Parte 1
LOS ARCHIVOS DE CAINE
EL ÓPALO DEL DIABLO:
LA MALDICIÓN DE LA SIERRA ROJA
Curtis Logan
Parte Uno
SAN FRANCISCO, 1875.
ADVERTENCIA PARA EL LECTOR OCASIONAL: Lo que aquí se consigna no es ficción. Es un Compendio del horror que habita en los pliegues de nuestro mundo, en los lugares que los mapas olvidan. Proceda con cautela. La ignorancia es, a menudo, la más durable de las bendiciones.
La ciudad de San Francisco se extendía a lo largo de la bahía, aprisionada entre el mar negro y las colinas más negras aún. El día había muerto hacía mucho rato ya. La noche había descendido con el aplastante peso de una losa, arrastrando consigo una niebla que reptaba por los adoquines húmedos de las calles empinadas, envolviendo los edificios en un sudario de gasa sucia y convirtiendo a los faroles de gas en amarillos fantasmas temblorosos. Éstos intentaban penetrar la penumbra, proyectando halos enfermizos de luz color ámbar que morían a pocos pasos de nacer, incapaces de vencer al espesor de la obscuridad de la noche y deformando las siluetas.
Aquel hálito denso y gris traía consigo el hedor de los muelles, el humo graso del carbón y los secretos del opio quemado en los callejones de Chinatown. Por debajo de todo, el penetrante olor a pez y alquitrán de los cascos en reparación. Hasta los sonidos se volvían traicioneros. Hasta los ruidos propios de la ciudad, tan estridentes durante el día, ahora estaban apagados, como consumidos por la niebla.
El traqueteo del último tranvía de cable en la línea de Clay Street sonaba lejano y metálico. Las risas que estallaban tras las puertas batientes de un saloon de la calle Pacific llegaban amortiguadas, diríase que ahogadas. Un ocasional repique de cascos sobre los adoquines de las húmedas calles parecía desvanecerse en la nada unos segundos después de haber sido escuchado. Hasta la campana de un barco en la bahía sonaba hueca, distante, como un postrer lamento.
En un promontorio apartado de Nob Hill, donde la niebla era más densa y el silencio más profundo, se erguía Blackthorn Manor. Era esta una réplica perfecta de una casa de campo georgiana inglesa, de ladrillo rojo envejecido por el salitre y cubierto de hiedra virulenta. Bajo la luz espectral de la luna filtrada por la niebla, su forma era un recorte severo y rectangular contra el cielo turbio. Esa noche, sólo una ventana brillaba en toda su fachada oscura, un cuadro de luz amarilla en la torre norte, la ventana del estudio.
Esbozados levemente a través de la errática luz de la luna y los jirones de la niebla, dos figuras se destacaron unos instantes en el sinuoso camino de piedra y avanzaron hacia la entrada de la mansión. Vacilaron unos momentos al encontrar las pesadas puertas de roble centenario entornadas, y luego el más decidido de ellos empujó la hoja para permitirles el paso al interior del inmueble. Súbitamente, el segundo individuo se adelantó, colocando su mano en el brazo del otro.
—Un momento, Jefe —dijo con voz queda—, huele a sangre.
—Yo también la huelo, Solano —respondió el aludido en voz baja también—. Procedamos con cautela.
Se adentraron en las tinieblas del recibidor. La oscuridad era completa, pesada y densa. Se movían en el silencio abriéndose paso a través de un laberinto de salones y pasillos, confiando en el tacto, encontrando a tientas los marcos de las puertas y los muebles de roble. Solano olfateaba el aire, percibiendo el aroma dulzón de la sangre.
La oscuridad, sin embargo, comenzaba a ceder más adelante, teñida de un matiz ambarino. Una claridad baja, temblorosa, se escapaba por el hueco de una escalera y vomitaba una lengua de luz amarillenta sobre los peldaños superiores. Era la luz del estudio, la que habían visto desde el exterior.
Al pie de las escaleras, Solano se deslizó al frente con un movimiento fluido y silencioso. Subió sin hacer ruido, con cada paso calculado, seguido de Caine, que ascendía con más cautela detrás de él.
