Un encargó inusual
Como todas las mañanas, Javier Maldonado comenzaba el día con una disciplina casi ceremonial.
Tras un buen afeitado y una generosa dosis de loción Floïd, dejaba que la piel se le impregnara de esa frescura antigua, de ese aroma limpio que evocaba el eco de una ducha reciente y el orden de los días previsibles.
Se vestía después con su camisa azul claro y su pantalón azul marino, un uniforme no escrito que repetía con la fidelidad de quien ya no necesita preguntarse por qué. Era, en cierto modo, su manera de sostener el mundo.
Con paso tranquilo, se dirigía a la churrería del barrio, donde el café humeante y una ración de porras marcaban el verdadero inicio de la mañana.
Allí, entre el murmullo cotidiano y el tintinear de las tazas, encontraba un instante de plenitud sencilla, suficiente.
Hacía ya algunos años que vivía solo en un pequeño pero coqueto piso del barrio de La Latina, en Madrid.
Desde el divorcio, en realidad. Casi treinta años de matrimonio habían quedado atrás, disueltos no en un estallido, sino en algo más silencioso: el desgaste.
Porque a veces el amor no se rompe, se confunde. Se vuelve costumbre, o quizá la costumbre termina por disfrazarse de amor, y en ese intercambio lento el tiempo va erosionando lo que antes parecía firme.
Sin darse cuenta, comenzaron a competir en lo insignificante: quién hacía más, quién ganaba más, quién estaba más cansado, a quién le dolía más. Pequeñas batallas sin sentido que, repetidas día tras día, fueron llenando el espacio de una tensión invisible, hasta que el cansancio terminó por imponerse a ambos.
Sin embargo, la distancia trajo una calma inesperada.
Ahora mantenían una relación cordial, casi amable.
Compartían a sus dos hijos y a sus tres nietas, y de vez en cuando se reunían algún fin de semana en casa de alguno de ellos. Allí, entre risas ajenas y recuerdos domesticados, terminaba todo lo que quedaba de lo que un día fueron.
Javier dedicaba ahora su tiempo al trabajo y a su afición por la pintura. Pintaba como quien busca algo sin saber muy bien qué, como un aficionado, sí, pero también como alguien que todavía no ha renunciado del todo a encontrarse.
Era de origen cochabambino, de Bolivia. Hacía ya más de dos décadas que había emigrado.
En su país había sido un próspero empresario agroindustrial en el trópico del mismo departamento, en la región del Chapare.
Pero todo cambió con el nuevo rumbo político del país.
Los cocaleros pasaron a tener el control, y ya no hubo forma de continuar con su actividad. Donde antes había cultivos de frutas tropicales, empezó a imponerse la coca, y quienes no estaban de acuerdo comenzaron a ser señalados.
Javier entendió que no había futuro allí. Así que tomó una decisión difícil: emigrar a España junto a su familia.
Los primeros años no fueron fáciles. Trabajó en todo lo que pudo, en lo que salía, hasta que con el tiempo logró estabilizarse y conseguir la nacionalidad española.
Ahora era el encargado del control de seguridad de un centro comercial en la ciudad. Su trabajo consistía en supervisar que todas las cámaras funcionaran correctamente desde una gran sala llena de monitores, vigilar los accesos y asegurarse de que nadie saliera sin pagar.
También organizaba los turnos de su equipo y distribuía las tareas.
Le gustaba que todo funcionara con precisión, “como un reloj suizo”, solía decir.
Con los años había aprendido mucho del oficio, y lo cierto es que le gustaba. Sus horarios encajaban bien con su vida actual. Ahora que vivía solo, no sentía la necesidad de tener una pareja estable. Prefería relaciones sin compromiso, cambiantes, sin ataduras.
Le gustaba esa libertad.
Aun así, había algo que no negociaba: sus hijos y sus nietas.
Para ellos siempre estaba disponible. Eran, sin duda, su mayor tesoro y el verdadero centro de su vida.
También conservaba amistades antiguas, de esas que sobreviven al tiempo y a la distancia.
Muchos, como él, habían emigrado: a Estados Unidos, a Italia, a otros países. Mantenían el contacto por teléfono y, de vez en cuando, lograban verse.
Eran vínculos que no quería perder, porque en ellos seguía estando una parte de quien había sido.
Entre todos ellos destacaba Roberto Urquidi, que desde hacía años vivía en Los Ángeles, en Estados Unidos. Hablaban con frecuencia, casi siempre para recordar lo mismo: la infancia, los amigos, las chicas, la familia… fragmentos de una vida que parecía cada vez más lejana.
