciles.

Hizo una pausa, dejando que el silencio se volviera veneno.

—Sería perfecta a mi lado.

Babe sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies, cómo las paredes de la sala se acercaban, cómo el aire se volvía demasiado escaso para sus pulmones. Pero no se movió. No parpadeó. Solo mantuvo su sonrisa vacía, sus manos quietas sobre la mesa, mientras Charlie lo despedazaba con la misma frialdad con la que ordenaba ejecuciones.

—Gracias por el consejo, Babe.

El sonido de su nombre en los labios de Charlie fue la última estocada. Dicho así, con esa distancia, con esa cortesía gélida, como si Babe no fuera más que un extraño al que se le agradece una opinión trivial.

Charlie se levantó de la silla con la misma elegancia implacable con la que hacía todo. Ajustó el puño de su camisa, un gesto que Babe había visto mil veces, y sus ojos pasaron sobre Babe como si fuera un mueble más en la sala.

Dio media vuelta y caminó hacia el vestíbulo. Sus pasos resonaron en el mármol, firmes, seguros, alejándose. Babe contuvo el aliento hasta que el sonido se desvaneció, hasta que el portazo lejano del despacho le confirmó que estaba solo.

Entonces, se rompió.

No fue un derrumbe ruidoso. Fue silencioso, como todo lo que Babe había aprendido a hacer en esos días. Sus hombros se hundieron. Las manos que habían estado aferradas a la mesa cayeron a su regazo, inertes. Y las lágrimas, esas lágrimas que había contenido durante horas, durante días, durante semanas enteras, comenzaron a deslizarse por sus mejillas con la lentitud de una derrota anunciada.

No sollozó. No hizo ruido. Las lágrimas simplemente resbalaron, cálidas y saladas, mientras Babe miraba el plato vacío frente a él, las flores en el centro de la mesa, el sitio vacío donde Charlie había estado sentado.

Una sonrisa torció sus labios. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de quien se enfrenta al espejo y reconoce al monstruo que creó.

—No hay duda, Babe.— susurró, su voz un hilo roto.— Realmente lo lastimaste.

Cerró los ojos, y las lágrimas siguieron cayendo, una tras otra, mientras su mano buscaba su vientre, encontrando el calor de su piel a través de la tela fina de la camisa. El pequeño latido continuaba, ajeno, constante, el único latido en esa habitación que seguía firme.

—Qué tonto fuiste.— susurró otra vez, y esta vez la risa que escapó de sus labios fue amarga, tan amarga que le supo a sangre.

En el despacho, al final del pasillo, Charlie estaba sentado detrás de su escritorio con la mirada fija en el monitor apagado. No había encendido ninguna cámara. No quería ver. No quería saber si Babe estaba llorando, si Babe se estaba desmoronando, si Babe se arrepentía.

Porque si lo veía, sabía que iría a buscarlo. Y si iba a buscarlo, sabía que lo tomaría entre sus brazos y le diría que todo era mentira, que la Omega solo era una intermediaria de negocios, que nunca había tocado a nadie desde que Babe se fue, que su cuerpo y su olor y su corazón seguían siendo solo de él.

Pero no podía. Porque Babe lo había dejado sin mirar atrás, llevándose consigo algo que Charlie no sabía si podría recuperar.

Charlie apoyó los codos en el escritorio y se pasó las manos por el rostro. Cuando las apartó, sus ojos estaban secos, pero algo en su expresión se había agrietado, algo que nadie más notaría.

Se quedó allí, en la penumbra de su despacho, mientras el silencio de la mansión se tragaba las lágrimas que Babe derramaba en la otra punta de la casa, y la distancia entre ellos se hacía más ancha, más fría, más insalvable.

Babe despertó en la cama con las sábanas enredadas entre sus piernas, la piel ardiendo como si tuviera fiebre. Pero no era fiebre. Era algo mucho más primitivo, mucho más voraz. Sus hormonas, que durante semanas se habían mantenido en un precario equilibrio, de repente se desbocaron con la fuerza de un río que rompe su dique. El embarazo de un Alfa especial era un milagro biológico, pero también una condena: su cuerpo no estaba diseñado para esto, y cuando las hormonas se desordenaban, lo hacían con una violencia que lo dejaba temblando, jadeando, perdido.

Sus feromonas se dispararon, impregnando la habitación con un aroma denso, embriagador, que mezclaba su esencia Alfa con la dulzura de la gestación. Era un olor que cualquier Alfa o Enigma reconocería como lo que era: una llamada, un reclamo, una necesidad física tan urgente como el hambre o la sed.

Babe salió de la cama con las piernas temblorosas. Llevaba solo una camisa blanca, larga, que le llegaba a medio muslo, y un boxer negro que se adhería a sus caderas como una segunda piel. Sus pies descalzos golpeaban el suelo mientras cruzaba la habitación hacia la puerta. No sabía a dónde iba. Solo sabía que no podía quedarse allí, en ese cuarto que olía a Charlie, en ese aire saturado de recuerdos que ahora alimentaban su fiebre.

Salió al pasillo. La penumbra de la noche se filtraba por los ventanales, tiñendo el mármol de tonos plateados. Babe avanzó unos pasos, apoyándose en la pared, su respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando bajo la tela fina de la camisa. La humedad entre sus muslos era vergonzosa, imposible de ignorar.

—¿A dónde crees qué vas?

La voz llegó desde el final del pasillo, grave, cortante, como un látigo en la oscuridad.

Babe giró la cabeza y lo vio. Charlie estaba apoyado contra el marco de la puerta de su despacho, los brazos cruzados sobre el pecho. Vestía solo un pantalón de pijama negro, el torso desnudo, la piel bañada por la luz tenue. Sus ojos, oscuros e hipnóticos, recorrían el cuerpo de Babe con una lentitud que dejaba marcas invisibles.

—Que te importa.— escupió Babe, y su voz sonó áspera, rota.— Déjame en paz.

Intentó dar otro paso, pero sus piernas lo traicionaron. Se tambaleó, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Charlie estaba sobre él. Los brazos del Enigma se cerraron alrededor de su cintura con una fuerza que no admitía réplica, y cuando Babe levantó la vista, sus rostros estaban a centímetros de distancia.

Los ojos de Charlie ardían. Y en ellos, Babe vio algo que no había visto en semanas: deseo. Deseo crudo, descontrolado, que apenas se contenía tras un delgado hilo de control.

Los ojos de Babe, de ese azul grisáceo que Charlie conocía tan bien, brillaban con una intensidad casi sobrenatural. Sus pupilas estaban dilatadas, sus labios entreabiertos, su piel cubierta de un tenue rubor que bajaba por el cuello y se perdía bajo la camisa.

—No me toques.— Babe puso las manos contra el pecho de Charlie, empujando con fuerzas mermadas.— No quiero sentir tus manos en mí.

—Basta, Babe.— Charlie no cedió un milímetro. Sus dedos se clavaron en las caderas de Babe, sosteniéndolo con una posesión que no dejaba lugar a dudas.— Tus hormonas están descontroladas. ¿A dónde piensas ir en ese estado?

Babe rió, y la risa fue un sonido áspero, cargado de dolor.

—¿Tanto te importa?— desafió, moviendo las caderas en un gesto que buscaba zafarse pero que solo logró presionarlas contra Charlie.— Ya se me calmará con alguna follada que me dé alguno de tus hombres.

El gruñido que escapó del pecho de Charlie fue un sonido gutural, animal, que resonó en el pasillo como un trueno. Sus manos apretaron las caderas de Babe con tal fuerza que seguramente dejarían moretones.

—Nadie.— dijo, y su voz era un hilo de furia contenida.— pondrá una mano encima en lo que es mío.

La risa de Babe se quebró. Las lágrimas que había estado conteniendo durante horas, durante días, brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas con una libertad que no había permitido hasta ahora.

—¿Tuyo?— susurró, y su voz se rompió en mil pedazos.— Vete y fóllate a tu socia, a tu nueva novia. Lo que yo haga no debería importarte.

Charlie lo miró. En sus ojos, algo se resquebrajó. La máscara de frialdad que había sostenido durante semanas se agrietó, y detrás apareció algo mucho más peligroso: vulnerabilidad.

Una sonrisa torció sus labios, pero no era la sonrisa cruel de antes. Era cansada, casi derrotada.

—Escúchame.— dijo, bajando la frente hasta casi tocar la de Babe.— Solo fue una mentira.

Babe parpadeó, las lágrimas aún cayendo.

—¿Qué?

—No tengo novia.— Charlie exhaló, y su aliento quemó la piel de Babe.— No tengo a nadie. Solo te tengo a ti.

Las manos de Charlie subieron desde las caderas hasta la espalda de Babe, atrayéndolo contra su cuerpo con una urgencia que ya no podía disimular.

—Siempre has sido tú.— murmuró, y su voz tembló en la última sílaba.— Maldita sea. Solo tú, mi amor.

Babe sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies. Sus manos, que aún empujaban el pecho de Charlie, se aferraron a sus hombros con desesperación. Mordió su labio inferior con tanta fuerza que casi sacó sangre.

—Eres un cabrón.— susurró, y las palabras escaparon entre sollozos.— Me lastimaste con tus palabras.

Charlie sonrió, y esta vez la sonrisa era real, aunque amarga.

—Al igual que tú lo hiciste conmigo.

No hubo más palabras. Charlie lo tomó en brazos —Babe era ligero ahora, demasiado ligero— y lo llevó de vuelta al dormitorio. La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe sordo, y Babe fue depositado sobre la cama con una brusquedad que le robó el aliento.

Pero Charlie no se apartó. Se inclinó sobre él, sus brazos a cada lado de la cabeza de Babe, sus cuerpos casi pegados. El olor a bosque mojado y pólvora era abrumador, y Babe lo aspiró como quien aspira el aire después de estar a punto de ahogarse.

—Mírame.— ordenó Charlie, y Babe obedeció.

Los ojos azules grisáceos se encontraron con los negros, y en ellos vieron reflejadas todas las heridas que se habían infligido mutuamente.

Charlie bajó la cabeza y su boca encontró el cuello de Babe con una ferocidad que hizo que este jadeara. No fue un beso suave. Fue un mordisco, una posesión, un reclamo de territorio que había estado vacante demasiado tiempo. Los dientes de Charlie rasparon la piel sobre la yugular, chuparon con fuerza, dejando una marca que ardería durante días.

—Charlie.— gimió Babe, sus dedos enredándose en el cabello de Charlie, tirando, apretando.

Las manos de Charlie bajaron por su torso, encontraron el borde de la camisa y la arrancaron con un movimiento brutal. Los botones saltaron por todas partes, y Babe quedó expuesto bajo la luz tenue: su pecho pálido, sus pezones endurecidos, el vientre todavía plano pero que guardaba el secreto de su embarazo.

Charlie se incorporó lo suficiente para mirarlo, y en sus ojos había hambre.

—Mira lo que me haces.— gruñó, bajando una mano para deslizarla entre los muslos de Babe, encontrando la tela empapada del boxer.— Estás goteando. Hueles a necesidad, a mi cachorro, a mío.

—Charlie…

—Cállate.

Charlie desgarró el boxer con la misma facilidad con la que había desabotonado la camisa, dejando a Babe completamente desnudo bajo él. Luego se apartó solo lo suficiente para quitarse su propio pantalón, y Babe vio su miembro, ya duro, grueso, la punta brillando con una gota de humedad.

Charlie lo tomó por los muslos, abriéndolos sin contemplaciones, y Babe gimió ante la exposición. Su cuerpo estaba ardiendo, sus entrañas retorciéndose con una necesidad que ya no podía negar.

—Enreda tus piernas.— ordenó Charlie, y Babe obedeció, envolviendo sus muslos alrededor de la cintura de Charlie.