Al llegar al umbral, Solano se pegó al marco de madera, con su figura protegida por la sombra del dintel. Con un movimiento casi imperceptible, se quitó el sombrero y luego asomó apenas un ojo, barriendo el interior de la habitación. Fue una exposición brevísima, pero eso le bastó. Se enderezó y se volvió hacia Caine, que ya estaba a su lado. Con un gesto de su mano, apenas visible en la penumbra, se señaló a sí mismo y luego a la puerta. Caine, sereno, asintió una vez. Solano giró, centró su peso, y con un seco golpe de su bota junto a la bisagra, abrió la puerta de par en par. La hoja de roble golpeó la pared interior con un estallido que quebró el silencio existente. El cuadro completo se desplegó entonces ante ellos, bañado en la luz agónica y danzante que surgía de la habitación.
Las figuras de los dos hombres se hicieron visibles a la incierta claridad que emanaba del candil de queroseno.
Caine era un hombre alto, de quizás seis pies y una pulgada. De complexión engañosamente delgada, su rostro era pálido y anguloso, y sus ojos grises y gélidos, analíticos, sugerían a alguien acostumbrado a páramos oscuros y fríos. Llevaba un Stetson de ala ancha, el frock coat gris oscuro, reforzado en los codos, le daba el aire de un caballero. No llevaba revólver visible, aunque sostenía firmemente, como si fuera un arma, un bastón de fresno con empuñadura de plata. En la mano izquierda, aferraba un pequeño maletín de cuero. Un relicario de plata en su chaleco brillaba débilmente, como el ojo de un cíclope.
A su lado, un paso adelantado y en una postura baja, estaba Solano. Aunque más bajo y macizo que Caine, daba la sensación de una agilidad felina, como un puma a punto de saltar sobre su presa. El rostro, curtido como un cuero viejo bajo el ala de su sombrero “Boss of the Plains” con una banda de piel de cascabel, estaba quemado por el sol del desierto, un leve bigotito negro sobre su labio superior, al estilo de los hacendados mexicanos, y sus pómulos altos denotaban su origen. Los ojos negros, profundos como pozos sin fondo, apenas parpadeaban mientras revisaban rápidamente la habitación. Llevaba un sarape de lana gruesa en tonos tierra y gris que dejaba ver un rígido "buscadero" de cuero atado al muslo con una cuerda, y un cuchillo Bowie masivo de hoja ancha y mango de asta de ciervo, en una funda de cuero bordada con hilos de colores chillones.En su mano derecha, desenfundado y amartillado, portaba un Colt Single Action Army de cañón recortado, inclinado levemente hacia abajo. Del otro lado de la ancha faja de cuero que sujetaba su sarape, la culata nacarada de un segundo Peacemaker, éste de cañón estándar, asomaba de su funda cruzada. Sus botas eran altas, con espuelas de estrella mexicana silenciadas con tiras de cuero.
El estudio era un vasto salón circular, forrado de estanterías que contenían volúmenes polvorientos encuadernados en cuero antiguo, mapamundis desgarrados y extraños artefactos cubiertos por las telarañas y la penumbra. En su centro, un trípode volcado, botellas de vidrio rotas, polvo de plata esparcido como escarcha y una alfombra persa gruesa, ahora empapada en un charco de sangre oscura y pegajosa. Cerca de un pesado escritorio de caoba, el cuerpo de un anciano yacía de espaldas sobre el líquido viscoso, con sus ojos vidriosos mirando al techo en una expresión de terror y sorpresa, congelados en su cara al momento de su muerte. De su cuello, clavada con una obscena precisión, sobresalía la empuñadura pintada de colores chillones y descascarados de un cuchillo. Su delgada y fina hoja se había hundido hasta el mango en la carne ya cenicienta del cadáver. Sobre la alfombra, cerca de su mano extendida, un estuche de terciopelo negro yacía abierto y vacío.
—El ópalo —murmuró Caine, más para sí mismo que para Solano. Su voz se confundió con el tenue silbido del gélido viento que se filtraba por la ventana abierta.
Mientras Solano se movía con pasos ligeros hacia la ventana abierta, Caine se arrodilló junto al cadáver del anciano.
— ¿Vaya manera de morir no? — soltó Solano, mientras revisaba el alféizar de la ventana — no salió por aquí.
— es un cuchillo de feria — sentenció Caine. — no fue apuñalado. Le lanzaron el arma, cuando estaba vuelto de perfil a su asesino.
