La citación de Munro

La luz del mediodía en Edimburgo se filtró por la ventana del cuarto piso, dejando un rastro de claridad sucia sobre los cristales. Maire abrió los ojos, pero no se movió; permaneció boca arriba, aguantando el latido que le golpeaba las sienes. En su boca todavía quedaba el rastro de la ginebra de la noche anterior, un sabor agrio que se le pegaba al paladar. Al girar la cabeza, vio a la mujer joven que dormía a su lado. El cuerpo desnudo de la chica dibujaba una línea pálida contra las sábanas grises. Maire recorrió con la vista ese cabello revuelto sobre la almohada, tratando de recordar un nombre que no llegaba; solo conservaba la imagen borrosa del sótano de The Jolly Judge. La observó como a un objeto olvidado en su cama que ya no tenía ninguna utilidad.
Se levantó y caminó descalza, sintiendo el crujido de la madera vieja y el frío que subía por las plantas de los pies. Frente al espejo, su reflejo le devolvió una imagen gastada. El maquillaje negro se le había corrido hasta los pómulos, dejándole unas sombras oscuras que acentuaban su palidez. Se pasó los dedos por el pelo enmarañado, notó el peso de los anillos de obsidiana y se apartó del reflejo para ponerse el camisón de seda y echarse encima una manta de lana gruesa, apretándola contra el pecho.
En la mesa de roble, rodeada de libros y un cenicero lleno de colillas, encontró la botella de ginebra. Llenó el vaso hasta la mitad con el pulso algo inestable; el primer trago le raspó la garganta, pero logró que la presión de la cabeza cediera. Encendió un Players Navy Cut y soltó una bocanada de humo hacia las vigas del techo mientras acercaba el manuscrito de Rimbaud. Sus ojos saltaron entre las notas en tinta negra y el francés original, buscando la palabra para describir el abismo en El barco ebrio, hasta que tres golpes secos sonaron en la puerta.
Se puso de pie, se acomodó la manta sobre el hombro y caminó hacia la entrada. Al abrir, se topó con un hombre joven de traje oscuro que sostenía un maletín de cuero. Ella no subió la mirada de inmediato; primero vio el brillo de sus zapatos y luego el contraste de sus propias piernas que asomaban bajo la seda del camisón.
—¿Señorita Maire MacLeod? —preguntó el hombre, con una postura erguida.
—Sí —respondió ella. Su voz sonó rasposa.
El mensajero sacó un sobre de color crema, cerrado con un sello de cera roja, y se lo ofreció con un gesto medido.
—Envío del bufete de Archibald Munro, de parte de los administradores legales de Jura. Es de carácter urgente.
Maire tomó el sobre. El papel se sentía rígido y traía ese olor a oficina antigua y a humedad salina. Sin decir nada, dio un paso atrás mientras el hombre hacía una breve inclinación y se retiraba por el pasillo de piedra. De regreso en la mesa, ignoró a la mujer que ahora estaba sentada en la cama, cubriéndose el pecho con la sábana. Rompió el sello de cera con la uña del pulgar y extrajo el documento:
NOTIFICACIÓN LEGAL DE DEFUNCIÓN Y SUCESIÓN
A la atención de la Señorita Maire MacLeod.
Por medio de la presente, el bufete de abogados Munro & Sons, en representación de los administradores legales de la isla de Jura, cumple con el deber de notificarle formalmente el fallecimiento de su padre, el Sr. Hector MacLeod, ocurrido el pasado 24 de octubre en su residencia de Blackrock Hall.
Según lo estipulado en su última voluntad y testamento, usted ha sido designada como la heredera universal de la propiedad de Blackrock y de la destilería vinculada a la misma. No obstante, le informamos que la gestión operativa y la custodia de los activos han quedado bajo la responsabilidad de la Srta. Elspeth Fraser, en calidad de albacea técnica y maestra destiladora, hasta que se formalice su presencia en la isla para la firma de los documentos de aceptación o renuncia. Dada la naturaleza de los activos involucrados, se requiere su comparecencia inmediata.
Maire se detuvo en el párrafo final. Mantuvo el papel entre sus manos mientras el temblor de sus dedos regresaba y miraba el nombre de Elspeth Fraser.
—¿Maire? —la mujer desde la cama habló con voz débil—. ¿Pasa... pasa algo? ¿Quién era?
—Nada que te interese —dijo finalmente. Su voz era plana. Dobló el documento con lentitud, marcando el pliegue con la yema del dedo, y lo dejó sobre la traducción de Rimbaud mientras se ponía de pie.
