ONE SHOT
El Encuentro en la Noche de Bangkok
La noche en Bangkok era un manto de luces neón y sombras profundas. Charlie, acababa de salir de una reunión de negocios en uno de los rascacielos más exclusivos del centro.
Como jefe de la Mafia Tailandesa, era el hombre más poderoso y temido no solo en su país, sino en gran parte del mundo. Alto, con un físico imponente y perfectamente esculpido, cabello negro impecable, piel blanca y ojos grises que parecían absorber la luz sin reflejar nada, caminaba con la frialdad de quien sabe que el mundo se inclina ante él.
Su auto negro blindado avanzaba lentamente por las calles cuando, de repente, gritos y el sonido de un forcejeo rompieron la quietud.
Charlie levantó una mano y su chófer se detuvo de inmediato.
—Detente.— ordenó con voz baja y cortante.
Desde la ventanilla vio a un grupo de hombres luchando contra uno solo. El hombre en el centro, vestido con pantalones y camisa desgastada y rota, se defendía con ferocidad a pesar de estar claramente en desventaja.
Golpes, patadas, intentos de inmovilizarlo…pero él no se rendía.
Charlie entrecerró los ojos.
—Bajen. Ayúdenlo.— dijo sin emoción, señalando con la cabeza.
Dos de sus hombres descendieron rápidamente del vehículo. En menos de un minuto, los agresores fueron reducidos con brutal eficiencia. El hombre que había estado luchando se tambaleaba, respirando con dificultad, el rostro y el cuerpo cubiertos de golpes recientes.
Charlie bajó del auto con paso calmado y se acercó. Entonces sus miradas se cruzaron.
Los ojos de Babe eran de un azul grisáceo intenso, llenos de determinación a pesar del dolor y el agotamiento. Eran ojos que no pedían piedad, sino que desafiaban al mundo.
Charlie, acostumbrado a la frialdad absoluta, sintió algo extraño: un aleteo rápido en el pecho, algo que no había experimentado en años.
A pesar de los moretones que marcaban su piel blanca, del cabello negro revuelto y pegado por el sudor, y de la ropa hecha jirones, la belleza de Babe era impactante. Su rostro tenía una estructura delicada pero masculina, labios bien definidos y una mirada filosa que, sin proponérselo, tenía un toque coqueto y provocador. Era la primera vez que Charlie veía a un hombre tan hermoso.
Babe dio un paso tambaleante hacia él.
—Por favor…ayúdame.— murmuró con voz ronca, quebrada por el esfuerzo.
Sus rodillas cedieron. Charlie reaccionó con rapidez y lo atrapó antes de que cayera al suelo. Lo sostuvo con firmeza entre sus brazos, sintiendo el peso ligero de su cuerpo contra el suyo. Babe perdió el conocimiento casi al instante, la cabeza cayendo sobre el pecho de Charlie.
Por un segundo, Charlie se quedó inmóvil, mirando el rostro magullado pero aún perfecto de Babe.
—Verifiquen que nadie nos siga.— ordenó a sus hombres con voz fría, sin apartar la vista del hombre que sostenía.— Lo llevaremos a la mansión. Ahora.
Sus hombres asintieron en silencio y despejaron el área con rapidez. Charlie subió de nuevo al auto, llevando a Babe en brazos con cuidado inusual para alguien como él. Lo acomodó contra su cuerpo, protegiéndolo instintivamente mientras el vehículo se ponía en marcha hacia su mansión en las afueras de la ciudad, un lugar fortificado y lujoso que pocos habían visto por dentro.
Durante el trayecto, Charlie no podía dejar de observarlo. Pasó los dedos con suavidad por un mechón de cabello negro de Babe, apartándolo de su frente. El contraste entre su propia frialdad calculadora y la vulnerabilidad de ese hombre le provocaba una sensación desconocida.
Llegaron a la mansión en menos de veinte minutos. La enorme propiedad, rodeada de jardines iluminados y seguridad armada, se abrió ante ellos como una fortaleza impenetrable.
Charlie bajó del auto sin soltar a Babe y entró directamente a la suite principal. Con cuidado, lo depositó sobre la cama king size de sábanas negras. Llamó a su médico personal de confianza.
—Atiéndelo inmediatamente. Quiero un informe completo de sus heridas. Nada de preguntas.— ordenó.
Mientras el médico examinaba a Babe, Charlie se quedó de pie junto a la ventana, mirando la noche de Bangkok. Sus pensamientos giraban en torno a esos ojos azul grisáceo y a la forma en que Babe había luchado hasta el final.
“¿Quién eres tú?”, pensó en silencio, “y por qué demonios siento que acabo de encontrar algo que no sabía que estaba buscando?”
Babe seguía inconsciente, pero su respiración era ahora más estable. Charlie se acercó de nuevo a la cama y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que una leve expresión suavizará su rostro imponente.
La noche acababa de cambiar para siempre.
El Abrazo en la Penumbra
La suite principal de la mansión estaba en penumbras, iluminada solo por la suave luz de una lámpara de noche. Babe comenzó a despertar lentamente, pero en cuestión de segundos su instinto de supervivencia lo puso en alerta máxima. Sus ojos azul grisáceo se abrieron de golpe, el cuerpo tenso como un resorte a punto de saltar. Intentó incorporarse con rapidez, el corazón latiéndole con fuerza, listo para luchar o huir.
Entonces lo vio.
Charlie estaba sentado a su lado en el borde de la cama, observándolo con esos ojos grises impenetrables. Alto, imponente, con su camisa negra desabotonada en los primeros botones, revelando parte de su pecho musculoso y piel. No había amenaza en su postura, solo una calma absoluta.
Babe, aún desorientado y vulnerable, actuó por puro instinto. Sin pensarlo dos veces, se acercó a Charlie y lo abrazó con fuerza, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello. Su cuerpo temblaba ligeramente contra el de él, buscando refugio en ese extraño que lo había salvado. El aroma de Charlie —una mezcla de madera oscura, colonia cara y algo peligrosamente masculino— lo envolvió.
Charlie se quedó estático por unos segundos.
Él, el hombre más frío y calculador de la mafia tailandesa, no estaba acostumbrado a este tipo de contacto espontáneo. Su cuerpo se tensó al principio, pero luego, lentamente, rodeó la cintura de Babe con un brazo fuerte y firme, atrayéndolo un poco más contra sí para calmarlo. Su mano descansó en la parte baja de la espalda de Babe, transmitiendo una calidez inesperada.
—Shh…estás a salvo.— murmuró Charlie con voz baja y grave, casi un susurro ronco cerca del oído de Babe.
Babe se quedó así unos instantes, respirando contra la piel cálida del cuello de Charlie.
Luego se alejó solo un poco, lo suficiente para levantar la mirada y encontrarse con aquellos ojos grises. Sus rostros quedaron muy cerca, a solo centímetros de distancia.
—¿Fuiste tú quien me salvó?— preguntó Babe con voz suave, aún ronca por el cansancio y el abuso reciente. Sus ojos azul grisáceo brillaban con una mezcla de gratitud y vulnerabilidad.
Charlie asintió lentamente, sin apartar la mirada.
—Sí, fui yo.— respondió con su tono calmado y profundo, esa voz que solía hacer temblar a hombres poderosos.— Te vi luchando en la calle. Ordené a mis hombres que intervinieran.
Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla magullada de Babe, dejando un rastro brillante sobre su piel blanca. Sin decir nada más, escondió nuevamente su rostro en el cuello de Charlie, apretándose contra él como si temiera que el mundo volviera a arrebatarle esa pequeña sensación de seguridad.
—Gracias…muchas gracias.— susurró Babe contra su piel, la voz quebrada por la emoción. Su aliento cálido rozaba el cuello de Charlie con cada palabra.— No sé qué habría pasado si no hubieras aparecido…
Charlie no dijo nada más. Simplemente lo dejó allí, sosteniéndolo con ese brazo firme alrededor de su cintura, su otra mano subiendo lentamente para acariciar con delicadeza la nuca de Babe. Sus dedos se enredaron suavemente en el cabello negro revuelto, ofreciendo un consuelo silencioso que contrastaba con su reputación de hombre implacable. Permanecieron así varios minutos, el silencio de la habitación roto solo por la respiración entrecortada de Babe.
Cuando finalmente se separaron, Charlie mantuvo una mano en la cintura de Babe, como si no quisiera romper del todo el contacto. Lo miró con intensidad, pero su expresión seguía siendo controlada.
—¿Puedes decirme qué te pasó?— preguntó con voz baja y cuidadosa.— Solo si tú quieres. No te obligaré.
Babe suspiró profundamente, bajando la mirada por un momento. Sus dedos jugaban nerviosamente con la sábana negra. Luego levantó los ojos de nuevo hacia Charlie.
—Mi esposo…me tuvo cautivo por años en un sótano de su mansión.— confesó con voz temblorosa pero firme.— Creyó que lo había traicionado con otra persona. Me torturaba, me encerraba…Pensaba que así me “corregiría”.
Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. Charlie escuchaba en silencio, sus ojos grises endureciéndose ligeramente al oír las palabras.
—Si pude salir con vida fue porque desde niño fui criado y entrenado para ser un asesino de élite.— continuó Babe, la voz ganando un poco de fuerza.— Sé matar de muchas formas…Pude haber acabado con todos ellos esta noche, pero como ves…estoy muy débil. Los golpes, el hambre, las semanas sin dormir…me dejaron sin fuerzas.
Charlie no interrumpió. Su mano seguía en la cintura de Babe, el pulgar moviéndose en círculos suaves y calmantes sobre la tela fina de la camisa prestada que ahora vestía.
—Eres fuerte.— dijo Charlie finalmente, su voz grave y segura.— Más fuerte de lo que crees. Sobreviviste a algo que habría destruido a cualquiera. Ahora estás aquí. Nadie volverá a tocarte sin mi permiso.
Babe lo miró fijamente, buscando en esos ojos grises alguna señal de mentira. No encontró ninguna. Solo una determinación fría y protectora.
—¿Por qué me ayudas?— preguntó Babe en un susurro, su mirada bajando un instante a los labios de Charlie antes de volver a sus ojos.— No me conoces…
Charlie se inclinó ligeramente hacia adelante, acortando aún más la distancia entre ellos. Su mano subió desde la cintura hasta la mejilla de Babe, limpiando con el pulgar el rastro de la lágrima seca con una delicadeza sorprendente.
—Porque cuando te vi luchando…vi algo que no había visto en mucho tiempo.— respondió con honestidad cruda.— Determinación. Belleza. Fuego. Y no pienso dejar que se apague.
El aire entre ellos se volvió más denso. Babe sintió un calor subir por su cuerpo al sentir el contacto de esa mano grande y cálida en su rostro. Sus ojos azul grisáceo se oscurecieron ligeramente, y por un momento, el mundo fuera de esa habitación dejó de existir.
Charlie no se movió más. Solo sostuvo la mirada, dejando que el silencio hablara por él.
Revelaciones en el Despacho
Charlie esperó hasta que la respiración de Babe se volvió profunda y regular. El hombre dormía ahora en la enorme cama king size, el rostro aún marcado por moretones pero relajado por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. Charlie se inclinó ligeramente, pasó los dedos con una suavidad casi imperceptible por el cabello negro de Babe y murmuró para sí mismo:
—Descansa. Aquí nadie te tocará.
Se levantó con movimientos precisos, ajustó los puños de su camisa negra y salió de la suite principal sin hacer ruido. La mansión estaba en silencio absoluto; solo el leve zumbido de los sistemas de seguridad y el eco distante de sus pasos rompían la quietud.
Bajó las escaleras de mármol negro y se dirigió directamente a su despacho privado, una habitación amplia y oscura en el ala oeste, con paredes de vidrio blindado que daban al jardín iluminado. Al abrir la puerta, uno de sus hombres más leales —un tailandés de complexión fuerte llamado Kiet— ya lo esperaba de pie junto al escritorio de ébano. Sobre la mesa había una carpeta negra gruesa, sellada con el emblema de la mafia tailandesa.
—Jefe.— dijo Kiet con voz baja y respetuosa, inclinando la cabeza.— Conseguí todo lo que pediste. Tardé menos de una hora. El sujeto se llama Babe. No fue fácil, pero…es él.
Charlie no respondió de inmediato. Se sentó en su sillón de cuero negro, tomó la carpeta y la abrió con un movimiento seco. Sus ojos grises recorrieron las páginas una por una, sin prisa, absorbiendo cada detalle como si leyera un contrato de vida o muerte. La primera hoja mostraba una foto antigua de Babe: más joven, sin moretones, con esa misma mirada azul grisáceo filosa y peligrosa.
Charlie levantó una ceja, casi imperceptiblemente.
—Continúa.— ordenó sin levantar la vista.
Kiet carraspeó y recitó de memoria, como siempre hacía cuando su jefe revisaba documentos:
—Babe es uno de los asesinos más buscados, temidos y peligrosos de Tailandia…y de casi todo el mundo. Entrenado desde los siete años por una organización fantasma que ya no existe. Cincuenta y siete confirmaciones oficiales, aunque se rumorea que son más del doble. Se mueve como un fantasma. Veneno, cuchillo, francotirador…no importa el método. Nadie lo atrapa. Hasta que desapareció hace cuatro años.
Charlie pasó la página. Sus dedos se detuvieron en una fotografía de boda.
—Casado.— murmuró Charlie, más para sí mismo que para Kiet.
—Sí, jefe. Contrajo matrimonio con Alex Vong, otro mafioso. No tan poderoso como usted, pero lo suficientemente respetado en el sur de Bangkok y en los territorios de contrabando. Controla puertos y rutas de opio. El matrimonio duró cuatro años…y según los informes, fueron felices. Fotos, viajes, negocios juntos. Babe dejó de aceptar contratos para estar con él. Se convirtió en su sombra protectora.