Charlie lo levantó de la cama con una fuerza que a Babe le robó el aliento, presionándolo contra la pared más cercana. La madera fría contra su espalda contrastó con el calor abrasador del cuerpo de Charlie frente a él. Babe se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose en la piel.

Charlie alineó su miembro contra la entrada de Babe, sintió lo húmedo, lo caliente, lo dispuesto.

—Mío.— gruñó, y empujó.

La penetración fue brutal. Charlie entró en él de una sola embestida, sin pausa, sin miramientos, llenándolo por completo con una brusquedad que hizo que Babe arqueara la espalda y un grito se escapara de sus labios. El dolor y el placer se fundieron en una sola cosa, una explosión blanca detrás de sus ojos.

Charlie no le dio tiempo a adaptarse. Comenzó a moverse con una ferocidad que sacudía la pared contra la que Babe estaba apoyado. Cada embestida era profunda, implacable, como si quisiera borrar las semanas de distancia con la crudeza de su cuerpo.

—¿Quieres qué otro te haga esto?— Charlie gruñó contra su oído, su voz ronca, posesiva.— ¿Qué otro te tome así? ¿Qué otro te llene?

—No.— Babe apenas podía hablar, sus palabras se rompían en gemidos.— No, Charlie…

—No, no quieres.— Charlie mordió su lóbulo, tiró de él con los dientes.— Porque esto es mío. Tú eres mío. Este culo es mío. Este vientre es mío.

Su mano bajó para presionar el estómago de Babe, donde el cachorro crecía, y el gesto envió una onda de electricidad por la columna de Babe.

—Y el cachorro.— Charlie empujó más hondo, sus movimientos volviéndose erráticos, salvajes.— es mío también. Todo. Todo mío.

La boca de Charlie encontró la de Babe en un beso que fue más mordida que caricia, lenguas luchando, dientes chocando. Charlie chupó el labio inferior de Babe hasta hincharlo, luego bajó por su mandíbula, por su cuello, mordiendo cada centímetro de piel que encontraba.

Babe estaba perdido. Sus gemidos se convertían en gritos ahogados cada vez que Charlie embestía contra ese punto dentro de él que hacía que sus rodillas temblaran. Sus uñas rasgaban la espalda de Charlie, dejando surcos rojos que el Enigma ni siquiera parecía notar.

Charlie abrió la camisa desgarrada de Babe —lo que quedaba de ella— con un tirón, dejando su pecho completamente expuesto. Sus ojos se posaron en los pezones de Babe, erectos, sensibles, y bajó la cabeza para tomar uno entre sus labios.

Chupó con fuerza, y Babe gimió, arqueándose contra la pared. Pero entonces, algo cambió. Un sabor dulce, inconfundible, inundó la boca de Charlie.

Se apartó con los ojos desorbitados. De la punta del pezón de Babe, un hilo blanco y lechoso resbalaba por su piel.

—¿Esto…?— Charlie pasó un dedo sobre el pezón, y más líquido brotó, denso, dulce.— Babe…

Los ojos de Charlie se oscurecieron hasta volverse dos pozos negros. El gruñido que escapó de su pecho fue profundo, primitivo, la respuesta de un Enigma ante la evidencia más pura de que su compañero llevaba a su cachorro.

—Mírate.— dijo, su voz ronca, casi una súplica.— Mírate, Babe. Estás produciendo leche. Para mi hijo. Para nuestro cachorro.

Babe intentó cubrirse, avergonzado, pero Charlie le sujetó las muñecas contra la pared por encima de su cabeza, inmovilizándolo.

—No te escondas.— ordenó, y bajó la cabeza de nuevo.

Esta vez, cuando su boca encontró el pezón, la succionó con una avidez que hizo que Babe llorara. La leche brotó en un chorro tibio, y Charlie bebió con la misma necesidad con la que antes lo había penetrado. Su lengua masajeaba el pezón, extraía cada gota, mientras su otra mano subía para atender el otro pecho, sus dedos pellizcando, estrujando, haciendo que el líquido blanco escurriera entre sus dedos.

—Tan dulce.—.masculló Charlie contra su piel, cambiando de un pezón al otro, chupando con una lujuria que bordeaba la obsesión.— Sabes a miel. A mi cachorro. A mi puta obsesión.

—Charlie, por favor…— Babe estaba temblando, sus piernas a punto de ceder, su cuerpo entero al borde del colapso.

—¿Por favor qué?— Charlie levantó la vista, sus labios brillando con la leche de Babe, sus ojos salvajes.— ¿Por favor qué te folle más duro? ¿Por favor no pare?

—¡Sí!— gritó Babe, ya sin pudor, ya sin orgullo.— No pares, Charlie, no pares…

Charlie volvió a embestir, y esta vez el ritmo era una embestida constante, implacable, la pared resonando con cada golpe. Babe estaba enrojecido de la cabeza a los pies, su piel cubierta de sudor, de marcas de mordiscos, de chupetones que Charlie había dejado a lo largo de su cuello, sus hombros, su pecho.

—Quiero que te corras así.— Charlie gruñó contra su oído.— Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mi polla mientras te lleno. Quiero que todo el mundo sepa quién te folla. Quién te hace venirte. Quién te dejó preñado.

—Charlie, voy a…— Babe no podía terminar la frase, sus ojos se revolvían en las órbitas, sus dedos agarrotados en los hombros de Charlie.

—Correte.— ordenó Charlie, y su voz era un látigo de deseo.— Ahora. Quiero verlo.

Babe se rompió con un grito que se ahogó en la boca de Charlie, que bajó para besarlo mientras su cuerpo se sacudía en espasmos incontrolables. Sus paredes internas se apretaron alrededor de Charlie con una fuerza que hizo que el Enigma lanzara un gemido grave y ronco, y una, dos, tres embestidas más, y Charlie se hundió hasta el fondo, derramándose dentro de Babe con un rugido ahogado contra su cuello.

Los espasmos los atravesaron a ambos durante largos segundos, pegados a la pared, sus cuerpos fundidos en uno solo. La leche de Babe seguía brotando, empapando el pecho de Charlie, mezclándose con el sudor y las feromonas que impregnaban el aire como un perfume denso y embriagador.

Charlie no se apartó. Permaneció dentro de Babe, sosteniéndolo contra la pared, su frente apoyada en el hombro de Babe, sus respiraciones entrecortadas sincronizándose lentamente.

—Mío.— murmuró Charlie contra su piel, y esta vez no fue una orden, sino un suspiro, una confesión.— Solo mío.

Babe cerró los ojos, las últimas lágrimas mezclados con el sudor en sus mejillas. Sus manos, aún temblorosas, subieron para enredarse en el cabello de Charlie, sosteniéndolo contra su pecho.

—Solo tuyo.— susurró en respuesta, y en esa noche de violencia y posesión, encontraron un lenguaje que las palabras nunca podrían haber dicho.

Charlie lo llevó de vuelta a la cama sin separarse de él, y cuando finalmente se deslizaron entre las sábanas enredadas, sus cuerpos seguían siendo uno solo, un nudo de brazos y piernas y latidos que por fin, después de semanas de distancia, volvían a latir al mismo ritmo.

Babe despertó lentamente, sus párpados pesados, su cuerpo sumido en una languidez que no sentía desde antes de huir de esa mansión.

Y entonces sintió los dolores.

No eran los dolores agudos de una herida, sino los dolores deliciosos de un cuerpo que había sido reclamado por completo. El ardor en sus caderas donde los dedos de Charlie se habían clavado. El cosquilleo en sus pezones, sensibles, hinchados. El peso entre sus muslos, la sensación de haber sido llenado hasta el borde y más allá. Cada centímetro de su piel parecía guardar la memoria de las manos, la boca, el cuerpo de Charlie.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, que brotó de sus labios antes de que pudiera contenerla.

Y entonces aspiró el aire, y el olor lo envolvió. Bosque mojado, pólvora, el aroma único e inconfundible de Charlie. Estaba en su piel, en las sábanas, en la almohada donde su rostro se había hundido durante la noche. Babe cerró los ojos y aspiró hondo, dejando que ese olor le llenara los pulmones, que le recordara que no estaba soñando.

Abrió los ojos y buscó a Charlie, pero la cama estaba vacía a su lado. Sin embargo, la marca de su cuerpo aún calentaba las sábanas. No llevaba mucho tiempo fuera.

Babe se incorporó con un gemido bajo, sus músculos protestando con un placer culpable. Sus pies tocaron la alfombra y se levantó con lentitud, sintiendo cada movimiento en su columna, en sus caderas, en ese lugar íntimo que aún latía con el recuerdo de Charlie dentro de él.

Sus ojos cayeron sobre la silla junto a la ventana, donde una camisa negra de Charlie estaba doblada. La tomó sin pensarlo, llevándosela a la cara un momento para aspirar ese olor que ya se había convertido en su droga. Luego se la puso, deslizando los brazos por las mangas anchas, dejando que la tela cayera sobre sus muslos desnudos. La camisa le llegaba a medio muslo, lo suficiente para cubrirse, lo suficiente para sentirse envuelto por Charlie.

Estaba abrochándose un par de botones cuando la puerta se abrió.

Charlie entró con una bandeja de plata en las manos. Sobre ella, un desayuno que olía a arroz con pollo, a té de jengibre, a fruta fresca. Llevaba una camisa blanca, los primeros botones desabrochados, y su cabello estaba ligeramente desordenado, como si hubiera pasado los dedos por él más de una vez.

Sus ojos encontraron a Babe de pie junto a la cama, envuelto en su camisa, y algo en su expresión se ablandó. Algo que no había permitido que se viera en semanas.

—Buenos días, mi amor.— dijo Charlie, y su voz era suave, tan suave que Babe casi sintió que las rodillas le flaqueaban.

Babe sintió cómo un nudo caliente se formaba en su garganta. Esas palabras. Mi amor. Las había extrañado como se extraña el aire después de estar mucho tiempo bajo el agua.

—Buenos días, Cachorro.— respondió, y el apodo brotó de sus labios con la naturalidad de algo que nunca debió dejar de decir.

Charlie se detuvo un momento, la bandeja aún en sus manos, y algo brilló en sus ojos. Una luz cálida, un destello de ese Charlie que Babe había creído perdido para siempre.

Luego cruzó la habitación y depositó la bandeja sobre la mesita junto al ventanal, donde la luz de la mañana la bañaba de oro.

—Siéntate.— dijo, tirando de la silla para él.— Necesitas comer bien hoy. Ayer no comiste casi nada.

Babe obedeció, dejándose caer en la silla con un suspiro. Charlie se sentó frente a él, y por un momento, la escena fue tan normal, tan doméstica, que Babe sintió que el pecho le iba a estallar. Así debería haber sido siempre.

Tomó la cuchara y probó un poco de arroz. Estaba perfecto, como todo lo que salía de la cocina de Charlie. Comió un par de bocados en silencio, sintiendo la mirada de Charlie sobre él, pero esta vez no era la mirada fría y distante de los últimos días. Era una mirada que esperaba, que observaba con cuidado, como si Charlie estuviera asegurándose de que cada bocado llegaba a su destino.

Babe dejó la cuchara sobre el borde del plato y levantó la vista.

—¿Entonces no me odias?— preguntó, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.— Pensé que lo hacías.

Charlie exhaló lentamente, apoyando los codos sobre la mesa. Sus dedos se entrelazaron frente a él, y por un momento, sus ojos se perdieron en algún punto más allá de Babe.

—No.— dijo finalmente, y su voz era grave, sincera.— No te odio.

Hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que no habrá una segunda oportunidad para decir la verdad.

—Solo estaba dolido. Y furioso.

Sus ojos se encontraron con los de Babe, y en ellos había una honestidad cruda, sin filtros.

