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El Gran Desvanecimiento

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Summary

​El silencio no fue el fin. Fue el comienzo de la libertad. En un sólo instante, el mundo cambió para siempre. Sin explosiones ni agonía, la presencia masculina se desvaneció de la Tierra, dejando tras de sí sólo ropa vacía y un sistema que se desmoronaba por su propio peso. Pero donde otros vieron caos, Valerie y las sobrevivientes comenzaron a ver una oportunidad sin precedentes. Mientras las estructuras del viejo mundo —erigidas sobre la fuerza y la desigualdad— colapsan, surge una nueva forma de existir. Libre de las sombras del machismo y de la violencia sistémica, la humanidad comienza a sanar. Valerie se convierte en una de las arquitectas de esta transición, liderando la creación de comunidades basadas en la cooperación absoluta, la empatía y una seguridad que las mujeres nunca habían conocido. En este nuevo escenario, el “Gran Desvanecimiento” no es una tragedia, sino una purga biológica que ha permitido el florecimiento de una sociedad más justa. Sin embargo, para proteger esta paz naciente, Valerie deberá enfrentarse a los ecos de un pasado que aún intenta persistir en las sombras y asegurar que los cimientos de La Estirpe Eva sean inquebrantables. La utopía ha llegado, y el precio del silencio fue la paz eterna.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El Sonido del Silencio.

El aire en la sala de juntas de Logística Global siempre olía a café recalentado, a una condescendencia espesa y a esa sutil fragancia de alfombra sintética que parecía absorber las ambiciones de cualquiera que no tuviera una voz de barítono. Valerie miraba fijamente una mota de polvo bailando en un rayo de luz que se filtraba por el ventanal del piso doce. Era una mota pequeña, insignificante, pero libre en su caos gravitatorio. Mucho más libre que ella. A su lado, Ricardo, el Director de Operaciones, golpeaba la mesa con un bolígrafo de oro, marcando un ritmo que a Valerie le recordaba a una cuenta regresiva.

