Chapter 1
Era una noche muy especial para Vera: cumplía dieciséis años. Su familia había insistido en remarcar la importancia de esta fecha desde sus quinces, festejo que habrían omitido en pos del otro allende. Sopesó con espíritu las firmes pautas dictadas por Mamá Frida, pues se trataría de un festejo exclusivamente familiar. Vera no se admitiría siquiera a sí misma que estaba decepcionada: habría deseado invitar a sus amigas y, cuando no, a su novio Matías, a tal festejo. Mas esas nunca habían sido las maneras en su casa, y era verdad que su familia era compañía suficiente.
Se armó el jolgorio a medida que sus tías y primas arribaban; cargaban cazuelas y paquetitos varios; postres caseros y faenas agridulces, junto a vinos espesos, dulces y tintos. Por supuesto, a Vera no se le permitía beber; mas sus tías eran ávidas en su bebida y se deleitaban en corear a carcajadas todos los festejos donde tales espíritus estuvieran involucrados. Al arribar se dirigieron directo a Frida —encomiando su escote y su afable belleza—, mientras Vera trabajaba en la cocina. Solo Tía Julia le hacía compañía, habiendo estado allí desde antes del mediodía, siempre en silencio y siempre ensimismada. Cuando las otras por fin alcanzaron el comedor, en fila detrás de Mamá, fue Tía Irma quien marcó una mueca al clavar la mirada en el sostén de Vera, el cual se dejaba entrever.
—Parece que nuestra Vera ya es toda una mujercita —espetó con una sonrisita que brillaba en sus ojos con un fulgor malicioso. Mas las palabras eran dulces; las otras rieron y miradas intercambiaron. Candela, su prima, pareció disfrutar en particular viéndola retorcerse en súbita vergüenza. Ella misma hacía alarde de su joven cuerpo prieto, mas parecía no convocarle encomios. En cambio, fue Frida quien se detuvo; su rostro empalideció no más que un instante, y Vera se excusó en pos de cambiarse.
Pronto se habrían sentado todas en la amplia mesa del ancho comedor: con Mamá Frida a la cabeza, la conversación inequívocamente centrada en sus siempre medidas elocuencias, con Tía Irma y Tía Paz posadas a sus lados,. El vino corrió presto por las copas, pero no llegó al extremo contrario, desde el cual Vera contemplaba enajenada su propia celebración. Los asientos a sus lados estaban vacíos; pues Tía Julia se sentó en la esquina, la mirada mantenida siempre hacia el suelo. Tía Mónica fue la que más próxima se hallaba, y de tanto en tanto le preguntaba cómo estaba la comida con tono dulzón, salamero.
Llegó la hora de la torta, y Vera se atragantó: el aire revirado se estranguló en ella al momento de oír el timbre en la ajetreada casa. Las trece mujeres ya estaban, ¿quién más podría ser? Quiso atender ella misma, pero Frida le apuntaló a la silla con la mirada, y en cambio Candela se incorporó a la señal de Irma. A Vera se le heló la sangre allí donde yacía, la respiración agobiada y el corazón galopante, cuando desde la entrada se introdujo el dubitativo saludo masculino de Matías.
—¡Miren quién vino de sorpresa! ¡El noviecito de Vera! ¡Qué lindo es! —exclamó Candela, socarrona. Entonces la mirada de Frida pasó de comandante a nefaria. Vera sintió cómo su corazón se detuvo, los ojos clavados en los suyos. Sacudió alacre con la cabeza, negando la silenciosa acusación de Mamá. La otra pareció creerle, y relajó un ápice su severidad.
Entró de vuelta Candela al comedor, su brazo alrededor del jovencito Matías. La chica sonrió pues, ahora veía que su espacio vacío podría ser compartido con la mejor de las compañías. Mas Candela le atenazó como las garras de un cóndor, y la mujeres se repartieron para despejar un lugar para el muchacho en el centro del séquito. Restallaron las risas estridentes, influenciadas por el vino y la sorpresa, y las mujeres no se dirigieron a Vera al proclamar la novedad que les traía este novio secreto que había decidido sorprender a su noviecita en su cumpleaños. Mas Frida se mantuvo serena, y arrulló al muchacho sin darle respiro. Al cabo de un rato, poco si quedaba de misterio sobre esa pueril relación que tenían.