—Es por eso que te traté así.—,continuó, y su mandíbula se tensó.— Quería que sintieras un mínimo del dolor que yo sentí cuando te fuiste.

Babe sintió cómo las palabras de Charlie se clavaban en su pecho, pero no era un dolor nuevo. Era un dolor antiguo, que había estado allí desde que tomó la decisión de huir, y que ahora encontraba su eco en la voz del hombre que amaba.

Bajó la mirada a sus manos, que jugueteaban con el borde de la camisa de Charlie.

—Pues funcionó.— susurró, y su voz tembló apenas.— Me dolieron tus tratos. Tus palabras. La forma en que me mirabas como si fuera un extraño.

Tragó saliva, y las palabras siguientes escaparon con un hilo de voz rota.

—Más al pensar que me querías solo como incubadora.

El silencio que siguió fue tan denso que Babe pudo oír su propio corazón latiendo. Y entonces sintió una mano en su mejilla.

Charlie se había inclinado sobre la mesa, sus dedos rozando la piel de Babe con una suavidad que contrastaba con la violencia de la noche anterior. Su pulgar trazó el arco del pómulo, y cuando Babe levantó la vista, los ojos de Charlie estaban brillando con una intensidad que le cortó la respiración.

—Si.— dijo Charlie, y su voz era apenas un susurro.— Lo sé.

Babe lo miró con sorpresa.

—¿Lo sabías?

—Los sentía.— Charlie continuó, su mano aún acariciando la mejilla de Babe.— Cada vez que me mirabas con esos ojos tristes. Cada vez que te encerrabas en el baño y corrías el agua para que no te oyera llorar.

Babe sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

—Pero me aguantaba.— dijo Charlie, y su voz se quebró apenas en la última sílaba.— Me aguantaba las ganas de entrar, de tomarte en mis brazos, de decirte que todo iba a estar bien. Porque necesitaba que entendieras lo que se siente tener miedo. Miedo de perder a lo único que importa.

La mano de Charlie se deslizó desde la mejilla hasta la nuca de Babe, sus dedos enredándose en su cabello.

—Y en lo otro.— continuó, y su voz recuperó un poco de su firmeza.— Jamás.

Babe parpadeó, confundido.

—¿Jamás qué?

—Jamás te he visto solo como una incubadora.— Charlie inclinó la cabeza, sus labios rozando la frente de Babe.— Eres lo que más amo en este mundo. Junto con nuestro hijo.

Las lágrimas de Babe se desbordaron, rodando por sus mejillas en hilos plateados.

Charlie las secó con sus pulgares, con una ternura que desmentía toda la frialdad de los días anteriores.

—Además.— Charlie sonrió, y era una sonrisa que Babe no veía desde antes de huir, una sonrisa cómplice, casi traviesa.— cuando no te dabas cuenta, sonreía.

Babe lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué?

—Sonreía.— repitió Charlie, y sus dedos trazaron el contorno de la oreja de Babe.— Y tocaba tu abdomen cuando dormías.

Babe sintió cómo su corazón daba un vuelco. La imagen de Charlie, el Enigma frío e implacable, acercándose sigilosamente en la noche para poner su mano sobre su vientre mientras él dormía, le hizo brotar una nueva oleada de lágrimas.

—¿En serio, Cachorro?— preguntó, y su voz era un hilo de emoción apenas contenido.

Charlie sonrió ante el entusiasmo de Babe, y esa sonrisa iluminó su rostro como Babe no lo había visto en semanas.

—Por supuesto que sí, mi amor.— afirmó, bajando la mano para posarla sobre el vientre de Babe a través de la camisa.— No me lo perdí en ningún momento. Siempre estuve ahí, aunque no lo pareciera.

Babe ya no pudo contenerse. Se lanzó hacia adelante, sus brazos rodeando el cuello de Charlie con una fuerza que sorprendió incluso a sí mismo. Enterró el rostro en el hueco del cuello de Charlie, aspirando su olor, sintiendo el latido de su corazón contra el pecho, las manos de Charlie que subían para sostenerlo con la misma urgencia.

—Lo siento.— susurró Babe contra su piel, y las palabras escapaban entre sollozos contenidos.— Lo siento, Cachorro. Siento tanto haberte dejado.

Charlie lo apretó con más fuerza, una mano en su espalda, la otra en la nuca, sosteniéndolo como si temiera que fuera a desaparecer.

—Tenía miedo.— continuó Babe, separándose apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos, sus mejillas bañadas en lágrimas.— Tenía miedo de ser una debilidad para ti. De que tus enemigos me usaran para lastimarte.

Charlie lo miró en silencio por un momento, y luego su mano subió para apartar un mechón de cabello del rostro de Babe.

—Eres mi debilidad.— dijo, y su voz era grave, honesta.— Siempre lo has sido.

Babe iba a hablar, pero Charlie lo detuvo con un dedo sobre sus labios.

—Pero también eres mi fuerza.— continuó, y sus ojos brillaban con una intensidad que Babe no había visto nunca.— Tú y nuestro hijo. Son lo único que me mantiene con los pies en la tierra cuando todo lo demás es caos y violencia.

Babe sintió cómo las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran lágrimas de dolor.

—No vuelvas a dejarme.— dijo Charlie, y por primera vez desde que se conocían, Babe escuchó miedo en su voz. Miedo puro, sin filtros.— No vuelvas a hacerlo, mi amor.

Sus dedos se enredaron en el cabello de Babe, tirando suavemente para inclinar su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello.

—Porque voy a buscarte.— continuó Charlie, y su voz se volvió un susurro ronco contra la piel de Babe.— Y te voy a follar tan mal que lo pensarás dos veces antes de volver a huir.

La risa de Babe brotó entre sollozos, una risa temblorosa, libre.

—Estás loco.— dijo, sus manos aferradas a los hombros de Charlie.— Estás completamente loco.

—Y a ti te encanta.— respondió Charlie con una sonrisa que era pura arrogancia, pero también puro amor.

Babe negó con la cabeza, pero la sonrisa no se borraba de su rostro.

—Me encanta.— admitió, y su voz era un susurro.— Te amo tanto, tanto, tanto, mi amor.

Charlie acercó su rostro hasta que sus frentes se tocaron, sus narices rozándose, sus respiraciones mezclándose en el pequeño espacio entre ellos.

—Yo también te amo muchísimo, mi amor.— respondió, y su voz era un hilo de ternura que desmentía toda su dureza.— Muchísimo más de lo que tú crees.

Y luego lo besó.

El beso comenzó suave, casi tímido, como si ambos estuvieran redescubriendo un territorio que creían perdido. Los labios de Charlie rozaron los de Babe con una lentitud deliberada, saboreando el momento, la sensación de estar de nuevo juntos. Babe suspiró contra su boca, sus manos subiendo para enredarse en el cabello de Charlie, tirando suavemente, pidiendo más.

Charlie se lo dio. El beso se profundizó, sus lenguas encontrándose en un baile que conocían de memoria pero que ahora se sentía nuevo, renovado. Charlie mordió el labio inferior de Babe con la misma posesión que había mostrado la noche anterior, pero esta vez había ternura en el gesto, una promesa de que no iba a dejarlo ir.

Babe gimió bajito, y Charlie respondió apretándolo contra su cuerpo, una mano en su espalda baja, la otra en su nuca, sosteniéndolo como si fuera lo más preciado que tenía.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Babe apoyó la frente en el hombro de Charlie, sintiendo cómo los dedos de Charlie trazaban círculos en su espalda a través de la camisa.

—No me dejes ir otra vez.— susurró Babe contra su piel.— Pase lo que pase.

Charlie lo levantó de la silla con una facilidad que hizo que Babe jadeara, y lo sentó sobre la mesa, a su lado, entre los restos del desayuno. Sus manos encontraron las mejillas de Babe, y sus ojos negros miraron los grises con una seriedad que no dejaba lugar a dudas.

—No voy a dejarte ir.— dijo Charlie.— Nunca más. Estés donde estés, te voy a encontrar. Y te voy a traer de vuelta. Cada maldita vez.

Babe sonrió, y esta vez las lágrimas que rodaron por sus mejillas eran solo de felicidad.

—Eso suena a amenaza.— dijo, su voz temblorosa pero alegre.

—Es una promesa.— corrigió Charlie, besando cada lágrima que caía.— La más importante que he hecho en mi vida.

Babe lo atrajo hacia él, sus piernas abrazando las caderas de Charlie, sus brazos rodeando su cuello.

—Entonces quédate conmigo.— susurró.— Ahora. Siempre.

Charlie sonrió contra sus labios.

—Siempre.— repitió, y la palabra fue un juramento.

Y cuando volvieron a besarse, el sol de la mañana entraba a raudales por la ventana, iluminando la escena con luz dorada, mientras afuera, en el jardín, las rosas seguían floreciendo, y los guardias hacían sus rondas, y el mundo seguía girando.

Pero dentro de esa habitación, el tiempo parecía haberse detenido. Porque Charlie y Babe estaban donde siempre debieron estar: juntos.

No fue instantáneo, no fue perfecto, pero cada mañana Babe despertaba en brazos de Charlie y cada noche se dormía con su olor en la piel, y eso era suficiente para ir cerrando las heridas que ambos habían dejado abiertas.

Los planes de Charlie: la maquinaria de la venganza

La sala de guerra de Charlie estaba en el sótano de la mansión, un espacio que Babe nunca había pisado y que la mayoría de sus hombres solo conocía por rumores. No era un lugar para reuniones casuales. Era un centro de operaciones con pantallas que cubrían una pared entera, mapas satelitales, sistemas de comunicación encriptados, y un arsenal que haría palidecer a un cuartel militar.

Eran las tres de la madrugada cuando Charlie convocó a sus tenientes principales. La luz fluorescente iluminaba sus rostros con una frialdad clínica, proyectando sombras afiladas bajo sus pómulos, sus mandíbulas. En el centro de la mesa, una tableta mostraba la imagen de un hombre de mediana edad, rostro ancho, ojos de serpiente: Somchai.

Charlie estaba de pie frente a la pantalla principal, con los brazos cruzados sobre el pecho, su silueta recortada contra el mapa de Chiang Mai que ocupaba todo el fondo. Había estado allí durante horas, estudiando cada ruta, cada edificio, cada posible escondite. No había dormido. No necesitaba dormir. No cuando la imagen de Babe en el suelo de su departamento, con dedos alrededor del cuello, seguía ardiendo en su memoria como un hierro al rojo.

—Informes.— dijo sin girarse.

Krit dio un paso adelante, con su tableta en la mano.

—Somchai se ha atrincherado en un complejo al norte de Chiang Mai. Ocho edificios, muro perimetral de tres metros con alambre de púas, cámaras térmicas y una veintena de hombres armados rotando en turnos de ocho horas. Está nervioso, jefe. Sabe que viene por él.

—¿Sus aliados?— Charlie se giró lentamente.

Mali, que estaba recostada contra la pared con los brazos cruzados, respondió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Los carteles del norte han rechazado su oferta de alianza. El cargamento de armas que les enviaste fue…persuasivo. También le hemos cortado el acceso a sus rutas de suministro. Sus almacenes en el puerto están ardiendo, sus casas de apuestas están bajo nuestro control, y sus contactos en la policía han sido…neutralizados.

—¿Neutralizados?— preguntó Charlie, levantando una ceja.

Mali sonrió con más amplitud.

—Algunos aceptaron dinero para desaparecer. Otros aceptaron una conversación más directa. Nadie va a ayudar a Somchai, jefe. Está solo.

Charlie asintió, procesando la información. Su mente funcionaba como un tablero de ajedrez, moviendo piezas que la mayoría ni siquiera sabía que existían.