— debe ser endiabladamente bueno ese lanzador — Silbo Solano.
— y se llevó el Ópalo.
Justo entonces se escucharon pasos apresurados subiendo por la escalera.
— le digo que escuche algo, Marshall— decía una voz femenina algo chillona por la emoción, con cierto matiz musical.
— Fue su padre quien nos ordenó que vigilaremos la casa por fuera señorita…—le contestó un vozarrón grave, de acentos autoritarios.
Caine se levantó lentamente.
— las manos alejadas de las armas, Solano—ordenó— Pero mantente alerta y no dudes en disparar si ves algo anormal.
— como siempre Doctor.
Caine levantó las manos justo cuando empujaron la puerta y dos figuras entraron precipitadamente.
Lo primero en ocupar el umbral fue la mole de un hombre de complexión ancha y poderosa, con un torso que recordaba a un barril de roble y unos hombros que llenaban el dintel casi de lado a lado. pero su peso no provenía de la flacidez, sino de esa corpulencia ruda, construida a base de estar por décadas entre cabalgatas y peleas en salones fronterizos. Vestía una levita de cuero pesado, curtida por el polvo y la lluvia, que caía sobre un chaleco de lana gris donde, con autoridad, brillaba una estrella de plata de cinco puntas. Sus pantalones de lona reforzada desaparecían dentro de unas botas de montar de caña alta, cuyos tacones metálicos resonaron sobre el entablado del suelo con contundencia. Alrededor de su generosa cintura, un cinturón de cartucheras de cuero negro, reluciente por el uso, sostenía una pesada hebilla de latón. Del otro lado, una funda cruzada albergaba un revólver Colt Army Model 1860.
En sus manos, con una firmeza que nacía de la experiencia, portaba una escopeta de dos cañones recortada, una Coach Gun. Los negros orificios de los cañones, acortados para maniobrar en interiores , barrieron la habitación con una precisión mecánica hasta detenerse en el pecho de Solano, el cual alejo las manos de sus armas, pero no las levanto.
La cara de aquel marshall era cuadrada, con una mandíbula masiva que parecía tallada en granito, una red de arrugas profundas surcaba su piel curtida, coronada por un bigote grisáceo, espeso y rígido como un cepillo de alambre, que ocultaba una boca que parecía acostumbrada a dar órdenes que no admitían réplica, Su nariz, rota y mal soldada por alguna trifulca pasada, respiraba con un leve silbido. Un sombrero Stetson de ala ancha, el ala frontal doblada hacia arriba por la costumbre, completaba su figura, dejando ver una frente baja y una mata de pelo grisáceo y rebelde. Tras él, se oían los pasos pesados y las voces contenidas de sus ayudantes,dos o tres, a juzgar por los ecos.
Bajo sus pesados párpados , sus ojos, del color del acero oxidado, barrieron la habitación con velocidad y eficiencia, evaluando la escena en segundos, el cadáver, el estuche vacío, y finalmente se clavó en Solano y Caine.
—¡Ni un movimiento! —tronó su voz, mientras ingresaba al cuarto —. Marshall Vane, del distrito de San Francisco. Bajen las armas o este estudio se convertirá en un matadero antes de que puedan parpadear.
— Este sitio ya es un matadero, Marshall— dijo Caine, pronunciando las palabras lentamente.
justo en ese momento, detrás del Marshall se asomó una figura y entró decididamente a la habitación.
La luz trémula de la lámpara de petróleo que ella misma portaba, reveló el rostro de aquella joven con la crudeza de un daguerrotipo. Su cara era un óvalo puro, de líneas suaves pero con firmeza ósea bajo la piel clara, una piel que en otro contexto hubiera sido descrita como de marfil, pero que aquí, a la luz danzante, parecía más bien de alabastro frío. Sobre este fondo pálido, las pecas esparcidas por sus pómulos altos no eran motas casuales, sino como polvo de oro finísimo, Sin embargo, la agitación del momento había traído a la superficie una viva constelación de manchas rojas, quizás provocadas por la situación, que florecían en el mentón, y los laterales de la barbilla, rompiendo la perfección de su piel como pequeñas grietas en porcelana fina.