Charlie siguió leyendo. Su expresión permanecía fría, pero sus ojos grises se oscurecieron al llegar a las últimas páginas.
Kiet continuó:
—Todo cambió hace 2 años. Alex recibió un paquete anónimo: fotos íntimas falsas de Babe en la cama con otro hombre. Muy convincentes. También documentos falsos que decían que Babe estaba vendiendo información a un socio rival de Alex, uno que controla parte de su territorio en el sur. Traición total. Alex enloqueció. Lo encerró en el sótano de su mansión. Tortura sistemática. Lo mantuvo vivo solo para “que pagara cada día”. Babe escapó esta noche…o eso parece.
Charlie cerró la carpeta lentamente. El silencio en el despacho era pesado. Se recostó en el sillón, juntando las manos frente a su rostro.
—Fotos falsas…información falsa…— repitió Charlie con voz grave y baja.— Alguien quería destruirlo desde dentro.
Kiet asintió.
—Exacto, jefe. Quien lo hizo sabía exactamente cómo romper a Alex. Y casi lo consigue.
Charlie se quedó mirando la carpeta un largo momento. Luego levantó la vista hacia Kiet.
—Prepara un equipo. Quiero saber todo sobre Alex Vong: ubicaciones, guardias, rutinas. Cada punto débil. Pero no hagas nada todavía.
—¿Y Babe?— preguntó Kiet con cautela.
Charlie se puso de pie, la carpeta aún en la mano. Su voz salió fría, calculadora, pero con un filo nuevo:
—Babe me dio autorización implícita cuando me contó su historia. Mañana, cuando despierte y esté más fuerte…le preguntaré directamente si quiere que acabe con Alex. No voy a decidir por él. Si dice que sí…lo haré yo mismo. Lentamente. Y si dice que no…respetaré su decisión. Pero nadie toca lo que es mío ahora.
Kiet inclinó la cabeza de nuevo.
—Entendido, jefe. ¿Algo más?
Charlie miró hacia la puerta, en dirección a la suite donde Babe dormía.
—Nada más por ahora. Vigila la mansión. Dobla la seguridad esta noche.
Cuando Kiet salió, Charlie se quedó solo en el despacho. Dejó la carpeta sobre el escritorio y se sirvió un vaso de whisky oscuro. Dio un sorbo lento, mirando la noche a través del vidrio.
—Así que eres el fantasma que todos temen…— murmuró para sí mismo, una leve sonrisa peligrosa curvando sus labios.— Y ahora estás en mi cama. En mi mundo.
Apuró el vaso, dejó el cristal sobre la mesa y salió del despacho con paso decidido. Subió las escaleras de nuevo, directo hacia la suite.
No entraría. Solo se aseguraría, desde la puerta entreabierta, de que Babe siguiera descansando en paz.
Porque mañana, cuando Babe abriera esos ojos azul grisáceo, Charlie estaría allí…listo para ofrecerle el final que él eligiera.
La Sonrisa Letal
La mañana siguiente llegó con una luz suave que se filtraba a través de las cortinas oscuras de la suite. Babe había despertado hacía una hora. Se sentía más tranquilo, el cuerpo aún dolorido pero la mente más clara.
Estaba sentado en el borde de la cama, observando la lujosa habitación con una mezcla de cautela y curiosidad, cuando la puerta se abrió sin ruido.
Charlie entró llevando una bandeja de desayuno: café negro fuerte, arroz con pollo y verduras frescas, fruta cortada y jugo de naranja recién exprimido. Vestía una camisa ajustada que marcaba su físico imponente y pantalones oscuros. Dejó la bandeja sobre la mesa baja frente a la cama y se sentó en un sillón cercano, observándolo en silencio.
—Come con tranquilidad.— dijo Charlie con voz grave y calmada.— No hay prisa.
Babe lo miró unos segundos, luego asintió y comenzó a comer. Comió despacio, saboreando cada bocado como si llevara meses sin probar comida decente. Charlie no habló durante ese tiempo; simplemente lo acompañó, sus ojos grises estudiando cada movimiento del hombre que tenía enfrente.
Cuando Babe terminó, se levantó con cuidado.
—Gracias…Necesito una ducha.— murmuró.
Charlie señaló el baño adjunto.
—Hay ropa limpia para ti en el vestidor. Usa lo que quieras.
Babe desapareció en el baño. Se oyó el agua correr durante varios minutos. Cuando salió, llevaba un jean oscuro que se ajustaba perfectamente a sus piernas y una camisa negra de botones, sencilla pero elegante, que Charlie había mandado comprar esa misma mañana. El cabello negro aún húmedo caía sobre su frente, y los moretones en su rostro se veían menos agresivos bajo la luz del día.
Su belleza era impactante: piel blanca contrastando con la ropa oscura, ojos azul grisáceo brillantes y esa presencia peligrosa que no lograba ocultar del todo.
Charlie se quedó mirándolo desde el sillón, maravillado una vez más. El pecho se le apretó con esa extraña sensación que no sabía nombrar. No dijo nada; solo apretó la mandíbula y se levantó.
—Siéntate.— pidió Charlie, señalando el sofá de la suite.
Babe obedeció. Charlie se sentó frente a él, con la carpeta negra que había revisado la noche anterior sobre las rodillas.
—Te investigué anoche.— dijo sin rodeos, su voz profunda y directa.— Sé quién eres realmente. Y sé la razón por la que tu esposo te mantuvo cautivo.
Babe lo miró fijamente, sin sorpresa ni miedo en sus ojos.
—Adelante.— respondió con calma.
Charlie abrió la carpeta y resumió con precisión:
—Fotos falsas, información falsa sobre traición a un socio. Todo armado para separarlos. Alex lo creyó.
Babe soltó una risa baja, amarga.
—Sí…fue una mujer quien lo hizo. Una socia de Alex, llamada Mira. Está encaprichada con él desde hace años. Al ver que yo era el obstáculo, decidió sacarme del camino. Supo hacer muy bien su jugada: las fotos eran casi perfectas, los documentos parecían reales. Cualquiera con dos dedos de frente se hubiera dado cuenta de que eran falsas…pero Alex lo creyó todo.
Hizo una pausa, los ojos azul grisáceo endureciéndose.
—Cuando descubrió “la traición”, puso una droga en mi comida para debilitarme. Me llevó al sótano. Sus hombres…me humillaron. Me golpearon. Y abusaron de mí. Varias veces. Durante semanas.
La última frase cayó como un peso muerto en la habitación. Charlie sintió una furia fría y letal subir por su pecho. Sus manos se cerraron en puños sobre la carpeta, los nudillos blanqueándose. Sus ojos grises se oscurecieron peligrosamente, pero su voz permaneció controlada, aunque más grave y ronca
—¿Quieres venganza?— preguntó Charlie, mirándolo directamente a los ojos.— ¿Quieres qué paguen por lo que te hicieron? Alex…Mira…todos los que participaron.
Babe se quedó en silencio unos segundos.
Luego, lentamente, una sonrisa peligrosa curvó sus labios. Era la primera vez que Charlie la veía: letal, bella, cargada de promesas oscuras. Esa sonrisa transformaba su rostro hermoso en algo mortal, como un arma afilada envuelta en seda. Sus ojos azul grisáceo brillaron con un fuego frío.
—Por supuesto…— respondió Babe con voz suave pero cargada de veneno.— No soy de los que perdonan. Me gustaría verlo sufrir lentamente. Que sienta cada segundo de lo que yo sentí. Que ruegue antes de que termine.
Hizo una pausa y levantó la mirada hacia Charlie, la sonrisa aún en sus labios.
—¿Me ayudarías, Charlie?
Charlie se sorprendió un poco. Sus cejas se arquearon ligeramente, casi imperceptiblemente, pero su expresión se mantuvo casi intacta.
—¿Sabes mi nombre? ¿Sabes quién soy?— preguntó con tono bajo, estudiándolo con intensidad.
Babe asintió lentamente, sin apartar la mirada. Su voz salió clara, como si estuviera recitando un currículum que conocía de memoria:
—Charlie. Jefe de la mafia tailandesa. El hombre más poderoso y peligroso del país, y de gran parte del mundo. Controlas el tráfico de armas, el contrabando de lujo, las rutas de influencia política y policial. Nadie mueve un dedo en Bangkok sin que tú lo permitas. Tienes a jueces, generales y ministros en el bolsillo. Eres conocido como “El Fantasma Gris” porque apareces cuando menos se espera y desapareces dejando solo muerte y silencio. Tu palabra es ley. Tu enemistad…es una sentencia de muerte lenta.
Babe terminó de hablar y ladeó ligeramente la cabeza, esa sonrisa letal aún jugando en sus labios.
—¿Creías qué no te reconocería? Te he visto en fotos de inteligencia. Sabía que existías…solo nunca imaginé que terminaría en tu mansión.
El aire entre ellos se volvió más denso.
Charlie se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos grises fijos en los de Babe.
—Entonces sabes que si te ayudo…no habrá vuelta atrás.— dijo con voz grave y peligrosa.— Alex y Mira pagarán. Pero tú decidirás cómo. Yo solo seré el instrumento que uses…si quieres.
Babe no respondió de inmediato. Solo mantuvo esa sonrisa peligrosa, los ojos brillando con una mezcla de gratitud, atracción y sed de venganza.
La Traición Confirmada
Sentados en el amplio despacho de Charlie, con la luz de la tarde filtrándose a través de los vidrios tintados, ambos hombres revisaban los detalles del plan. Sobre el escritorio de ébano había mapas, fotos satelitales de la mansión de Alex y listas de sus guardias más leales. Charlie estaba de pie, apoyado contra el borde de la mesa con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, mientras Babe se sentaba en el sillón frente a él, con una pierna cruzada sobre la otra. La camisa negra que llevaba se ajustaba a su torso, marcando sutilmente su figura aún recuperándose.
—Primero neutralizamos la seguridad exterior.— explicó Charlie con voz grave y precisa, señalando un punto en el mapa.— Mis hombres pueden cortar la electricidad y las comunicaciones en menos de dos minutos. Entramos por el sótano, el mismo lugar donde te tuvieron. Quiero que Alex sienta la ironía.
Babe asintió lentamente, sus ojos azul grisáceo fijos en el plano.
—Me gusta. Pero no lo mates rápido. Quiero que vea cómo sus hombres caen uno a uno. Que sepa que soy yo quien está detrás. Y Mira…ella debe estar presente cuando lo hagamos. Quiero que vea cómo su “amor” se desmorona antes de que yo decida su final.
Charlie lo miró con aprobación. La frialdad calculadora de Babe complementa perfectamente su propio estilo.
—De acuerdo. Usaremos gas somnífero en las habitaciones principales para reducir la resistencia innecesaria. Luego los llevaremos al sótano. Tú decidirás el ritmo. Cuchillos, golpes, o algo más…creativo. Tengo acceso a químicos que pueden hacer que el dolor dure horas sin matar.
Babe sonrió de esa forma peligrosa otra vez, inclinándose hacia adelante.
—Perfecto. Empecemos con sus rodillas. Quiero oírlo suplicar. Después…
En ese momento, el celular que Charlie le había dado a Babe por seguridad vibró sobre la mesa. Era un modelo encriptado, imposible de rastrear. Babe lo tomó y abrió el mensaje que acababa de llegar de uno de sus antiguos contactos —un informante que aún le debía favores de sus días como asesino de élite.
Mientras Charlie continuaba hablando sobre las rutas de escape, Babe deslizó el dedo por la pantalla. Primero vio un artículo de una revista de sociedad tailandesa fechado apenas dos días atrás: “Alex Vong y Mira Srisuk, la nueva pareja que domina el sur de Bangkok”. La foto mostraba a Alex sonriendo, con Mira colgada de su brazo en una gala reciente.
Babe se quedó en silencio. Su expresión no cambió de inmediato, pero sus dedos se tensaron alrededor del teléfono.
Luego llegaron los mensajes privados de su contacto: varias fotos adjuntas. La primera era de Mira besando a Alex en el balcón de la mansión que antes compartía con Babe. La segunda, más íntima: ellos dos en la cama que había sido de ambos, desnudos, entrelazados. La tercera mostraba a Mira riendo mientras Alex le susurraba algo al oído, la mano de él en su cintura con posesión evidente.
Babe dejó el celular sobre la mesa con un movimiento lento y deliberado. Sin decir una palabra, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Se quedó allí, de espaldas a Charlie, mirando el jardín de la mansión. Sus hombros estaban rígidos, la mandíbula apretada. El silencio en la habitación se volvió pesado.
Charlie frunció el ceño ligeramente. Se acercó a la mesa, tomó el celular y revisó las fotos una por una. Su expresión permaneció fría, pero sus ojos grises se endurecieron como acero. Vio el beso apasionado, las manos de Alex en el cuerpo de Mira, la intimidad descarada que demostraba que no había pasado ni un mes desde la huida de Babe.
—Babe…— llamó Charlie con voz baja y ronca, dejando el teléfono de nuevo sobre la mesa.
Babe no se giró de inmediato. Cuando lo hizo, su rostro estaba controlado, pero había un fuego oscuro en sus ojos azul grisáceo.
—Ya están juntos.— dijo Babe con voz tranquila, casi demasiado tranquila.— Apenas escapé y ella ya ocupa mi lugar. En mi casa. En mi cama. Besándolo como si yo nunca hubiera existido.
Charlie se acercó lentamente hasta quedar a solo un paso de él. Su altura imponente contrastaba con la figura más delgada pero letal de Babe.
—Esto no cambia nada.— respondió Charlie con firmeza.— Solo hace que sea más fácil justificar lo que vamos a hacer. Alex no solo te traicionó…te reemplazó como si fueras descartable.
Babe soltó una risa corta y amarga, cruzando los brazos.