—Lo que Valerie intenta decir, aunque de forma un poco emocional —dijo Ricardo, ajustándose el nudo de la corbata con esa suficiencia que a ella le revolvía el estómago—, es que necesitamos optimizar las rutas. Yo lo veo de una forma más… pragmática. Escuchen. Valerie sintió el calor subirle por el cuello. “Emocional”. Esa era la palabra clave, el código que usaban para desactivar sus argumentos técnicos. Había pasado tres semanas programando un algoritmo de flujo que reduciría las emisiones y el tiempo de entrega en un 22%, pero en la boca de Ricardo, su trabajo se transformaba en una “sugerencia instintiva” que él ahora procedía a “profesionalizar”. Miró a su alrededor. Elena, la jefa de finanzas, mantenía los ojos fijos en su tableta, con los hombros tan tensos que parecían tocarle las orejas. Lucía, la pasante, tomaba notas frenéticamente, asintiendo a cada palabra de Ricardo como si estuviera ante un oráculo. Era una danza que Valerie conocía bien: el hombre habla, la mujer asiente o espera su turno para ser interrumpida. —Si miran la diapositiva seis —continuó Ricardo, ignorando que esa diapositiva contenía un error de cálculo que Valerie había intentado corregirle antes de la reunión—, verán que mi enfoque en la reestructuración del personal masculino en los muelles de carga es la clave. Necesitamos fuerza, decisión. La logística no es lugar para dudas. Valerie apretó el puño bajo la mesa. Sus uñas se clavaron en la palma de su mano, un dolor ancla para no estallar. Recordó la mañana: el atasco de tráfico donde un conductor le había gritado “¡Muévete, niñita!” por no avanzar un microsegundo después de que el semáforo cambiara a verde. Recordó el café donde el camarero le había servido la orden equivocada y, al reclamar, le había sonreído con una lástima fingida diciéndole que “estaba nerviosa”. El machismo no era siempre un golpe; la mayoría de las veces era una neblina, una peste invisible que te humedecía la ropa hasta que pesaba demasiado para seguir caminando. —Ricardo, el cálculo de la diapositiva seis está mal —dijo Valerie, con una voz que intentó mantener plana, quirúrgica. Ricardo se detuvo. La sala quedó en un silencio gélido. Él sonrió, una curva de labios que no llegaba a los ojos. —Val, querida, no te pongas así. Ya sé que las cifras pueden ser confusas cuando no se tiene la visión global. Luego te lo explico con más calma en mi despacho, ¿vale? Fue en ese preciso instante cuando ocurrió. No hubo una explosión. No hubo un trueno. Hubo un parpadeo de la realidad, un salto infinitesimal en la frecuencia del universo. Como si alguien hubiera pasado la página de un libro demasiado rápido. Y de repente, el sonido del bolígrafo de Ricardo contra la mesa desapareció. El silencio que siguió fue absoluto, denso y, de una forma aterradora, glorioso. Valerie parpadeó, esperando la siguiente interrupción, el siguiente comentario condescendiente. Pero no llegó. Abrió los ojos. La silla de Ricardo estaba allí. Su traje de lino gris, de tres piezas y corte italiano, se había desplomado sobre el respaldo y el asiento como una piel mudada. La camisa blanca sobresalía por el cuello de la chaqueta, flácida, vacía. La corbata de seda roja descansaba sobre la mesa, justo encima del informe de rutas de Valerie, como una lengua muerta. En el suelo, los zapatos de cuero brillante permanecían en posición, pero los calcetines que asomaban por ellos estaban huecos. Valerie se giró hacia el resto de la mesa. Las sillas de los otros dos directores, Martínez y Guzmán, presentaban la misma escena macabra: montones de ropa cara que aún conservaban la forma de los cuerpos que acababan de sostener. Relojes de marca seguían marcando los segundos sobre la alfombra, habiéndose deslizado de muñecas que ya no existían. —¿Ricardo? —la voz de Lucía fue un hilo de seda rompiéndose. Estaba pálida, con la espalda pegada a la silla. Elena, por el contrario, se había levantado. Sus manos temblaban, pero sus ojos recorrían la habitación con una velocidad analítica. —No están —susurró Elena—. Se han… se han ido.Valerie no dijo nada. Se levantó lentamente. Sus articulaciones no se sentían pesadas. Esa presión sorda en las sienes, ese tambor que marcaba su hartazgo diario, se había detenido de golpe. Caminó hacia el ventanal y miró hacia abajo, a la Avenida Central. El mundo exterior era un cuadro surrealista de la era de las máquinas sin operarios. Decenas de coches se habían detenido en seco en medio de los carriles. Otros, cuyos conductores se habían desvanecido con el pie en el acelerador o sin el freno de mano puesto, habían rodado lentamente hasta chocar contra las aceras o entre ellos. No había sangre. No había gritos de hombres. Sólo el eco de los cláxones de los coches cuyos sistemas de seguridad habían saltado, y un mar de ropa esparcida por el asfalto. Camisas de obreros, uniformes de policías, chaquetas de mensajeros. Era como si una mano invisible hubiera desvestido al 50% de la humanidad y se los hubiera llevado en un suspiro. —Valerie, ¿qué hacemos? —preguntó Lucía, acercándose a ella. La pasante buscaba una autoridad, una guía. Valerie miró el traje vacío de Ricardo. Extendió la mano y, con una calma que la sorprendió a ella misma, apartó la corbata de seda de encima de sus papeles. El informe estaba limpio. Sin anotaciones en rojo del hombre que no entendía sus algoritmos. —Primero —dijo Valerie, y su voz sonó extrañamente clara en la oficina vacía—, vamos a apagar ese aire acondicionado. Hace demasiado frío aquí dentro. Caminó hacia la puerta de la sala de juntas. Elena la siguió con la mirada. —¿A dónde vas? El mundo se está acabando —dijo Elena con un tono que oscilaba entre el pánico y la incredulidad. —No —respondió Valerie, deteniéndose en el umbral—. El mundo se ha quedado en silencio. Y yo voy a ver si por fin puedo escuchar mis propios pasos. Bajó por las escaleras de emergencia. El ascensor se había quedado bloqueado entre los pisos 8 y 9; podía oír a una mujer golpeando las puertas metálicas desde dentro, gritando por ayuda. Valerie se detuvo un momento, respiró hondo y bajó hasta el rellano correspondiente. Usó la palanca de emergencia que Ricardo siempre decía que “era demasiado dura para una mujer” y abrió las puertas con un solo tirón seco. Ayudó a salir a una mujer de limpieza que sollozaba, abrazando su cubo de fregar. La mujer miró a Valerie, luego miró los pantalones vacíos que colgaban de la barandilla de la escalera, y salió corriendo hacia la salida. Al llegar a la planta baja, Valerie empujó las puertas de cristal del vestíbulo. El aire de la ciudad la golpeó de frente. Ya no olía igual. El olor a testosterona, a prisa agresiva, a competencia voraz, se estaba disipando. Olía a ozono, a goma quemada de los choques menores y a algo más… a libertad cruda. Caminó por la avenida. Se detuvo frente al puesto de periódicos donde cada mañana el dueño le hacía un comentario sobre sus piernas. Allí estaba la chaqueta del hombre, tirada sobre un montón de revistas de cotilleo. Valerie pasó por delante sin acelerar el ritmo. Por primera vez en quince años, no sintió la necesidad de bajarse la falda o de mirar por encima del hombro. Llegó a la plaza principal. Cientos de mujeres estaban saliendo de los edificios. Algunas lloraban desconsoladas, llamando a sus hijos, a sus maridos, a sus padres. Otras, como ella, caminaban en un estado de trance, observando el desastre mecánico con una curiosidad científica. Valerie vio a una mujer policía sentada en el suelo, rodeada de uniformes vacíos de sus compañeros. La mujer tenía el arma reglamentaria en el suelo, lejos de ella, como si el concepto mismo de violencia hubiera perdido su gramática. —Se han ido —dijo la policía cuando Valerie pasó a su lado—. Todos. En un segundo. Mi compañero estaba contándome un chiste de rubias y… simplemente se desinfló. Valerie se detuvo y miró al cielo. No había aviones cruzando el azul, solo las estelas de los que habían empezado a caer en la distancia, lejos del centro urbano. Un pensamiento técnico cruzó su mente: la red eléctrica. Sin hombres en las centrales, sin ingenieros en las subestaciones, sin operarios en las plantas de agua, la ciudad tenía una esperanza de vida de unas 48 horas antes de que la oscuridad fuera total. La “peste” del machismo se había llevado consigo las llaves de la infraestructura que ellos mismos habían construido para ser indispensables. Valerie recordó la central térmica donde había trabajado antes de ser “ascendida” a logística. Recordó a los técnicos que se burlaban de sus planos. Sabía dónde estaban las palancas. Sabía cómo mantener el flujo de los transformadores. Miró sus manos. Estaban limpias, pero pronto estarían llenas de grasa y metal. Y por primera vez en su vida, no le importó. —Se acabó el ruido —susurró Valerie para sí misma. Se ajustó la chaqueta, esquivó un traje de negocios vacío que obstruía su camino y comenzó a caminar con paso firme hacia la zona industrial. El Gran Desvanecimiento le había dado al mundo un silencio aterrador, pero Valerie sabía que, en ese silencio, las mujeres tenían mucho que decir. Y ella iba a ser la primera en hablar.

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