McRusa con Extra de Crema

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Solo Sexo.

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Complete
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1
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n/a
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18+

Capítulo 1

La noche en la ciudad era pegajosa y vibrante, pero el aire acondicionado dentro del Porsche 911 negro de Satoru Gojo mantenía el ambiente a unos gélidos dieciocho grados.

Satoru conducía con una sola mano, la otra tamborileaba sobre el muslo de su pantalón de sastre. Llevaba una camisa blanca de seda, desabrochada hasta la mitad del pecho, y sus gafas oscuras descansaban sobre el puente de su nariz, ocultando esos ojos azules que parecían leer los pensamientos pecaminosos de cualquiera que se cruzara en su camino.

Eran las 2:15 AM. Satoru no tenía hambre, pero había visto un video viral sobre una sucursal específica de McDonald's en las afueras, una donde la gerencia parecía haber perdido el control sobre el código de vestimenta de las empleadas del turno nocturno. Giró el volante con pereza y entró en el carril del Drive-Thru. No había más coches.

El eco de su motor retumbaba contra las paredes de cemento. Se detuvo frente al altavoz, pero antes de que pudiera decir una palabra, una voz femenina, ronca y cargada de un desdén juguetón, rompió el silencio.

—Avanza a la segunda ventanilla, guapo. No pierdas el tiempo hablando con una máquina.—

Satoru esbozó una sonrisa ladeada. Esa confianza le gustaba. Soltó el freno y dejó que el coche se deslizara hasta la ventanilla iluminada por luces fluorescentes blancas que hacían que todo pareciera más crudo y real.

Cuando el cristal del Porsche bajó por completo, Satoru se bajó las gafas hasta la punta de la nariz. Lo que vio lo hizo soltar una carcajada genuina.

—A chinga... —murmuró, recorriendo con la mirada lo que tenía delante—. En McDonald's ya venden McRusas y nadie me avisó.—

La mujer apoyaba ambos codos en el marco de la ventanilla, inclinándose hacia fuera para quedar casi a la altura de Satoru. Llevaba una visera roja de la marca ladeada sobre un cabello oscuro y algo desordenado. Pero el resto del conjunto era lo que desafiaba cualquier norma de sanidad o decencia. Vestía un top de algodón de rayas rojas y blancas, tan corto que terminaba justo debajo de sus pechos, dejando a la vista un vientre plano y una cintura estrecha. Sobre el top, un overol amarillo de tirantes finos apenas cumplía su función; los laterales del overol estaban abiertos, revelando los costados de sus tetas, y el frente estaba tan bajo que la curva superior de estas grandes y pesadas, desbordaba el tejido amarillo con cada respiración que daba.

—¿Te gusta lo que hay en el menú, o vas a seguir babeando sobre tu tapicería de cuero? —preguntó ella. Sus ojos recorrieron el reloj de oro de Satoru y luego se clavaron en su rostro.

—El menú de la pared es basura —respondió Satoru, dejando que su mirada se detuviera descaradamente en el escote de la mujer.

La piel de sus pechos se veía pálida y suave bajo la luz blanca, con un par de venas azules apenas visibles que delataban la presión del top.

—Estoy buscando algo que no esté anunciado. Algo con mucha carne y que venga... caliente.—

La mujer soltó una risa seca y se inclinó un poco más. El movimiento hizo que el overol se separara un centímetro de su pecho, permitiendo que Satoru viera la sombra de un pezón oscuro rozando la tela de rayas.

—Ese pedido es caro, rubio. Y la cocina está "cerrada" para el público general.—

Satoru sacó un fajo de billetes del compartimento central y lo dejó sobre el mostrador, justo al lado de los dedos de la chica. Eran billetes de cien, al menos diez de ellos.