La Tía Paz, voluminosa y vehemente, replicó ladina al muchacho: —Más te vale que te guardes ese pitulin en el pantaloncito con mi sobrina, eh.
Las otras estallaron, y fue difícil distinguir qué color era más marcado en el rostro de ambos jóvenes: si la vergüenza carmesí o el pánico blanco. Candela chilló risueña, enroscando su brazo sobre el de Matías como si fuera una boa. El chico intentó dirigirle una mirada a Vera, pero Mónica se interpuso, su sonrisa roja beoda. La chica apretó los nudillos; mas con solo mirar de reojo a Julia, ahogó la lágrima y se silenció. Frida pareció complacida.
Pasó la jornada, y había llegado el momento de soplar las velas y cortar el pastel. No se cantó el típico “Feliz Cumpleaños” argentino; en cambio, entonaron esa canción secreta, que guardaban solo para la familia. Insistieron que para Matías era un honor, aunque su presencia no hubiera sido solicitada. Se repartió la torta, y Vera notó cómo Candela le daba de probar a Matías de su propia cuchara, llamándolo “Chanchito” con tono lascivo. Todas tenían porciones en sus platos salvo la cumpleañera; y antes de que Mónica le sirviera de última, Mamá Frida se incorporó evanescente a enunciar unas palabras:
—Esta noche es una especial. Estamos aquí reunidas, nuestra hermosa familia, para celebrar el cumpleaños dieciséis de nuestra chiquita, Vera. A todas nos toma por sorpresa que nos acompañe este chiquito, y es una oportunidad para reconocer que nuestra Vera está creciendo. Y si está apurada por ser una mujer, entonces hoy le daremos ese honor.
A pesar de que Candela amagó a sonreír, Paz e Irma fruncieron el ceño con gravedad. Frida, enhiesta, las recorrió a todas con una mirada y los humores parecieron apaciguarse. Con una mirada se incorporó Raquel, y ninguna pareció dispuesta a emitir palabra hasta que regresara. Lo hizo con una exquisita botella, un vino que Vera reconocía siempre guardado con candado. Sus ojos se iluminaron, y al quebrarse el tenso silencio, las mujeres restallaron en risas y aspavientos. Se sirvieron las copas, y aunque a la cumpleañera le llegó de última, tocó por primera vez el terso vidrio frío y sonrió. Las otras ahora le contemplaban vivamente, y su corazón dio un vuelco al notar que no aguardaban a que Frida diera el primer sorbo, sino a ella. La chica recorrió a cada una con la mirada, y las comisuras de sus labios brillaban en su sonrisa al tiempo que cerró los ojos y bebió el vino. Las mujeres bebieron a la par, y su prima Candela se incorporó para abandonar el comedor llevando de la mano a Matías. Vera no se percató, pues cuando vació la copa la encontró de inmediato rellena por la atenta diligencia de Raquel, adusta.
La fiesta se desenvolvió en un torrente: las luces se fueron apagando, el vino corrió, y Vera se descubrió pocas veces atenta al ritmo en el cual el espacio circundante se estremecía en las risas vehementes del jolgorio.
—¿Dónde está Mati? —preguntó, ignorada. Contempló a su silenciosa Tía Julia, quien yacía más encorvada, aún tiesa. Había algo en el tono de las mujeres; en las miradas aciagas de las comensales, en el humor agridulce de la peña. Vera sintió una culpa aguda, pensando que le habría caído mal el vino: había sido demasiado entusiasta. Las paredes de la humilde casita se le habían hecho de súbito como resquebrajadas, hediondas, y supo que era momento de recostarse. Cuando se incorporó, doblada, las otras rieron en lisonjas efusivas, mas ninguna le prestó una mano, siquiera Mónica.