—Sabía que era posible, pero verlo…Duele más de lo que esperaba. Creí que éramos felices. Cuatro años. Y todo se derrumbó por unas fotos falsas y la ambición de una puta encaprichada.
Charlie levantó una mano y la colocó en el hombro de Babe, apretando con fuerza suficiente para transmitir apoyo sin ser suave.
—Entonces usaremos eso a nuestro favor. Mañana por la noche podemos movernos. Mis hombres ya están posicionados cerca de su mansión. Entraremos cuando estén juntos, durmiendo en esa misma cama. Los sacaremos de allí y los llevaremos al sótano. Tú decides cada corte, cada palabra que le digas mientras sufre. Quiero que mires a Mira a los ojos cuando le expliques por qué está pagando.
Babe levantó la mirada hacia Charlie. La distancia entre sus rostros era mínima. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo imponente del otro hombre.
—¿Harías eso por mí?— preguntó Babe en voz baja, casi un susurro.— ¿Entrarías en su territorio solo para darme esta venganza?
Charlie no apartó la mirada. Su mano subió desde el hombro hasta la nuca de Babe, sujetándolo con posesión suave pero firme.
—Ya te lo dije. Nadie toca lo que es mío ahora. Y tú…estás bajo mi protección. Si quieres que Alex sufra lentamente, lo haremos. Si quieres que Mira vea cómo su “gran amor” se rompe antes de morir, también. Dime cómo lo quieres y yo lo ejecutaré.
Babe respiró hondo, sintiendo la calidez de esa mano en su nuca. La furia y el dolor se mezclaban con algo más: una atracción peligrosa hacia el hombre que tenía delante.
—Quiero que sea lento.— dijo Babe finalmente, la voz ganando fuerza.— Primero Alex. Que me vea vivo y fuerte. Que sepa que nunca lo traicioné…y que ahora soy yo quien lo destruye. Luego Mira. Quiero que ella sufra viéndolo morir. Y al final…yo mismo terminaré con ella.
Charlie asintió, una leve sonrisa fría curvando sus labios.
—Entonces está decidido. Mañana por la noche. Tú y yo. Juntos.
El aire entre ellos estaba cargado. Babe dio un paso más cerca, casi rozando el pecho de Charlie con el suyo.
—Gracias, Charlie…por no tratarme como una víctima.
Charlie inclinó ligeramente la cabeza, su voz bajando a un tono más íntimo y ronco:
—Nunca fuiste una víctima, Babe. Eres un arma. Y yo acabo de cargarla.
La Noche de la Venganza
La noche cayó sobre Bangkok como un velo negro. La mansión de Alex Vong, ubicada en las afueras del sur de la ciudad, se alzaba imponente: una estructura moderna de tres pisos con paredes de vidrio blindado, jardines cuidados y un sistema de seguridad que incluía cámaras CCTV, sensores de movimiento y guardias armados patrullando el perímetro. Pero nada de eso importaba frente al poder de Charlie.
Dos furgonetas negras sin placas se detuvieron a doscientos metros de la entrada principal. Charlie iba al frente, vestido completamente de negro, con un chaleco táctico ligero que marcaba su físico imponente. A su lado, Babe llevaba ropa similar: jean oscuro, camisa negra ajustada y un cuchillo enfundado en la cintura. Sus ojos azul grisáceo brillaban con una mezcla de furia contenida y anticipación letal.
Charlie activó el comunicador en su oído.
—Equipo uno: corten la electricidad y las comunicaciones. Ahora.
En menos de treinta segundos, las luces de la mansión parpadearon y se apagaron por completo. Los guardias en la puerta principal empezaron a moverse nerviosos, sacando sus radios que ya no funcionaban.
—Vamos.— murmuró Charlie, su voz grave y baja junto a Babe.
Se movieron en silencio, como sombras. Los hombres de Charlie neutralizaron a los guardias exteriores con dardos somníferos y golpes precisos, sin disparos que alertarán a los de adentro. Entraron por una puerta lateral del sótano, el mismo lugar donde Babe había sido torturado meses atrás. El aire allí abajo aún olía a humedad y miedo.
Babe apretó la mandíbula al reconocer el pasillo oscuro.
—Aquí me tuvieron…— susurró, la voz cargada de veneno.
Charlie puso una mano firme en su espalda baja.
—Ahora es su turno. Tú mandas el ritmo.
Subieron las escaleras internas con sigilo.
Llegaron al segundo piso, donde estaba la suite principal. La puerta doble de madera oscura estaba entreabierta. Dentro, a la luz de unas velas de emergencia que habían encendido tras el corte de luz, Alex y Mira dormían en la enorme cama king size que antes había sido de Babe y Alex. Alex estaba boca arriba, torso desnudo. Mira, con un camisón de seda, descansaba acurrucada contra su pecho.
Charlie hizo una señal. Dos de sus hombres entraron primero y aplicaron gas somnífero suave a través de un difusor silencioso. En menos de un minuto, ambos estaban profundamente inconscientes.
Babe se acercó a la cama. Miró a Alex durante largos segundos, luego a Mira. Su sonrisa peligrosa volvió a aparecer.
—Despiértenlos.— ordenó Babe con voz fría.
Los hombres de Charlie inyectaron un antagonista rápido. Alex abrió los ojos primero, desorientado, intentando incorporarse. Cuando vio a Babe de pie frente a él, su rostro palideció.
—¿B-Babe…?— balbuceó Alex, la voz ronca por el sueño y el pánico repentino.— Imposible…tú estabas…
Babe se inclinó ligeramente, el cuchillo ya en su mano.
—¿Muerto? ¿Roto? ¿Olvidado?— dijo Babe con tono suave pero letal.— No, Alex. Sobreviví. Y ahora estoy aquí para cobrarte cada golpe, cada humillación, cada vez que tus hombres me tocaron mientras yo estaba drogado y encadenado en ese sótano.
Mira despertó en ese momento. Al ver a Babe, soltó un grito ahogado e intentó retroceder en la cama, pero los hombres de Charlie la sujetaron por los brazos.
—¡No! ¡Esto no puede ser!— exclamó Mira, los ojos muy abiertos por el terror.— ¡Alex, haz algo!
Charlie se quedó de pie junto a la puerta, brazos cruzados, observando con sus ojos grises fríos como el hielo. No intervenía; solo vigilaba que todo saliera según el plan.
Alex tragó saliva, intentando recuperar algo de su antigua arrogancia.
—Babe…cariño, fue un error. Esas fotos…Mira me convenció, pero yo te amaba. Podemos arreglarlo. Te perdono por lo que hiciste.
Babe soltó una risa baja y oscura que heló la habitación.
—¿Perdonarme? ¿Tú a mí?— Babe se acercó más, presionando la punta del cuchillo contra el pecho de Alex, justo sobre el corazón.— Tú me drogaste. Me bajaste al sótano. Dejaste que tus hombres me golpearan hasta que escupía sangre. Dejaste que me usaran como si fuera un juguete roto. Y mientras yo estaba allí abajo, pudriéndome, tú ya estabas follándote a esta puta en nuestra cama.
Mira sollozó.
—¡Fue idea mía, sí! ¡Pero él me quería a mí! ¡Tú eras solo un obstáculo!
Babe giró la cabeza hacia ella, los ojos azul grisáceo brillando con furia contenida.
—Cállate. Tu turno viene después. Primero quiero que mires lo que le voy a hacer a tu “gran amor”.
Charlie habló por primera vez, su voz profunda y autoritaria resonando en la habitación:
—Alex, tienes dos opciones. Morir rápido y limpio…o sufrir como Babe sufrió. Elige bien. Babe decide.
Alex sudaba profusamente, mirando alternadamente a Babe y a Charlie.
—¿Quién demonios eres tú?— escupió Alex hacía Charlie.
Charlie sonrió fríamente.
—Charlie. El hombre que ahora protege a Babe. El hombre que va a ver cómo tu imperio se derrumba esta misma noche. Tus guardias ya están neutralizados. Tus socios recibirán la noticia de tu traición en unas horas. Todo lo que construiste…se acaba aquí.
Babe presionó el cuchillo un poco más, haciendo brotar una gota de sangre.
—Quiero que sientas cada segundo.— susurró Babe cerca del rostro de Alex.— Empezaremos por las rodillas. Luego las manos. Quiero oírte suplicar como yo supliqué cuando me humillaban. Y tú, Mira…vas a mirar todo. Cada corte. Cada grito. Hasta que decida que es suficiente.
Alex empezó a temblar.
—Babe…por favor…te lo ruego…
Babe sonrió, esa sonrisa letal y bella que Charlie tanto admiraba.
—Ruega más fuerte. Todavía no he empezado.
Charlie dio un paso adelante y puso una mano en el hombro de Babe, apretando con firmeza para recordarle que estaba allí, que no estaba solo.
—Tómate tu tiempo.— murmuró Charlie solo para él.— La noche es larga. Y yo estoy contigo.
La habitación se llenó de tensión. Los sollozos de Mira, la respiración agitada de Alex y la respiración controlada de Babe creaban un ambiente cargado de venganza pura. Fuera, los hombres de Charlie aseguraban el resto de la mansión, pero dentro de esa suite, la verdadera justicia —oscura, lenta y personal— acababa de comenzar.
Después de la Sangre
La suite principal de la mansión de Alex quedó en silencio absoluto una vez que todo terminó.
Alex yacía en el suelo del sótano, irreconocible. Su rostro estaba hinchado y destrozado por los golpes precisos que Babe le había dado con sus propias manos. Las rodillas rotas, las manos destrozadas, cortes profundos que habían hecho que se desangrara lentamente durante más de una hora. Sus ojos, abiertos en una expresión de terror final, miraban al techo sin ver.
Mira no tuvo mejor suerte. Babe la había obligado a mirar cada segundo del sufrimiento de Alex. Cuando llegó su turno, Babe fue más cruel: le cortó la lengua primero para que dejara de suplicar y gritar, luego procedió con lentitud quirúrgica. Su cuerpo yacía junto al de Alex, también irreconocible, con la cara marcada por el terror y el arrepentimiento que llegó demasiado tarde.
Charlie estaba de pie junto a la puerta, brazos cruzados, observando la escena sin un solo cambio en su expresión fría. Cuando Babe dio el último corte y se incorporó, respirando con fuerza pero con los ojos azul grisáceo llenos de una satisfacción oscura, Charlie habló con voz grave y autoritaria:
—Limpien todo. No dejen rastro. Llévense los cadáveres y desháganse de ellos en el lugar acordado. Que parezca un ajuste de cuentas entre pandillas rivales. Nadie debe relacionarlo con nosotros.
Sus hombres asintieron en silencio y comenzaron a trabajar con eficiencia militar.
Envolvieron los cuerpos en plásticos negros y los sacaron por la misma entrada del sótano por la que habían entrado.
Charlie se acercó a Babe, puso una mano firme en su espalda baja y murmuró cerca de su oído:
—Ya está hecho. Vámonos. Esta noche ha terminado.
Babe solo asintió, limpiando la sangre de sus manos con un trapo que le pasó uno de los hombres. Salieron juntos de la mansión sin mirar atrás.
El trayecto de regreso a la mansión de Charlie fue en silencio. Babe miraba por la ventanilla, el rostro salpicado de pequeñas gotas de sangre que ya empezaban a secarse. Charlie no lo presionó; solo conducía con una mano en el volante y la otra descansando cerca de la pierna de Babe en un gesto protector.
Al llegar, cada uno se dirigió a su habitación.
Babe entró en la suite principal que Charlie le había asignado y se metió directamente en la ducha. El agua caliente cayó sobre su cuerpo, llevándose la sangre, el sudor y parte de la tensión acumulada. Se quedó allí varios minutos, con las manos apoyadas en los azulejos, respirando profundamente.
Charlie, en su propia habitación al final del pasillo, hizo lo mismo. Se duchó solo, dejando que el agua caliente relajará sus músculos.
Se puso un pantalón negro de algodón suelto y una camisa abierta en los primeros botones, revelando parte de su pecho musculoso.
Babe bajó al comedor principal media hora después, vestido con una camisa gris clara y pantalones negros cómodos que Charlie había mandado comprar para él. El cabello negro aún húmedo le caía sobre la frente. Se veía más calmado, aunque sus ojos seguían teniendo ese brillo letal.
Charlie ya lo esperaba sentado a la cabecera de la larga mesa. La cena era sencilla pero elegante: filete de res a la parrilla, verduras salteadas, arroz jazmín y una botella de vino tinto abierta. Dos velas encendidas daban una luz suave a la habitación.
—Siéntate.— dijo Charlie con voz baja y grave, señalando el lugar a su derecha.— Come. Has gastado mucha energía esta noche.
Babe se sentó y ambos comenzaron a comer con tranquilidad. Al principio comieron en silencio, solo el sonido de los cubiertos rompiendo la quietud. Luego Charlie habló:
—¿Cómo te sientes ahora?— preguntó sin mirarlo directamente, cortando otro trozo de carne.
Babe masticó despacio antes de responder.
—Más ligero…pero no vacío. Era necesario. Los dos merecían cada segundo de lo que les hice. Gracias por no intervenir. Por dejarme hacerlo a mi manera.
Charlie asintió, tomando un sorbo de vino.
—Era tu venganza. Yo solo estuve ahí para asegurarme de que nada saliera mal. Y lo hiciste bien. Limpio. Controlado. Eres tan peligroso como decían los informes.
Babe sonrió levemente, esa sonrisa tímida que contrastaba con la letal que había mostrado horas antes.
—Tú tampoco eres tan frío como pareces, Charlie. Vi cómo me mirabas mientras lo hacía. No era solo vigilancia.
Charlie levantó una ceja, pero no lo negó.
—Me impresiona tu precisión. Y tu control. La mayoría se habría vuelto loco de rabia. Tú…lo disfrutaste con calma.