Pero esta vez, Roberto llamaba por algo distinto.
—Mira, Javi —le dijo—, es la tía de mi yerna.
Una mujer coreana que trabaja en una empresa electrónica o algo así. Ya es mayor, lleva muchos años aquí en California y es soltera. Me preguntó si conocía a alguien en Madrid que pudiera echarle una mano, y pensé en ti.
Javier escuchaba en silencio.
—Tiene que ir por trabajo —continuó Roberto—. Creo que es experta en telefonía o comunicación, y va a España para formar gente por el desembarco de su empresa allí.
Habla muy bien español, así que no tendrás problema. Solo sería recogerla en el aeropuerto, llevarla al hotel… y, si puedes, acompañarla un poco.
Quiere conocer Madrid con alguien que se mueva bien por la ciudad. Y tú en eso eres perfecto.
Hizo una pausa breve antes de rematar:
—Llega la semana que viene. ¿Crees que puedes hacerme ese favor? Como amigo… Y oye, te digo una cosa: le he echado el ojo. Así que, si me la cuidas bien, te lo voy a agradecer.
Javier no pudo evitar sonreír.
Al final aceptó. Tampoco tenía mucho que perder. Sería recogerla, hacer un poco de guía… poco más.
Aunque, pensándolo bien, la idea de pasar unos días acompañando a una mujer coreana, ya entrada en años, rompía lo suficiente su rutina como para resultarle, al menos, interesante.
El día de la llegada, Javier llegó al aeropuerto con algo de antelación. Decidió ir en taxi; aparcar allí le parecía una tarea de titanes. No le gustaba ir con prisas.
Se apoyó en una de las barandillas de la zona de llegadas, observando a la gente salir: familias que se abrazaban, ejecutivos con paso rápido, turistas desorientados mirando carteles.
Sostenía en la mano un papel con un nombre escrito: Min Ji Park.
Pensaba, sin demasiado interés, en la descripción que le había dado Roberto.
Una mujer coreana, ya mayor, formal, seguramente discreta.
Se imaginaba a alguien seria, quizá cansada, alguien a quien acompañar con educación y poco más. También le había dicho que prefería que la llamaran Vanesa, para facilitar las cosas.
Los pasajeros del vuelo comenzaron a salir poco a poco.
Y entonces la vio.
No porque la reconociera, sino porque era imposible no mirarla.
Caminaba con calma, sin prisa, como si el bullicio del aeropuerto no fuera con ella.
Su presencia destacaba sin esfuerzo: elegante, sobria, con una belleza serena que no encajaba en absoluto con lo que Javier había imaginado. No parecía mayor.
O, si lo era, el tiempo había decidido tratarla de otra manera.
Varias personas giraban la cabeza al verla pasar.
Javier frunció ligeramente el ceño, desconcertado.
Fue ella quien se detuvo frente a él.
—Javier Maldonado —dijo, con un español perfecto, de tono suave pero firme.
No era una pregunta.
Él tardó un segundo en reaccionar.
—Sí… sí, soy yo.
Ella asintió levemente, como si confirmara algo que ya sabía.
—Min Ji Park… aunque prefiero que me llame Vanesa.
—Mejor Vanesa —repitió Javier, intentando recomponerse.
No le ofreció la mano. Solo lo miró.
Y en esa mirada había algo difícil de precisar. No era frialdad, pero tampoco cercanía. Era profundidad. Como si observara más de lo que decía.
Javier dobló el papel con el nombre y lo guardó en el bolsillo, sintiéndose de pronto algo torpe.
—Bueno… bienvenida a Madrid —acertó a decir—. ¿Qué tal el viaje?
—Largo —respondió ella—. Pero necesario.
La forma en que lo dijo le dejó una extraña sensación, como si no hablara solo del vuelo.
Caminaron juntos hacia la salida. Durante unos segundos, el silencio entre ambos no resultó incómodo, pero sí cargado de algo que Javier no sabía interpretar.
—Roberto me ha hablado de usted —dijo ella de pronto—. Me mostró algunas fotos. Por eso le reconocí.
Javier sonrió.
—Espero que haya hablado bien de mí.
Ella lo miró de reojo.
—Lo suficiente.
Al salir al exterior, la luz de Madrid les envolvió de golpe. Ella se detuvo un instante, observando el cielo como si lo comparara con otro.