—No soy el público general —dijo Satoru con voz baja y peligrosa.—Quiero el especial de la casa. Quiero que salgas de esa caja de plástico, te subas a este coche y me enseñes qué tan rápido puedes servir una McRusa completa.—

La mujer miró el dinero y luego miró hacia atrás, asegurándose de que el gerente estuviera en la oficina del fondo. Se mordió el labio inferior, una acción que hizo que Satoru apretara el volante con fuerza. Ella estiró la mano, tomó el dinero y se lo guardó directamente entre el pecho y el overol amarillo, dándole a Satoru una vista privilegiada de cómo sus dedos hundían la carne blanda para asegurar los billetes.

—Estaciona detrás, donde no llegan las cámaras del carril —ordenó ella, con una mirada que prometía exactamente lo que Satoru buscaba. —Dame dos minutos. Tengo que "marcar mi salida".—

Satoru subió la ventanilla sin dejar de mirarla. La vio darse la vuelta, revelando que el overol apenas cubría la mitad de su trasero, dejando las nalgas expuestas con un hilo dental rojo que desaparecía entre ellas.

—Esto va a ser mucho mejor que una hamburguesa —se dijo Satoru a sí mismo, acelerando el motor mientras rodeaba el edificio hacia la oscuridad del callejón trasero.

Satoru apenas había apagado las luces del Porsche en el rincón más oscuro del estacionamiento cuando la puerta del copiloto se abrió. El olor a fritura barata y perfume dulce de vainilla inundó el habitáculo de lujo. La mujer se subió, cerrando la puerta con un golpe seco. El espacio del deportivo, aunque amplio para un coche de su clase, se sintió pequeño de repente ante la presencia física de ambos.

Ella no esperó. Se giró en el asiento, dejando que una de sus piernas, blancas y firmes, quedara sobre la consola central, rozando la palanca de cambios. Satoru la miró de reojo, soltando una risa nasal.

—Ni siquiera te has puesto el cinturón de seguridad. Qué chica tan irresponsable —dijo Satoru, girando el cuerpo hacia ella.

—No planeo que este coche se mueva a ningún lado en la próxima hora.— respondió ella, pasando una mano por el cabello blanco de él.

Satoru la tomó de la nuca con fuerza y la atrajo hacia sí. Sus labios chocaron con violencia. No fue un beso romántico; fue un choque de dientes y lenguas que buscaban dominarse. La boca de ella sabía a brillo de labios de cereza y a una urgencia que hizo que Satoru gruñera contra su boca. Él metió la lengua profundamente, explorando su cavidad bucal mientras sus dedos se enredaban en el cabello de la chica, tirando un poco hacia atrás para exponer su garganta.

Satoru bajó sus labios al cuello de ella. Empezó a succionar la piel pálida justo debajo de la mandíbula, dejando una marca roja que contrastaba con la luz tenue del tablero. Ella echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco que retumbó en el coche.

—Hueles a aceite quemado y a desesperación —le susurró Satoru al oído, antes de meter la punta de la lengua en el pabellón auditivo de ella y lamerlo con lentitud. —Pero me pone tan duro que podrías cobrarme el triple por el turno de noche y te lo pagaría con una sonrisa.—

La chica soltó una carcajada, vibrando bajo sus labios.—Eres un imbécil con demasiado dinero, rubio.—

—Soy el imbécil que te va a dejar las piernas temblando. —continuó él, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Imagínate que el gerente sale ahora mismo y nos ve. ¿Crees que te darían un bono por "atención al cliente personalizada"? O mejor aún, ¿me darían a mí un juguete en la cajita feliz por ser un niño tan malo?—

Ella se rió con más fuerza, golpeándole el hombro. La risa se cortó cuando Satoru volvió a sellar sus labios con los de ella, esta vez en un beso más húmedo, más lento, donde el sonido de sus lenguas moviéndose era lo único que se escuchaba en el silencio del estacionamiento. De repente, ella se separó unos centímetros, con la respiración entrecortada. Con un movimiento rápido, llevó sus manos a los tirantes amarillos de su overol.