Terminaron la cena sin prisa. Cuando Babe dejó los cubiertos sobre el plato vacío, se limpió los labios con la servilleta y se levantó.
Rodeó la mesa lentamente hasta quedar frente a Charlie, que seguía sentado.
—Gracias por la cena.— dijo Babe con voz suave.— Y gracias por todo lo de esta noche. Por la protección, por el plan, por estar ahí…por no juzgarme.
Se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Charlie.
Luego, con una delicadeza inesperada, depositó un beso suave y breve muy cerca de los labios de Charlie —en la comisura derecha, casi rozando la boca pero sin llegar del todo. El contacto fue cálido, ligero, cargado de intención.
—Buenas noches, Charlie…— susurró Babe contra su piel, el aliento rozando los labios del otro hombre.
Charlie se quedó inmóvil, sintiendo el calor de ese casi-beso recorrerle todo el cuerpo. Su mano derecha se levantó instintivamente y rozó la cintura de Babe por un segundo, pero no lo retuvo.
Babe se apartó con una sonrisa tímida, casi infantil, que contrastaba brutalmente con todo lo que había hecho esa noche. Sus mejillas tenían un leve rubor. Sin decir nada más, se dio la vuelta y prácticamente corrió hacia las escaleras, subiendo de dos en dos hasta desaparecer en dirección a su habitación.
Charlie se quedó sentado en la mesa, mirando el lugar vacío donde Babe había estado. Pasó los dedos por la comisura de sus labios donde había sentido el beso, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Buenas noches, Babe…— murmuró en voz baja hacia el pasillo vacío.
El aire de la mansión se sentía diferente esa noche. Más cargado. Más vivo.
La Tensión que No Se Rompe
Los días siguientes en la mansión transcurrieron en una atmósfera densa, cargada de una electricidad silenciosa que ninguno de los dos parecía querer disipar. La venganza contra Alex y Mira había quedado atrás como un capítulo cerrado, pero había dejado algo nuevo entre ellos: una conexión profunda, casi magnética, que se manifestaba en miradas prolongadas, roces accidentales que no lo eran tanto, y silencios que hablaban más que las palabras.
Por las mañanas, desayunaban juntos en el comedor principal. Charlie siempre se sentaba a la cabecera, imponente con sus camisas ajustadas que marcaban su excelente físico. Babe aparecía con el cabello aún húmedo de la ducha, vistiendo ropa cómoda pero elegante que Charlie había comprado para él.
Una mañana, mientras tomaban café, Babe rompió el silencio cómodo que se había instalado entre ellos.
—He estado pensando…— dijo Babe con voz suave, removiendo el café lentamente.— No quiero ser solo un huésped aquí, Charlie. Quiero ser útil. Conozco el mundo de la mafia mejor que la mayoría. Puedo ayudarte con la inteligencia, con los contratos, con la planificación. Sé leer a las personas…y sé cómo hacer que desaparezcan sin dejar rastro.
Charlie levantó la vista de su taza, sus ojos grises fijos en los de Babe. Por un momento, no dijo nada. Solo lo miró con una expresión de orgullo evidente, una leve curvatura en los labios que rara vez mostraba.
—Me gusta esa idea.— respondió finalmente, con su voz grave y profunda.— Acepto. Pero no como un empleado. Como mi socio. Trabajarás conmigo, no para mí. Y si en algún momento quieres parar…solo dímelo.
Babe sonrió, esa sonrisa tímida que contrastaba con su lado letal.
—No quiero parar. Quiero estar cerca de ti…de esto.
La mirada que intercambiaron fue larga. La química era palpable: el aire parecía espesarse cuando sus ojos se encontraban.
Charlie sentía un calor subir por el pecho cada vez que Babe se inclinaba hacia él para señalar algo en un documento. Babe, por su parte, notaba cómo su pulso se aceleraba cuando Charlie pasaba por detrás de su silla y rozaba su hombro con la mano “sin querer”.
Por las tardes, se encerraban en el despacho de Charlie. El primer día que Babe empezó a ayudar, Charlie le mostró los archivos principales.
—Este es el contrato con los coreanos.— explicó Charlie, señalando una carpeta.— Quieren exclusividad en las rutas de armas por el puerto sur. Pero sospecho que están jugando a dos bandas.
Babe se acercó, inclinándose sobre el escritorio al lado de Charlie. Sus brazos se rozaron. Ninguno se apartó.
—Déjame ver.— murmuró Babe. Sus ojos azul grisáceo recorrieron las páginas con rapidez.— Aquí. Mira los términos de pago. Son demasiado generosos en la primera entrega. Quieren que bajes la guardia para luego traicionarte con los vietnamitas. He visto este patrón antes.
Charlie giró la cabeza. Sus rostros quedaron a solo centímetros. Podía sentir el aliento cálido de Babe.
—Tienes razón.— dijo Charlie en voz baja, sin apartarse.— ¿Qué sugieres?
—Envía un mensaje claro. Una contraoferta que parezca ventajosa para ellos…pero con una cláusula que te dé control total si fallan. Y pon a uno de tus hombres infiltrado en su equipo. Yo puedo entrenarlo si quieres.
Charlie asintió lentamente, sus ojos grises bajando un segundo a los labios de Babe antes de volver a subir.
—Lo haremos así. Gracias, Babe.
El silencio que siguió fue pesado, lleno de palabras no dichas. La tensión sexual y emocional flotaba en el aire como humo.
Charlie quería inclinarse y besarlo. Babe quería acercarse más, sentir esas manos grandes en su cintura. Pero ninguno dio el paso. Disfrutaban demasiado de ese limbo delicioso: la anticipación, la cercanía constante, las miradas que prometían todo sin pedir nada.
Una noche, después de una cena ligera, se sentaron en el salón principal. La luz era tenue, solo lámparas bajas y el reflejo de la piscina exterior. Charlie estaba sentado en el sofá grande, con un vaso de whisky en la mano. Babe se sentó a su lado, más cerca de lo necesario, con las piernas cruzadas.
—¿Sabes?— dijo Babe en voz baja, mirando el líquido ámbar en el vaso de Charlie.— Estos días…son los más tranquilos que he tenido en años. No solo por la seguridad. Sino por ti. Me gusta hablar contigo. Me gusta el silencio cuando estamos juntos. No necesito llenarlo todo el tiempo.
Charlie giró la cabeza hacia él. Su brazo descansaba en el respaldo del sofá, casi rozando los hombros de Babe.
—Yo siento lo mismo.— admitió con su tono grave y honesto.— No soy un hombre de muchas palabras. Pero contigo…no me molesta el silencio. Ni las charlas. Ni que estés aquí, ocupando espacio en mi mundo como si siempre hubieras pertenecido a él.
Sus miradas se engancharon. La tensión era abrumadora. El corazón de Babe latía con fuerza; podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Charlie tan cerca. Charlie apretó la mandíbula, conteniéndose. Quería deslizar la mano por la nuca de Babe y atraerlo hacia sí.
Quería probar esos labios que lo habían besado cerca de la boca días atrás. Pero en cambio, solo dijo:
—Quédate todo el tiempo que quieras, Babe. Esta mansión también es tuya ahora.
Babe sonrió suavemente, inclinándose un poco más cerca. Sus rodillas se tocaron
—Lo sé. Y no pienso irme.
Otro silencio cómodo se instaló. Ninguno se movió. Disfrutaban de la cercanía, del roce de sus piernas, de la forma en que sus respiraciones parecían sincronizarse. La química era obvia para ambos: una conexión que iba más allá de la atracción física, una confianza nacida de la oscuridad compartida.
Pasaron los días así. Trabajando juntos en el despacho, donde Babe demostraba su inteligencia afilada y su instinto letal. Charlie lo miraba con orgullo cada vez que Babe desmantelaba un plan rival o sugería una estrategia brillante.
Una tarde, mientras revisaban un informe sobre un posible traidor en su organización,
Babe señaló un nombre.
—Este hombre. Ha estado enviando mensajes codificados a los chinos. No es leal.
Charlie se inclinó sobre el hombro de Babe para ver mejor. Su pecho rozó la espalda de Babe por un segundo más largo de lo necesario.
—¿Estás seguro?— preguntó Charlie, su voz ronca cerca del oído de Babe.
Babe giró la cabeza. Sus labios quedaron a milímetros.
—Completamente. Déjamelo a mí. Puedo sacarle la verdad sin que nadie se entere.
Charlie no se apartó. Solo murmuró:
—Confío en ti.
La tensión creció hasta ser casi insoportable.
Babe sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Charlie cerró los ojos un instante, inhalando el aroma del cabello de Babe. Pero ninguno rompió el momento. Querían seguir así: disfrutando de la anticipación, de las charlas profundas sobre estrategia y pasado, de los silencios cargados donde sus miradas lo decían todo.
Esa noche, antes de irse a dormir, Babe se detuvo en la puerta de su habitación. Charlie estaba en el pasillo, a solo unos metros.
—Buenas noches, Charlie.— dijo Babe con voz suave, una sonrisa tímida en los labios.
—Buenas noches, Babe.— respondió Charlie, su mirada intensa y llena de promesas no cumplidas aún.
Ninguno dio el paso.
Pero ambos sabían que, tarde o temprano, la tensión tendría que romperse.
Días de Anticipación
Los días siguientes se convirtieron en una danza lenta y deliberada de cercanía sin consumación. La tensión entre Charlie y Babe era un cable vivo, zumbando constantemente bajo la superficie de cada interacción.
Ninguno de los dos daba el paso. Disfrutaban demasiado de esa espera cargada, de las miradas prolongadas, de los roces “accidentales” y de la forma en que el aire se espesaba cuando estaban solos.
La mañana en el despacho
El sol entraba oblicuo por los ventanales tintados del despacho. Charlie estaba de pie detrás de su escritorio, revisando documentos impresos. Babe entró con dos tazas de café negro fuerte, una en cada mano. Se había puesto una camisa blanca de botones que Charlie le había comprado; las mangas arremangadas dejaban ver sus antebrazos tonificados y las marcas casi desvanecidas de los moretones antiguos.
—Aquí tienes.— dijo Babe, colocando la taza junto a la mano derecha de Charlie.— Sin azúcar, como te gusta.
Charlie tomó la taza sin apartar la vista de los papeles, pero sus ojos grises se desviaron un segundo hacia el cuello abierto de la camisa de Babe, donde se veía un trozo de piel blanca.
—Gracias.— respondió con su voz grave y baja.— Siéntate. Necesito tu opinión sobre esto.
Babe rodeó el escritorio y se colocó al lado de Charlie, tan cerca que sus caderas casi se rozaban. Se inclinó sobre los documentos, apoyando una mano en la superficie de ébano. El aroma de su shampoo mezclado con el olor natural de su piel llegó hasta Charlie.
—Es el acuerdo con los camboyanos.— murmuró Babe, señalando una cláusula con el dedo.— Mira aquí. Te dan el 40 % de las ganancias del puerto, pero exigen control total sobre los envíos de la tercera semana. Es una trampa. Quieren usar tus rutas para meter su propia mercancía y luego culparte si algo sale mal.
Charlie giró la cabeza hacia él. Sus rostros quedaron a menos de veinte centímetros.
Podía ver las motas más oscuras en los ojos azul grisáceo de Babe.
—¿Cómo lo sabes?— preguntó Charlie, con la voz más ronca de lo habitual.
—Porque yo usé la misma jugada hace tres años en el norte.— respondió Babe con una sonrisa pequeña y peligrosa.— Funcionó…hasta que el otro lado se dio cuenta.
Ninguno se movió. El silencio se estiró.
Charlie sintió el calor del cuerpo de Babe tan cerca que era casi insoportable. Babe notó cómo el pecho de Charlie subía y bajaba un poco más rápido. Pero ninguno retrocedió ni avanzó.
Finalmente, Charlie habló:
—Entonces redactamos una contraoferta. Tú y yo. Ahora.
Babe asintió, pero no se apartó. Se quedaron así varios minutos, trabajando codo con codo, sus brazos rozándose cada vez que uno señalaba algo en el papel.
La tarde en la terraza
Por la tarde, se trasladaron a la terraza privada que daba al jardín trasero y a la piscina infinita. Charlie había pedido que les llevaran fruta cortada y agua fría. Babe se había quitado los zapatos y estaba sentado con las piernas cruzadas en uno de los sofás exteriores, revisando un informe en la tablet que Charlie le había dado.
Charlie se sentó a su lado, más cerca de lo necesario. Su muslo presionaba ligeramente contra el de Babe.
—¿Qué opinas de este proveedor?— preguntó Charlie, inclinándose para ver la pantalla. Su hombro rozó el de Babe y se quedó allí.
Babe giró ligeramente la cabeza. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de la mandíbula de Charlie.
—Es confiable en las entregas pequeñas, pero en las grandes…siempre falta un 8 %. Creo que está desviando parte para vender por su cuenta. Si quieres, puedo investigar sus cuentas personales. Tengo contactos que pueden entrar sin dejar huella.
Charlie no contestó de inmediato. Solo inhaló el olor de Babe, ese aroma limpio y masculino que ya reconocía demasiado bien.
—Hazlo.— dijo al fin, la voz baja y ronca.— Confío en tu instinto.
Babe levantó la mirada. Sus ojos se encontraron. La tensión era tan densa que casi se podía tocar. Charlie vio cómo las pupilas de Babe se dilataban ligeramente.
Babe sintió el calor que emanaba del cuerpo imponente de Charlie. Ninguno parpadeó. El viento suave movía el cabello negro de Babe sobre su frente.
—Charlie…— murmuró Babe, casi sin voz.
—¿Sí?— respondió Charlie, sin apartar la mirada.
Babe tragó saliva.
—Nada…solo…me gusta trabajar contigo.
Charlie asintió lentamente, la comisura de su boca curvándose apenas.
— A mí también me gusta tenerte aquí.