—Hace mucho que quería conocer Madrid —murmuró.
—Esperemos que le guste —respondió Javier.
Ella tardó un momento en contestar.
—Sí… esperemos que sí.
Nada más.
Javier sintió que había algo detrás de esas palabras, algo que no terminaba de mostrarse, pero no insistió.
Había aprendido que hay personas que hablan cuando quieren, no cuando se les pregunta.
Mientras caminaban hacia la parada de taxis, no pudo evitar mirarla de nuevo, esta vez con más atención.
No encajaba en nada de lo que le habían contado.
—La mejor forma de salir de aquí es en taxi —dijo Javier, retomando su papel—. Enseguida estaremos en su hotel. Está por el Paseo de la Castellana, cerca de Cibeles.
Ella asintió, pero no respondió.
Y
por primera vez desde que la había visto, Javier tuvo la sensación de que no era él quien la estaba acompañando.
El taxi avanzaba con fluidez entre el tráfico de la autovía. Javier decidió sentarse atrás, junto a ella, dejando el asiento delantero libre. No sabía muy bien por qué, pero le pareció más correcto.
Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.
Madrid desfilaba ante ellos: coches, carteles, edificios que poco a poco iban acercándolos al centro. El murmullo constante de la ciudad entraba amortiguado en el interior del vehículo.
Javier miró de reojo.
Vanesa observaba el exterior con atención, deteniéndose en detalles concretos: cruces, fachadas, accesos.
No parecía la mirada distraída de una turista, sino la de alguien que compara lo que ve con algo que ya conoce.
—Primera vez en Madrid —dijo Javier, más como afirmación que como pregunta.
—Sí —respondió ella—. Pero ya la había visto antes.
Javier sonrió levemente.
—Internet.
—Claro —asintió—. Hoy se puede conocer casi todo antes de llegar. Solo… estoy comprobando.
Lo dijo con naturalidad, sin misterio esta vez, pero sin perder ese tono medido.
—¿Y cumple con lo que esperaba? —preguntó él.
Vanesa se tomó un segundo antes de responder.
—De momento, sí.
Javier apoyó la espalda en el asiento, algo más relajado.
—Mejor así. Siempre es bueno no decepcionarse nada más llegar.
Ella giró ligeramente la cabeza hacia él.
—Lo mismo pensé yo.
Javier no entendió del todo el sentido de la frase, pero no preguntó.
—Roberto me dijo que trabaja en seguridad —continuó ella.
—Sí, en un centro comercial.
—Ya lo sé.
Javier la miró, sorprendido.
Vanesa sostuvo su mirada con tranquilidad.
—Hoy en día todos dejamos rastro —añadió—. Me gusta saber con quién voy a tratar.
Javier soltó una pequeña risa.
—Vaya… o sea que me ha investigado.
—Un poco.
—Espero haber pasado el examen.
Ella esbozó una leve sonrisa. —Si no, no estaría aquí.
Esa respuesta, simple, le resultó curiosamente sincera.
El taxi comenzó a adentrarse en el centro. El tráfico se hacía más denso, más lento.
—¿Y usted? —preguntó Javier—. ¿Siempre prepara tanto sus viajes?
—Siempre preparo a las personas —respondió ella—. Los lugares son más fáciles.
Javier asintió, aunque no estaba seguro de haber entendido del todo.
Pocos minutos después, el taxi giró hacia el Paseo de la Castellana. Los edificios se alzaban más imponentes, el ritmo de la ciudad cambiaba.
—Ya casi hemos llegado —dijo Javier.
El taxi se detuvo frente al hotel. El conductor descargó la maleta mientras ellos salían.
El vestíbulo era amplio, elegante, con ese aire impersonal de los hoteles de negocios.
Vanesa se acercó a recepción con seguridad, como si aquel tipo de espacios le resultaran familiares. Javier esperó a un lado, observando.
El proceso fue rápido.
Cuando terminó, ella tomó la tarjeta de la habitación y se giró hacia él.
Por un momento, Javier pensó que ahí acabaría todo.
—Gracias por venir a recogerme —dijo ella.
—No hay problema —respondió él—. Para eso estamos.
Hubo un pequeño silencio. El tipo de pausa que suele preceder a una despedida.
Pero no se despidió.
—Esta noche me gustaría salir —añadió Vanesa con naturalidad—. Conocer la ciudad… de verdad.
Javier la miró, ligeramente sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí. Y prefiero hacerlo con alguien que la conozca.