Lo más cautivador, no obstante, eran sus ojos, tal como se fijó Caine de inmediato. Grandes, de un verde profundo salpicado de motas grises como el musgo sobre piedra húmeda, tenían la forma almendrada de las vírgenes en los iconos bizantinos. Las cejas, de un castaño oscuro que contrastaba dramáticamente con su cabello rojo, se arqueaban sobre ellos con una línea perfecta, como si hubieran sido dibujadas a pincel, enfatizando cada centímetro de su mirada. La nariz, recta y fina, respiraba con una ligera elevación en la punta. Y bajo ella, la boca. Labios de un rosa natural intenso, bien delineados, tan definidos que parecían esculpidos. En ese momento estaban entreabiertos, congelados en el inicio de un grito que se había ahogado en la garganta, mostrando el brillo húmedo y fugaz de los dientes, mientras el mentón, redondeado y prominente, añadía un toque de testarudez a su perfil. Y enmarcando aquel rostro juvenil, la corona de fuego de su cabello. Un rojo cobrizo, denso y vivo, escapaba en mechones rebeldes del moño práctico que lo sujetaba atrás, enredándose alrededor de su cuello esbelto y cayendo sobre sus sienes en bucles vibrantes, donde una vena azulada latía con fuerza bajo su pálida piel.
Vestía un traje de calle de lana merino en un tono de morado tan denso y profundo que, lejos de la luz, se confundía con el negro. El vestido, abrazaba su figura con severidad, un corpiño ajustado moría en un cuello alto, cerrado por un broche de azabache que brillaba como un ojo ciego en su garganta. La falda, despojada de las antiguas y pomposas crinolinas, se estrechaba sobre sus caderas antes de caer en un pequeño polisón que arrastraba una breve cola sobre el roble, siseando como una advertencia. Las mangas, ajustadas hasta el codo, terminaban en un puño sencillo.
—¿Y bien? —ladro Vane, su voz rompiendo el trance,bajando un grado el cañón de la escopeta hasta apuntar a la rodilla de Caine—. Explíquese antes de que decida que es más fácil llevarlos a la morgue que a la prefectura.
Caine no apartó la mirada.
—Vinimos a ver al profesor. Habíamos quedado para esta noche. Él quería discutir un asunto relacionado con un artefacto de su colección. Un ópalo. Cuando llegamos, la puerta estaba así. Lo encontramos de esta manera. Lamentablemente, la muerte le llegó con una puntualidad que yo no pude igualar.
—¡Un cuento de hadas! —estalló el Marshall Vane. Su bigote de cepillo pareció erizarse— Thorne me pagó para vigilar este perímetro porque no confiaba en un comprador que apareció a última hora… le daba mala espina…
—Papá… —la joven se quedó petrificada, mirando el cuchillo de feria que brotaba del cuello de su padre. había dejado la lámpara temblorosa en una mesa lateral y avanzaba, hipnotizada, hacia el cuerpo. Su respiración se quebró en un jadeo seco. Luego, con un esfuerzo visible, desvió la mirada del cadáver y la clavó en Caine, con sus ojos verdes ahora brillantes con una lucidez dolorosa—. Él… él si esperaba a alguien, Marshall. Un amigo de Europa. Alguien que, dijo, sabía de la Maldición del ópalo del Diablo. No a un comprador cualquiera…
— ¿que tiene que decir a eso señor…?—El tono de la voz del Marshall bajó un poco su amenaza, pero siguió con su escopeta preparada.
— Doctor Sebastian Caine. Debe referirse a mí, señorita Thorne. Su padre y yo cruzamos algunas cartas en los últimos meses. Me invitó a venir.
— ¿Eso es cierto, Señorita Thorne?
—Caine… —murmuró ella—. Sí. Ese es el nombre que figura en las cartas. Recuerdo... recuerdo vagamente algo… Yo debía tener… diez, quizás doce años. Usted vino a cenar una vez. Trajo… trajo un libro para mí. Un libro de ilustraciones de… fósiles…
—Fósiles de los Montes Metálicos de Bohemia —completó Caine con suavidad— Hace diez años exactamente, Usted se mostró más interesada en los trilobites que en la sopa.
El ceño de Silas Vane se frunció un milímetro, y luego bajó la escopeta.
—Entienda que esto no lo descarta como sospechoso, doctor. ni tampoco a su amigo mexicano.
