Capitulo 1
El salón de descanso del Valhalla era un lugar inusualmente tranquilo esa tarde. El murmullo lejano de los entrenamientos y las risas de otros guerreros se filtraban apenas por los gruesos muros de piedra, pero en el rincón más oscuro, oculto tras una fila de asientos de cuero de respaldo alto, el aire estaba cargado de una electricidad diferente. No era la tensión de la batalla, sino el magnetismo de dos almas que, tras eones de tragedia y separación, no podían permitirse estar a más de un centímetro de distancia.
Brunhilde, la mayor de las valquirias, estaba sentada sobre el regazo de Siegfried. Su espalda se apoyaba contra el pecho de él, y su cabeza descansaba en el hueco de su hombro. En una de las estaciones cercanas, una joven valquiria —quizás Göll o alguna de sus hermanas— estaba absorta frente a un monitor, con los auriculares puestos, completamente ajena a la transgresión que ocurría apenas a dos metros de ella.
Siegfried rodeaba la cintura de Brunhilde con sus brazos poderosos. El roce de sus cuerpos era una necesidad física, un ancla que los mantenía en el presente.—Estás tensa, mi valquiria —susurró Siegfried, su voz era un vibrato profundo que Brunhilde sintió directamente en su columna vertebral—. Relájate. Nadie nos ve.—Es una imprudencia, Siegfried —respondió ella en un susurro apenas audible, aunque no hizo el menor intento por moverse. Al contrario, se acomodó más profundamente contra él, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo—. Si nos descubren...—Que miren —dijo él con una sonrisa arrogante que ella podía adivinar sin verla—. Solo verán a un hombre cuidando de lo que más ama.Siegfried comenzó a mover sus manos. Una de ellas subió con lentitud, deslizándose por debajo de la pechera de cuero de Brunhilde, buscando el calor de su piel. Sus dedos, marcados por las cicatrices de mil combates pero dotados de una delicadeza infinita, rodearon uno de sus pechos. Brunhilde soltó un suspiro entrecortado que intentó ahogar mordiéndose el labio inferior.—Siegfried... —advirtió ella, pero su cuerpo la traicionaba, arqueándose ligeramente hacia su toque.Él no se detuvo. Con la mano que quedaba libre, comenzó a descender por su abdomen, sintiendo la firmeza de sus músculos hasta llegar al borde de su pantalón ajustado. Con una destreza que la hizo temblar, deslizó la mano dentro de la prenda.La piel de Brunhilde estaba ardiendo. El contraste entre el frío ambiente del salón y el calor invasivo de las manos de Siegfried la estaba volviendo loca. Él comenzó a masajear su pecho, apretándolo con una firmeza rítmica mientras su pulgar jugaba con el pezón, que se endurecía bajo su toque. Al mismo tiempo, sus dedos en la parte inferior encontraron la humedad que ya empezaba a empapar su lencería.—Mírala —susurró Siegfried al oído de Brunhilde, señalando con la barbilla a la valquiria que seguía distraída frente al monitor—. Está allí mismo, y no tiene idea de cómo te estremeces bajo mis dedos.Brunhilde cerró los ojos con fuerza. La sensación de peligro aumentaba su excitación. Siegfried hundió un dedo en su intimidad, encontrándola ardiente y lista. Comenzó un movimiento lento, circular, centrado en el clítoris, mientras los otros dedos se deslizaban dentro de ella, explorando su profundidad.—Ah... —el jadeo de Brunhilde fue casi un gemido. Se cubrió la boca con la mano para no alertar a nadie.Siegfried incrementó el ritmo. Su mano en su pecho se volvió más exigente, apretando y acariciando con una urgencia que reflejaba la suya propia. Sus dedos abajo se movían con una precisión quirúrgica, conociendo cada punto de placer, cada terminación nerviosa que hacía que Brunhilde perdiera el hilo de la realidad.—Dime qué sientes —le pidió él, su aliento caliente rozando su oreja—. Dime cómo te gusta que te toque mientras los demás creen que solo estamos descansando.—Me... me estás volviendo loca —logró articular ella, sus caderas empezando a moverse por instinto, buscando más de ese contacto—. No pares, por favor... más rápido.Siegfried obedeció. El movimiento de sus dedos se volvió frenético pero controlado. Podía sentir las paredes internas de ella contraerse alrededor de su mano, el ritmo de su corazón golpeando contra su pecho. Ella era una guerrera indomable, la mente maestra tras el Ragnarok, pero en ese momento, en sus brazos, era pura vulnerabilidad y deseo.Brunhilde sentía que el mundo se reducía a esos dos puntos de contacto: el fuego en su pecho y el incendio entre sus piernas. La presencia de la otra persona en la habitación, a plena luz, hacía que cada roce fuera diez veces más intenso. Se sentía expuesta, profanada y adorada al mismo tiempo.—Siegfried, voy a... —empezó ella, su respiración volviéndose errática.—Hazlo —le ordenó él, su voz cargada de una posesividad absoluta—. Entrégate a mí aquí mismo. Sé mía frente a todo el Valhalla si es necesario.Con un último empuje de sus dedos, presionando con fuerza sobre su centro mientras succionaba suavemente el lóbulo de su oreja, Siegfried la llevó al límite. Brunhilde se tensó, sus uñas se clavaron en los antebrazos de él y su cuerpo fue sacudido por una serie de espasmos violentos. Fue un orgasmo silencioso pero devastador, una explosión de colores tras sus párpados cerrados que la dejó sin aliento, hundiéndose en los brazos de su amante.Se quedaron así unos minutos, mientras sus respiraciones se normalizaban. La valquiria al otro lado de la sala finalmente se levantó, estirándose, y salió del lugar sin haber notado nada.Siegfried retiró sus manos con lentitud, besando el cuello de Brunhilde antes de volver a rodearla con ternura.—Te dije que nadie nos vería —dijo él con una sonrisa suave.Brunhilde se giró ligeramente para mirarlo, sus ojos aún nublados por el placer pero recuperando su brillo habitual de determinación.—Eres un idiota, Siegfried —dijo ella, aunque su sonrisa la delataba—. Un idiota al que no puedo dejar de amar.
Se besaron entonces, un beso largo y profundo que selló su pacto silencioso: en ese mundo de dioses y monstruos, ellos eran su propio refugio, su propio pecado y su propia redención.