—No quiero que esté solo.— dijo finalmente.— Quiero que esté acorralado. Quiero que cada vez que intente moverse, encuentre una puerta cerrada. Cada vez que pida ayuda, encuentre silencio. Quiero que sienta el peso de mi mano antes de que se la ponga encima.

Krit intercambió una mirada con Mali. Conocían esa voz. Era la voz de Charlie cuando estaba a punto de destruir a alguien por completo.

—¿Y los francotiradores que puso en los almacenes?— preguntó Krit.— Los de Chiang Rai.

Charlie caminó hacia la mesa, sus dedos deslizándose sobre la superficie brillante hasta detenerse en un punto del mapa.

—No son leales a Somchai. Son mercenarios. A los mercenarios se les compra con una oferta mejor.

—¿Cuánto está dispuesto a ofrecer, jefe?— preguntó uno de los tenientes más jóvenes, un Alfa llamado Ton que aún no había aprendido a medir sus palabras.

Charlie levantó la vista, y Ton sintió cómo el aire se volvía más denso, cómo su propio instinto Alfa le gritaba que bajara la mirada.

—No voy a comprarlos.— dijo Charlie, y su voz era un susurro que helaba la sangre.— Les voy a dar una opción. La misma que les diste, Mali. Dinero para desaparecer, o entierro junto con Somchai.

Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran.

—Pero antes de que les des la opción, quiero que sepan quién se la ofrece. Quiero que sepan que Charlie, el Enigma, el jefe de la mafia tailandesa, está personalmente interesado en que Somchai pierda todo lo que tiene. Que pregunten en la calle qué pasa con los que se ponen en mi camino. Y cuando tengan suficiente miedo, les das el dinero y los mandas de vuelta a Chiang Rai con un mensaje: el próximo mercenario que trabaje para Somchai no recibirá una oferta. Recibirá una bala.

Ton asintió con la cabeza gacha, y Charlie volvió a la pantalla, sus ojos recorriendo el mapa del complejo de Somchai.

—El problema no es el complejo.— dijo, más para sí mismo que para sus hombres.— El problema es que Somchai sabe que tiene un activo que yo quiero proteger. Y un hombre desesperado con esa información es peligroso.

Mali dio un paso adelante.

—¿Quiere qué reforcemos la seguridad de la mansión?

—Ya lo hice.— Charlie se giró hacia ella.— Pero no me refiero a eso. Me refiero a que mientras Somchai esté vivo, Babe estará en riesgo. Y yo no voy a permitir que nadie, absolutamente nadie, vuelva a ponerle una mano encima.

La última frase fue dicha con una calma que asustó más que cualquier grito. Los hombres en la sala sintieron cómo sus propias feromonas se plegaban ante la presión del Enigma, cómo sus cuerpos respondían a la autoridad absoluta que emanaba de Charlie como el calor de un sol negro.

—Quiero un equipo de infiltración en Chiang Mai para mañana.— ordenó Charlie.— Que estudien el complejo, las rutinas de los guardias, los puntos débiles. Somchai tiene una amante en Lampang, como ya saben. Va allí cada tres días. La próxima vez que vaya, quiero que no vuelva.

—¿Lo capturamos allí, jefe?— preguntó Krit.

Charlie negó con la cabeza, y una sonrisa fría curvó sus labios.

—No. Quiero que sepa que lo estamos observando. Que cada vez que vaya a ver a su amante, sepa que podría haberlo matado y no lo hice. Quiero que el miedo lo consuma. Que no duerma, que no confíe en nadie, que vea sombras donde no las hay. Y cuando esté completamente roto, cuando haya perdido a todos sus aliados, todo su dinero, toda su esperanza…entonces iré por él.

—¿Y luego, jefe?— preguntó Mali, aunque ya conocía la respuesta.

Charlie se acercó a la mesa y apagó la tableta con la imagen de Somchai. La pantalla se volvió negra, reflejando su propio rostro iluminado por las luces frías de la sala.

—Luego.— dijo, y su voz era tan baja que casi parecía una caricia.— va a aprender lo que significa ponerle las manos encima a lo que es mío.

La operación

Cuarenta y ocho horas después, Charlie estaba en la sala de guerra con Krit, Mali y un equipo de seis hombres de élite. Las pantallas mostraban imágenes en vivo del complejo de Somchai, tomadas por drones que sobrevolaban a gran altura, indetectables.

—Los mercenarios de Chiang Rai aceptaron la oferta.— informó Mali, señalando un punto en el mapa.— Han abandonado los almacenes. Somchai perdió sus últimas defensas externas.

—¿Y sus hombres en el complejo?— preguntó Charlie.

—Veintitrés, según nuestros cálculos. Leales, pero asustados. Saben que están solos. Algunos han empezado a desertar por las noches.

Charlie asintió, satisfecho. La presión estaba funcionando.

—Esta noche.— dijo, señalando la pantalla.— quiero que corten las comunicaciones del complejo. Líneas fijas, satélite, todo. Que Somchai no pueda llamar a nadie, no pueda pedir ayuda, no pueda saber qué está pasando afuera.

—¿Y luego?— preguntó Krit.

—Luego, quiero que mis hombres se tomen su tiempo. Que corten la luz, bloqueen las salidas, y que cada hora, sin falta, disparen una ráfaga al aire. Que no puedan dormir. Que no puedan pensar. Que cada segundo que pase, sepan que estoy ahí afuera, esperando.

Mali sonrió con admiración apenas disimulada.

—¿Cuánto tiempo va a durar esto, jefe?

Charlie se reclinó en su silla, entrelazando los dedos sobre el estómago.

—Hasta que Somchai esté tan desesperado que salga él mismo a pedir clemencia. Y entonces…

Hizo una pausa, y en sus ojos se encendió una luz fría, calculadora.

—Entonces le recordaré por qué nadie toca lo que es mío.

La captura

Tres días después, Somchai salió de su complejo.

No salió con guardias, ni con un coche blindado, ni con un plan. Salió solo, al amanecer, con las manos temblorosas y los ojos hundidos, caminando hacia la carretera como un hombre que ha perdido la razón. Llevaba tres días sin dormir, tres días escuchando disparos en la oscuridad, tres días sin poder comunicarse con nadie, sin saber si sus aliados estaban vivos o muertos, sin saber si su imperio aún existía.

Charlie lo esperaba en una camioneta negra, con Krit al volante y Mali en el asiento trasero. Cuando Somchai vio el vehículo detenerse frente a él, su rostro pasó del alivio al horror en una fracción de segundo.

—¿Charlie?— balbuceó, retrocediendo un paso.— Charlie, podemos negociar. Tengo dinero, tengo…

Charlie bajó de la camioneta con la lentitud de quien no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene adónde ir. Vestía de negro de pies a cabeza, y sus ojos eran dos pozos sin fondo en la luz gris del amanecer.

—Somchai.— dijo, y su voz fue un susurro que cortó el aire como una hoja.— ¿Sabes por qué estoy aquí?

Somchai negó con la cabeza, sus labios temblando.

—Enviaste a un sicario a la casa de mi Alfa.— Charlie dio un paso adelante, y Somchai retrocedió otro.— Le pusiste las manos encima. A él. A mi hijo.

—No sabía que estaba embarazado.— dijo Somchai, y su voz se quebró.— Solo quería enviarte un mensaje, Charlie. Una advertencia. No quería…

Charlie sonrió, y fue la sonrisa más aterradora que Somchai había visto en su vida.

—Ahora vas a recibir un mensaje.— dijo.— De mi parte.

Los hombres de Charlie salieron de la maleza como sombras, rodeando a Somchai antes de que pudiera correr. No opuso resistencia. No le quedaban fuerzas. Cuando lo metieron en la camioneta, sus ojos encontraron los de Charlie, y en ellos había una pregunta silenciosa: ¿Qué vas a hacerme?

Charlie no respondió. No necesitaba hacerlo.

Subió a la camioneta, cerró la puerta, y en el silencio del amanecer, la venganza comenzó su curso.

Esa mañana, Charlie había tenido reuniones desde temprano. Babe lo había visto salir del dormitorio con su traje impecable, le había robado un beso antes de que se fuera, y luego había bajado a la cocina con una de las camisas de Charlie puesta —la negra, su favorita— y un par de pantalones cortos que apenas se veían bajo la tela holgada. Su vientre seguía plano, pero su cuerpo comenzaba a sentir los cambios de formas sutiles: los pezones más sensibles, el apetito voraz, las hormonas que a veces lo volvían irritable. En general, estaba de buen humor.

El jugo de tamarindo estaba perfecto: ácido, dulce, con un toque de sal que hacía que su paladar se despertara por completo. Babe estaba a medio vaso cuando escuchó pasos de tacones sobre el mármol del vestíbulo. Alzó la vista y reconoció a la mujer que salía del pasillo que llevaba al despacho de Charlie.

Era ella. La Omega del traje ciruela. La que había visto semanas atrás, tocando el brazo de Charlie con esa familiaridad que le había clavado una espina en el pecho. Hoy vestía un traje rojo, ajustado, el cabello suelto sobre los hombros, y en sus labios brillaba un carmín intenso. Su aroma dulce llegó hasta Babe como una nube empalagosa.

La mujer —Naree, según supo después— lo observó con una mirada que recorrió de arriba abajo. Su expresión pasó de la curiosidad al desdén en un parpadeo.

—¿Tú eres el nuevo juguete de Charlie?— preguntó, apoyando una cadera contra la isla de mármol con la pose de quien se cree dueña del territorio.

Babe no se inmutó. Levantó su vaso de jugo y bebió un sorbo con calma.

—Vivo aquí.— respondió, su voz neutra.— ¿Y tú?

Naree sonrió, una sonrisa que pretendía ser sensual pero que a Babe le pareció de lo más forzada. Se acercó un paso más, lo suficiente para que su feromona Omega invadiera el espacio personal de Babe.

—Dios, Charlie es intenso.— dijo, dejando caer las palabras como si fueran un secreto compartido.— No me quería soltar en el despacho.

Babe suspiró. No era la primera vez que alguien intentaba meter cuña entre Charlie y él, pero esta mujer tenía un descaro que rozaba lo patético.

—Sí, se nota.— respondió, con una indiferencia que claramente no era la reacción que ella esperaba.

Naree arrugó la nariz, ofendida por la falta de celos, y redobló la apuesta.

—Lo digo en serio.— dijo, inclinándose ligeramente hacia Babe como si fuera a confesarle algo íntimo.— Pensé que solo iba a ser profesional lo nuestro, pero resultó más que eso.

Hizo una pausa dramática, sus ojos de felino clavados en Babe.

—Me folló contra su escritorio.

Babe dejó el vaso sobre el mármol con un golpe seco. Sus dedos se tensaron alrededor del vidrio, pero su rostro permaneció impasible. Se levantó de la banqueta con lentitud, su altura —aún mermada por el embarazo, pero todavía superior a la de ella— imponiéndose sobre la Omega.

—Deberías ubicarte.— dijo, y su voz había perdido toda la suavidad anterior.— Deja de comportarte como si fueras dueña de la casa.

Naree soltó una risa corta, sin apartar la mirada. En sus ojos brillaba un destello de competencia mal disimulada.

—¿Acaso no lo soy?— respondió, y su mano subió para ajustarse el collar, un gesto que pretendía ser casual pero que estaba cargado de arrogancia.— Ya me folló.

Babe rió. Fue una risa sincera, que brotó de su pecho con una naturalidad que desconcertó a Naree. Cuando dejó de reír, la miró con una expresión que ella no supo interpretar.

—No sé qué mierda consumiste.— dijo Babe, apoyando las manos en la isla de mármol, inclinándose hacia ella con una calma que resultaba más intimidante que cualquier grito.— pero deja ese teatro tan barato.

Naree abrió la boca para responder, pero Babe la cortó.

