El precio de la ambicion

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Summary

Ned siempre vivió a la sombra de su hermano, heredero de todo aquello que él creía merecer. Durante años fue un simple mensajero... hasta que una noche recibió una misión capaz de cambiar su destino. Una carta. Una traición. Una decisión. Entre la ambición y la lealtad, Ned deberá elegir su camino sin saber que, en el juego del poder, no todos los que dicen hacer lo correcto sobreviven para contarlo. Porque en la corte, la verdad no siempre es lo más valioso. Y todo tiene un precio.

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El precio de la ambicion

Sin duda alguna, esta era la misión más importante que jamás le había sido encomendada a Ned; pero esto no lo sabía.

La familia de Ned tenía orígenes en España: sus abuelos llegaron a York e iniciaron un negocio de compra-venta de lana, convirtiéndose en los comerciantes más prósperos del condado. Sus abuelos tuvieron 2 hijos y una hija, la cual era su madre. La madre de Ned había sido desposada con el conde de Durham y habían vivido juntos durante 1 año. Tras dejarla preñada, el conde enfermó de tuberculosis, a la que en ese entonces se llamaba escrófula. Su madre parió a dos gemelos, Ned y su hermano. Su hermano fue el primero en nacer y heredó el condado. El padre murió 2 meses después de que nacieran, haciendo a su madre condesa consorte y educándolos con el corazón gélido correspondiente a la frialdad de una aristócrata inglesa.

Ned le guardaba rencor a su hermano, ya que heredó un título nobiliario que, según él, les correspondía a ambos en partes iguales. Aunque la envidia le atormentaba, se tuvo que buscar la vida y se hizo mensajero del conde de Yorkshire, uno de los personajes más poderosos del panorama inglés.

Ned llevaba 10 años trabajando para el conde y aún no le asignaban deberes importantes. Esto lo enfureció en gran medida, ya que con su ambición, odiaba ser relegado a un súbdito más sin importancia.

Una dura noche de invierno, una sirvienta se le acercó en el castillo.

-Buenas noches, sir Ned. -Le hizo una leve reverencia, mostrando cómo el hombre era superior a ella en la jerarquía, pero no por mucho. -El señor ordena que vaya a sus aposentos de inmediato.

Ned se sorprendió; el conde nunca le llamó a sus aposentos; usualmente era convocado el día siguiente en la sala del rey. Aun así, Ned pensó que debería ir sin rechistar; el conde era famoso por ser muy quisquilloso con la puntualidad.

-Está bien, dile que iré enseguida.

-No, me temo que me ha dicho que nadie que no sea usted debería acercarse a sus aposentos. No me ha proporcionado más detalles.

A Ned esto le parecía algo extraño pero no le dio importancia y fue a los aposentos del conde velozmente. Él sabía que si no era rápido el conde se enfadaria y eso podría hacer que sus esperanzas de ganar relevancia se esfumaran tan rápido como desapareciera la espuma tras la ruptura de una ola.

Mientras se acercaba a la habitación del conde vio como varios guardias custodiaban el pasillo, supuso que tenía algo que ver con las instrucciones proporcionadas a la sirvienta.

Tras entrar, el conde le miró con nerviosismo, pero pareció relajarse al ver que era él quien entró. Aun así seguía sin parecer del todo calmado.

Escúchame Ned, - Al joven mensajero le extraño que le llamara por su nombre, le estaba tratándolo como un igual, pero siguió escuchando sin decir nada - no hay tiempo que perder, el destino de Inglaterra está en tus manos, coge esta carta y enviásela al arzobispo de Canterbury.

A Ned le sobresaltó la rapidez con la que estaba pasando todo, pero dándose cuenta de que el conde estaba demasiado impaciente para negociar intentó con un tono de forzada naturalidad, conseguir su tan ansiado poder.

-Esta bien, pero llevo diez años trabajando para usted, tras esto, quiero una buena recompensa.

-Esta bien, recibirás 20 libras si eso es lo que quieres.

Ned se sorprendió, un mensajero deberá trabajar 45 años para conseguir tal cantidad de dinero. Pero a él lo dinero era lo que menos le importaba en ese momento; tras darse cuenta de lo importante que era esa misión decidió que daría su primer paso para entrar en la aristocracia.

-Quiero la aldea de Haworth.

La aldea de Haworth era famosa por subsistir de la ganadería y la agricultura y el conde la poseía en aquel momento.

-Esta bien, te la concederé. Ahora coge la carta y vete.

No lo podía creer, sería un verdadero lord. No por sangre, sino que por poseer sus propias tierras, tras eso seguiría escalando hasta consolidar su posición en la aristocracia. Pero no se ilusiono y le contestó al conde con escepticismo.

-Quiero que lo firme en documento.- añadió pensando que el conde podría romper su promesa.