—Basta de charla. Mira el premio mayor —dijo ella. Desganchó los cierres laterales. El top de rayas rojas ya estaba tan arriba que, al soltar los tirantes del overol, la prenda simplemente cayó hacia abajo. Sus tetas saltaron hacia fuera, liberados de la presión. Eran enormes, con aureolas anchas y pezones que ya estaban erguidos y duros por el frío del aire acondicionado y la excitación. La piel era tan blanca que parecía brillar.

Satoru se quedó en silencio un segundo, con los ojos azules fijos en la carne que vibraba ante él.

—¡A la madre! —exclamó Satoru con una sonrisa de oreja a oreja—. Definitivamente esta es la McRusa más grande que he visto en mi vida. ¿Viene con extra de crema o tengo que ponerla yo mismo? Porque creo que me va a costar terminarme todo esto de una sola sentada.—

—Cállate y come guapo —ordenó ella, agarrando la cabeza de Satoru y empujándola contra su teta izquierda.

Satoru no necesitó que se lo dijeran dos veces. Abrió la boca y rodeó todo el pezón con sus labios, succionando con fuerza. La mujer soltó un grito ahogado, arqueando la espalda. Él usaba la lengua para masajear la base del pezón mientras sus manos apretaban el otro pecho, amasándolo como si fuera plastilina, hundiendo sus dedos en la carne blanda. Mientras Satoru se concentraba en succionar y lamer sus tetas, ella bajó una mano hacia la entrepierna de él.

Satoru llevaba unos pantalones de tela fina que no ocultaban nada. Ella encontró el bulto masivo que ya deformaba la cremallera. Su pene estaba completamente dura, una columna de carne caliente que latía bajo su toque. Ella empezó a acariciar la longitud a través de la tela, subiendo y bajando con un ritmo constante. Luego, con la palma de la mano abierta, empezó a dar pequeños golpes, palmeando el pene de Satoru contra su propio muslo. El sonido del impacto de la carne contra el pantalón excitó aún más a Satoru, quien soltó el pezón de ella para soltar un gemido profundo.

—Mierda... —gruñó Satoru, con la voz rota. —Dale más fuerte. No seas tímida, que no se va a romper.— Ella sonrió con malicia y aumentó la fuerza de los golpes, sintiendo cómo el pene de él saltaba bajo su mano, mientras Satoru volvía a enterrar la cara entre sus tetas, pasando la lengua de un pezón al otro, mojándolos por completo mientras sus manos bajaban ahora a buscar el borde de ese hilo dental rojo.

Satoru echó el asiento del conductor hacia atrás con un chasquido mecánico, ganando el espacio necesario para lo que venía.

La respiración de ambos era pesada, empañando ligeramente los parabrisas del Porsche. La mujer no perdió ni un segundo; se deslizó del asiento del copiloto al suelo del coche, encajándose entre las piernas largas de Gojo. Sus rodillas se apoyaron en la alfombra de lujo mientras su tetas, todavía al aire, quedaba a la altura de la cintura del rubio.

—Espero que tengas buen apetito, porque no acepto devoluciones —dijo Satoru con una voz cargada de una ronquera eléctrica.

Él se desabrochó el cinturón de cuero y bajó la cremallera del pantalón de sastre con un sonido metálico que resonó en el habitáculo. Su pene saltó hacia fuera, liberado de la presión, completamente erecto y apuntando hacia el techo del coche. Era gruesa, con venas marcadas que latían bajo la piel caliente y un prepucio retraído que dejaba al descubierto un glande ensanchado y brillante por el líquido preseminal.

La mujer soltó un silbido bajo, rozando la punta del miembro con la punta de su nariz.—A chinga... este paquete no cabe en ninguna cajita, pero si cabeza en mi boca.

Satoru soltó una carcajada gutural y le agarró el cabello, obligándola a mirarlo.—Entonces vas a tener que estirarte un poco para esta McRusa. Abre bien.