—Soy Babe.— dijo, y pronunció su nombre como quien lanza una llave que abre todas las puertas.— La pareja de Charlie. Padre de su hijo.

Se enderezó y cruzó los brazos sobre el pecho, su camisa blanca subiendo apenas para mostrar un trozo de muslo.

—Y tengo acceso a las cámaras de seguridad del despacho.— concluyó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.— No vi nada de lo que dijiste.

El rostro de Naree perdió todo el color. Sus ojos se abrieron, sus labios se apretaron, y por un instante, Babe vio cómo el miedo asomaba tras su máscara de arrogancia. Pero duró poco. La humillación avivó algo en ella, un orgullo herido que se transformó en veneno.

—¿Pareja?— escupió, su voz elevándose.— De seguro eres solo su juguete. Un Alfa que se dejó preñar como una perra en celo. Yo sí soy su mujer.

El golpe fue rápido, seco, certero. La mano de Babe impactó en la mejilla de Naree con un chasquido que resonó en la cocina. La cabeza de ella giró hacia un lado, su cabello saltando por el aire, y una marca roja comenzó a brotar en su pómulo.

—¡Cómo te atreves!— gritó Naree, llevándose la mano a la cara. Su feromona Omega se disparó, llena de rabia.— ¡Charlie va a saber lo que hiciste! ¡Te va a echar de aquí como la basura que eres!

Babe sintió cómo la rabia le subía por la espalda, cómo sus hormonas de Alfa gestante se encendían ante la amenaza. Ya no era solo por él. Era por su hijo. Por Charlie. Por todo lo que habían reconstruido.

La tomó del cabello.

Sus dedos se enredaron en las hebras rubias con una fuerza que hizo que Naree chillara.

Babe tiró hacia atrás, obligándola a arquear la espalda, a quedar con el rostro vuelto hacia el techo, su cuello expuesto.

—Suficiente.— dijo Babe, y su voz era un hilo de furia contenida.— Puta barata.

Acercó su rostro al de ella, sus ojos azules grisáceos brillando con una intensidad que hizo que Naree contuviera la respiración.

—Te creí más lista.— continuó, cada palabra un golpe.— pero solo estás necesitada de una polla y justamente le echaste el ojo a mi hombre.

Naree intentó forcejear, sus manos arañando el brazo de Babe, sus tacones raspando el suelo. Pero Babe, aunque debilitado por el embarazo, seguía siendo un Alfa, y la furia le daba una fuerza que la Omega no podía igualar.

—¡Suéltame!— gritó ella.— ¡Charlie te va a matar si me haces daño!

—Charlie no me va a hacer nada.— Babe la arrastró un paso hacia la isla de mármol.— Porque yo voy a encargarme de que sepa exactamente quién eres.

Con un movimiento seco, Babe estampó el rostro de Naree contra la superficie fría de la isla. El golpe no fue lo suficientemente fuerte para romperle la nariz, pero el impacto hizo que un gemido de dolor escapara de sus labios. Babe mantuvo su cabeza presionada contra el mármol, su cabello aún enredado en sus dedos, su mejilla contra la piedra blanca.

—¿Ves esto?— dijo Babe, su voz baja, casi un susurro.— Esto es lo que pasa cuando vienes a mi casa a mentir sobre mi hombre. Esto es lo que pasa cuando intentas quitarme lo que es mío.

Naree sollozó, sus lágrimas mezclados con el rímel corrido sobre el mármol.

—¡No es mentira!— gimió, desafiante a pesar del dolor.— ¡Charlie me deseaba! ¡Me iba a quedar con él!

Babe rió, y la risa sonó amarga.

—Charlie no te desea.— dijo, soltándola de golpe.— Charlie me ama a mí. Y ahora vas a salir de esta casa antes de que yo haga algo de lo que realmente me arrepienta.

Naree se incorporó con las manos temblando, su rostro marcado por el mármol, su cabello en desorden. En sus ojos había odio, pero también miedo. Miedo verdadero. Retrocedió un paso, luego otro, frotándose la mejilla donde la marca roja se estaba convirtiendo en un moretón incipiente.

—Esto no va a quedar así.— escupió, su voz quebrada.— Charlie va a saberlo. Va a saber lo que hiciste.

—Cuéntale.— respondió Babe, recogiendo su vaso de jugo como si nada hubiera pasado.— A ver quién le cree.

Pero antes de que Naree pudiera responder, los pasos resonaron en el pasillo.

Charlie apareció en el marco de la puerta de la cocina, su figura imponente contra la luz del vestíbulo. Vestía una camisa con las mangas arremangadas, los primeros botones desabrochados, y en su rostro había una expresión que Babe conocía bien: la calma que precede a la tormenta.

Sus ojos recorrieron la escena en una fracción de segundo. Naree, con el rostro marcado, el cabello en desorden, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Babe, de pie junto a la isla, con el vaso en la mano, su camisa impecable, sus ojos azules grisáceos brillando con un resto de furia que aún no se había disipado.

—¿Qué pasó aquí?— preguntó Charlie, y su voz era un filo.

Naree se lanzó hacia él como si fuera su salvación, sus manos extendidas, su rostro un mapa de dolor.

—¡Khun Charlie!— gritó, señalando a Babe con un dedo tembloroso.— Ese…ese Alfa me atacó. Me golpeó contra el mármol. ¡Mire mi cara!

Charlie no se movió. Sus ojos pasaron de Naree a Babe, que seguía inmóvil junto a la isla.

Babe sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. No era difícil. El embarazo lo volvía sensible, y el miedo real de que Charlie dudara de él se mezcló con la rabia todavía caliente en su pecho. Parpadeó, y las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Cariño.— dijo Babe, y su voz se quebró en un sollozo contenido.— no sé lo que pasó.

Dio un paso hacia Charlie, sus manos temblorosas, sus ojos brillando con humedad.

—Esta mujer vino presumiendo que la habías follado.— continuó, y las palabras escapaban entre suspiros temblorosos.— Yo defendí nuestra relación. Le dije que no era verdad, que tenías cámaras, que…que yo era tu pareja.

Naree abrió la boca para interrumpir, pero Charlie levantó una mano, y ella enmudeció.

—Y entonces.— Babe tragó saliva, su mandíbula temblando.— de la nada empezó a golpearse contra el mármol. Sola. Para hacerme quedar como el culpable.

La mentira era perfecta. Babe la había construido en los segundos que Charlie tardó en aparecer, y ahora la sostenía con la mirada más vulnerable que había logrado componer. Sus lágrimas eran reales —el miedo, los celos que Naree había despertado, la rabia, todo se mezclaba—, y su voz temblaba con la convicción de quien ha sido injustamente acusado.

Naree lo miró con los ojos desorbitados.

—¡Es mentira! —exclamó, su voz aguda, histérica.— ¡Lo de las palabras es verdad, pero los golpes…él me golpeó! ¡Fue él, Khun Charlie! ¡Mire mi cara!

Charlie observó a Naree, luego a Babe. Su rostro era una máscara impenetrable.

Babe dejó caer el vaso de jugo sobre la isla con un golpe sordo y dio un paso atrás, hacia la salida de la cocina. Su mano subió para cubrirse la boca, como si estuviera conteniendo un sollozo mayor.

—No es verdad, cariño.— dijo, y su voz era un hilo.— Pero si le crees a ella…

Hizo amago de girarse, de salir de la cocina con los hombros hundidos, el gesto de un Alfa derrotado por la injusticia.

—Babe.

La voz de Charlie lo detuvo en seco. Babe se giró lentamente, las lágrimas aún cayendo, sus ojos encontrándose con los de Charlie.

—Te creo a ti.— dijo Charlie, y sus palabras fueron un veredicto.— Mi amor.

Babe sintió cómo un alivio genuino le recorría el cuerpo, y las lágrimas que siguieron cayendo ya no eran solo actuación. Dio un paso hacia Charlie, sus brazos abiertos, y Charlie lo recibió contra su pecho con una mano en la nuca y la otra en su espalda baja.

—Esto no va a quedar así.— dijo Charlie contra su cabello, y en su voz había una promesa de violencia que hizo que Naree palideciera.

Babe, con el rostro enterrado en el pecho de Charlie, sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, fugaz, que asomó entre las lágrimas como un relámpago en un cielo nublado. Levantó la vista justo lo suficiente para lanzar una mirada a Naree por encima del hombro de Charlie. Una mirada de triunfo, de burla apenas disimulada, que decía: ¿Ves? ¿Quién es el juguete ahora?

Naree abrió la boca para gritar, para señalar, para destapar la mentira que Babe había tejido con la maestría de quien ha aprendido a sobrevivir en el mundo de Charlie.

—¡Khun Charlie, mírelo!— gritó, señalando a Babe.— ¡Está sonriendo! ¡Me está haciendo burla!

Babe ocultó su rostro contra Charlie de nuevo, y esta vez su sollozo fue más audible, más desgarrador.

—Cariño.— susurró.— no quiero estar aquí. Por favor, llévame a la habitación.

Charlie apretó los brazos alrededor de Babe, y cuando levantó la vista hacia Naree, sus ojos eran dos pozos de hielo.

—Has perdido el derecho a estar en esta casa.— dijo, y su voz era tan fría que parecía congelar el aire.— Aprenderás lo que pasa cuando intentas meterte entre mi pareja y yo.

—¡Pero es mentira!— Naree estaba temblando, sus manos aferradas al borde de la isla.— ¡Él me golpeó! ¡Mire mi cara! ¡Charlie, por favor!

Charlie separó a Babe de su pecho con suavidad, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Los ojos azul grisáceo de Babe estaban enrojecidos, sus mejillas mojadas, sus labios temblorosos. Un cuadro de dolor tan perfecto que ni el mejor actor del mundo podría haberlo igualado.

—Vete al dormitorio, mi amor.— dijo Charlie, y su voz era un bálsamo.— Yo me encargo de esto.

Babe asintió, y antes de separarse, se puso de puntillas y dejó un beso en los labios de Charlie. Fue un beso suave, cargado de gratitud fingida, pero cuando sus labios se encontraron, Babe sintió cómo el corazón de Charlie latía con fuerza, cómo sus manos lo sostenían como si fuera lo más preciado del mundo.

Se separó con una última mirada hacia Naree. Sus ojos se encontraron, y Babe dejó que ella viera todo lo que había detrás de la máscara de víctima: el triunfo, la posesión, la certeza de que nunca, nunca, nadie iba a quitarle lo que era suyo.

Luego se giró y salió de la cocina, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre el mármol, la camisa de Charlie ondeando a su espalda.

Detrás de él, se escuchó el grito ahogado de Naree cuando los guardias entraron en la cocina, y la voz de Charlie, fría como el acero, dando la orden:

Babe sonrió mientras caminaba por el pasillo. La sonrisa era amplia, sincera, y en sus ojos ya no había rastro de lágrimas. Subió las escaleras con paso ligero, su mano rozando su vientre donde el cachorro crecía tranquilo, ajeno a la tormenta que su padre acababa de desatar.

Cuando llegó al dormitorio, cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama, riendo en voz baja.

—Nunca.— dijo para sí mismo, acariciando su vientre con una sonrisa.— Nunca me van a quitar a tu padre. ¿Entendido, pequeño?

En algún lugar del calabozo, Naree aprendía esa misma lección con métodos menos amables.

Y en la cocina, Charlie observó cómo se llevaban a la mujer que había osado amenazar a su familia, y por un momento, una sonrisa fugaz curvó sus labios. Porque él también había visto la mirada de Babe, ese destello de triunfo que ella había intentado señalar. Y en lugar de enfadarse, había sentido orgullo.

Su Alfa. Su mentiroso. Su perfecto, hermoso, impecable Alfa.

Charlie negó con la cabeza, ajustó el puño de su camisa, y salió de la cocina con la tranquilidad de quien sabe que su casa está en las mejores manos posibles.