La mujer en la cama se aclaró la garganta, soltando la sábana ligeramente para dejar ver sus hombros.
—Maire... —balbuceó la chica, entrecerrando los ojos por la luz gris del ventanal—. ¿Es... es muy tarde? ¿Quieres que... que me quede a... a desayunar o algo?
Maire la miró por primera vez desde que despertó. Recorrió su rostro joven y la confusión de su mirada con una fijeza que hizo que la mujer se encogiera sobre el colchón.
—No —respondió con voz seca. Caminó hacia la silla donde estaba la ropa de la desconocida y la tomó de un montón desordenado—. Vístete. Tienes cinco minutos.
—Pero... creía que... —la joven se detuvo, con el labio inferior temblando levemente mientras estiraba la mano hacia su vestido de flores—. Anoche dijiste que... que te gustaba mi...
—Anoche bebí demasiado —la interrumpió Maire. Se dio la vuelta y se dirigió al baño de la entrada sin esperar respuesta.
Entró en el pequeño habitáculo de azulejos gastados y abrió el grifo de la bañera de patas de león, dejando que el agua hirviendo llenara el recipiente mientras el vapor empañaba el espejo. Se quitó la manta y el camisón, dejándolos caer sobre las baldosas frías antes de introducirse en el agua hirviendo. Sintió un pinchazo de dolor en la piel que buscaba desplazar el frío que el nombre de Elspeth le había dejado en el pecho. Se lavó el cabello y el maquillaje con saña, frotándose el rostro con las manos hasta que su piel adquirió un tono rojizo. Cuando salió, envuelta en una toalla de algodón áspera, la mujer se había ido; solo quedaban las sábanas revueltas y el aroma ajeno de su perfume barato mezclado con el tabaco.
Ignoró el hueco vacío en la cama, se dirigió al armario y tomó una maleta de cuero oscuro para comenzar a seleccionar sus pertenencias con un orden mecánico. Guardó sus camisones de seda, jerséis de lana de cuello vuelto, pantalones palazzo, sudaderas de algodón, camisas y pantalones de vestir, además de su calzado de tacón bajo, zapatillas y sus pantuflas de descanso. Acomodó con cuidado sus diccionarios de francés, las plumas estilográficas, la traducción de Rimbaud y el sobre lacrado, envolviendo finalmente dos petacas nuevas de ginebra entre los jerséis de lana para protegerlas durante el trayecto.
Poco después, entró en el edificio de Charlotte Square cargando la maleta de cuero. El ambiente olía a cera de muebles y a papel antiguo, y había un silencio que solo rompía el tecleo de una máquina de escribir en el fondo. Se detuvo ante el escritorio de Archibald Munro sin esperar a ser anunciada; el abogado levantó la vista, ajustándose las gafas con un gesto lento.
—Señorita MacLeod —dijo Munro, observando la maleta—. Supuse que recibiría mi notificación, pero no esperaba verla aquí con el equipaje listo.
—Necesito los documentos —respondió Maire. Su voz sonó seca—. Y quiero saber qué autoridad tiene esa mujer sobre Blackrock Hall. No voy a viajar a ciegas.
Munro extrajo un sobre de una carpeta de cuero y lo deslizó sobre la mesa.
—Es la albacea técnica. Designación directa de su padre, Hector. Ella tiene la gestión operativa de la destilería y de la casa hasta que usted firme la aceptación formal de la herencia... o su renuncia. Es un testamento blindado, Maire.
Ella tomó el legajo, sintiendo el peso de doce años de silencio comprimidos en ese papel.
—¿Ella sabe que voy? —preguntó, guardando el documento en el bolsillo de su abrigo.
—He enviado un telegrama a la oficina de correos de Craighouse esta mañana —asintió Munro—. Les he notificado que la documentación ha sido entregada y que debería estar en el ferry de mañana. Si la señorita Fraser tiene un mínimo de sentido común, la esperará en el muelle de Feolin.
Maire no respondió. Tomó el asa de la maleta y salió del despacho sin despedirse. Caminó hacia la estación de Waverley bajo el aire cargado de hollín, compró un billete de ida hacia el oeste y se instaló en un vagón. Mientras el tren comenzaba a moverse y los perfiles negros del Castillo quedaban atrás, abrió la maleta lo justo para extraer la botella de ginebra. Bebió un trago largo. Ya no era la traductora perdida; ahora era la hija de Hector MacLeod regresando a un lugar de donde fue auto-exiliada. El paisaje urbano desapareció, abriéndose finalmente hacia los campos grises que marcaban el inicio de su trayecto hacia el mar.