Capítulo 1: El Casting
Hana tenía catorce años cuando una señora con una tablet la detuvo en la salida del centro comercial.
—¿Cantas? —preguntó la mujer, sin presentarse siquiera.
No era una pregunta. Era una afirmación disfrazada. Hana se quedó paralizada con la bolsa del uniforme colgando del hombro, el olor a pollo frito del food court todavía pegado a la ropa. La mujer tenía el pelo recogido en un moño tan tirante que parecía estirarle los ojos hacia atrás, y vestía un traje gris que no tenía ni una sola arruga.
—Canto en la ducha —respondió Hana, y era verdad. También cantaba cuando su madre llegaba tarde del trabajo, para que el departamento no se sintiera tan vacío.
La mujer —más tarde sabría que se llamaba Sra. Kang, pero en ese momento era solo una desconocida con una sonrisa demasiado blanca— le pidió que cantara algo. Ahí mismo. En medio del ruido de la gente y los carritos de bebé y las promos de telefonía.
Hana miró a su alrededor buscando a su madre, pero la había mandado a comprar sola mientras ella pagaba las cuentas en el cajero. Así que cantó. Sin música, sin vergüenza, sin pensar. Cantó esa canción de IU que siempre ponían en la radio del minibús, la que su madre tarareaba cuando planchaba.
La Sra. Kang no aplaudió cuando terminó. Solo asintió una vez y dijo:
—Audición. Viernes 8 am. Trae a tus padres.
Y se fue. Así nomás. Como si acabara de sellar un paquete y no de partirle la vida a una niña en dos.
La madre de Hana se llamaba Soyeon y trabajaba en una fábrica de componentes electrónicos desde que el padre de Hana se había ido, ocho años atrás, con la excusa de "buscar mejores oportunidades" y la realidad de una mujer más joven en Bucheon. Vivían en un semi-sótano que olía a humedad cuando llovía, y Hana sabía exactamente cuánto costaba un paquete de fideos porque a veces era lo único que cenaban.
Cuando Hana le contó lo de la audición, Soyeon dejó el cuchillo con el que estaba cortando cebolla y se quedó mirando la pared un minuto entero. Después dijo:
—Viernes puedo pedir permiso en el trabajo.
No preguntó si Hana quería ir. No preguntó si era buena. No preguntó nada. Las dos sabían que cuando aparecía una puerta que podía llevar a otro lado, había que entrar antes de que se cerrara.
El día de la audición, Hana se puso la única falda que no tenía manchas y una blusa que su madre había planchado tres veces. La agencia quedaba en Gangnam, en un edificio de esos que parecen de vidrio y acero, tan alto que dolía el cuello mirarlo. Adentro había por lo menos cincuenta niñas esperando. Algunas lloraban. Otras ensayaban pasos de baile en los espejos del pasillo. Una estaba vomitando en el baño y su madre la sujetaba el pelo como si fuera lo más normal del mundo.
Hana sintió que le faltaba el aire.
—No te compares —susurró Soyeon, apretándole la mano—. Tú solo canta.
Cuando le tocó el turno, entró en una sala blanca con una mesa larga y cuatro personas sentadas detrás. La Sra. Kang estaba entre ellas, pero no la miró. Habló por el micrófono:
—Nombre, edad, canción.
—Han Hana, catorce años, "Dear Name" de IU.
La música sonó y Hana cerró los ojos. Se imaginó que estaba en su pieza, que su madre estaba en la cocina, que no había nadie mirándola. Cantó pensando en todas las noches que había escuchado esa canción para no escuchar el silencio.
Cuando abrió los ojos, una de las personas de la mesa —un hombre calvo con gafas— estaba inclinado hacia adelante.
—¿Entrenamiento vocal?
—No.
—¿Clases de baile?
—No.
—¿Algún instrumento?
—No.
El hombre calvo y la Sra. Kang intercambiaron una mirada que Hana no supo interpretar. Después la Sra. Kang dijo:
—Espera afuera.
En el pasillo, su madre la abrazó sin preguntar. Hana se quedó quieta, sintiendo el latido del corazón en las sienes. A su alrededor, otras niñas ensayaban, otras madres sujetaban bolsas con ropa de cambio, otras asistentes pasaban con carpetas y papeles. El edificio entero olía a perfume barato y a sudor y a sueños.
Tres horas después, cuando ya casi no quedaba nadie, una asistente salió con una hoja en la mano y leyó una lista de cinco nombres. El cuarto era "Han Hana".
Soyeon apretó tanto su mano que le dolió. Pero no dijo nada. Solo respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que entraron al edificio.
La Sra. Kang las recibió en su oficina. Era un espacio pequeño, lleno de carpetas y fotos de grupos que Hana reconocía de los videos que veía en el teléfono de su prima. Chicas perfectas, sonrisas perfectas, ropa perfecta.
—Tiene potencial —dijo la Sra. Kang, sentándose detrás del escritorio—. La voz es cruda, pero se puede trabajar. Necesitará entrenamiento vocal, baile, idiomas. Manejo de medios. Etiqueta.
Soyeon asintió como si entendiera de qué hablaba.
—Hay un costo —continuó la Sra. Kang—. El entrenamiento no es gratis. Pero la agencia ofrece un sistema de préstamo que se descuenta de las ganancias futuras si debuta. Firmamos un contrato de prácticas por tiempo indefinido, con evaluación trimestral. Si no progresa, se cancela.
—¿Cuánto? —preguntó Soyeon. Su voz sonaba más pequeña que antes.
La Sra. Kang dijo una cifra. Hana no la entendió del todo, pero vio cómo la cara de su madre se contraía, como si le hubieran pegado.
—Podemos pagarlo —dijo Soyeon—. Con horas extras.
—No se paga ahora —la Sra. Kang sonrió por primera vez, pero no era una sonrisa que llegara a los ojos—. Se paga después. Si debuta. Si no debuta, la deuda se condona.
Hana no entendía bien lo que significaba "condona", pero su madre sí. Era la diferencia entre arriesgarse a perderlo todo o arriesgarse a deber algo que no podrían pagar nunca.
—¿Puedo pensarlo? —preguntó Soyeon.
—Tiene 24 horas —dijo la Sra. Kang, y se levantó para indicar que la reunión había terminado.
Esa noche, en el semi-sótano, madre e hija se sentaron en el suelo de la habitación que compartían. La cama individual, el armario con la puerta rota, el espejo empañado por la humedad. Soyeon encendió un cigarrillo —cosa que nunca hacía dentro de la casa— y se quedó mirando el techo.
—¿Quieres hacerlo? —preguntó al fin.
Hana pensó en el edificio de vidrio. En las niñas que vomitaban. En las fotos de las chicas perfectas. En la mano de su madre, áspera de tanto trabajar, apretando la suya.
—Sí —dijo.
Y no sabía si era verdad o si era lo que su madre necesitaba escuchar.
Soyeon apagó el cigarrillo contra una lata vacía y la miró. Tenía los ojos brillantes, pero no lloró.
—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo—. Vas a ser la mejor. Vas a estudiar, vas a entrenar, vas a trabajar el doble que todas. Y cuando seas famosa, te vas a comprar una casa con calefacción y ventanas que no tengan rejas. ¿Entendiste?
Hana asintió.
No sabía entonces que las ventanas sin rejas también pueden ser una jaula.