El conde se quedó perplejo.

-No me vuelva a replicar, envíame este mensaje o le cortaré la cabeza.

Los ojos del conde, aunque impacientes, estaban también llenos de ira. Ned se dio cuenta de que no debía tentar más a la suerte. Cogió la carta y se dispuso a partir.

-Dile a los monjes de Canterbury que buscas al arzobispo y que vas por parte del conde de Yorkshire.

Ned se montó en su caballo, y en una noche de invierno en la cual las afueras del castillo estaban blancas como las plumas de un cisne y frías como el agua del mar del norte, partió hacia Canterbury.

Varios días pasaron desde que Ned salió de Yorkshire. Una oscura noche, Ned se vio obligado a descansar en un bosque. Era alrededor de la medianoche y su caballo estaba exhausto. Descansaría en un bosque que estaba entre Birmingham y Oxford.

Ned temía que los proscritos pudieran atacar de noche, pero entendía que no podía seguir galopando ya que el caballo se encontraba agotado.

A Ned le costó conciliar el sueño ya que estaba demasiado alerta por si aparecía algún criminal. Su estado de alarma aunque si le dificulto el sueño, no se lo imposibilito, y cayó derrotado ante su sueño.

Pasaron un par de horas desde que Ned se durmió. Este, se vio despertado por un ruido extraño que provenía de los arbustos. Extrañado, se levantó y fue a inspeccionar. Vio como había varias manzanas en el suelo y supuso que el ruido provenía de que se cayeran del árbol. Decidió volver a dormir, pero cuando menos se lo esperaba, un hombre con un garrote le atacó.

Ned sacó su espada como si la vida dependiera de ello, que probablemente así era. El ataque fue fugaz así que no le dio tiempo suficiente a reaccionar. Aun así desvió el ataque con su espada.

Ned había sido curtido en la esgrima de pequeño. Aunque solo tuviera nociones básicas aprendidas años atrás, en ese momento pareció recordarlo todo. Agarro su espada desde la empuñadura y fue a asestó un golpe en el estómago del proscrito. Este sangraba a montones, creando un charco de sangre tan grande como la ira que a Ned le recorría en aquel instante.

Al ver que el delincuente había caído Ned se relajo, lo cual fue un gran error por su parte; el proscrito iba acompañado y tras ver que Ned se descuidaba le robo el zurrón que estaba al lado de su caballo. Ned cometió el grave error de colocarlo en un lugar de fácil acceso para los ladrones.

Tras darse cuenta de que en el zurrón estaba la carta que debía entregar Ned entró en pánico y empezó a perseguir al proscrito.

-Devuélveme ese sucio ladrón!-gritó el mensajero en un acto desesperado.

Ned era más rápido que aquel hombre pero se veía de lejos que el proscrito conocía el bosque como la palma de su mano. Tras una larga persecución en la que Ned se dio cuenta de que así no pararía al ladrón y de que este lograria perderlo de vista, le lanzó su espada como un último intento desesperado.

Por suerte para Ned, la espada llegó a atravesar al hombre, pero le atravesó en el hombro: era una herida superficial pero dolorosa. El hombre cayó al suelo y Ned aprovechó ese mismo instante para quitarle el zurrón pero el hombre se aferraba a él con gran ahínco. Y tras forcejear el zurrón se rompió. Varias monedas cayeron al suelo, unos 120 peniques dedujo el proscrito. Esto era sorprendente ya que equivalía a unos 10 chelines, una pequeña fortuna para cualquier campesino o proscrito.

Ned corrió a coger la carta al mismo tiempo que el proscrito cogía el dinero y cuando cada uno obtuvo lo que necesitaba corrieron sin mirar atrás.

Volvió al lugar donde tenía su caballo y se dio cuenta de que había perdido 10 chelines, eso era una gran suma de dinero y le entraron ganas de abandonar su misión. Aun así se tranquilizó pensando que una vez se convirtiese en un lord esos diez penique no supondría un gran problema.

Cuando llegó al campamento vio al compañero del proscrito tendido en el suelo con un gran pozo de sangre que la herida de Ned le había provocado. Tras la persecución la adrenalina se le fue y por un momento se sintió aterrorizado por lo que había hecho. Mató a un hombre.

Ned se quedó aterrorizado con aquello y aunque supiera que fue en defensa propia matar a un hombre con sus propias manos implicaba que ahora era un asesino. Obviamente la ley no lo considera como tal dado a su rango en la aristocracia pero él recordaría por siempre que mató a un hombre. En un intento de autoconvencerse, pensó que aquel hombre era un simple proscrito y que él era parte de la aristocracia, se autoconvence de que su vida valía más que la del hombre al que mató. Aunque por dentro siempre sabría que no era así.