Ella obedeció de inmediato. Rodeó la base del pene con una mano, apretando con fuerza mientras pasaba la punta de la lengua por la ranura del glande, recogiendo cada gota de humedad. Satoru arqueó la espalda, hundiendo los dedos en el cuero del asiento. Luego, ella abrió la boca y lo tomó por completo.

El sonido fue un slurp húmedo y profundo. La boca de ella estaba caliente y llena de saliva, creando una succión que hizo que Satoru soltara un insulto entre dientes.

*slurp slurp slurp slurp…*

Ella empezó a subir y bajar, manteniendo sus ojos clavados en los de él. El contraste visual era obsceno: el rostro de la chica con su visera roja de McDonald's ladeada, chupando rítmicamente el pene polla de un millonario, mientras sus tetas se aplastaban contra los muslos de Satoru con cada movimiento descendente.

—Eso es... muerde un poco, no me importa —gruñó Satoru, golpeando suavemente la mejilla de ella con la mano libre—. Me encanta cómo te ves con esa gorrita puesta mientras te atragantas con esto. Es como si estuvieras cumpliendo horas extra de la manera más sucia y exquisita posible.

Ella intensificó el ritmo. Empezó a usar su mano para masajear los huevos de Satoru mientras su boca bajaba cada vez más, ignorando el reflejo de náusea. El sonido de la succión se volvió más ruidoso, un chapoteo constante de saliva y carne que llenaba el coche. Satoru veía cómo el top de rayas rojas y blancas subía y bajaba rítmicamente ante sus ojos.

*slurp slurp slurp slurp…*

—¡Más profundo! —ordenó Satoru, empujando su cadera hacia delante, obligándola a recibirlo hasta el fondo de su garganta.

La mujer emitió un sonido ahogado, un gemido que no pudo salir de su garganta obstruida.

*Ggh-kk Ggh-kk Ggh-kk Ggh-kk…*

Sus ojos se humedecieron por el esfuerzo, pero no se detuvo. Empezó a succionar con una fuerza desesperada, haciendo un vacío que hacía que la polla de Satoru se sintiera como si fuera a estallar. Él podía sentir el calor de su garganta envolviendo la cabeza de su miembro, una sensación tan intensa que sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la visera roja de ella, arrancándosela y tirándola al suelo del coche.

—Mírame —le ordenó con la voz rota por el placer—. Carajo, mírame mientras te lo comes todo.

Ella se separó un segundo, dejando un hilo de saliva plateado conectando su labio inferior con el glande de Satoru. Respiró hondo, con el rostro enrojecido y una sonrisa lasciva.

—¿Qué paso guapo? ¿Te vas a correr ya? Pensé que el servicio de lujo duraba más tiempo.

—No me tientes, que te voy a llenar esa cara de propina antes de que puedas decir "gracias por su compra" —respondió él, agarrándola de los hombros y volviendo a empujarla hacia su entrepierna.

Esta vez, ella fue más agresiva. Usó sus manos para abrirse las nalgas mientras seguía con la mamada, permitiendo que Satoru viera el hilo dental rojo estirado al límite entre sus piernas.

*Splat... Splotch… Splat... Splotch…*

El fetiche del uniforme a medio quitar, el olor a su propio sudor mezclándose con el ambiente del coche y el sonido de ella tragando cada vez más profundo, llevaron a Satoru al borde del abismo.

El rubio echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. La sensación de la lengua de ella moviéndose alrededor del frenillo mientras su garganta apretaba el resto era demasiado.

*Gluck, gluck, ggh… slurp…*

—Mierda... me va a vaciar... lo vas a sacar todo…

Ella no se detuvo; aumentó la velocidad de sus manos y la presión de sus labios, decidida a que Satoru Gojo recordara ese turno nocturno por el resto de su vida.