Hizo una breve pausa antes de rematar:
—Si no le importa.
Javier dudó apenas un segundo.
—No, claro… no me importa.
—Bien —asintió ella—. Entonces, ¿a las ocho?
—A las ocho está bien.
—En el vestíbulo.
Javier asintió.
—Aquí estaré.
Vanesa sostuvo su mirada un instante más, como si evaluara algo en él por última vez.
Luego se giró y caminó hacia los ascensores.
Javier se quedó allí unos segundos, observando cómo desaparecía tras las puertas que se cerraban lentamente.
Había aceptado sin pensarlo demasiado.
Pero mientras salía del hotel, no pudo evitar tener una sensación clara:
Aquella noche no iba a ser una más.
Como siempre, a Javier le gustaba la puntualidad. Decía que era una forma de respeto hacia el tiempo de los demás.
Mientras esperaba en el vestíbulo, pensaba por dónde llevarla. Madrid tenía demasiados lugares bonitos, pero no sabía nada de sus gustos. No sabía qué podría impresionarla… ni siquiera si era fácil impresionarla.
La puerta del ascensor se abrió.
Eran exactamente las ocho. Ni un minuto más, ni uno menos.
Y entonces la vio.
Vestía de amarillo mostaza. Elegante, sobria. Delgada, sin ser frágil. Por un instante le recordó a una azafata de hotel de lujo, de esas que parecen formar parte del propio edificio.
Se acercó con paso firme hacia él.
Era una mujer de ojos almendrados y negros, de una pulcritud casi intimidante. Cada detalle en ella —el peinado perfectamente colocado, el brillo discreto de unos pendientes dorados— transmitía control, precisión. Nada estaba dejado al azar.
Y sin embargo, en su mirada había algo más.
Una chispa leve, difícil de sostener, como si detrás de esa perfección hubiera algo que no terminaba de mostrarse.
Javier fingió no sorprenderse.
Se inclinó levemente para darle un beso como saludo, pero ella lo esquivó con suavidad, ofreciéndole la mano en su lugar.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —respondió él, recuperando la compostura.
Durante un segundo se miraron, midiendo la distancia entre ambos.
—¿Qué te gustaría hacer o conocer de Madrid? —preguntó Javier.
Ella esbozó una leve sonrisa.
—Sorpréndeme. Estoy abierta a lo que decidas.
Javier asintió.
—Entonces empezamos bien. Primero, el templo de los madrileños: la plaza de Cibeles. Y de ahí nos iremos perdiendo por el centro. Cuando tengas hambre, paramos.
—Como quieras —respondió ella—. Confío en tu criterio.
Salieron del hotel.
La noche madrileña los envolvió de inmediato. Era una noche templada, casi de verano, con un aire fresco que hacía agradable el paseo. Las calles estaban vivas, llenas de gente, de conversaciones, de luces.
Caminaron en silencio durante los primeros minutos.
Al llegar cerca de la plaza de Cibeles, frente al Banco de España, ella se detuvo un instante… y luego se aferró suavemente a su brazo.
—No te molesta, ¿verdad? —preguntó.
Javier sintió un leve impulso de satisfacción.
—No, en absoluto.
Y continuaron así.
Poco a poco, el paseo se volvió más cercano. Más natural.
Se adentraron por calles del centro, cruzaron avenidas iluminadas, se dejaron llevar sin rumbo fijo.
Entraron en un bar pequeño, original, donde compartieron unas tapas entre risas suaves y comentarios sin importancia. Después siguieron caminando, ya sin pensar demasiado en el destino.
En algún momento, sin darse cuenta, dejaron de ir del brazo.
Y comenzaron a caminar tomados de la mano.
Como si fuera lo más natural.
No hablaban de nada importante.
Frases sueltas. Comentarios ligeros. Pero en el fondo, ambos parecían escuchar otra cosa.
El tiempo pasó sin que lo notaran.
Casi al filo de la medianoche, Vanesa se detuvo.
—Estoy cansada —dijo con suavidad—. ¿Volvemos?
Javier asintió.
El regreso fue más tranquilo. Más silencioso.
Cuando llegaron al hotel, ella no se despidió de inmediato.
Se giró hacia él, sosteniendo su mirada con una calma que ya no le sorprendía.
—¿Te apetece subir? —preguntó—. Podemos tomar una última copa de vino.
Javier dudó apenas un instante.
—Sí… claro.
Ella asintió, como si ya supiera la respuesta.
Y juntos se dirigieron hacia los ascensores.