Se quedaron mirando unos segundos más.
Luego Babe volvió a la tablet y Charlie se recostó un poco, pero su mano quedó descansando en el respaldo del sofá, justo detrás de la nuca de Babe. No lo tocaba…pero casi.
La noche en el salón
Esa misma noche, después de una cena ligera, se sentaron en el salón principal. Las luces estaban bajas. Charlie tenía un vaso de whisky en la mano. Babe estaba sentado en el mismo sofá, pero esta vez con las piernas estiradas, un pie descalzo rozando accidentalmente la pierna de Charlie.
—Cuéntame algo de cuando eras más joven.— pidió Babe de repente, girando la cabeza hacia él.— Antes de ser “El Fantasma Gris”.
Charlie dio un sorbo lento al whisky, mirando el líquido ámbar.
—No hay mucho que contar. Me criaron para esto. Aprendí temprano que la confianza es un lujo peligroso…hasta ahora.
Babe sonrió con suavidad.
—¿Hasta ahora?
Charlie lo miró directamente. Sus ojos grises parecían más oscuros bajo la luz tenue.
—Hasta que llegaste tú.
El silencio que siguió fue espeso, cargado.
Babe sintió un nudo en el estómago. Quería inclinarse y besarlo. Quería sentir esas manos grandes sujetándolo. Charlie quería atraerlo contra su pecho y probar finalmente esos labios que lo habían tentado tantas veces. Pero ninguno se movió.
Babe solo dijo en voz baja:
—Me alegra haber terminado en tu camino esa noche.
Charlie respondió con igual suavidad:
—Yo también me alegro.
Sus miradas se sostuvieron durante casi un minuto entero. La respiración de ambos era un poco más profunda. La pierna de Babe seguía rozando la de Charlie. La mano de Charlie seguía en el respaldo, a milímetros de la nuca de Babe.
Ninguno rompió la distancia.
Solo siguieron disfrutando de la compañía, de las charlas tranquilas sobre estrategias, traiciones y futuros planes, y de esos silencios llenos de promesas que aún no se cumplían
La tensión seguía allí, abrumadora, deliciosa, creciendo día tras día.
El Combate que No Se Rompe
Era una tarde calurosa en las instalaciones privadas de entrenamiento que Charlie mantenía en la parte trasera de su enorme propiedad. El gimnasio al aire libre estaba rodeado de altos muros y vegetación densa, lejos de miradas indiscretas. Un grupo de unos quince hombres de su organización entrenaba con intensidad: golpes, derribos, sparring cuerpo a cuerpo. La mayoría había dejado las camisetas a un lado por el calor, dejando al descubierto torsos musculosos, hombros anchos y piel brillante por el sudor.
Charlie había llevado a Babe para que viera cómo operaba su equipo. Estaban de pie en las gradas elevadas de metal, observando desde arriba. Babe se apoyaba en la barandilla, los ojos azul grisáceo fijos en el ring central con una mezcla de fascinación y entretenimiento evidente. Llevaba una camisa negra ligera y pantalones deportivos que Charlie le había proporcionado.
Charlie, a su lado, notó cómo la mirada de Babe recorría los cuerpos de sus hombres: los abdominales marcados, los brazos definidos, el movimiento fluido de los músculos bajo la piel sudorosa. Sintió una punzada inesperada en el pecho, algo caliente y posesivo que no estaba acostumbrado a sentir.
Sin poder contenerse, Charlie preguntó con voz grave y un poco más ronca de lo habitual:
—¿Analizas o disfrutas de la vista?
Babe parpadeó, sorprendido por la pregunta directa. Un suave sonrojo subió por sus mejillas blancas, tiñendo su piel de un rosa sutil que contrastaba con sus ojos azul grisáceo. Se pasó una mano por el cabello negro, ligeramente nervioso, pero intentó mantener la compostura.
—Solo analizó sus movimientos…— respondió Babe, con una sonrisa pequeña y algo tímida.— Además…no están mal.
Charlie tensó la mandíbula, los dientes apretándose con fuerza. Sus ojos grises se oscurecieron un instante mientras observaba el perfil de Babe. El sonrojo en esas mejillas le provocó un calor que bajó directamente a su estómago. Quería decir algo más, quería acercarse y borrar ese rubor con los dedos…pero se contuvo. Solo guardó silencio, cruzando los brazos sobre su pecho imponente, la camisa negra ajustada marcando sus propios músculos.
Babe volvió a centrar su atención en el entrenamiento. Sus ojos brillaban con interés genuino. Siempre le había gustado pelear; era uno de los pocos placeres que le quedaban de su vida anterior como asesino de élite. La adrenalina, la anticipación, el juego de cuerpos y estrategias…lo divertía profundamente.
De repente, sin previo aviso, Babe saltó con agilidad por encima de la barandilla de las gradas. Cayó con gracia al suelo de tierra compacta y se acercó al ring central con paso decidido.
—¿Puedo?— preguntó Babe al instructor, señalando a uno de los hombres más grandes y experimentados del grupo.
El hombre miró a Charlie en busca de aprobación. Charlie asintió una sola vez desde las gradas, sin decir nada.
Babe se quitó la camisa negra con un movimiento fluido y la lanzó a un lado. Su torso quedó expuesto: piel blanca aún con algunas marcas leves de moretones antiguos, músculos definidos pero más esbeltos que los de los hombres de Charlie, una cintura estrecha y hombros elegantes. Se colocó en posición de combate, los pies bien plantados, una sonrisa peligrosa y divertida curvando sus labios.
El sparring comenzó.
Babe era impresionante. Anticipaba cada golpe con precisión quirúrgica: esquivaba por centímetros, bloqueaba con los antebrazos, contraatacaba con velocidad letal pero controlada. Sonreía todo el tiempo mientras peleaba, una sonrisa sincera y juguetona que iluminaba su rostro. Cada vez que lograba un buen golpe o un derribo parcial, soltaba una risa baja de pura diversión.
—¡Vamos!— exclamó Babe riendo cuando su oponente intentó un agarre.— Tienes que ser más rápido que eso.
El combate duró varios minutos intensos.
Babe leía los movimientos del otro hombre como si fueran un libro abierto. Finalmente, con un movimiento fluido y poderoso, Babe lo derribó definitivamente: un barrido de piernas seguido de un control en el suelo que dejó al hombre inmovilizado boca abajo.
Todos los presentes gritaron y aplaudieron.
Algunos silbaron con admiración.
—¡Bien hecho!
—¡Ese es el nuevo!
Babe se levantó, respirando con fuerza pero con una sonrisa amplia y victoriosa. Su torso brillaba ligeramente por el sudor, el cabello negro pegado a la frente. Miró directamente hacia las gradas, hacia Charlie, y corrió hacia él con esa energía sincera y casi infantil que contrastaba con su lado oscuro.
Sin que Charlie se lo esperara, Babe subió las gradas de dos en dos y lo abrazó por el cuello con ambos brazos. Sus cuerpos se presionaron por un segundo: el pecho sudoroso de Babe contra el torso firme de Charlie, el calor de la pelea aún irradiando de su piel.
—¿Te gustó mi pelea?— preguntó Babe cerca de su oído, la voz alegre y un poco jadeante por el esfuerzo. Su aliento cálido rozó el cuello de Charlie.
Charlie se quedó rígido por un instante, sintiendo cada punto de contacto: los brazos de Babe alrededor de su cuello, el olor a sudor limpio y piel cálida, el latido acelerado de su corazón contra el suyo. La tensión que ya era constante se volvió casi dolorosa.
Quería rodear la cintura de Babe con sus manos grandes, atraerlo más cerca, sentir más de esa piel caliente…pero no lo hizo.
Solo levantó lentamente los brazos y colocó las manos en la parte baja de la espalda de Babe, un toque firme pero controlado.
—Bastante…— respondió Charlie con voz grave y ronca, más baja de lo normal.— Lo hiciste increíble. Tus movimientos son precisos. Anticipas todo. Eres mejor de lo que decían los informes.
Babe se apartó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos, aún con los brazos alrededor del cuello de Charlie. Sus rostros quedaron muy cerca. El sonrojo de antes había regresado, mezclado ahora con el rubor del ejercicio. Sus ojos azul grisáceo brillaban con excitación y algo más profundo.
—Me encantaría pelear contigo…— dijo Babe con una sonrisa sincera y juguetona, sin apartar la mirada.— Un combate amistoso. Solo tú y yo. Quiero ver qué tan bueno eres realmente, Charlie.
Charlie sostuvo esa mirada. Su mandíbula seguía tensa, los ojos grises fijos en los labios de Babe y luego subiendo de nuevo. Sentía el pulso de Babe bajo sus manos, el calor de su cuerpo aún pegado al suyo. La tentación era brutal: imaginaba cómo sería tener a Babe debajo de él en el ring, no solo peleando, sino…
Pero no dio el paso. Ninguno lo hizo.
Charlie solo apretó ligeramente los dedos en la espalda de Babe, un roce casi imperceptible, y respondió con voz profunda y controlada:
—Algún día…aceptaré ese combate, Babe. Pero hoy no.
Babe sonrió más ampliamente, sin soltar del todo el abrazo. Se quedaron así unos segundos más: cuerpos cerca, respiraciones mezcladas, la tensión vibrando entre ellos como un cable a punto de romperse…pero sin romperse.
Finalmente, Babe se apartó con lentitud, dejando que sus manos bajaran por los hombros de Charlie en un roce que duró más de lo necesario. Recogió su camisa del suelo y se la puso mientras bajaba las gradas, lanzándole una última mirada por encima del hombro.
Charlie se quedó en las gradas, observándolo. Su mandíbula seguía tensa, el pecho subiendo y bajando con más fuerza de lo habitual. La imagen de Babe peleando, sonriendo, abrazándolo…se le había grabado en la mente.
La tensión seguía allí, más fuerte que nunca.
Y ambos seguían disfrutando en silencio.
La unión que nunca fue
La cena era uno de esos eventos exclusivos a los que solo asistían los nombres más pesados del mundo de la mafia tailandesa y asiática. Charlie había decidido llevar a Babe porque quería que se integrara más a su lado, que lo vieran como parte de su círculo más cercano. Babe había aceptado sin dudar.
Esa noche, Babe lucía un pantalón negro ajustado que marcaba sus piernas y una camisa negra ceñida al cuerpo que resaltaba su torso esbelto y definido. El cabello negro peinado hacia atrás le daba un aspecto elegante y peligroso al mismo tiempo.
Al bajar del auto blindado, Charlie colocó su mano grande y firme en la parte baja de la espalda de Babe, guiándolo hacia el interior del lujoso salón privado. El contacto era posesivo, pero ninguno de los dos lo mencionó. Babe sintió el calor de esa palma a través de la tela y tragó saliva, pero no se apartó.
Dentro, varias miradas se clavaron en ellos: hombres y mujeres importantes que evaluaban al nuevo acompañante de Charlie.
Algunos con curiosidad, otros con envidia,
otros con deseo evidente. Charlie y Babe ignoraron todas. Caminaron con la cabeza en alto, la mano de Charlie nunca abandonando la cintura de Babe.
Charlie lo presentó a varios socios importantes.
—Él es Babe.— dijo Charlie con voz grave y segura.— Trabaja directamente conmigo ahora. Cualquier cosa que hablen conmigo, la pueden hablar con él.
Los hombres quedaron impresionados. Babe habló con inteligencia, conocimiento profundo del negocio y una calma letal que los dejó sorprendidos y respetuosos. Charlie observaba todo con una expresión de orgullo evidente en sus ojos grises. Sentía una satisfacción profunda al ver cómo Babe brillaba.
Más tarde, se sentaron en una mesa apartada con copas de whisky en la mano. La música suave y las conversaciones de fondo llenaban el ambiente.
—Voy a hablar un momento con un socio.— dijo Charlie, inclinándose ligeramente hacia Babe.— No tardaré.
Babe asintió con una sonrisa tranquila.
—Ve. Estaré bien aquí.
Charlie se alejó. Babe se quedó solo, bebiendo lentamente.
Entonces apareció ella.
Una mujer alta, elegante, con un vestido rojo oscuro que gritaba poder y dinero. Se acercó con una sonrisa confiada.
—Prim.— se presentó, extendiendo la mano.— Una de las mujeres más importantes en este mundo.
Babe aceptó el saludo con frialdad.
—Un gusto. Soy Babe. Trabajo con Charlie.
Prim sonrió con superioridad.
—Sí, lo sé. Sé que trabajas para mi prometido.
Babe sintió un aleteo incómodo en el pecho.
—¿Disculpa? ¿Prometido?
Prim arqueó una ceja perfecta, disfrutando del momento.
—Sí. Estamos comprometidos desde hace unos meses. Estamos a nada de casarnos.
Babe frunció el ceño.
—Pero él no ha dicho nada…Jamás me ha mencionado algo así.
Prim soltó una risa baja y cruel.
—¿Y por qué debería decírtelo? Solo eres un socio. Un peón más para él. Su vida personal no te incumbe.
Babe entrecerró los ojos, la voz bajando peligrosamente.
—Mucho cuidado como me hablas. No soy de los que se dejan.
Prim rio más fuerte, claramente queriendo humillarlo.
—Sí, con lo fácil que tu esposo te reemplazó dice mucho de ti. Pobre…traicionado, torturado y ahora aquí, haciendo de perrito faldero de Charlie. Patético.
Babe apretó la mandíbula.
—Si no sabes de mi vida, no hables.
—Te hablo como se me da la gana.— escupió Prim.— Eres solo un sirviente. No estás a mi nivel.
El aire cambió. Babe se levantó lentamente.
Con un movimiento rápido y preciso, agarró a Prim por el cuello, apretando lo suficiente para que jadeara.