Caine bajo las manos y Solano sonrió ferozmente, mostrando sus dientes blancos y afilados como un lobo, pero no dijo nada.
—¿Y qué hay del otro? —preguntó Caine, volviéndose de nuevo hacia Vane, aprovechando el momento.
El Marshall lo miró con atención, sin comprender.
—El comprador que alarmó a sir Alistair hasta el punto de contratar vigilancia. —la voz de cain se endureció— ¿Dejó nombre?
Esta vez fue Eleanor quien respondió, Con un esfuerzo visible, como si desgarrara su propia piel, desvió la mirada del cadáver y la clavó en Caine. Sus ojos verdes, ahora brillantes, lo escrutaron.
—Sí. Dejó una tarjeta de visita en el recibidor, la semana pasada. Un nombre eslavo, difícil. La guardé. Vrolak. Anton Vrolak.
Caine no se inmutó, ningún músculo de su rostro se movió. Pero sus ojos grises parecieron enfriarse diez grados, aquel apellido sonaba muy parecido a una palabra en eslavo sobre cosas que no se nombran a la luz del día.
—Interesante —fue todo lo que dijo.
Silas Vane dio un paso al frente, sin apartarse mucho del marco de la puerta.
—que forma tan perra de morir—dijo mirando el cuerpo del difunto— no es la manera de matar a un hombre. si es que hay una manera correcta de matar… lo siento señorita thorne…
La joven se cubrió el rostro con las manos, y sus hombros se movieron nerviosamente, pero de su garganta no escapó más que un sonido ahogado.
—Es un cuchillo de lanzamiento de feria, Marshall —corto Caine—. mango pintado para ser visible, hoja delgada y ligera para el vuelo, sin guarda. No fue un apuñalamiento. Fue un lanzamiento certero, desde al menos quince pies de distancia, calculando la parábola y la caída. Su asesino nunca estuvo a su alcance. O… —hizo una pausa significativa— no tuvo necesidad de estarlo.
—Es un maldito artista de circo entonces—gruñó Vane— la única feria que tiene un lanzador ahora mismo es El Gran Pabellón de Rarezas y Artes Letales de Van Ruysdael en Barbary coast. Una troupe de gitanos se instaló hace tres días allí y tuvimos que hacerle un chequeo de rutina.
—perfecto—convino Caine— esa será nuestra línea de investigación.
—un momento amigo—rugió el Marshall levantando su escopeta de nuevo, los negros orificios de los cañones, del tamaño de monedas de oro, barrieron la habitación con una precisión mecánica hasta detenerse en el pecho de Solano.— Si alguien debe investigar, ese seré yo. usted y su amigo siguen siendo sospechosos de un asesinato, y el robo de una joya.
—ya la señorita thorne me identifico como amigo de su padre, Marshall, mientras usted nos retiene, el asesino probablemente esté escapando.
—He escuchado suficiente. Van a acompañarme a la prefectura. Allí, entre cuatro paredes y con buen alumbrado, aclararemos esta situación. ¡Jenkins! ¡Doyle! ¡Desármenlos!
Dos ayudantes fornidos, con caras de saber dominar borrachos, emergieron de las sombras del pasillo. Con movimientos bruscos pero profesionales quitaron el bastón de empuñadura plateada a Caine. El ayudante que registró a Caine encontró el relicario frío en su chaleco, el pequeño maletín de cuero, y un Webley RIC de cañón corto, oculto en un bolsillo de su frock coat , que le arrebató. Solano, bajo la mirada fija de los dos cañones de la escopeta, permitió que le quitaran los Colts y el Bowie.
—Dado que es amigo del difunto, no voy a ordenar que los lleven atados—el marshall no dejaba de apuntarlos— Pero no hagan ningún movimiento brusco, tengo el dedo muy inquieto hoy. Señorita Thorne, lo siento por su pérdida. Haré que el oficial Doyle se quede con usted hasta que llegue el médico forense.
Eleanor, pálida como la cera, miraba la escena desde junto al cuerpo de su padre. Su mirada saltó de los ojos de Caine al rostro impasible de Solano, luego al estuche vacío que yacía como una boca negra abierta en la alfombra.Algo había sembrado en ella una duda profunda sobre la culpabilidad de aquellos dos hombres. Pero las pistolas y las estrellas de plata mandaban. Asintió, muda, con un gesto que era casi un espasmo.