Charlie cerró la puerta del dormitorio tras de sí con un clic suave que contrastaba con la tensión que llenaba la habitación. Babe estaba sentado en el borde de la cama, los pies descalzos sobre la alfombra, la camisa blanca de Charlie aún puesta, sus ojos azules grisáceos brillando con un resto de humedad que no sabía si era actuación o algo más genuino.

Al verlo entrar, Babe parpadeó y dos lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas. Se las secó con el dorso de la mano, con un gesto que pretendía ser frágil.

—¿Qué hiciste, Cachorro?— preguntó, y su voz sonó pequeña, preocupada.— Espero no hayas sido tan cruel con ella.

Charlie se detuvo en medio de la habitación, a unos pasos de la cama, y cruzó los brazos sobre el pecho. Su camisa negra aún estaba arremangada, sus dedos manchados con el rímel que Naree había dejado en su piel cuando intentó aferrarse a él antes de que los guardias se la llevaran. Su rostro era una máscara de calma, pero en sus ojos brillaba algo que Babe no supo identificar de inmediato.

—La mandé al calabozo para que le den una lección.— dijo Charlie, y su voz era un filo envuelto en terciopelo.— Nadie se mete contigo.

Babe suspiró, con un gesto de alivio que también pretendía ser culpabilidad.

—Agradezco que seas protector conmigo.— dijo, bajando la mirada a sus manos.— pero no debes ser tan malo con ella. Al fin y al cabo, solo estaba…

—¿Solo estaba?—.Charlie lo interrumpió, y una sonrisa irónica curvó sus labios.— ¿Solo estaba inventando qué me la follé en mi escritorio? ¿Solo estaba llamándote juguete en mi propia cocina?

Babe levantó la vista, sus ojos todavía húmedos.

—Bueno, igual…

—Babe.

La voz de Charlie cortó el aire como una hoja. Descruzó los brazos y dio un paso hacia la cama, sus ojos fijos en los de Babe con una intensidad que hacía imposible sostener la mentira.

—Tu actuación teatral no funciona conmigo.— dijo, y en su tono había una mezcla de diversión y advertencia.— ¿Tanto te importa ella?

Babe parpadeó. Las lágrimas dejaron de fluir como si alguien hubiera cerrado un grifo. Su expresión cambió en una fracción de segundo, de la fragilidad fingida a una franqueza que rozaba la provocación.

—¿Te diste cuenta?— preguntó, y ya no había rastro de la víctima en su voz.

Charlie se rió entre dientes, negando con la cabeza.

—Te conozco como la palma de mi mano, mi amor. Cada gesto, cada palabra, cada lágrima falsa. ¿Crees qué no vi cómo le sonreías por encima de mi hombro?

Babe se puso de pie con un movimiento ágil, la camisa de Charlie subiendo hasta revelar la curva incipiente de sus caderas. Cruzó los brazos sobre el pecho, imitando la postura de Charlie, y sus ojos brillaban ahora con un destello de desafío.

—¿Entonces qué fue eso de que la follaste?— preguntó, y su tono era cortante.— Sus labios estaban hinchados. Llegué a pensar…

Charlie se encogió de hombros con una indiferencia que hizo que Babe apretara la mandíbula.

—Se los mordió ella sola.— respondió Charlie, y su voz era tan casual como si estuviera comentando el clima.— Creando un sueño en una realidad que nunca sucedió. La mujer está obsesionada, pero nunca he tocado un solo centímetro de su piel.

Babe lo miró un momento, evaluando la verdad en sus palabras. Luego soltó el aire que había estado conteniendo.

—Lo supuse.— dijo, y en su voz había una nota de alivio que no pudo disimular del todo.

Charlie dio un paso hacia él, y ahora la distancia entre ellos era mínima. El aroma a bosque mojado y pólvora envolvía a Babe, denso, embriagador.

—Pero no vuelvas a querer manipularme, Babe.— dijo Charlie, y su voz había perdido todo rastro de ironía. Ahora era grave, firme, con un filo que no admitía réplica.— Esa mierda no me gusta.

Babe levantó la barbilla, sus ojos se encontraron con los de Charlie en un duelo de voluntades que ambos conocían bien.

—Para algo debes servirme.— soltó, y una sonrisa provocadora curvó sus labios.

El movimiento de Charlie fue tan rápido que Babe no tuvo tiempo de reaccionar. Sus dedos se enredaron en el cabello de Babe, tirando hacia atrás con la fuerza justa para exponer su cuello, para obligarlo a arquear la espalda. No fue un tirón doloroso, pero sí posesivo, absolutamente dominante.

—Mucho cuidado, mi amor.— dijo Charlie contra su oído, su voz un susurro que vibraba en la piel de Babe.— Soy tu hombre, no tu juguete de entrenamiento.

Babe sintió cómo su cuerpo respondía al tono de Charlie, cómo un escalofrío le recorría la columna y sus pezones se endurecían bajo la tela de la camisa. Pero no iba a darse por vencido tan fácilmente.

—No me importa.— respondió, su voz desafiante a pesar del tirón de su cabello.— Lo seguiré haciendo.

Charlie gruñó. Fue un sonido grave, profundo, que salió de su pecho como el rugido contenido de un depredador. Su mano libre encontró la cintura de Babe y lo apretó contra su cuerpo, dejándole sentir la dureza que ya crecía bajo su pantalón.

—No me provoques, mi amor.— advirtió, y en sus ojos oscuros ardía algo primitivo.— Porque te juro que vas a terminar rogándome que pare, y no voy a hacerlo.

El desafío brilló en los ojos de Babe.

—Seguiré provocando entonces.— susurró.— A ver qué pasa.

Charlie no necesitó más invitación.

Su boca encontró el cuello de Babe con una ferocidad que hizo que este jadeara. No fue un beso suave, no fue una caricia. Fue un mordisco, una posesión, un reclamo que comenzó en la base del cuello y subió por la yugular, dejando un rastro de piel enrojecida y marcas de dientes. Charlie chupó con fuerza, sintiendo cómo el pulso de Babe se aceleraba bajo sus labios, cómo un gemido escapaba de su garganta.

—¿Quieres seguir provocándome?— Charlie mordió el lóbulo de Babe, tiró de él con los dientes.— ¿Quieres seguir haciéndote el inocente con esas lágrimas falsas?

—Charlie…— Babe apenas podía articular, sus manos aferradas a los hombros de Charlie.

—No, ahora vas a aguantar.— Charlie bajó por su mandíbula, mordió el borde de su mentón, luego encontró sus labios con una violencia que hizo que Babe gimiera contra su boca.

El beso fue hambriento, desordenado. Las lenguas se encontraron en una lucha que no era de dominación sino de devoración mutua. Charlie mordió el labio inferior de Babe hasta hincharlo, luego chupó la herida con una lujuria que hizo que Babe se aferrara a él con más fuerza. Sus manos bajaron por la espalda de Babe, encontraron el borde de la camisa y la subieron con un movimiento brusco.

—Esta camisa.— gruñó Charlie contra sus labios.— Es mía.

—Me la puse porque…— Babe no pudo terminar.

Charlie lo giró y lo empujó contra la cama. Babe cayó de espaldas sobre el colchón, sus piernas colgando del borde, su camisa subida hasta las costillas. Charlie, de pie frente a él, con los ojos ardientes y el pecho subiendo y bajando, le devolvió la mirada con la intensidad de un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria.

—Quítate esto.— ordenó Charlie, señalando los pantalones cortos que Babe llevaba bajo la camisa.

Babe sonrió, lento, provocador.

—¿Y si no quiero?

Charlie no respondió con palabras. Se inclinó sobre la cama, sus manos encontraron la cintura de Babe, y con un tirano seco bajó los pantalones y la ropa interior en un solo movimiento, dejándolo desnudo de cintura para abajo. Babe jadeó ante la brusquedad, pero no se movió para cubrirse.

—Te dije que no me provoques.— dijo Charlie, y ahora su voz era ronca, apenas controlada.

Se enderezó y, con un movimiento rápido, agarró el cuello de su propia camisa negra. La tela se rasgó con un sonido brutal, los botones saltando por todas direcciones, y Charlie se la quitó de un tirón, dejando al descubierto su torso esculpido, sus hombros anchos, la piel cubierta de cicatrices viejas que Babe conocía de memoria.

Babe observó cómo Charlie se deshacía de los restos de la camisa, cómo sus músculos se tensaban bajo la luz tenue del dormitorio, cómo sus ojos nunca dejaban de mirarlo con esa mezcla de deseo y posesión que hacía que sus rodillas flaquearan incluso estando acostado.

Charlie se puso entre sus piernas. Sus manos encontraron los muslos de Babe y los abrieron con una brusquedad que hizo que la cabeza de Babe cayera hacia atrás sobre el colchón. No hubo caricias preliminares, no hubo juegos. Charlie se desabrochó el pantalón con una mano, liberando su miembro ya duro, la punta brillando con una gota de humedad, y en un movimiento continuo, sin pausa, se hundió dentro de Babe.

El grito de Babe se ahogó en su garganta. La penetración fue brutal, completa, llenándolo hasta el fondo en una sola embestida que hizo que sus dedos se aferraran a las sábanas. Charlie no le dio tiempo a adaptarse. Comenzó a moverse con una ferocidad que sacudía la cama, cada embestida profunda, implacable, como si quisiera borrar cualquier rastro de la mentira que Babe había tejido, cualquier sombra de duda que hubiera podido sembrar.

—¿Seguirás provocándome?— Charlie gruñó, sus caderas golpeando contra las de Babe con un ritmo que robaba el aliento.— ¿Seguirás haciendo tus teatros conmigo?

—Charlie…— Babe apenas podía formar palabras, sus piernas enredándose en la cintura de Charlie por instinto, sus brazos buscando sus hombros.

—Responde.— Charlie embistió más hondo, y Babe gimió.— ¿O quieres que pare?

—¡No pares!— Babe arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Charlie.— ¡No pares, no pares…

Charlie bajó la cabeza y su boca encontró uno de los pezones de Babe. Chupó con una avidez que hizo que Babe chillara, y cuando sintió el sabor dulce de la leche que comenzaba a brotar, gruñó contra su piel con una lujuria que bordeaba la obsesión.

—Mírate.— murmuró, cambiando de pezón, succionando con fuerza mientras sus caderas no cesaban su ritmo implacable.— Mírate, mi amor. Estás goteando leche para mi hijo mientras te follo como una bestia.

Babe estaba enrojecido de la cabeza a los pies, su piel cubierta de sudor, sus labios hinchados por los besos de Charlie, sus pezones brillando con el líquido blanco que Charlie no dejaba de extraer. Sus gemidos eran incontrolables, sus dedos enredados en el cabello de Charlie, apretando, tirando, pidiendo más.

—¿Crees qué necesito a alguien más?— Charlie levantó la cabeza, sus ojos negros ardían, sus labios brillaban con la leche de Babe.— ¿Crees qué algún otro cuerpo podría compararse a esto? ¿A este culo qué me aprieta como si no quisiera soltarme?

—No…no…— Babe negaba con la cabeza, las palabras perdidas entre gemidos.

—No, no quieres.— Charlie lo besó con ferocidad, mordiendo su labio, saboreando su propia leche mezclada con la saliva de Babe.— Porque esto es mío. Todo esto es mío.

Sus embestidas se hicieron más rápidas, más erráticas. Charlie llevó una mano al vientre de Babe, presionando justo donde su miembro entraba y salía, donde el cachorro crecía dentro.

—Sientes cómo te lleno.— gruñó.— Cómo te follo hasta que no puedas pensar en nada más que en mi polla dentro de ti. Cómo voy a hacerte venir hasta que se te olvide cómo se llama esa perra.