Aun así, el terror le duró poco, ya que escuchó que había movimiento en el bosque. Supuso que el proscrito que huyó había llamado a sus compañeros para atacar a Ned en conjunto y aunque Ned quería recuperar su dinero, sabía que no podría ganar contra una gran multitud de hombres asique montó su caballo y salió del bosque en dirección a Oxford.

Había empezado a amanecer, Ned estaba exhausto por la persecución y aun le seguía atormentando la idea de que mató a un hombre. Ya una vez alejado del bosque una distancia considerable decidió ver si la carta estaba en buen estado: la carta estaba rota y podía leerse el mensaje que se escribía dentro.

Ned se sorprende y estuvo tentado en leerla, pensó que sería de suma confidencialidad pero supuso que nadie se enteraría si la leía. Lo que leyó en la carta le dejó sin palabras:

Excelentísimo señor,

supongo que ya le habrán llegado las noticias de que el joven heredero del rey ha muerto. Como ya es de conocimiento general, el siguiente en la línea de sucesión es mi gran amigo el hermano del rey.

Creo que ya va siendo hora de que el trono le pertenezca a otra persona y como ya sabe que el rey es fértil, por sus numerosos bastardos creo que lo mejor sería que su mandato terminara lo antes posible, usted y yo podemos hacer que eso ocurra.

Estoy seguro de que mi gran amigo y hermano del actual rey nos recompensará enormemente una vez ascendido al trono. Como a ambos nos beneficia este trato y somos las dos figuras más poderosas de Inglaterra tras el rey. Le propongo reunirnos en Birmingham cuanto antes, el tiempo apremia.

Se quedó perplejo. Bajo la carta lentamente mientras sus manos temblaban, estaba metido en algo muchísimo peor que matar a unos simples proscritos, estaba metido en una conjura para deshacerse del rey.

En ese momento a Ned le invadieron muchas preguntas: ¿Porque el conde le escogió específicamente a él para la misión?, ¿Porque estaba tan impaciente el conde en aquel momento?, y la más importante de todas, ¿Debería revelar la conjura y darle la carta al rey?.

El joven siervo del conde entendió que no tendría la respuesta a muchas de esas preguntas nunca pero la última le dejó un gran dilema. Sabía que si cumplía su cometido, no importaba si se concretase la conjura o no, conseguiría una aldea y se haría terrateniente. Aun así, si impedía que la conjura sucediese contándole al rey podría ganarse un buen puesto en su corte y esta te daba un gran prestigio en la aristocracia, que era lo que a él le importaba. Además, el conde nunca firmó un documento que dijese que le otorgaría la aldea y eso hacía que pudiese decir que Ned estaba mintiendo.

Ned lo tuvo bastante claro, no quería participar en una conjura pero eso no era lo que en verdad le motivaba. Su ambición era enorme, no le bastaba con ser lord, quería un puesto en la corte real y después conseguiría títulos nobiliarios.

Tras llegar a Oxford tomó la decisión que decidirá su futuro, seguiría el camino hacia Canterbury o hacia Londres. Escogió el camino del poder, se dirigió a Londres.

Ned llegó a Londres, era una ciudad bulliciosa y estaba a rebosar de gente. El mercado estaba a rebosar de gente y se escuchaban comerciantes gritando de un lado a otro. York era grande pero no se comparaba ni de cerca con Londres que en los últimos siglos consiguió una mayor relevancia en la economía europea por diversos factores, entre ellos, que se encontraba en el canal de la Mancha, que separaba a Inglaterra con Francia o que llevaba varios siglos siendo un increíble puerto comercial.

Había estado allí antes trabajando para el conde, pero esta vez era diferente, sentía que la presión que había sobre él era enorme pero sabía que si salía bien, conseguiría un puesto increíble en la nobleza. Sentía que era como si pasara de campesinado a la aristocracia, aunque él ya estuviese en ella.

Al llegar a la torre de Londres pidió discutir con el rey de inmediato, los sirvientes le conocían pero era extraño que alguien se presentase explícitamente en la torre y pidiese hablar con el rey de buenas a primeras. Aun así él era el mensajero del conde de Yorkshire, uno de los condados más importantes de toda Inglaterra así que se lo llevó al rey que estaba en su habitación.

-Saludos su majestad, - hizo una gran reverencia mostrando un gran grado de respeto- traigo noticias urgentes desde Yorkshire y creo que el único que debería saber de ello es usted. - Tenía que tener cuidado con las palabras que elegía, estaba ante el personaje más importante de inglaterra y uno de los más importantes de toda Europa, esa conversación decidiría su futuro.

-¿Qué es tan importante como para que puedan entrar en mis aposentos privados?

Estaba claro que fue un acto descarado entrar hay pero los sirvientes fueron los que le dieron el honor, estaba claro quién iba a ser castigado más tarde.