*Schlick... Schluk… Schlick... Schluk…*

Ella, aún de rodillas, lo miró con malicia antes de realizar el siguiente movimiento. Juntó sus tetas con ambas manos, apretándolos con tanta fuerza que el valle entre ellos desapareció, creando una pared de carne blanca y firme.

—Mira esto, rubio. A ver si tu juguetito cabe aquí —desafió ella.

Satoru soltó un gruñido cuando ella envolvió su polla con sus tetas. La sensación era de un calor húmedo y blando que lo rodeaba por completo. Ella empezó a mover su torso hacia arriba y hacia abajo, haciendo que el miembro de Gojo se deslizara entre sus tetas embadurnados de saliva y sudor.

*Fwish... fwash… Fwish... fwash…*

Mientras lo hacía, no dejaba de lamer el glande, usando su lengua para atormentarlo cada vez que la punta asomaba por encima de sus senos.

*Slp.. rrrp… tshlp…*

—Maldición, eres una maldita profesional —soltó Satoru, con los ojos azules inyectados en sangre—. Pero vamos a darle un poco de ritmo a esto.

Satoru la agarró del cabello con una mano y con la otra tomó su propio pene por la base. Empezó a sacarla del agarre de sus tetas para abofetearle la cara con ella. El sonido de la carne chocando contra la mejilla de la mujer era un *plac-plac* rítmico y obsceno. Le golpeó la cara, luego bajó los golpes hacia sus pechos, haciendo que la carne de ella vibrara y se pusiera roja bajo los impactos.

—¿Te gusta que te trate como a una hamburguesa de a dólar? —preguntó Gojo con una sonrisa desquiciada—. Porque te voy a dejar bien marcada antes de que termine el turno.

Ella no se quejó; al contrario, abrió la boca para recibir los golpes, lamiendo la polla cada vez que pasaba cerca de sus labios. La humillación juguetona la ponía aún más húmeda.

—¡Ya basta de juegos, súbete aquí! —ordenó Satoru.

La agarró por la cintura y la levantó como si no pesara nada, sentándola a horcajadas sobre él, pero de espaldas, mirando hacia el parabrisas. Ella apoyó las manos contra el cristal delantero, inclinándose hacia delante. Sus tetas se aplastaron contra el vidrio frío, creando una imagen distorsionada de carne blanca desde el exterior.

Satoru tomó su polla y la posicionó en la entrada de ella. Estaba tan empapada que no necesitó preparación. Con un solo empuje violento, la ensartó hasta el fondo.

El grito de ella fue amortiguado por el cristal.—¡Mierda, Satoru! —chilló ella, sintiendo cómo el rubio la llenaba por completo.

Satoru empezó a embestirla sin piedad. El Porsche se balanceaba sobre su suspensión con cada golpe de cadera. Sus manos se cerraron sobre las nalgas de ella, apretando la carne que sobresalía del hilo dental rojo. Cada vez que su pelvis chocaba contra el trasero de la mujer, el sonido seco retumbaba en el interior del vehículo.

—¡Eso es, McRusa! ¡Sujétate bien del cristal! —gritó Satoru, aumentando la velocidad—. ¡Quiero que dejes las marcas de tus manos por todo el maldito parabrisas!

El fetiche era total: el top a rayas rojas subiendo y bajando, el overol amarillo colgando inútilmente de sus caderas y la mujer que acababa de servirle papas fritas ahora estaba siendo reclamada contra el vidrio de su coche de lujo. Satoru veía cómo el cristal se empañaba por la respiración de ambos, creando una neblina que apenas dejaba ver las luces de neón del McDonald's al fondo.

—¡Me corro, me corro dentro de ti! —rugió Satoru, perdiendo el control.

Dió tres embestidas finales, tan profundas que sintió el cuello uterino de ella golpeando su glande. Se tensó por completo, sus músculos se marcaron bajo la camisa de seda y descargó una cantidad masiva de semen dentro de ella.