—Charlie, voy a…— Babe sentía cómo el orgasmo se acumulaba en su espina dorsal, cómo su cuerpo entero se tensaba como una cuerda a punto de romperse.

—Correte.— ordenó Charlie, y su voz era un látigo de deseo.— Ahora. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mí mientras te lleno. Quiero que te corras tan fuerte que se te olvide hasta tu propio nombre.

Babe se rompió con un grito que se perdió en el beso de Charlie. Su cuerpo se sacudió en espasmos incontrolables, sus paredes internas apretándose alrededor de Charlie con una fuerza que hizo que el Enigma lanzara un gemido grave, animal. Una, dos, tres embestidas más, y Charlie se hundió hasta el fondo, derramándose dentro de Babe con un rugido ahogado contra su cuello.

Los espasmos los atravesaron a ambos durante largos segundos, sus cuerpos pegados, sus respiraciones mezcladas, sus latidos sincopados tratando de encontrar un ritmo común. Charlie permaneció dentro de Babe, sosteniéndose sobre sus codos para no aplastarlo, su frente apoyada en la clavícula de Babe, sus respiraciones calientes contra su piel.

Charlie levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos se encontraron, azules grisáceos y negros, y en ellos había una verdad que ninguno de los dos necesitaba poner en palabras.

—Esa mujer nunca ha sido nada.—.dijo Charlie, y su voz era grave, sincera.— Nunca ha estado en mi cama, nunca ha tocado mi piel. Solo la usaba para los negocios porque era buena en su trabajo. Hasta hoy.

Babe sonrió, una sonrisa pequeña, genuina.

—Lo sé.— dijo.— Por eso la golpeé.

Charlie negó con la cabeza, pero una sonrisa tiró de la comisura de sus labios.

—Eres un desastre, Babe.

—Tu desastre.— corrigió Babe, atrayéndolo hacia abajo para besarlo.

El beso fue suave esta vez, una caricia después de la tormenta. Cuando se separaron, Charlie rodó a un lado, llevándose a Babe con él para que quedara acostado sobre su pecho. Su mano bajó hasta el vientre de Babe, posándose sobre el lugar donde su hijo crecía, sintiendo el latido pequeño y constante que siempre lo dejaba sin aliento.

—Nunca más.— dijo Charlie, y no especificó a qué se refería, pero Babe entendió.

—Nunca más.— repitió Babe, y cerró los ojos.

En el silencio de la habitación, con los restos de la camisa negra de Charlie en el suelo y las sábanas enredadas alrededor de sus cuerpos, los dos amantes se sostuvieron en la paz que solo podía existir después de la batalla. Y abajo, en el calabozo, Naree aprendió su lección con métodos que Charlie no consideraba necesario compartir con su Alfa.

Porque algunas verdades, pensó Charlie mientras acariciaba el vientre de Babe, eran demasiado feas para la luz del día. Y algunas personas, como su Babe, merecían vivir en la luz que él se encargaría de proteger.

Meses después: la mañana en el jardín

El jardín de la mansión se había convertido en el territorio favorito de Malee. Allí, bajo la sombra de un viejo árbol de tamarindo, Babe había instalado una manta enorme sobre el césped, cubierta de juguetes, almohadones y una cesta con fruta cortada en trozos pequeños. El sol de la mañana filtraba sus rayos a través de las hojas, dibujando un mosaico de luces y sombras sobre la escena.

Malee, sentada con la ayuda de un cojín que la mantenía erguida, tenía las piernas estiradas hacia adelante y sus manitas regordetas aferradas a un mordedor de silicona con forma de elefante. Su cabello, ahora más largo, caía en rizos oscuros sobre sus orejas, y sus ojos, ese gris azulado que habían heredado de Babe, seguían cada movimiento de su padre con una atención que rozaba lo cómico.

—Otra vez.— dijo Babe, sacando la lengua.

Malee sacó la lengua.

—Otra vez.— Babe infló los cachetes.

Malee dejó caer el mordedor, frunció el ceño con concentración máxima, e infló sus propios cachetes con un esfuerzo que hizo que un hilillo de baba escapara por la comisura de sus labios. Babe estalló en carcajadas y la levantó en brazos, cubriendo sus mejillas de besos.

—¡Eres la bebé más inteligente del mundo! ¡La más lista, la más bonita, la más…

—La más malcriada.— completó una voz grave desde la entrada del jardín.

Charlie caminaba hacia ellos con el teléfono en una mano y una carpeta de cuero negro bajo el brazo. Su traje era impecable, como siempre, pero tenía las mangas arremangadas y los primeros botones de la camisa desabrochados, y en sus ojos había un cansancio que no lograba ocultar del todo. La noche anterior había pasado hasta tarde en una reunión con sus tenientes, ajustando los detalles de una operación que había terminado en las primeras horas de la mañana.

—Llegas tarde.— dijo Babe, sin dejar de abrazar a Malee.— Nos prometiste desayunar juntos.

—El trabajo.— Charlie dejó la carpeta sobre una silla de mimbre y se arrodilló en la manta junto a ellos. Su mano encontró la cabeza de Malee, acariciando los rizos con una suavidad que sus hombres nunca verían.— Lo siento.

Malee, al reconocerlo, soltó un grito agudo de alegría y se lanzó hacia adelante con los brazos abiertos, sus dedos abriéndose y cerrándose en ese gesto universal que significaba una sola cosa: quiero que me cargues ahora mismo.

Charlie la tomó de las axilas y la alzó en el aire, haciéndola girar lentamente mientras ella reía con esa risa burbujeante que hacía olvidar todas las guerras.

—Hola, pequeña.— dijo, bajándola para apoyar su frente contra la de ella.— ¿Has sido buena con papá?

Malee le agarró la nariz con una fuerza que hizo que Charlie se riera entre dientes.

—Eso es un no, entonces.

Babe observaba la escena con los brazos cruzados, una sonrisa que no podía contener. Charlie con una bebé en brazos era algo que nunca dejaría de maravillarlo. Las mismas manos que habían ordenado la destrucción de imperios enteros ahora sostenían a una niña de siete meses con la delicadeza de quien maneja un tesoro incalculable.

—Desayuna con nosotros.— dijo Babe, señalando la cesta de fruta.— He traído tus favoritos. Y café. Fah lo preparó hace diez minutos, debe estar en su punto.

Charlie lo miró, y en sus ojos, a pesar del cansancio, brilló algo que solo Babe sabía leer. Gratitud. Paz. El extraño milagro de tener un hogar al que volver.

—Solo si me das un beso primero.— respondió Charlie, y su voz era un desafío suave.

Babe se inclinó hacia él, sus labios encontrándose en un beso que sabía a café y a mango y a algo más antiguo que cualquier imperio. Malee, atrapada entre los dos, soltó un gorjeo de protesta y empujó el rostro de Charlie con su manita.

—Ya tienes una rival.— dijo Babe, riendo contra sus labios.

—Dos rivales.— corrigió Charlie, besándole la nariz.— Tú y ella. Y los dos me tienen completamente derrotado.

Se sentaron los tres en la manta, Malee instalada en el regazo de Charlie mientras él intentaba comer fruta con una mano y sostenerla con la otra. Babe le daba trozos de mango desde la cesta, y a veces desviaba la trayectoria para que Malee los interceptara con la boca, provocando risas que ahuyentaban a los pájaros del jardín.

—¿Terminaste con lo de anoche?— preguntó Babe, con la voz más baja, mientras Malee se entretenía con un trozo de papaya.

Charlie asintió, su mandíbula tensándose apenas.

—Somchai ya no es un problema. Su gente se dispersó, sus aliados se dejaron comprar o huyeron. La última célula que intentó reorganizarse cayó esta madrugada.

—¿Hubo bajas?

—De las suyas. Las nuestras están en el hospital, pero vivirán.

Babe asintió, dejando que el silencio envolviera las palabras. Había aprendido, en los últimos meses, a navegar los dos mundos de Charlie: el padre que jugaba con Malee en el jardín y el jefe que ordenaba operaciones en las horas más oscuras de la noche. No era fácil, pero era la vida que habían elegido.

—Ahora tenemos una temporada de calma.— dijo Charlie, y su voz recuperó algo de ligereza.— Pensé que podríamos llevar a Malee a la casa de la playa. La que está en Krabi. Tiene una terraza enorme, y el mar está tranquilo en esta época.

Babe lo miró con los ojos brillando.

—¿En serio?

—En serio. Una semana. Solo nosotros tres. Sin teléfonos, sin guardias, sin nada que no sea arena, sol y una bebé que probablemente va a intentar comerse la arena.

—Definitivamente va a intentar comerse la arena.— dijo Babe, riendo.— Igual que su padre.

Charlie lo miró con fingida indignación.

—Yo nunca me comí arena.

—Te vi hacerlo en nuestra luna de miel.

—Eso fue…una prueba de textura.

—Te comiste un puñado de arena porque se te cayó el coco y no quisiste pedir otro.

Malee, ajena a la discusión, había encontrado un nuevo juguete: la corbata de Charlie. La tela de seda negra se deslizaba entre sus dedos como un río líquido, y ella la miraba con la fascinación de quien descubre un mundo nuevo.

—Eso no es un juguete.— dijo Charlie, intentando recuperarla sin éxito. Malee emitió un gemido de protesta y la apretó contra su pecho con una fuerza que su padre no tuvo corazón para vencer.

—Déjala.— dijo Babe, con una sonrisa de triunfo.— Ya tienes una enemiga.

—Le estás enseñando a mi hija a robarme las corbatas.

—Le estoy enseñando a mi hija a tomar lo que quiere. Es una lección importante.

Charlie negó con la cabeza, pero su sonrisa era tan amplia que parecía iluminar el jardín entero. Malee, victoriosa, agitó la corbata en el aire como un trofeo y luego se la llevó a la boca, dispuesta a explorar sus propiedades gustativas.

—No.— dijeron los dos padres al unísono, y la risa que siguió ahuyentó cualquier sombra que hubiera quedado de la noche anterior.

La reunión había terminado, los tenientes se habían marchado, y la mansión había recuperado el ritmo tranquilo de la tarde. Malee estaba en su habitación con Fah, entretenida con una caja de bloques de madera que había recibido como regalo, y Charlie aprovechaba el momento de paz para revisar unos documentos que Krit había dejado sobre su escritorio.

O al menos, eso intentaba.

Babe apareció en la puerta del despacho sin hacer ruido, como había aprendido a hacer en los meses de convivencia. Charlie no levantó la vista de inmediato, pero su cuerpo se tensó de una manera que Babe reconoció al instante. Lo había sentido. Lo había olido.

—¿Qué necesitas, mi amor?— preguntó Charlie, sin apartar los ojos del papel que fingía leer.

Babe cruzó la habitación con pasos lentos, deliberados. Llevaba puesta una de las camisas de Charlie —la negra, la favorita de ambos— y nada más. Sus piernas desnudas brillaban bajo la luz de la lámpara, y cuando se detuvo frente al escritorio, Charlie pudo ver que la camisa le llegaba apenas a medio muslo.

—Te necesito a ti.— dijo Babe, y su voz era un susurro que raspaba la garganta.— A mi hombre.

Charlie dejó los documentos a un lado con una lentitud que parecía calculada. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Babe de arriba abajo, deteniéndose en el borde de la camisa, en sus muslos desnudos, en la forma en que sus dedos jugueteaban con el dobladillo de la tela.

—¿Estás seguro de lo qué haces?— preguntó Charlie, reclinándose en su silla con una calma que no reflejaba lo que ardía en sus ojos.— Malee está con Fah, pero puede venir en cualquier momento.

—Por eso no tenemos tiempo que perder.— Babe rodeó el escritorio y se sentó en el regazo de Charlie con la naturalidad de quien ocupa un territorio que le pertenece.