—No sé a qué mierda has venido, pero yo no peleo por hombres.— dijo Babe con voz fría, elegante y letal.— Sin embargo, no voy a permitir insultos hacia mi persona. Me importa una mierda quién seas. No me voy a dejar insultar o pisotear. Y tú, perra barata, te equivocaste de persona al querer fastidiar. En este tipo de juegos soy muy bueno destrozando a lacras como tú.
Prim intentó forcejear, insultándolo entre dientes.
—¡Suéltame, maldito!
Babe, la tomó del cabello, estampó su rostro con fuerza contra la pequeña mesa que tenían delante. Se oyó un crujido y la sangre empezó a brotar de la nariz y la boca de Prim.
Ella gritó de dolor.
Los invitados cercanos se alertaron. Los guardias de Prim se pusieron en movimiento.
Babe sacó una navaja pequeña que llevaba escondida y la apuñaló varias veces en el pecho y el estómago, con precisión quirúrgica, sin llegar a matarla aún. La dejó agonizando sobre la mesa, gimiendo y sangrando.
Cuando iba a dar el golpe final, los hombres de Prim se le echaron encima.
Babe soltó el cuerpo y se enfrentó a ellos con una sonrisa peligrosa.
—No me importa cuántos vengan.— gruñó Babe, los ojos convertidos en los de un asesino puro.— Me los cargo sin problema. Pero si muero, los arrastro conmigo al infierno.
Los invitados empezaron a retirarse rápidamente, sabiendo que no era su pelea.
Varios hombres se lanzaron contra Babe al mismo tiempo.
En ese momento, la voz de Charlie resonó como un trueno:
—¡Deténganse!
Todos se congelaron. Babe miró a los hombres que lo rodeaban, respirando con fuerza, la navaja aún en la mano.
Charlie se acercó con paso calmado pero autoritario. Con solo una mirada fría, ordenó a los hombres de Prim que se retiraran. Ellos recogieron el cuerpo agonizante de su jefa y desaparecieron entre la multitud que huía.
Charlie se acercó a Babe. Este retrocedió un paso, los ojos aún en modo asesino: fríos, calculadores, sin rastro de la timidez o dulzura habitual.
—No te haré daño.— dijo Charlie con voz baja y firme.
Babe lo miró con dolor.
—Ya lo hiciste.
Charlie frunció el ceño.
—¿En qué momento?
Babe soltó una risa amarga y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.
—Estás comprometido…Vas a casarte y aun así dejabas que la tensión entre nosotros subiera. Ya pase por esta mierda dos veces. No habrá segunda vez…No salí de un infierno para entrar en otro. No cuentes conmigo.
Charlie dio un paso más cerca.
—Babe, eso no es verdad.
Babe rió con tristeza.
—¿No lo es?
Charlie suspiró y se acercó aún más, aunque Babe seguía tenso.
—El compromiso es real, pero fue hace un año. Lo rompí porque ella no era lo que yo necesitaba. Sin embargo, se encaprichó conmigo y sigue alardeando de una unión que ya estaba rota. Supo que vendríamos esta noche y quiso jugar sus cartas. Pero me dio gusto verte defenderte. Eso es lo que más me gusta de ti…que eres un luchador hasta el final.
Babe lo miró con un puchero, los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
—¿Me estás diciendo la verdad?
Charlie asintió con seriedad.
—Sí. Jamás te mentiría. No vuelvas a dudar de mí, Babe.
Babe se quedó en silencio unos segundos.
Luego, lentamente, se acercó y abrazó a Charlie con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Lo siento…Y siento haber arruinado esta salida.
Charlie lo rodeó con sus brazos fuertes, apretándolo contra su pecho.
—Para mí fue divertido. Eres un peligro, Babe.
Babe soltó una risa suave contra su cuello, aún abrazado.
—Estás loco…y eso me encanta.
Se quedaron así varios segundos más, abrazados en medio del salón ahora casi vacío. La tensión seguía allí, más fuerte que nunca: el calor de sus cuerpos, el aliento de Babe en el cuello de Charlie, las manos de Charlie en su espalda. Ninguno dio el paso para besarse. Solo se sostuvieron, disfrutando de la cercanía después de la tormenta.
Charlie murmuró contra su cabello:
—Vámonos a casa.
Babe asintió sin separarse del todo.
Ninguno rompió la distancia.
La tensión seguía intacta, deliciosa y abrumadora.
La Noche en que la Tensión se Rompió
La mansión estaba en completo silencio cuando Babe y Charlie se sentaron a cenar en el comedor privado. Solo la luz suave de las lámparas iluminaba la mesa. Babe había bajado directamente con la camisa larga de dormir que usaba como pijama: una prenda negra de seda que le llegaba apenas a la mitad del muslo. No llevaba nada debajo. Las piernas cruzadas dejaban a la vista gran parte de su muslo blanco y suave, y el hombro derecho quedaba ligeramente descubierto porque la camisa se había deslizado hacia un lado.
Charlie no podía apartar la mirada. Sus ojos grises recorrían una y otra vez esos muslos expuestos, la curva perfecta donde la camisa se detenía, y ese hombro desnudo que parecía puesto allí solo para provocarlo. Cada vez que Babe se movía, la tela se corría un poco más, revelando más piel. Charlie apretaba la mandíbula, comiendo en silencio, pero su respiración era más profunda.
Terminaron de cenar. Babe se levantó con lentitud y se acercó a Charlie, que seguía sentado a la cabecera de la mesa.
—Una vez más te pido disculpas por lo del evento.— murmuró Babe, la voz suave.— Y lamento haber dudado de ti.
Charlie levantó la vista y lo miró directamente.
—No te preocupes, Babe. Entiendo totalmente tu reacción.
Babe se mordió el labio inferior, nervioso pero decidido. Se inclinó y abrazó a Charlie por el cuello. Charlie respondió rodeándole la cintura con sus brazos fuertes, atrayéndolo contra su pecho.
Babe se separó solo un poco y, sin pensarlo dos veces, depositó un beso suave en la mandíbula de Charlie. Luego, impulsado por la tensión acumulada durante días, robó un beso rápido en los labios de Charlie.
Un gemido bajo escapó de la garganta de Babe al sentir finalmente esa boca contra la suya. El beso duró apenas dos segundos, pero fue suficiente para encenderlo todo.
Babe se apartó rápidamente, con las mejillas sonrojadas, e intentó huir hacia las escaleras.
—Buenas noches…— murmuró, casi corriendo.
Pero Charlie no lo permitió. Su mano atrapó la muñeca de Babe con firmeza y lo detuvo.
—¿Me besas y piensas huir nuevamente?— preguntó Charlie con voz grave y ronca, una sonrisa peligrosa curvando sus labios.
Babe se giró, el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Te molesta?
Charlie se levantó lentamente, imponente.
Con la mano libre bajó un poco más la camisa de Babe por el hombro, exponiendo más piel.
—Para nada…— respondió Charlie, inclinándose hasta que sus labios rozaron el hombro desnudo de Babe.— Pero a mí no me vas a dejar con las ganas dos veces, mi amor.
Babe jadeó cuando sintió los labios calientes de Charlie posarse en su hombro y luego subir lentamente por su cuello. Charlie lo guió hacia atrás hasta que la espalda de Babe chocó contra la mesada del comedor. Sin esfuerzo, Charlie lo levantó y lo sentó sobre la superficie fría de mármol, colocándose entre sus piernas abiertas.
Las manos grandes y posesivas de Charlie subieron por los muslos desnudos de Babe, acariciando la piel suave con firmeza. Cuando llegó al borde de la camisa, la levantó por completo y descubrió que Babe no llevaba nada debajo.
Charlie soltó un gruñido bajo de satisfacción.
—¿Ya estabas preparado para mí? ¿Sin ropa interior, solo con esta camisa qué apenas te cubre? ¿Preparado para tu hombre?
Babe echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio con fuerza al sentir los dedos de Charlie deslizarse entre sus piernas y rozar su entrada.
—Charlie…— gimió Babe, la voz ya entrecortada.
Charlie sonrió con oscura satisfacción mientras separaba más las piernas de Babe, exponiéndolo completamente.
—Mírate…tan abierto para mí. Tan mojado y caliente. ¿Cuánto tiempo llevas deseando esto, Babe? ¿Cuántas noches te tocaste pensando en mis dedos aquí?
Babe jadeó cuando Charlie presionó un dedo contra su entrada, rodeándola con lentitud provocadora antes de empujar suavemente el primer dedo dentro. Babe se arqueó, las manos agarrando los bordes de la mesada.
—Ah…sí…— suspiró Babe, coqueto y seductor, abriendo más las piernas para facilitarle el acceso.— Desde la primera noche que me abrazaste…quería sentirte así.
Charlie introdujo un segundo dedo, moviéndolos con ritmo lento pero profundo, curvándolos para rozar ese punto sensible dentro de Babe. Su boca descendió sobre el cuello de Babe, besando, chupando y mordiendo la piel blanca, dejando marcas rojas que pronto se volverían moradas.
—Tan apretado y caliente alrededor de mis dedos…— murmuró Charlie contra su piel, la voz ronca y obscena.— Te sientes perfecto, mi amor. Como si estuvieras hecho para mí. Voy a abrirte bien, despacio, para que sientas cada centímetro cuando te folle después.
Babe gimió más fuerte, moviendo las caderas para encontrarse con los dedos de Charlie.
—Charlie…más…por favor…— suplicó con tono seductor, mirándolo con ojos azul grisáceo nublados de placer.— Me encanta cómo me tocas…tan dominante, tan mío.
Charlie bajó la camisa de Babe por completo en la parte superior, exponiendo sus pezones. Inclinó la cabeza y atrapó uno con la boca, chupándolo con fuerza mientras sus dedos seguían entrando y saliendo, ahora tres, abriéndolo con movimientos precisos y profundos.
—Estos pezones tan sensibles…— gruñó Charlie, mordiendo suavemente uno y luego el otro.— Mira cómo se endurecen para mí. Tan bonitos. Tan receptivos. Quiero chuparlos mientras te follo hasta que no puedas pensar en nada más que en mi polla dentro de ti.
Babe jadeaba y gemía sin vergüenza, una mano enredada en el cabello negro de Charlie, la otra agarrando su hombro.
—Sí…muerde más fuerte…ah…Charlie…me vuelves loco cuando hablas así…— respondió Babe con voz entrecortada y coqueta.— Quiero que me marques…que todos sepan que soy tuyo.
Charlie levantó la cabeza, capturó la boca de Babe en un beso profundo y posesivo, mientras sus dedos seguían follándolo con ritmo constante, curvándose en ese punto que hacía que Babe se retorciera y gimiera dentro de su boca.
Cuando se separaron para respirar, Charlie apoyó su frente contra la de Babe, los dedos aún moviéndose dentro de él.
—No voy a dejarte huir esta noche.— susurró Charlie con voz oscura y dominante.— Voy a hacerte mío aquí mismo, en esta mesa, y después en mi cama. ¿Estás listo para eso, mi amor?
Babe sonrió con los labios hinchados, los ojos brillando con deseo.
—Hazlo…soy todo tuyo, Charlie.
La tensión que habían acumulado durante días finalmente se había roto, y la noche apenas comenzaba.
Charlie sacó sus tres dedos lentamente del interior de Babe, provocando un sonido húmedo y obsceno que resonó en el comedor silencioso. Babe protestó de inmediato, arqueando las caderas hacia adelante con desesperación.
—No…Charlie, no los saques…— gimió Babe, la voz entrecortada y necesitada.— Los quiero dentro…por favor…
Charlie sonrió con una oscura satisfacción, sus ojos grises brillando de lujuria posesiva.
Se desabrochó el pantalón con una mano mientras la otra sostenía firmemente la cadera de Babe contra la mesada.
—Tranquilo, mi amor…vas a tener algo mucho mejor.— murmuró con voz ronca y grave.
Sacó su miembro grueso, largo y completamente erecto. Lo masturbó un par de veces frente a Babe, mostrando su tamaño y lo duro que estaba. La cabeza brillaba con precum. Babe se mordió el labio inferior con fuerza, los ojos azul grisáceo fijos en esa polla gruesa, respirando agitadamente.
— Joder…— susurró Babe, claramente impresionado y excitado.— Eres enorme…
Charlie soltó una risa baja y orgullosa.
—Todo para ti, Babe. Solo para ti.
Sin darle más tiempo, Charlie alineó la cabeza de su polla con la entrada ya abierta y lubricada de Babe y empujó con brutalidad, entrando de un solo golpe profundo hasta el fondo.
—¡Ahhh! ¡Charlie!— gritó Babe con fuerza, la cabeza echándose hacia atrás, los ojos entrecerrados por el placer mezclado con el ardor intenso de la penetración repentina. Sus uñas se clavaron en los hombros de Charlie.
Charlie gruñó de puro placer al sentir cómo las paredes internas de Babe lo apretaban con fuerza, caliente y resbaladizo.
—Mírate…tan apretado alrededor de mi polla.— dijo Charlie con voz ronca y dominante, empezando a moverse con embestidas fuertes y profundas desde el principio.— Te sientes jodidamente perfecto, mi amor. Como si tu culo estuviera hecho para tragarme entero.
Comenzó a follarlo con rudeza, sacando casi todo su miembro solo para volver a clavarlo con fuerza, golpeando ese punto sensible dentro de Babe con cada embestida brutal. El sonido de piel contra piel llenaba el comedor: golpes húmedos, fuertes y rápidos.
Babe gemía alto, sin control, las piernas abiertas al máximo alrededor de la cintura de Charlie.
—¡Sí! ¡Más fuerte…! ¡Ah…Charlie…me estás partiendo…!— jadeaba Babe, seductor y coqueto incluso en medio del placer intenso.— Me encanta cómo me follas…tan duro, tan profundo…
Charlie se inclinó sobre él, capturando su boca en un beso salvaje y posesivo, mordiendo su labio inferior mientras seguía embistiendo sin piedad. Luego bajó por su cuello, chupando y mordiendo la piel blanca, dejando marcas rojas y moradas evidentes.
