Ιηтяσ∂υċċιση
El campo parecía existir en un tiempo distinto al resto del mundo, como si hubiera quedado atrapado en una versión antigua de la realidad donde nada tenía prisa por cambiar. Cada amanecer se repetía con una paciencia casi inquebrantable, derramando una luz dorada sobre la tierra húmeda, los caminos de polvo y las cercas de madera que dividían los terrenos como si también dividieran destinos. El viento siempre olía igual; a pasto, a animales, a trabajo constante. Era un lugar donde todo seguía un orden silencioso, donde cada vida parecía saber de antemano cuál era su lugar sin necesidad de cuestionarlo.
Aun así, en ese sitio tan rígido y predecible, había algo que no encajaba del todo, una presencia que rompía la armonía sin siquiera intentarlo.
Jimin había nacido allí, pero desde muy temprano entendió que no pertenecía completamente a ese mundo. Creció entre rutinas heredadas, manos cansadas de trabajar la tierra y la firmeza silenciosa de unos abuelos que hicieron lo posible por reemplazar la ausencia de sus padres.
La vida en la granja no era cruel, pero sí constante, y en esa constancia no había mucho espacio para preguntas. Se le enseñó a levantarse temprano, a obedecer el ritmo de la tierra y a entender que el esfuerzo era la única forma de existencia aceptada.
Pero incluso dentro de ese aprendizaje tan concreto, Jimin desarrolló algo que no encajaba con lo que lo rodeaba, una forma de mirar el mundo como si siempre hubiera algo más allá de lo visible, algo que nadie más parecía notar o querer buscar.
No era simplemente un omega dentro de un entorno tradicional; era alguien cuya sola presencia parecía desentonar con el paisaje. Su apariencia delicada y etérea lo hacía destacar sin esfuerzo, pero no era eso lo que realmente llamaba la atención, sino la sensación constante de que pertenecía a otro lugar, a otra versión del mundo que no se encontraba en ese campo.
Su forma de vestir, siempre cuidada, siempre distinta a lo esperado, no era un acto de rebeldía consciente, sino una extensión natural de lo que llevaba dentro, una necesidad de belleza en un entorno que rara vez la reconocía.
Incluso cuando intentaba mezclarse con la normalidad del lugar, había algo en él que seguía brillando, algo que lo hacía imposible de ignorar.
A medida que crecía, esa diferencia dejó de ser solo una percepción interna y comenzó a volverse evidente para los demás. Las miradas se detenían en él más de lo necesario, no siempre con mala intención, pero sí con esa curiosidad que aparece cuando alguien no encaja del todo en las reglas no escritas de un lugar.
Los alfas del pueblo lo observaban como si su existencia fuera algo que debía explicarse, como si su destino estuviera ya definido por su condición, por su apariencia y su silencio selectivo.
En ese mundo donde las jerarquías se daban por sentadas, Jimin parecía ocupar un espacio incómodo, demasiado visible para ser ignorado, demasiado distinto para ser comprendido.
Y, aun así, dentro de él, nada de eso lograba apagar lo que realmente lo movía.
Desde pequeño encontró refugio en algo que nadie en la granja entendía del todo, el dibujo. No era un pasatiempo ni una distracción, sino una necesidad tan básica como respirar.
En los cuadernos que guardaba con cuidado se formaban mundos que no existían en el campo, figuras que no obedecían a la lógica del lugar donde vivía, colores que no tenían nombre en su realidad cotidiana. Allí no había tierra seca ni cercas ni rutinas repetidas; había movimiento, libertad, formas que parecían desafiar la idea misma de lo posible.
Dibujar era la única forma en la que el mundo dejaba de ser una estructura cerrada y se convertía en algo que podía expandirse.
Con el tiempo, esa necesidad de crear dejó de ser solo una forma de escape y empezó a transformarse en una dirección. Jimin ya no dibujaba únicamente para imaginar otros mundos, sino para intentar llegar a ellos. El diseño de moda apareció en su vida no como un sueño repentino, sino como una respuesta natural a todo lo que siempre había sentido.
Cuando descubrió la posibilidad de una beca para estudiar en el extranjero, no fue una sorpresa ni una casualidad, sino la primera vez que su deseo encontró una puerta real. Pero incluso las puertas abiertas venían acompañadas de obstáculos que no eran visibles a simple vista.
La beca no cubría todo, no resolvía la distancia entre su realidad y el futuro que imaginaba, no eliminaba el miedo de dejar atrás todo lo que conocía.
Y en ese punto exacto, donde la ilusión comenzaba a mezclarse con la incertidumbre, donde el deseo se volvía más grande que la posibilidad, algo en su vida comenzó a moverse de una forma que aún no podía entender.
Porque el cambio no siempre llega de forma evidente.
A veces simplemente aparece.
Y cuando lo hace, ya es demasiado tarde para ignorarlo.
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