Charlie lo sostuvo por la cintura, sus dedos encontrando la piel desnuda bajo la camisa. La sorpresa lo atravesó como un relámpago.

—No llevas nada.— dijo, y su voz era un hilo ronco.

—No quería que nada estorbara.— Babe comenzó a moverse sobre él, sus caderas trazando círculos lentos que hacían que la tela del pantalón de Charlie se tensara.— Quería sentirte lo más rápido posible.

Charlie lo levantó con un movimiento brusco, apartando los documentos que cubrían el escritorio con un barrido de su brazo, y lo sentó sobre la superficie de madera. Las piernas de Babe se abrieron para recibirlo, y la camisa negra subió hasta sus caderas, dejando al descubierto que, en efecto, no había nada debajo.

Charlie se puso entre sus piernas, sus manos en los muslos de Babe, abriéndolos más. Sus ojos bajaron, recorrieron la piel desnuda, el miembro de Babe ya medio erecto, la humedad que ya comenzaba a brillar entre sus piernas.

Arqueó una ceja, y en sus ojos ardía una llama que Babe conocía demasiado bien.

—¿Ya estás preparado para mí, mi amor?— preguntó, y su voz era un susurro grave que vibraba en la piel de Babe.— ¿Tanto necesitas la polla de tu hombre?

Babe se mordió el labio inferior, sus ojos azul grisáceo brillando con un deseo que ya no podía ocultar.

—Sí.— admitió, y la palabra escapó como un jadeo.

Charlie sonrió, y fue una sonrisa lenta, peligrosa, la de un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria. Sus manos subieron por los muslos de Babe, rozando la piel con la punta de los dedos, acariciando sin llegar a tocar donde Babe lo necesitaba.

—Dime exactamente lo que quieres.— dijo Charlie, y su voz era un látigo envuelto en terciopelo.

—Quiero que me folles.— Babe ya no tenía vergüenza, no con Charlie.— Quiero sentirte dentro de mí hasta que no pueda pensar en nada más.

Charlie se desabrochó el pantalón con una lentitud deliberada, y Babe observó cómo sus dedos, largos y firmes, liberaban su miembro. Ya estaba duro, la punta brillando con una gota de humedad, y Babe sintió cómo su boca se hacía agua.

Pero Charlie no se lanzó sobre él. Charlie se recostó en su silla, con una mano en su propia erección, y comenzó a masturbarse frente a Babe.

El movimiento era lento, deliberado, sus dedos recorriendo la longitud de su miembro con una familiaridad que hacía que Babe contuviera la respiración. Los ojos de Charlie no se apartaban de los suyos, y en ellos había un brillo de posesión que hacía que las rodillas de Babe flaquearan aunque estuviera sentado.

—¿Lo quieres, mi amor?— preguntó Charlie, y su voz era un ronroneo grave.

Babe asintió con la cabeza, su cabello cayendo sobre sus ojos, sus labios entreabiertos.

—Sí.— susurró.— Lo quiero ya, Cachorro.

La sonrisa de Charlie se ensanchó. Dejó de masturbarse, se levantó de la silla, y en un movimiento continuo, sin pausa, se puso entre las piernas de Babe y lo embistió con una brusquedad que hizo que Babe arqueara la espalda sobre el escritorio.

El grito de Babe se ahogó en su garganta. Charlie entró en él hasta el fondo en una sola embestida, llenándolo por completo, y el escritorio de madera crujió bajo el peso de ambos.

—¿Así?— Charlie gruñó, sus caderas presionando contra las de Babe, sin moverse aún, dejando que sintiera cada centímetro dentro de él.— ¿Así lo querías?

—Sí.— Babe apenas podía hablar, sus dedos aferrados al borde del escritorio, sus piernas enredadas en la cintura de Charlie.— Así, así…

Charlie comenzó a moverse. Las embestidas fueron implacables desde el primer momento, profundas, brutales, cada una empujando a Babe unos centímetros hacia atrás sobre el escritorio. Los documentos que Charlie había apartado antes cayeron al suelo, los bolígrafos rodaron, una taza vacía se tambaleó al borde del abismo, pero ninguno de los dos lo notó.

—Mírame.—.ordenó Charlie, y Babe obedeció.

Sus ojos azules grisáceos se encontraron con los negros, y en ellos vieron reflejado el mismo deseo, la misma posesión, la misma necesidad que los había consumido desde el primer día.

Charlie bajó la cabeza y su boca encontró la de Babe en un beso que fue más mordida que caricia. Mordió su labio inferior con una ferocidad que hizo que Babe gimiera contra su boca, chupó la herida con una lujuria que prometía más. Su lengua invadió la boca de Babe, saboreándolo, poseyéndolo, y Babe se aferró a sus hombros como si fuera a ahogarse.

—Te has portado mal hoy.—.Charlie murmuró contra sus labios, sin dejar de embestir.— Enseñándole a mi hija a decir que no. Apareciéndote en mi despacho con esta camisa y nada más.

—¿Y qué vas a hacer?— Babe jadeó, su espalda arqueada, sus pezones endurecidos rozando la tela de la camisa.— ¿Castigarme?

Charlie sonrió, y fue una sonrisa peligrosa.

—Voy a follarte tan bien que se te olvide cómo se dice no.

Su boca bajó por la mandíbula de Babe, por su cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas que arderían durante días. Encontró la yugular y succionó con fuerza, sintiendo cómo el pulso de Babe se aceleraba bajo sus labios, cómo un gemido ronco escapaba de su garganta.

—Charlie…

—¿Quieres más?— Charlie mordió el lóbulo de Babe, tiró de él con los dientes.— ¿Quieres qué te folle más duro?

—Sí, mi amor…

Charlie lo levantó del escritorio con un movimiento que hizo que Babe chillara, sus piernas apretándose con más fuerza alrededor de su cintura, y lo empujó contra la estantería de libros. Los volúmenes de cuero temblaron en sus estantes, algunos cayeron al suelo, pero Charlie los ignoró. Su ritmo se volvió más rápido, más errático, cada embestida haciendo que los huesos de Babe vibraran.

Sus manos subieron por los costados de Babe, encontraron los botones de la camisa y los arrancaron con un tirón. La tela negra cayó sobre los hombros de Babe, dejando su pecho expuesto, sus pezones erectos, la piel todavía sensible por la lactancia.

Charlie bajó la cabeza y tomó un pezón en su boca con una voracidad que hizo que Babe gritara. Chupó con fuerza, y el sabor dulce de la leche inundó su boca, esa leche que solo aparecía cuando Babe estaba excitado, cuando su cuerpo se preparaba para el cachorro que ya no necesitaba mamar pero que su instinto no podía olvidar.

—Mírate.— Charlie gruñó contra su pecho, cambiando de pezón, succionando con la misma avidez.— Goteando leche mientras te follo en mi despacho. ¿Qué dirían mis hombres si te vieran ahora?

—Que…que estoy loco por ti.— Babe apenas podía formar palabras, sus dedos enredados en el cabello de Charlie, apretando, tirando.— Que soy tuyo.

—Eso es.— Charlie levantó la cabeza y sus ojos negros ardían.— Eres mío. Solo mío. Este culo es mío. Este pecho es mío. Esta leche es para mi hija, pero yo me la tomo cuando quiero.

Bajó la cabeza de nuevo, y esta vez succionó con una lentitud deliberada, extrayendo el líquido blanco con movimientos de lengua que hacían que Babe temblara.

—Tan dulce.—.murmuró Charlie, levantando la cabeza con los labios brillando.— Más dulce que cualquier cosa que haya probado.

—Charlie, por favor…

—¿Por favor qué? ¿Por favor te folle más rápido? ¿Por favor no pare?

—¡Sí!

Charlie lo giró contra la estantería, ahora de espaldas, y entró en él desde atrás con una embestida que hizo que Babe apoyara las manos contra los libros para no caer. El ritmo era implacable, cada embestida empujándolo contra las estanterías, haciendo que los libros temblarán a su alrededor como testigos mudos de su entrega.

—¿Crees qué alguien más podría hacerte esto?— Charlie gruñó contra su oído, su voz ronca, posesiva.— ¿Crees qué alguien más te conocería así? ¿Sabría exactamente cómo follarte hasta que te olvides de tu propio nombre?

—No, nadie…

—Exactamente.— Charlie le mordió el hombro, la marca de sus dientes hundiéndose en la piel.— Porque tú eres mío. Y yo soy tuyo. Y esto…esto es nuestro.

Su mano bajó hasta el miembro de Babe, que estaba duro, goteando, y comenzó a masturbarlo al ritmo de sus embestidas. El contacto simultáneo hizo que Babe lanzara un grito que resonó en el despacho, su cuerpo tensándose, sus uñas arañando los lomos de los libros.

—¿Vas a venirte, mi amor?—.Charlie preguntó, y su voz era un hilo de lujuria.— ¿Vas a venirte mientras te folle en mi despacho, rodeado de mis cosas, con mi olor en tu piel?

—Sí, Charlie, sí…

—Entonces hazlo.— Charlie apretó su miembro con más fuerza, sus embestidas se volvieron frenéticas.— Correte para mí. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mi polla mientras disfruto follarte.

Babe se rompió con un grito que se perdió en el silencio de la biblioteca. Su cuerpo se sacudió en espasmos incontrolables, sus paredes internas apretándose alrededor de Charlie con una fuerza que hizo que el Enigma lanzara un gemido grave, animal. Charlie siguió embistiendo, una, dos, tres veces más, y luego se hundió hasta el fondo, derramándose dentro de Babe con un rugido ahogado contra su espalda.

El escritorio crujió cuando Charlie apoyó el peso de ambos contra él, sus brazos alrededor de Babe, su frente apoyada en sus omóplatos. Permanecieron así, enredados, mientras las respiraciones se aquietaban y los latidos encontraban su ritmo.

Un ruido en el pasillo los sobresaltó. La voz de Fah, canturreando una canción infantil, se acercaba a la puerta del despacho.

Charlie y Babe intercambiaron una mirada de pánico apenas contenido. Charlie aún estaba dentro de Babe, el escritorio estaba destrozado, los libros esparcidos por el suelo, y la camisa de Babe pendía de sus hombros como un trapo.

La puerta se abrió un segundo antes de que Charlie pudiera alcanzar el pestillo. Malee estaba en el umbral, sostenida por Fah, con sus ojos azul grisáceo muy abiertos y una expresión que parecía decir: ¿Qué están haciendo ustedes dos?

—Pa-pá.— dijo, señalando a Charlie con un dedo diminuto.— ¡No!

Babe estalló en carcajadas mientras se ponía la camisa a toda prisa. Charlie, con el pantalón medio abrochado y el cabello en desorden, tomó a Malee en brazos con la dignidad de quien no ha sido sorprendido en una situación comprometida.

Babe se acercó y apoyó la cabeza en el hombro de Charlie, su risa aún temblorosa.

—Nos ha descubierto.— susurró.— Va a contar todo en su terapia de adulta.

—No va a necesitar terapia.— Charlie besó su cabeza, ajustando a Malee en su brazo.— Va a ser la jefa de todo esto. Ya está dando órdenes.

Salieron los tres del despacho, Malee en brazos de Charlie, Babe a su lado, y detrás quedaron los libros desordenados, la camisa rota, el escritorio desplazado de su lugar.

Pero nada de eso importaba. Porque cuando Charlie cerró la puerta, lo único que importaba era el camino hacia el jardín, donde la tarde los esperaba con luz dorada y una niña que ya sabía decir que no, y que probablemente, en unos meses, estaría dando órdenes a los tenientes de su padre.

Y en el jardín, mientras Malee señalaba las mariposas y Babe reía con el viento, Charlie supo que era exactamente la vida que había estado buscando sin saberlo. La que nunca cambiaría por nada.

¡FIN!