—Un momento, Marshall —dijo Caine.
— ¿qué diablos quiere ahora?
— Permítame al menos un último gesto de civilización antes de que nos conduzca por las calles como criminales.
—¿A qué se refiere? —Vane frunció el ceño.
— Necesito un cigarro.
—Solo uno —gruñó Vane, bajando el cañón de la escopeta hacia el suelo. — Pero mantenga las manos donde pueda verlas.
— No llevo otras armas, ya sus hombres lo han comprobado. —Caine mantuvo las manos a la vista, moviéndolas lentamente hacia el bolsillo interior de su chaqueta—Solo mi tabaquera.
Un cigarro no parecía una amenaza. Asintió con un gesto brusco.
— que sea rápido.
Caine extrajo una fina tabaquera de plata y seleccionó un cigarro oscuro, de olor acre. Luego, con el mismo movimiento deliberado, buscó una cerilla en el otro bolsillo y con la misma mano que sostenía la tabaquera, sacó también el relicario de plata que colgaba de su pecho, desenganchándolo de la cadena con un movimiento fluido.
El objeto era una pieza de orfebrería singular, su superficie no era lisa, sino que estaba cubierta por un intrincado grabado de figuras geométricas que parecían entrelazarse como escamas de metal. Caine sostuvo el relicario a la altura de su pecho, justo donde la luz agónica de la lámpara de petróleo de Eleanor arrancaba destellos de las aristas de plata. Con un movimiento deliberado, apoyó la cabeza de la cerilla contra una de las ranuras del grabado.
Todos observaron con curiosidad aquel pequeño ritual. Solano retrocedió un paso hacia las sombras de la estantería, mientras que una esquina de su boca se curvaba ligeramente, de manera casi imperceptible.
El sonido del rascado contra el metal fue seco, casi musical. Una llama amarilla y nerviosa brotó, iluminando por un instante su rostro anguloso desde abajo, proyectando sombras grotescas sobre sus pómulos. Pero no llevó la cerilla al cigarro de inmediato. En su lugar, la mantuvo encendida justo detrás del relicario abierto. La llama, multiplicada por las caras internas del relicario, se convirtió en una constelación de puntos de luz que empezaron a girar rítmicamente.
—Mire el centro, Marshall. Mire en el corazón de la plata —ordenó Caine. —La luz, en esta penumbra, es un fenómeno fascinante — su voz adoptó un tono monocorde.
Los ojos del Marshall Vane, por puro instinto, siguieron el movimiento. Los de los ayudantes, Jenkins y Doyle, también. Eleanor, aturdida por el dolor y la confusión, encontró su mirada atraída por aquel punto brillante que giraba y parecía multiplicarse.
Caine seguía hablando, su voz era un martilleo rítmico que se fundía con el silbido del viento y el crepitar de la llama. Las pupilas de Vane se dilataron. La escopeta bajó unos milímetros. Los ayudantes parpadearon lentamente, las expresiones de alerta de sus caras dieron paso a una vacuidad tranquila. Eleanor sintió cómo el peso del dolor en su pecho se entumecía, reemplazado por una ligera flotación, como si estuviera sumergida en agua tibia.
Caine no dejaba de mover la cerilla. Una gota de sudor frío le recorrió la sien. Este era el momento más delicado, donde un titubeo, un ruido fuerte, podía romper el frágil encantamiento. aquello no era magia en el sentido vulgar del término y lo que el vulgo conoce como tal. aquello era la aplicación extrema de principios de sugestión mesmerica, una ciencia oscura y desacreditada en occidente, que él había refinado a través de años de estudio hurgando en antiguos códices perdidos en bibliotecas por toda Europa y con la práctica en sesiones con ascéticos monjes orientales y yoguis indios .
Sin embargo, el esfuerzo de doblegar cuatro voluntades a la vez bajo el parpadeo de una sola cerilla exigía un tributo. Caine sintió un sabor metálico en la boca y una punzada de calor tras los globos oculares, era el precio de forzar las leyes de la percepción en aquellas mentes y en especial una tan obstinada como la de Silas Vane.
