La pregunta
Un nuevo día comienza. Los rayos del sol ya entran por mi ventana y los pajaritos empiezan a entonar sus hermosas melodías. Me levanté de la cama, me quité la pijama y me coloqué ropa más cómoda, además de ponerme una bufanda.
Tomé mis lentes y los limpié un poco antes de colocármelos. Me miré al espejo; cada día me sentía más cansado. Mi rostro ya tenía alguna que otra arruga. Aquel rostro que tuve ya no era el mismo; hasta mi cabello rubio se notaba desgastado. Me acomodé el fleco y tomé mi bastón. Me dirigí al baño para lavarme la cara y cepillarme los dientes.
Bajé al comedor para desayunar. Me preparé algo sencillo y me senté en una silla frente a la mesa; mi única compañía era mi gato. Le serví su atún y procedí a comer. Cuando terminé, lavé los trastes que usé y salí un rato al patio. Fui a sentarme en la banca que tenía debajo de un árbol. La pintura comenzaba a desgastarse, así que ya tenía con que distraerme aunque sea por un rato.
A mi lado pude notar cómo una hoja caía. No era raro; después de todo, era otoño, la estación donde lo verde se vuelve café. La brisa se sentía fría, pero gracias a mi bufanda no la percibía tanto.
Suspiré.
Me sentía tan solo. Mis hijos ya habían formado su vida y, bueno, mi esposa decidió separarse de mí hace mucho tiempo. Solo nos vemos cuando nuestros hijos organizan alguna reunión. No la odio por la decisión que tomó; está en todo su derecho. A veces mis nietos suelen visitarme. Yo no puedo ir a verlos, mis hijos no me permiten salir como antes. Pero, de todas maneras, logro escaparme de vez en cuando para ir a visitar a alguien.
—¡Abuelito! —escuché la voz de mi nieto más pequeño.
Levanté la vista y venía corriendo hacia mí. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Cómo estás, abuelito? —dijo, abrazándome. Correspondí el abrazo.
—Arrugado y viejo —solté una pequeña risa.
—Claro que no. Yo te veo fuerte —infló sus mejillas y me mostró sus bíceps.
Solo sonreí. Me hacía falta ver a mi nieto, pero, a veces, su apariencia me ponía nostálgico; tenía rasgos similares a los de alguien más...
—¿Y tus papás? —pregunté para cambiar el tema.
—Están allá dentro —señaló mi casa—. Dijeron que verán las cosas que te faltan para surtir el mandado. Abuelito, ¿por qué no te vienes a vivir con nosotros? ¿No nos quieres?
—Claro que los quiero, Eiko, pero no quiero ser una carga para tus papás.
—No eres una carga. Además, abuelita estará feliz.
—Hay cosas que no entiendes, Eiko —toqué su cabello negro para revolverlo un poco—. Cuando seas más grande vas a comprender.
—Tengo casi trece años, ya no soy un bebé —frunció el ceño como un conejito y solo sonreí.
—Siempre serás un bebé para tus papás y para mí.
—Abuelito Denki...
—Dime.
—¿Puedo... puedo preguntarte algo? —vi cómo jugaba con sus dedos nerviosamente y ponía cara de cachorrito regañado.
—Adelante. Aunque si son problemas matemáticos, paso. No soy tan bueno en eso —me reí de mi propia tontería.
—No es eso... La otra vez escuché que abuelita mencionó el nombre de un tal Eijiro. A veces ella me llama así. Mis papás me dicen que, como ya tiene Alzheimer, se le olvidan las cosas, pero dijo algo raro.
Mi corazón casi se detiene.
—¿Qué dijo? —tragué saliva. Una parte de mí temía su respuesta.
—Ella lloró cuando me vio. Me dijo: "¿Por qué? ¿Por qué vienes? ¿Acaso es para recordarme que Denki te ama a ti? A mí jamás me llegó a amar con la misma intensidad?" Se alteró tanto que mis papás, por una semana, me prohibieron verla. Pero cuando me volvió a ver ya no lloró; solo me sonríe y me cambia el nombre. A veces, cuando se acuerda, me llama por el mío.
Me quedé callado.
Me sentía tan culpable por haberla hecho sentir así a Kyoka.
—¿Quién es Eijiro, abuelito?
—¿En verdad quieres saberlo? —me quité los lentes para tallarme un ojo.
—Sí. Si no te incomoda, quiero saber qué fue Eijiro para ti... ¿Por qué mi abuelita dijo eso?
—Te lo diré, pero no quiero que me odies después de esto.
—¿Por qué te odiaría? Eres mi abuelito y te quiero mucho —sentí que tomó mi mano y la acarició.
Me coloqué los lentes, preparándome mentalmente para contarle algo que creí que jamás me preguntarían. Para mí es doloroso recordar, pero no puedo negarme. Hablar de él me hace bien.
—Bien... prepárate para escuchar mi historia de amor.