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Apenas había amanecido cuando Jeon Jungkook entró en el edificio de su oficina, con la sensación de que cada sombra y reflejo del cristal, le recordaba lo que pronto tendría que enfrentar.
Antes de sentarse, se sirvió un whisky del minibar, encendió el ordenador, se quitó la chaqueta negra de Armani hecha a medida y dejó la prenda sobre el respaldo del sillón.
Se quedó mirando los informes financieros en la pantalla. Dio un trago grande y sintió el líquido quemarle la garganta. Después se sentó en el sillón de cuero y se pasó una mano por las hebras negras, aún húmedas por la ducha.
Los balances eran todos números rojos. Habían deudas millonarias, y demandas acumuladas, los inversores se retiraban uno tras otro. Jeon’s Biotech, la empresa que su padre había construido con avances en terapias genéticas, estaba al borde de la quiebra.
Jeon Sangwoo había sido un alfa ambicioso y manipulador. Falsificó los datos en ensayos clínicos para aprobar curas milagrosas contra tumores, procesos terapéuticos que prometían solucionar infertilidad, tratamientos para alargar la vida. Ocultó mutaciones cancerígenas por manipulación de hormonas, secuelas irreversibles en pacientes y muertes que se registraron como complicaciones. Al final, se inyectó su propia fórmula irregular en su laboratorio privado.
—Los datos... eran falsos, no encontré ninguna cura —dijo su padre antes de morir.
Jungkook lo encontró demasiado tarde. Solo pudo abrazarlo en el suelo mientras convulsionaba.
Sangwoo dejó a su hijo con una empresa al borde del colapso y llena de secretos que podían salir a la luz en cualquier momento.
Jungkook recordaba las noches en que su padre lo llevaba al laboratorio y le decía, mientras inyectaba sustancias experimentales con material genético y cambiaba el ADN en su madre beta. Mira y aprende.
Las modificaciones volvieron inestable a la madre del pequeño Jungkook. Le inyectaba feromonas y ADN, para según él, tener un hijo de una raza superior, igual que hizo para tenerlo a él.
Además, Sangwoo la ignoraba por completo, lo que la hizo volverse más coqueta y buscar atención en otros alfas. Un día se fue. Huyó a Rusia con uno de los inversores asociados. Jungkook tenía ocho años cuando su madre se marchó. Ese abandono lo marcó. Desde entonces tenía una gran herida abierta, le invadía el miedo de que todo lo que se le acercara acabaría desapareciendo y destruyéndolo.
Un golpe seco en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Mingyu entró. Alto, de hombros anchos, y con esa calma beta que siempre lo equilibraba. Vestía un traje gris.
—¿Otra noche aquí, Kook? —preguntó.
—No. Llegué hace media hora o quizás tres cuartos. Los abogados no paran de llamar. Presentaron otra demanda por complicaciones en un parto después de nuestra terapia de fertilidad. Dicen que los datos fueron manipulados. Hay que suspender todos los tratamientos hasta que sepamos qué mierda hizo mi padre. Quiero buscar inversionistas y los mejores investigadores para hacer realidad los medicamentos contra la infertilidad.
No esta basura.
Mingyu se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Sangwoo dejó el desastre, pero tú puedes arreglarlo. Estoy seguro de que encontrarás la manera de gestionar la empresa limpiamente. Tienes mi apoyo.
Jungkook sintió culpa. Mingyu había sido su pareja desde la secundaria. Era estable, sin dramas, y no tenía feromonas que lo desestabilizaran.
Ahora era el vicepresidente y su apoyo constante. Pero Jungkook sabía que la salvación no vendría gratis.
La puerta se abrió de golpe sin que nadie llamara. Park Dohyun entró con paso firme, vestía un traje oscuro y traía la expresión de quien ya había ganado antes de empezar a hablar. No miró a Mingyu. Sus ojos se clavaron directamente en Jungkook.
