Capítulo 1: ¿Qué harías si tu crush desapareciera?
¿Qué harías si tu crush desapareciera sin dejar rastro? ¿Aceptarías su ausencia o desafiarías lo imposible para encontrarlo?
Esta es la historia de Valeria, quien desde el primer día en el colegio no pasó desapercibida. Su cabello oscuro caía en ondas suaves, enmarcando unos ojos marrones llenos de curiosidad que despertaban la intriga de todos. Algunos la consideraban la "rara" de la clase, pero tras esa mirada profunda y su sonrisa tímida se escondía un mundo interior vibrante. Era un libro cerrado, esperando por alguien lo suficientemente curioso para aventurarse en su lectura.
Solía ocupar su pequeño rincón al fondo del salón. Desde allí observaba a todos, pero especialmente a Gabriel. Su crush, su amor imposible. Gabriel era la amabilidad en persona. De estatura promedio, siempre llevaba el cabello despeinado; algo que a él le molestaba, pues se esforzaba por lucir arreglado, pero a Valeria le encantaba. Su risa contagiosa atraía la atención sin siquiera intentarlo; tenía una energía que llenaba la habitación. A Valeria le fascinaba verlo interactuar; era tan galante, tan auténtico.
A menudo, las clases se volvían un murmullo lejano mientras ella se perdía en sus pensamientos. Imaginaba conversaciones que nunca existieron. ¿Qué te gustaría hacer después de la escuela, Gabriel? ¿Te gustaría ir al cine? ¿Qué tipo de películas te gustan? Se preguntaba qué haría al terminar el colegio, si estudiaría o se iría de mochilero por el mundo. Pero las preguntas morían en su imaginación. Se odiaba por su cobardía. ¿Cómo podía quedarse paralizada si ya habían compartido miradas, sonrisas y aquel guiño que le detuvo el corazón?
Fue aquel día cuando Cecilia, la chica más popular, decidió intimidarla con su grupo. Se habían adueñado de su mochila y se negaban a devolverla. El miedo recorría a Valeria mientras las lágrimas cubrían su rostro; no sabía qué hacer. Entonces apareció él: Gabriel, como un rayo de esperanza. Miró con furia al grupo y su voz firme sonó en el aire:
—Qué valientes, siete contra una. Vamos a ver si pueden con los dos.
Se abrió paso a empujones y le arrebató la mochila a una de ellas.
—¿Qué bruto eres? —soltó Cecilia entre la rabia y la incredulidad.
—No deberías meterte en cosas de mujeres —añadió otra.
—¿Mujeres? —la indignación brilló en los ojos de Gabriel—. Yo solo veo arpías.
Tras el grito de indignación de las chicas, Cecilia ordenó la retirada. No iban a "bajarse al nivel de esos perdedores". Gabriel se acercó a Valeria y, con una dulzura que la desarmó, le entregó la mochila. Ella la tomó con manos temblorosas; intentó dar las gracias, pero no podía decir nada. Se había quedado muda. Y entonces, él le guiñó un ojo coquetamente y se fue. Esas pequeñas chispas de conexión la empujaban a actuar, pero el miedo siempre terminaba por convertirlas en restos de arrepentimiento. Mañana sería diferente, se prometía cada noche. Pero cada mañana la timidez la envolvía de nuevo.
Llegaron las vacaciones de verano. Valeria pasó los días encerrada, creando planes locos para llamar su atención, reuniendo un coraje que creía tener listo. Sin embargo, al regresar al colegio, Gabriel no estaba por ninguna parte. Al principio trató de mantener la calma; tal vez solo faltó el primer día. Pero los días pasaron y él no regresaba. El colegio, antes vibrante, empezó a sentirse como un cementerio silencioso.
Consumida por la angustia y la desesperación, abordó a Marco, el amigo de Gabriel, en un pasillo bullicioso.
—Hola, Marco. Quisiera hablar contigo a solas... es algo importante.
Marco se detuvo en seco y la miró con una mezcla de extrañeza y curiosidad. Era la primera vez que escuchaba su voz de cerca; para él, Valeria siempre había sido esa presencia silenciosa al fondo del salón, casi como un misterio sin resolver. Verla allí, plantada frente a él y con esa urgencia en los ojos, lo dejó sin palabras por un segundo antes de aceptar.
Caminaron hacia un lugar tranquilo en el patio. Valeria no podía esperar; con el corazón latiendo a mil y sin poderse contener por más tiempo, soltó la pregunta:
—¿Sabes dónde está Gabriel? No lo he visto y pensé que tú sabrías...
Marco asintió con pesadez.
—Sí. Se cambió de colegio. Fue una decisión repentina de sus padres.
La noticia le arrancó el corazón. El mundo se cubrió de un manto oscuro. ¿Por qué no había hablado cuando tuvo la oportunidad? ¿Por qué fue tan cobarde? El arrepentimiento invadía su cuerpo y este temblaba por el llanto. Marco, viéndola así, la abrazó con ternura.
—Valeria, no sabía que lo apreciaras tanto. Si realmente quieres decirle lo que sientes, debes ser valiente. El arrepentimiento duele más que el rechazo. No dejes que el miedo te detenga.
Aquellas palabras resonaron en su interior. Una chispa de esperanza comenzó a arder entre el dolor.
—Tienes razón, Marco. No voy a quedarme aquí lamentándome. Voy a encontrarlo. No importa cuánto tiempo lleve, no me rendiré.
Marco sonrió orgulloso, estrechando su mano con fuerza.
—¡Vamos a encontrarlo juntos!
El vacío en el corazón de Valeria se disipó. Al mirar a Marco, notó una calidez que la conmovió profundamente. Se sintió como una princesa protegida por su fiel caballero; su corazón, por fin, encontraba un refugio en la fortaleza de esa mirada. ¿Sería que la búsqueda de Gabriel cambiaría su vida de formas que nunca imaginó?









Justo cuando Gabriel la defiende se va!! no puede ser