Ned noto la tensión en el ambiente, el rey estaba desesperado tras la muerte de su heredero, y Ned oso irrumpir en su habitación sin previo aviso. Decidió ser directo y conciso.

-He descubierto una conjura hacia su persona - Ned estaba sudando frío, los dedos le temblaban pero hizo el mayor esfuerzo posible por mantenerse relajado. Le entregó la carta al rey. - Se me encomendó entregar esta carta al arzobispo de Canterbury y tras darme cuenta de la conjura decidí hacer el bien.

El rey leyó la carta a sus adentros y al terminar miró a Ned con una mezcla de sorpresa y alerta.

-¿Por qué abriste la carta? un mensajero simplemente debe transmitir el mensaje y no leerlo.

-Un proscrito me atacó en el bosque y el sello se rompió tras la batalla. - Ned sabía que la historia era poco creíble pero decidió que no mentir sería la mejor opción.

El rey le miró con escepticismo. La tensión se palpaba en el ambiente y el futuro de Ned se decidiría en ese mismo instante.

-Aunque eso fuera verdad, no tenias porque leer la carta. ¿Por qué lo hiciste?.

-Quería asegurar de que fuese la carta que me encomendaron y que el proscrito no hubiera hecho un cambiazo - Ned mintió descaradamente, en realidad sentía la necesidad de saber que había en la carta y pensó que había encontrado la excusa perfecta.

-¿Creía que un proscrito te daría el cambiazo? - El rey lo miró con una cara indescifrable, estaba tan inexpresivo como un monje al recitar el sermón en misa. - Eso es absurdo, ¿cómo tendría el proscrito una carta?

-El conde me dijo que la carta era de suma importancia asique pensé que aunque probablemente fueses proscritos también podrían haber sido mercenario contratados para que me robaran la carta.

El rey se quedó pensativo, sabía que si la carta era verdadera el conde no le habría dado más información al mensajero. Aún era joven y podría conseguir un heredero fácilmente por eso el conde tendría tantas prisas ya que el rey era un mujeriego famoso aunque aun así tras despojarse hacia ya 1 año no paraba de yacer en la cama con su esposa.

El rey se sentó en su cama para meditar y recordó cómo le debía mucho al conde de York debido a que este donó parte de su dinero para construir la catedral de Exeter y esto hizo que el rey consiguiera mucho más dinero por impuestos. Era imposible condenar al conde de Yorkshire, este era demasiado poderoso en Inglaterra para poder quitarselo de encima, si eso ocurría una guerra civil estallaba en el reino, además al arzobispo nunca se le había llegado a entregar la carta asique no se le podía condenar tampoco. El rey tomó una decisión, convocó al mensajero y a 3 guardias en la sala real y fue con Ned de inmediato.

El joven Ned, tenia esperanzas de que la jugada le salio bien, le dio argumentos convincentes al rey y ademas destapo una conjura de asesinato. No se esperaba para nada lo que iba a pasar.

El rey le pidió a los guardias que apresaran a Ned.

-¡¿Por qué, si le he salvado la vida?!

El rey evitó mirarlo, esto fue lo que más le dolió. Se dirigió hacia su mensajero real y le dio órdenes claras.

-Quiero que vayas a Yorkshire y le digas al conde que su mensajero va a ser condenado por perjurio, también que se le otorgara el puesto de administrador de la corte real y de que se le proporcionará una reducción de impuestos de vasallaje.

Ned se quedó estupefacto pero en ese momento lo entendió todo. Le salvó la vida al rey pero este, interesado en la estabilidad y en su mandato simplemente aseguró la lealtad del conde de Yorkshire.

El rey miró a Ned con una cara solemne en la cual Ned podía leer que pedía perdón.

-Quedas condenado a muerte por perjuro sobre tu señor, tu ejecución será mañana.

Ned no tuvo energías para pensar en nada durante la noche pero cuando los guardias le agarraron se despertó. Vio su vida pasar por delante de sus ojos.

Ned empezó a hablarse a sí mismo mientras los guardias no le hacían caso y le llevaban al lugar de la ejecución.

-No me arrepiento de nada de lo que he hecho, o eso quiero creer. Siempre he vivido a la sombra de mi hermano. Él lo tuvo todo, yo simplemente quería alcanzarlo. Tuve la oportunidad, pero fui demasiado lejos. Creí que el rey sería distinto y que conseguiría poder si hacía lo correcto. Nunca había estado tan equivocado. No soy el único con ambición en este reino, sólo el más ingenuo.

Mientras Ned soltaba un monólogo para sí mismo, los guardias lo miraron uno sin expresión alguna y otro con cara de asco.

Era una ejecución pública, y el verdugo le cortaría la cabeza.

El verdugo miró a Ned, Ned contuvo la mirada.

El hacha cayó sobre su cabeza.