—Jeon Jungkook —dijo Dohyun—. No hay tiempo para rodeos. Jeon’s Biotech se hunde y mis abogados ya tienen todos los datos no solo los números sino también las fórmulas fraudulentas. Puedo absorber la empresa mañana mismo y mantener todo limpio, sin demandas públicas, ni investigaciones, no habrá cárcel para el heredero. Pero solo si las patentes genéticas pasan por herencia familiar, y hacemos que las empresas funcionen sin efectos secundarios en los tratamientos. Eso significa un vínculo irrompible.
Jungkook se tensó bajo la mano de Mingyu, que seguía allí, ahora rígida. Dohyun continuó sin pausa, con su voz fría y calculadora.
—Propongo un matrimonio. Tú y mi hijo, Park Jimin, como todo el mundo sabe. Firma el acuerdo prenupcial, cásate con él y Park Pharma absorbe a Jeon’s Biotech como una unión familiar legítima. Será una fusión para todos, nadie se enterara de las falsificaciones que tu padre hizo. Las muertes ocultas y las secuelas en pacientes nadie sabrá de ellas. Tus patentes únicas se transferirán legalmente. Salvamos tu legado y el mío.
Rechaza y expondré los documentos en las próximas semanas. Tendrás demandas ampliadas, prensa y prisión. Tú decides...
Y si te portas bien, Jeon, en un futuro la fusión será real, tú y mi hijo heredarán todo como los dueños universales de la empresa más grande de biotecnología genética.
Jungkook miró a Dohyun fijamente, apretó la mandíbula tan fuerte que los dientes crujieron.
—¿Y si digo que no?
—Entonces mañana por la mañana mis equipos entregarán todo a los investigadores, a la policía y a los medios. No hay tercera opción.
Dohyun sacó un sobre negro del bolsillo interior de su chaqueta y lo dejó sobre el escritorio con un golpe seco.
—Tienes hasta mañana a mediodía. Mi hijo estará listo para la firma. No me hagas esperar.
Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic que resonó en la oficina silenciosa.
Mingyu retiró la mano del hombro de Jungkook como si le quemara. Su rostro había perdido toda calma. Los ojos se le llenaron de algo crudo, rabia, dolor, incredulidad, y lágrimas que jamás vertería delante de él por orgullo. Dio un paso atrás.
—¿En serio, Kook? —dijo casi gritando—. ¿Después de todos estos años?
¿Vas a hacer esto? ¿Firmar un puto matrimonio con el hijo de ese hombre solo porque resuelve tus deudas?
Jungkook se giró hacia él, intentando mantener la tranquilidad que le faltaba.
—Mingyu, no es tan simple. La empresa...
—No me vengas con “la empresa”. —Mingyu lo interrumpió—. Estuve aquí cuando Sangwoo murió en tus brazos. También cuando los inversores empezaron a huir. Fui tu compañero cada noche que te encontrabas solo en esta oficina, bebiendo hasta no saber tu nombre. Te sostuve cuando
recordabas y llorabas por el abandono de tu madre que se fue sin remordimientos.
Quince años Jungkook, siendo tu compañero desde antes que entráramos en la universidad, tu apoyo, tu vicepresidente, lo que sea que fuera para ti cuando nadie más se quedó y también a quien buscas para desahogarte cuando te pica la entrepierna.
Y ahora, ¿un omega que ni conoces, que solo has visto unas cuantas veces y que según tú detestas? ¿Un matrimonio forzado porque Dohyun tiene el poder de salvarte el culo?
Se pasó una mano por el cabello, frustrado, los ojos le brillaban.
—¿Sabes qué duele más? Que ni siquiera lo dudes. No dices ” lo pensaré“, “no voy a hacerlo, esto no cambia nada entre nosotros”. Solo te quedas ahí, mirando ese sobre como si ya lo hubieras decidido y yo fuera prescindible en cuanto aparece una solución con feromonas y un apellido útil.
Mingyu dio otro paso atrás,
—Siempre supe que tu miedo al abandono era grande. Pero nunca pensé que me usarías como red de seguridad hasta que encontraras algo “mejor”. O más conveniente.
Al final has hecho lo mismo que te dice tu madre y que tanto detestas.