—Usted ha realizado su deber, Marshall Vane —pronunció Caine, cada palabra clara y cargada de intención—. Ha interrogado a los presentes. usted no ha encontrado pruebas contundentes para retener a estos hombres. Su investigación lo requiere en otro lugar. Los dejará ir. Se girará y atenderá a la señorita Thorne. Es lo correcto. Es lo lógico.
Vane intentó parpadear, pero sus pupilas estaban dilatadas, atrapadas en el trance de luz. Eleanor, situada justo detrás del Marshall, también quedó atrapada en el campo visual; sus ojos verdes, ya dilatados por el shock, se volvieron vidriosos, fijándose en el destello del metal como si fuera un sol lejano. ambos ayudantes cayeron en aquel influjo magnético de la misma forma. solo Solano, que volteaba su vista hacia la oscuridad, y recitaba un cántico apache estaba fuera de la influencia de Caine.
—Al despertar —sentenció Caine—, recordará que el Doctor y su acompañante se marcharon bajo su propia responsabilidad, prometiendo presentarse en la prefectura al alba. No estamos huyendo , Marshall. Solo hemos establecido un acuerdo entre caballeros.
Entonces, Sebastián Caine hizo su jugada final. Con un flick de su muñeca, lanzó la cerilla encendida hacía al aire. Todos los ojos, ya cautivos, siguieron el arco brillante de la pequeña estrella fugitiva. En el instante en que alcanzó el punto más alto de su trayectoria, Caine dejó caer su voz al mínimo susurro, pero cargado de una autoridad absoluta.
—Ahora.
El efecto fue instantáneo. Las miradas se nublaron, los cuerpos se relajaron. La escopeta del Marshall se bajó del todo. Los ayudantes se frotaron los ojos como despertando de un sueño. Eleanor parpadeó, desorientada, la imagen del arco de fuego aún grabada en su retina.
la cerilla siseo en el aire y se apagó antes de caer al suelo, rebotando entre las tablas.
Caine no perdió un segundo. Con movimientos fluidos pero no apresurados, se acercó al ayudante más cercano, Doyle, y tomó su bastón de la mano floja del hombre, además de su revólver. Luego recogió su maletín de cuero. Solano, sin necesidad de órdenes, había ya recuperado sus Colts y su Bowie de las manos pasivas de Jenkins.
—Vámonos —murmuró Caine a Solano. Su rostro estaba pálido, con un fino velo de sudor en la frente. El esfuerzo mental había sido extenuante.
Al pasar junto al Marshall, Vane los miró, pero su expresión era la de un hombre que no sabe con que ha tropezado.
—Ustedes… pueden irse —masculló, la voz ronca—. No hay… pruebas suficientes. Doyle, atienda a la señorita.
Caine y Solano cruzaron el umbral y comenzaron a bajar la escalera a paso rápido.
—Marshall, ¿qué… qué ha pasado?— detrás suyo oyeron la voz de Eleanor, débil y confusa, Pero ya estaban en la penumbra del recibidor, y luego salieron a la noche fría de San Francisco, donde la niebla los envolvió como un manto.
—Eso ha estado demasiado cerca, jefe —susurró Solano, ajustando el sarape sobre sus hombros— ¿Cuánto le durará el sueño al hombre grande?
—No lo suficiente —respondió Caine, respirando hondo el aire salino—. Una hora, o menos. La voluntad de ese hombre es como el granito. Despertará con un dolor de cabeza infernal y un recuerdo… incompleto. quizás sea lo suficiente para venir tras nosotros si no nos presentamos mañana en su oficina.
—¿y lo haremos?—la mirada de solano fue suspicaz al decir esto.
—depende de lo encontremos en esa feria—dijo Caine, intentando sonreir—depende de lo que encontremos.
—Entonces mejor nos damos prisa, jefe —dijo Solano, señalando con la cabeza hacia el este, donde las luces y los ruidos del distrito de Barbary Coast manchaban la bruma de un resplandor sórdido—. A la feria de rarezas.
Caine asintió, apretando el puño de plata de su bastón. Alrededor de ellos, la niebla de San Francisco parecía cobrar una vida propia, reptando entre sus pies y ascendiendo fríamente por los callejones.
Había comenzado una nueva cacería en su guerra privada contra aquello que habitaba en la oscuridad, en el margen ciego del mundo, donde la humanidad dormida soñaba el haber dejado los horrores en los que no creía.