Ella se espasmó, apretando sus paredes vaginales alrededor de él en un orgasmo violento que la dejó temblando y sollozando de placer contra el cristal.

Satoru se quedó ahí, enterrado profundamente, respirando como si hubiera corrido un maratón, mientras la luz del letrero de "M" amarilla parpadeaba rítmicamente sobre ellos.

Satoru se retiró con un sonido de succión húmeda que resonó en el silencio del coche. El semen comenzó a escurrir por los muslos de la mujer, manchando la tapicería de cuero que costaba más que todo el restaurante donde ella trabajaba. Él se recostó en su asiento, con el pecho subiendo y bajando, mientras se acomodaba la polla todavía semicerrada dentro del pantalón con una despreocupación insultante.

—Vaya... —soltó Satoru, sacando un cigarrillo y encendiéndolo a pesar de que odiaba el olor en su coche—. Cinco estrellas en la aplicación. Definitivamente el juguete de esta cajita feliz superó mis expectativas.— dijo dándole un par de azotes con las manos, a las nalgas de la mujer.

La mujer se dio la vuelta, con el cabello hecho un desastre y el top a rayas rojas subido hasta el cuello, dejando sus tetas totalmente al aire y rojas por los golpes de hace un momento. Se limpió un poco de saliva de la comisura de los labios y soltó una risa ronca.

—Eres un animal, rubio. Espero que ese coche tenga buen seguro, porque creo que dejamos el cristal delantero con una grieta de puro placer.

Satoru soltó una nube de humo y la miró de arriba abajo con esos ojos azules que parecían brillar en la oscuridad. Metió la mano en la guantera y sacó un fajo de billetes aún más grueso que el anterior, tirándolo descuidadamente sobre el vientre desnudo de la chica.

—Cómprate un overol nuevo. Aunque ese me gusta mas, tiene demasiado ADN mío encima —dijo con una sonrisa burlona—. Y un helado. He oído que la máquina de helados siempre está rota, pero por la forma en que te moviste, creo que tú sabes cómo hacer que las cosas funcionen más que bien.

Ella recogió el dinero, contándolo con rapidez mientras se subía el overol amarillo.

—¿Eso es todo? ¿Ni siquiera me vas a pedir el número para la próxima vez que tengas hambre?

Satoru puso el coche en marcha. El motor rugió, vibrando bajo sus pies.

—No necesito tu número. Sé dónde encontrarte. Además, tengo la sensación de que me dejé algo importante ahí dentro... llámalo un "depósito de seguridad".— Dijo este sonriendo bajo los lentes.

Ella se bajó del Porsche, tambaleándose un poco por el temblor en sus piernas. Satoru la vio por el retrovisor mientras ella se acomodaba la visera roja y le lanzaba un beso al aire.

Lo que Satoru no mencionó, con ese humor negro que lo caracterizaba, era que su "Infinito" no se aplicaba a los anticonceptivos esa noche. Sabía perfectamente que su puntería era tan perfecta como sus técnicas de combate.

Semanas después, mientras ella servía una hamburguesa doble con queso bajo las luces fluorescentes, sentiría la primera náusea real. Satoru, en su oficina de lujo al otro lado de la ciudad, miró su teléfono y sonrió. Había dejado una semilla de caos en el carril dos del Drive-Thru. Un pequeño "Gojo" probablemente ya estaba gestándose entre nuggets y papas fritas, listo para heredar esos ojos azules y, con suerte, el mismo apetito insaciable por el desorden.

—A chinga... —murmuró ella en el mostrador un mes después, mirando una prueba de embarazo positiva con el logo de la "M" dorada de fondo—. Creo que el rubio me dio una propina que va a tardar nueve meses en cobrarse.

Satoru aceleró su coche por la autopista, riendo a carcajadas. El final estaba abierto, pero el ticket de esa McRusa iba a ser de por vida.