Cuando firmes, avísame. Quiero ver cómo le dices a ese Park Jimin que no lo quieres cerca. O cómo me miras a mí sabiendo que ya no te importo.
Espero un segundo más una respuesta que no llegó. Luego salió, cerrando la puerta con fuerza contenida. El sonido retumbó.
Jungkook se quedó solo. El whisky seguía en su mano, pero ya no sabía a nada.
Miró el sobre negro que habia dejado en el escritorio. Dentro estaba la propuesta formal, el matrimonio con Park Jimin.
No sabía qué pasaría mañana, ni cómo Park Jimin entraría en su vida... Y cuánto la cambiaría.
Lo había visto varias veces en las galas de la industria farmacéutica, también en eventos privados de élite donde las familias como la suya y la de Park Dohyun coincidían por negocios o por ocio. Jimin siempre estaba rodeado de alfas que lo miraban con hambre, betas que se acercaban con excusas, e incluso omegas intentando llamar su atención. Y aunque Jungkook fingía indiferencia, más de una vez había tenido que apretar los puños, resistiendo el impulso de apartar a algún alfa demasiado cercano.
Cada mirada que se desviaba hacia él lo llenaba de una tensión que no quería admitir. Todos y todas lo perseguían, atraídos por esa aura dominante y coqueta que desprendía sin esfuerzo.
Y cada vez que Jungkook había estado cerca, había sentido el tirón. Ese lazo destinado que el mundo llamaba irrompible. Notaba un calor en el pecho, sutil pero imposible de ignorar, que se hacía más fuerte cuando Jimin pasaba a pocos metros.
Cada vez que Jimin estaba cerca, Jungkook sentía cómo sus instintos alfa reaccionaban antes que la razón. Apretaba los dientes, el pulso se aceleraba, y el aire parecía volverse más denso con ese aroma incitante que el omega parecía soltar sin esfuerzo.
Su cuerpo se movía con alerta silenciosa, listo para cualquier señal que él aún no comprendía del todo. Sus feromonas llegaban hasta él, dulces, y provocadoras, además que su toque coqueto lo desestabilizaba al instante. El aroma embriagador le aceleraba el pulso, y nublaban el control alfa que tanto se esforzaba por mantener, eso hacía que se quedara con rabia.
Jungkook siempre era el primero en apartar la mirada. No porque quisiera, sino porque si la sostenía un segundo más, su cuerpo respondía de formas que detestaba.
No quería ser uno más en la larga lista de quienes caían por Park Jimin.
No le interesaba que esas feromonas lo volvieran vulnerable, como su madre se volvió inestable por las inyecciones de Sangwoo. Rechazaba el
vínculo con todas sus fuerzas y sin embargo, no podía dejar de observarle cuando creía que nadie miraba.
Se había prometido no caer, no permitiría que un omega lo arrastrara a la destrucción.
Pero el tirón seguía ahí, insistente, incluso ahora solo con mirar la foto en el sobre.
Y Dohyun lo sabía. Esto no era solo un negocio. Sino parte de una venganza sutil, su marido omega se había sometido a un tratamiento experimental de Jeon’s Biotech por infertilidad genética, el mismo proyecto en el que Sangwoo y Dohyun colaboraron hace treinta años.
Jungkook apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Los celos anticipados hacía un omega que atraía a todo el mundo menos a él. El miedo a que ese lazo destinado lo atrapara y lo dejara roto, hacían que sintiera aversión hacia Dohyun por manipularlo todo.
Se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad estaba abajo, indiferente. Mañana tendría que decidir. Aceptar el matrimonio o ver cómo todo se derrumbaba.
Pero el tirón no desaparecería.
Y por primera vez en años, Jungkook no temía perder la empresa. Le aterraba algo peor, la posibilidad de que Park Jimin entrara en su vida y descubriera su incapacidad para resistirse como siempre había creído. Su cuerpo y su instinto alfa podían reaccionar antes de que su mente lograra frenarlo, y el tirón del lazo destinado arrastrarlo sin aviso, dejando su control y su orgullo hechos pedazos.