—Eso es…gime para mí.— gruñó Charlie contra su cuello, una mano bajando para pellizcar y retorcer uno de los pezones de Babe.— Tus pezones están tan duros…tan sensibles. Me vuelven loco ver cómo se ponen cuando te follo.
Bajó la cabeza y atrapó un pezón con la boca, chupándolo con fuerza mientras mordía suavemente, tirando de él con los dientes. Al mismo tiempo, sus caderas no dejaban de moverse: embestidas brutales, profundas, rápidas, haciendo que la mesada crujiera bajo el cuerpo de Babe.
—¡Charlie…! ¡Ahhh…sí, muerde más…!— gritaba Babe, una mano enredada en el cabello negro de Charlie, la otra agarrando su espalda.— Me estás volviendo loco…tu polla es tan gruesa…me llena tanto…
Charlie levantó la cabeza, los ojos oscuros de deseo, y aceleró el ritmo, follándolo con más fuerza, casi con violencia controlada.
—Mira cómo te abres para mí…tan bonito, tan hambriento.— dijo con voz obscena y posesiva, sin una sola palabra degradante.— Tu culo aprieta mi polla como si no quisiera dejarme salir nunca. Voy a follarte hasta que no puedas caminar derecho mañana, mi amor. Hasta que sientas mi semen corriendo por tus piernas cuando te levantes.
Babe echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin vergüenza, las piernas temblando alrededor de la cintura de Charlie.
—¡Sí…! ¡Quiero eso…! ¡Quiero que me llenes…! ¡Fóllame más duro, Charlie…por favor…!
Charlie gruñó y cambió el ángulo, golpeando ese punto sensible con brutal precisión en cada embestida. Una mano bajó para masturbar a Babe con movimientos rápidos y firmes, sincronizados con sus golpes.
—Córrete para mí.— ordenó Charlie con tono dominante, mordiendo el lóbulo de su oreja.— Quiero sentir cómo te corres mientras mi polla te abre por dentro. Quiero ver esa cara bonita pérdida de placer.
Babe gritó fuerte, el cuerpo tensándose, y se corrió con fuerza sobre su propio estómago y la mano de Charlie, los músculos internos apretando la polla de Charlie como un vicio.
Charlie no se detuvo. Siguió follándolo a través del orgasmo de Babe, embistiendo más profundo y rápido, persiguiendo su propio placer.
—Eso es…tan bueno…tan perfecto.— jadeó Charlie, besando la boca abierta de Babe con desesperación.— Ahora voy a llenarte…voy a marcarte por dentro.
Con un gruñido gutural, Charlie se enterró hasta el fondo y se corrió con fuerza, derramando su semen caliente y abundante dentro de Babe, embistiendo unas cuantas veces más para vaciarse completamente.
Ambos quedaron jadeando, sudorosos, pegados el uno al otro. Charlie aún dentro de Babe, besando suavemente su cuello ahora lleno de marcas.
—Mío…— murmuró Charlie contra su piel, posesivo y satisfecho.— Eres mío, Babe.
Babe sonrió con los labios hinchados, aún temblando de placer.
—Y tú eres mío, Charlie…
La noche estaba lejos de terminar.
Después del primer orgasmo intenso sobre la mesada del comedor, Charlie no le dio tiempo a Babe de recuperar el aliento. Lo levantó en brazos con facilidad, las piernas de Babe rodeando su cintura mientras su semen aún goteaba lentamente por los muslos de Babe.
Subieron las escaleras en silencio, solo roto por las respiraciones agitadas y algún gemido bajo cuando Charlie mordía el cuello de Babe mientras caminaba.
Al entrar en la habitación principal de Charlie —amplia, oscura, con sábanas negras de seda—, lo depositó sobre la enorme cama king size. Babe se acomodó inmediatamente en el centro del colchón, acostándose de espaldas. Abrió las piernas de forma deliberada y provocadora, flexionando las rodillas y dejando los pies plantados sobre la cama. Sus manos se colocaron a cada lado de su cabeza, los dedos ligeramente curvados, exponiendo completamente su cuerpo: el pecho subiendo y bajando, los pezones aún enrojecidos por los mordiscos anteriores, la polla semierecta y su entrada brillante y abierta por el miembro de Charlie.
Era una posición de invitación peligrosa y seductora, como si Babe estuviera ofreciéndose por completo.
Charlie se quedó de pie al borde de la cama, observándolo. Un gruñido bajo y animal escapó de su garganta al ver esa imagen.
—Joder, Babe…— murmuró con voz ronca, la mano bajando para masturbarse lentamente su polla gruesa, aún húmeda y dura.— Mírate…abierto, mojado con mi semen, invitándome como si fueras mío desde siempre. Eres una maldita tentación.
Babe se mordió el labio inferior, los ojos azul grisáceo perdidos en el movimiento de la mano de Charlie sobre esa polla grande y venosa. Su mirada era oscura de deseo.
—Ven…— susurró Babe con tono coqueto y seductor.— Quiero sentirte otra vez…más profundo esta vez.
Charlie no necesitó más invitación. Se subió a la cama con rapidez, se posicionó entre las piernas abiertas de Babe y, sin previo aviso, alineó su miembro y lo embistió con brutal brusquedad, entrando de un solo golpe hasta el fondo.
—¡Charlie!— gritó Babe con fuerza, el cuerpo arqueándose violentamente sobre la cama, las manos apretando las sábanas a los lados de su cabeza.
Charlie gruñó de placer al sentir cómo las paredes internas de Babe lo apretaban otra vez, caliente y resbaladizo por su propio semen.
—Tan apretado todavía…— jadeó Charlie, comenzando a follarlo con embestidas fuertes, profundas y rápidas desde el primer segundo.— Tu culo me traga entero, mi amor. Mira cómo te abres para mi polla…tan perfecto, tan hambriento de mí.
Sus caderas chocaban con fuerza contra los muslos de Babe, el sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenando la habitación.
Charlie se inclinó sobre él, capturando su boca en un beso salvaje, mordiendo el labio inferior de Babe mientras seguía embistiendo sin piedad.
Luego bajó por su cuello, chupando con fuerza y mordiendo la piel sensible, dejando más marcas moradas junto a las anteriores.
—Estos moretones…— gruñó Charlie contra su cuello.— Van a durar días. Quiero que los veas y recuerdes cómo te follé esta noche. Cómo te marqué por dentro y por fuera.
Babe gemía alto, las piernas temblando alrededor de la cintura de Charlie, las manos subiendo para clavarse en la espalda ancha y musculosa de su hombre.
—¡Sí…! ¡Más fuerte…! ¡Ah…Charlie, me estás destrozando…y me encanta…!— jadeaba Babe, coqueto incluso en medio del placer brutal.— Fóllame como si me quisieras romper…quiero sentirte mañana cuando me mueva.
Charlie sonrió con satisfacción posesiva y bajó la cabeza hasta uno de los pezones de Babe. Lo chupó con fuerza, tirando de él con los dientes mientras su polla seguía entrando y saliendo con embestidas brutales, golpeando ese punto sensible con precisión cada vez.
—Tus pezones están tan duros para mí…— murmuró Charlie, mordiendo el otro pezón y luego lamiéndolo.— Tan sensibles. Me vuelven loco ver cómo se ponen cuando te follo. Quiero chuparlos mientras te lleno otra vez.
Aceleró el ritmo, follándolo con más fuerza, casi con violencia. La cama crujía bajo ellos.
Una mano de Charlie bajó para sujetar la cadera de Babe con fuerza posesiva, manteniéndolo en su lugar mientras lo penetraba sin descanso.
—Eso es…toma toda mi polla.— dijo Charlie con voz obscena y dominante, los ojos fijos en el rostro perdido de placer de Babe.— Te sientes tan bien alrededor de mí…caliente, apretado, mojado con mi semen. Voy a follarte hasta que no puedas pensar en nada más que en mi polla enterrada dentro de ti. Hasta que tu culo quede abierto y goteando solo para mí.
Babe gritaba y gemía sin control, el cuerpo moviéndose con cada embestida brutal, los ojos entrecerrados.
—¡Charlie…! ¡Sí…! ¡Más…! ¡Quiero que me llenes otra vez…! ¡Quiero que me uses…!— suplicaba Babe, seductor y entregado.— Eres tan grande…me llenas tanto…me estás volviendo loco…
Charlie capturó su boca de nuevo en un beso profundo y posesivo, mordiendo su lengua suavemente mientras seguía follándolo con rudeza. Sus embestidas se volvieron más erráticas, más profundas, persiguiendo su segundo orgasmo.
—Córrete conmigo esta vez.— ordenó Charlie contra sus labios, la voz ronca.— Quiero sentir cómo te corres mientras te lleno otra vez, mi amor.
Con un grito ahogado, Babe se corrió por segunda vez, su semen salpicando entre sus cuerpos. Sus músculos internos apretaron la polla de Charlie con fuerza, llevándolo al límite.
Charlie gruñó profundamente y se enterró hasta el fondo con una última embestida brutal, corriéndose con fuerza dentro de Babe, derramando más semen caliente y abundante.
—Mío…— jadeó Charlie contra el cuello de Babe, aún moviéndose lentamente dentro de él para prolongar el placer.— Eres completamente mío ahora, Babe.
Babe sonrió con los labios hinchados, el cuerpo temblando bajo el de Charlie, y murmuró con voz ronca y satisfecha:
—Y tú eres mío, Charlie…no lo olvides.
Se quedaron así, unidos, respirando agitadamente en la penumbra de la habitación. La noche aún no había terminado.
La Mañana Siguiente
La luz del sol entraba suavemente por las cortinas entreabiertas de la mansión. Babe despertó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar con un dolor sordo pero satisfactorio. Le dolía la espalda, los muslos y especialmente esa zona que Charlie había reclamado con tanta brutalidad durante la noche. Sin embargo, una sonrisa pequeña y complacida se dibujó en sus labios. Valía cada segundo de dolor. Cada marca, cada mordida, cada embestida.
Se estiró con cuidado y notó que Charlie ya no estaba en la cama. Escuchó movimiento en la planta baja y decidió bajar. Se puso solo una camisa larga de Charlie —que le quedaba grande y le cubría apenas los muslos— y bajó descalzo.
Charlie ya lo esperaba en la cocina. Había preparado un desayuno completo: café negro fuerte, frutas frescas, huevos, tostadas y jugo.
Desde que Babe se levantó, Charlie no había dejado de mimarlo: lo ayudó a sentarse con cuidado, le sirvió el café exactamente como le gustaba y le robó besos suaves en la frente y los labios mientras comían.
Ahora estaban en la sala de estar. Charlie sentado en el amplio sofá de cuero negro, y Babe cómodamente instalado en su regazo, con las piernas cruzadas a un lado. La mano grande y posesiva de Charlie descansaba sobre el trasero de Babe, sujetándolo con firmeza, los dedos rozando la piel desnuda bajo la camisa prestada.
Babe mordía una manzana roja con tranquilidad, el sonido crujiente rompiendo el silencio cómodo entre ellos.
—Anoche fue…intenso.— murmuró Babe, girando la cabeza para mirarlo.
Charlie apretó suavemente su trasero, acariciándolo con el pulgar.
—¿Te duele mucho?— preguntó con voz grave, pero con un tono de preocupación real debajo de su habitual frialdad.
Babe sonrió y se encogió de hombros.
—Sí, pero me gusta. Me recuerda que eres mío ahora.
Charlie lo miró fijamente, sus ojos grises suavizándose un poco.
—Desde el primer momento en que te vi en esa calle…supe que algo cambiaba.— confesó Charlie en voz baja.— Tus ojos azul grisáceo, llenos de determinación a pesar de todo el dolor. Sentí un aleteo en el pecho. Yo, que nunca siento nada…tú lo provocaste.
Babe dejó de masticar un segundo y lo miró con atención.
Charlie continuó, levantando la mano libre para acariciar con cariño la mejilla de Babe, pasando el pulgar por su pómulo.
—Me gustan tus ojos. Son hermosos. Son los ojos más hermosos que he visto en mi vida.
Babe sonrió con timidez, inclinando la cara hacia la caricia.
—Gracias…— susurró.
Luego, con diversión brillando en su mirada, preguntó:
—¿Sabes lo qué me gusta de ti?
Charlie arqueó una ceja, curioso.
—¿Qué cosa?
Babe se movió ligeramente sobre su regazo, rozando su trasero contra él de forma juguetona.
—Tu polla.— respondió con una sonrisa traviesa.
Charlie soltó una risa profunda y genuina.
Babe lo acompañó, riendo también, el sonido ligero y sincero llenando la sala.
—Te digo algo lindo y tú me sales con algo sucio.— dijo Charlie, sacudiendo la cabeza, aunque su mano seguía acariciando posesivamente el trasero de Babe.
Babe se encogió de hombros con inocencia fingida.
—Tú no eres muy romántico que digamos…Pero hablando en serio, sí me gusta tu polla. Sin embargo, lo que más me encanta de ti es tu sonrisa, Charlie. Eres muy guapo cuando sonríes.
Charlie se quedó en silencio un momento, procesando las palabras. Luego respondió con voz más baja y sincera:
—No sonrío mucho. Pero contigo…parece que sale solo.
Babe dio otro mordisco a la manzana y continuó:
—Esa vez que desperté en tu cama…sí estaba asustado, pero también aproveché para abrazarte. Quería sentirte cerca.
Charlie rio suavemente, apretando su cintura.
—¿Lo dices en serio?
Babe se inclinó y mordisqueó la mandíbula de Charlie con los dientes, luego le guiñó un ojo con coquetería.
—No todos los días te encuentras con un hombre atractivo como tú. No iba a desaprovechar la oportunidad.
En ese momento, el celular de Charlie vibró sobre la mesa auxiliar. Babe levantó la vista.
—¿Pasó algo?
Charlie leyó el mensaje y su expresión se mantuvo neutral.
—Prim está muerta.
Babe soltó un simple:
—Qué pena.
Charlie lo miró con curiosidad, inclinando la cabeza.
—¿Por qué, mi amor?
Babe se mordió el labio inferior con una sonrisa lenta y peligrosa. Dio otro mordisco a la manzana, el jugo brillando en sus labios.
Sus ojos azul grisáceo adquirieron ese brillo letal que Charlie tanto reconocía ahora.
—Me hubiera gustado jugar más con ella…Ni siquiera sirvió de calentamiento.
Charlie se quedó mirándolo unos segundos en silencio. Luego soltó una risa baja, oscura, mientras su mano subía por la espalda de Babe bajo la camisa y lo atraía más cerca contra su pecho.
—Eres una belleza tentadora y peligrosa, Babe. Una combinación perfecta.
Babe sonrió contra su cuello, terminando el último bocado de la manzana.
—Y tú eres el único que puede manejarme…aunque anoche casi no lo logras.
Charlie apretó su trasero con más posesividad y besó su sien.
—Anoche solo fue el comienzo. Tengo toda la vida para manejarte…y para que tú me manejes a mí.
Se quedaron así, en el sofá, Babe en el regazo de Charlie, la mano posesiva de este sobre su piel, hablando en voz baja mientras la mañana avanzaba tranquila. La conexión entre ellos ya no era solo tensión: era algo más profundo, más oscuro y completamente suyo.
Una Semana de Confianza
Una semana había pasado desde aquella noche intensa en la que la tensión entre ellos finalmente se rompió. La relación de Charlie y Babe se había vuelto fuerte y sólida, construida sobre una confianza profunda que ninguno de los dos había experimentado antes. Ya no había dudas ni reservas. Charlie, el hombre más frío y poderoso de la mafia tailandesa, se permitía ser vulnerable solo con Babe. Y Babe, el asesino de élite que había sobrevivido al infierno, encontraba en Charlie un refugio y un igual.
Trabajo en el despacho (por la tarde)
El despacho estaba iluminado por la luz suave de las lámparas. Charlie y Babe trabajaban juntos en un gran contrato con una organización vietnamita. Babe estaba sentado en el borde del escritorio de Charlie, con una pierna cruzada sobre la otra, revisando los documentos con atención.
—Mira esta cláusula.— dijo Babe, señalando con el dedo.— Quieren el 35 % de las ganancias del puerto, pero no especifican quién controla las rutas de salida. Es una trampa. Si aceptamos, pueden desviarnos la mercancía y culparnos después.
Charlie se acercó por detrás, apoyando las manos a ambos lados de Babe sobre el escritorio, encerrándolo sin tocarlo del todo.
Su pecho rozó ligeramente la espalda de Babe.
—Tienes razón.— respondió con voz grave y calmada.— ¿Qué sugieres?
Babe giró la cabeza para mirarlo. Sus rostros quedaron muy cerca.
—Contraoferta: nosotros controlamos las rutas y ellos pagan el 40 % por adelantado. Si fallan, perdemos solo el 10 %. Yo puedo encargarme de infiltrar a alguien en su equipo para vigilarlos.
Charlie asintió, orgulloso. Pasó una mano por la cintura de Babe y lo atrajo un poco más contra su cuerpo.
—Me gusta cómo piensas. Eres letal en los negocios tanto como en la calle. Confío en ti completamente, Babe.
Babe sonrió con esa mezcla de dulzura y peligro que tanto gustaba a Charlie.
—Y yo confío en ti para respaldarme si algo sale mal. Somos un equipo ahora.
Charlie besó suavemente su sien.
—Siempre.
Noche en la terraza (después de la cena)
La terraza daba al jardín iluminado y a la piscina. Charlie y Babe estaban sentados en el sofá exterior, con una botella de vino entre ellos. Babe tenía las piernas estiradas sobre el regazo de Charlie, quien acariciaba distraídamente su pantorrilla con la mano.
—¿Sabes?— dijo Babe en voz baja, mirando las estrellas.— Nunca pensé que podría tener esto. Confianza real. Alguien que me vea como soy…sin miedo.
Charlie apretó suavemente su pierna.
—Yo tampoco. Antes de ti, todo era cálculo y poder. Contigo…puedo bajar la guardia. Sé que no me traicionarás. Y sé que si alguien intenta lastimarte, lo destruirás tú mismo.
Babe rio suavemente y se incorporó un poco para mirarlo mejor.
—Exacto. Pero también sé que tú estarás ahí para respaldarme. Como aquella noche con Prim. No dudaste ni un segundo.
Charlie lo miró con intensidad.
—Nunca dudaré de ti, Babe. Eres mi socio. Mi igual. Y eres mío.
Babe se inclinó y depositó un beso lento en los labios de Charlie. No fue apasionado, solo profundo y lleno de cariño.
—Y tú eres mío.— murmuró contra su boca.— Me gusta cuando trabajamos juntos. Me gusta cuando estamos solos así…hablando de todo y de nada.
Charlie sonrió, esa sonrisa rara y genuina que Babe adoraba.
—A mí también. Contigo el silencio nunca es incómodo.
Se quedaron un rato más en la terraza, hablando de planes futuros para la organización, de cómo Babe podía entrenar a algunos de los hombres de Charlie y de pequeñas cosas cotidianas. La confianza fluía natural entre ellos.
Mañana en la cama (antes de empezar el día)
La luz del amanecer entraba por las cortinas. Babe despertó primero y se quedó observando a Charlie dormir. El hombre imponente parecía más relajado, el cabello negro revuelto sobre la almohada.
Cuando Charlie abrió los ojos, Babe estaba apoyado en un codo, mirándolo con una sonrisa suave.
—Buenos días.— murmuró Babe.
—Buenos días, mi amor.— respondió Charlie con voz ronca por el sueño. Estiró el brazo y atrajo a Babe contra su pecho, abrazándolo con fuerza pero con ternura.
Babe se acurrucó allí, pasando una mano por el torso desnudo de Charlie.
—Me gusta despertar así. Saber que estás aquí. Que confías en mí lo suficiente como para dormir profundamente a mi lado.
Charlie besó su frente.
—Confío en ti con mi vida, Babe. No solo con mi organización…sino con todo lo que soy. Eres la primera persona que me hace sentir que no tengo que ser siempre el jefe. Puedo ser solo Charlie contigo.
Babe levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Y yo puedo ser solo Babe. No el asesino, no la víctima. Solo yo. Gracias por darme eso.
Se quedaron abrazados un rato más, hablando en susurros.
—¿Qué quieres hacer hoy?— preguntó Charlie.
—Trabajar contigo en el despacho por la mañana…y luego entrenar juntos por la tarde.— respondió Babe.— Me gusta cuando peleamos en el ring. Aunque siempre terminas ganando.
Charlie rio bajito.
—Porque eres bueno, pero yo soy más grande y fuerte. Aunque admito que me encanta cuando intentas derribarme.
Babe sonrió con picardía.
—Algún día te ganaré. Y cuando lo haga, no te dejaré levantarte tan fácil.
Charlie apretó su cintura con cariño.
—Estoy deseando ese día.
La semana había fortalecido lo que ya era sólido: confianza absoluta, respeto mutuo y una conexión que crecía cada día, tanto en los momentos de trabajo como en los de intimidad tranquila.
Charlie besó la coronilla de Babe.
—Te quiero aquí. Siempre.
Babe cerró los ojos, feliz.
—Yo también quiero estar aquí. Contigo.
El Combate que Terminó en la Pared
La tarde era calurosa en el gimnasio privado de la mansión. Charlie y Babe habían decidido hacer un combate amistoso en el ring central. Ambos estaban sin camisa, sudor brillando en su piel. Charlie, imponente y musculoso, se movía con precisión letal.
Babe, más ágil y rápido, esquivaba y contraatacaba con esa sonrisa peligrosa que siempre volvía loco a Charlie.
Daban todo. Golpes, derribos, agarres. Ninguno se contenía del todo. Hasta que, en un movimiento, Babe soltó un quejido de dolor fingido y se dobló ligeramente, sujetándose el costado.
Charlie se detuvo en seco, preocupado. Se acercó rápidamente, bajando la guardia por completo.
—¿Estás bien, mi amor? ¿En qué parte te lastimé?— preguntó con voz grave, extendiendo la mano hacia él.
Babe aprovechó el momento exacto. Con un movimiento fluido y rapidísimo, lo derribó, se subió encima de él y lo inmovilizó prácticamente ahorcándolo con el antebrazo.
Babe soltó una risa victoriosa.
—¡Te gané!
Charlie parpadeó, todavía en el suelo, y gruñó con una sonrisa.
—Es trampa.
Babe meneó lentamente su trasero contra la entrepierna de Charlie, provocándolo a propósito.
—Claro que no, fue estrategia…Eres tan débil de corazón conmigo, mi amor.— dijo la última palabra con cariño suave, sabiendo cuánto le gustaba a Charlie escucharla.
Charlie soltó un gruñido bajo y, en un segundo, lo tomó del cabello con fuerza, invirtiendo las posiciones. Ahora Babe estaba debajo, con Charlie encima, sus labios rozando el cuello sudoroso de Babe.
—Pequeño tramposo…— murmuró Charlie contra su piel, mordiendo ligeramente.— Te encanta provocarme, ¿verdad?
Babe jadeó y, con un empujón rápido, se escapó de debajo de él. Corrió riendo hacia la salida del gimnasio, directo a la habitación que ahora compartían.
Charlie lo persiguió sin prisa, pero con determinación. Cuando Babe llegó a la puerta e intentó cerrarla, Charlie fue más rápido.
Entró, cerró de un golpe y puso el seguro con un clic seco.
Babe retrocedió un paso, aún sonriendo.
—Admito la derrota…tú ganaste ese combate.
Quiso dirigirse al baño, pero Charlie lo atrapó en dos zancadas. Lo empujó contra la pared con fuerza controlada, inmovilizándolo con su cuerpo imponente.
—Demasiado tarde para huir, mi amor.— gruñó Charlie.
Le bajó los pantalones deportivos y la ropa interior de un tirón, dejándolo completamente desnudo de cintura para abajo. Sin esfuerzo, lo levantó, haciendo que Babe enredara las piernas alrededor de su cintura.
Babe jadeó cuando sintió el miembro duro de Charlie rozando su entrada.
—Cachorro, espera…
Charlie sonrió con esa sonrisa oscura y posesiva, alineándose.
—No voy a esperar.
Y lo embistió con brutalidad, entrando de un solo golpe profundo y violento hasta el fondo.
—¡Ahhh! ¡Charlie!— gritó Babe, la cabeza golpeando contra la pared, los ojos entrecerrados de placer.
Charlie lo folló contra la pared con embestidas rudas y profundas desde el primer segundo, sujetándolo con una mano en su cuello, inmovilizándolo completamente.
La otra mano apretaba su muslo con fuerza posesiva.
—Tan apretado…tan caliente para mí.— gruñó Charlie contra su boca, besándolo con violencia, mordiendo su labio inferior.— Tu culo me traga entero, mi amor. Mira cómo te abres para mi polla…tan perfecto, tan mío.
Babe lloraba de placer, lágrimas de puro éxtasis deslizándose por sus mejillas mientras gemía alto y sin control.
—¡Charlie…! ¡Ahhh…sí…más fuerte…!— sollozaba Babe, las piernas temblando alrededor de su cintura.
Charlie aceleró, follándolo con brutalidad, golpeando su próstata con cada embestida violenta. Bajó la cabeza y capturó uno de sus pezones con la boca, chupándolo con fuerza y mordiendo mientras seguía penetrándolo sin piedad.
—Estos pezones tan duros para mí…— murmuró Charlie, pasando al otro y mordiéndolo.— Tan sensibles. Me encanta cómo se ponen cuando te destrozo contra la pared.
Le lamió y mordió la oreja, susurrando con voz ronca y obscena:
—Escucha cómo te follo…tan mojado, tan lleno de mí. Tu culo aprieta mi polla como si no quisiera soltarme nunca. Voy a follarte hasta que solo puedas sentirme a mí, mi amor. Hasta que gotees mi semen por las piernas cuando te baje.
Babe lloraba y gemía, las uñas clavadas en la espalda de Charlie.
—¡Sí…! ¡Charlie…me estás partiendo…y me encanta…! ¡Más…por favor…!
Charlie apretó un poco más la mano en su cuello, dominándolo por completo, y siguió embistiendo con fuerza salvaje, la pared temblando con cada golpe.
—Eso es…llora para mí, mi amor. Llora mientras te lleno. Eres tan hermoso cuando te rompo así…tan mío.
Babe se corrió con un grito ahogado, su semen salpicando entre sus cuerpos. Charlie no se detuvo. Siguió follándolo a través del orgasmo, gruñendo contra su cuello.
—Ahora yo…— jadeó Charlie, embistiendo más profundo y brutal.— Voy a llenarte hasta que reboses.
Con un último gruñido animal, Charlie se enterró hasta el fondo y se corrió con fuerza, derramando semen caliente y abundante dentro de Babe.
Se quedaron así, pegados a la pared, respirando agitadamente. Charlie besó suavemente las lágrimas de Babe, aún dentro de él.
—Mío.— murmuró contra su boca.
Babe sonrió entre jadeos, rodeándole el cuello con los brazos.
—Tuyo… y tú eres mío, mi amor.
Charlie lo besó con más ternura ahora, sin salir de él todavía.
—Siempre.
Charlie lo besó con más ternura ahora, sin salir de él todavía.
La tarde de entrenamiento había terminado exactamente como ambos querían.
¡FIN!