Vera tropezó a través del estrecho pasillo desvencijado, procurando no apoyar las palmas contra el atramento infausto supurado desde el yeso. Gimoteó, sintiendo que caminaba con pies por cabeza. Se giró al creer que una de sus tías venía a socorrerla, pero en la calígine la vio torcida y el pánico la llevó a escapar. A duras penas atravesó el umbral del living para alcanzar el dormitorio, y se encerró sin mirar atrás.
Mamá Frida siempre había dicho que la habitación de una era su santuario, y le había cantado las canciones y dibujado juntas sus propios mandalas y frases secretas. Estaba a salvo de cualquier sombra de angustia. Se sentía tan avergonzada, humillada por su incapacidad para mantenerse enhiesta en la mesa con las otras mujeres. Y en la medida en la que el estupor empeoró, sintió como desde el fondo de un tubo un vaivén violento, un quejido repetitivo y metálico. Incapaz de hallar la luz, en cambio se esforzó en afinar la mirada en la oscuridad de su habitación. Su cama yacía deshecha, arremolinada en un lecho desahuciado, y sobre él se agitaba una figura de piernas raptoras, largas como las de una mantis, conectadas a unas caderas luengas que se agitaban como al galope; bajo suyo se retorcía fifiriche un bulto entre gimoteos apagados, rítmicos. El movimiento era tan furioso que la cama iba y venía.
Vera retrocedió con espanto, chillando a voz viva, sin ocasionar el menor espamento en los intrusos. Y de un momento a otro, jamás habiendo perdido de vista la puerta, oyó la voz de Frida tras de sí y saltó como si le hubiera hablado un muerto. Apenas le percibió en las tinieblas, ahora más insoportables que nunca. Retrocedió, su mano buscando desesperada el interruptor que habría hallado miles de veces antes.
—¡Andate! ¡Vayanse! —espetó Vera, más irreverente que nunca, presa del pánico. La voz provino de más arriba, al menos un metro más, que de donde provendría típicamente:
—Vera, hija. Bien deberías saber que no hay secretos entre nosotras. Un santuario es para una del mundo; no de una entre las otras.
Entonces Vera echó mano al picaporte y se lanzó a tropel de regreso al pasillo, enferma en la mente y aún oyendo el repiqueteo del colchón donde solía descansar. Descendió como por una rampa y le pareció que sobre la casa habían crecido enredaderas y telarañas, pero la luz era apenas un suspiro verdoso, más fuego fatuo que salvaguarda ante la oscuridad. Atentó contra el living, dispuesta a irse. Pero desde las comisuras de la niebla negra se arrastró con pasos vehementes una figura forrada como en pliegues de blanda grasa, y su voz astringente le recordó demasiado a la de su tía Paz:
—¿Dónde está el nene? ¿Está jugando a la casita?
Rio la ameba gorda y agria, al tiempo que otras figuras viles se aproximaban. Vera se apartó con espanto, chillando ahogada en busca de la única persona en quien ahora confiaba: Julia. Primero le pareció que su silla se encontraba vacía, allí donde la habían dejado en el comedor. Sin embargo… Se trataba en cambio de una cosa fifiriche, pequeña como una porquería, una cosita patética y desnuda parecida más a un feto pálido que cualquier criatura viviente. Sollozaba tan bajito que solo vibraba. Cuando Vera apartó la vista, horrorizada, juró que sobre la mesa se habían esparcido ciempiés, o algo así: insectos oscuros que se retorcían, espasmódicos, entre comida podrida.
—Vera —rompió de improviso el silencio la voz elevada de Mamá Frida—. Vení. Ya.
La chica obedeció. Dejó atrás el siseo del banquete y la siguió. La condujo de regreso, todo el camino hasta la puerta de su dormitorio, mientras gimoteaba. Entre las sombras le pareció que Frida no caminaba; en cambio se deslizaba sobre otras patas para procurarse movimiento. Ingresaron al dormitorio, ahora atendido por una congregación de mujeres. Un fuego fatuo yacía en manos de Irma; su mirada parecía la de una gárgola socarrona. El colchón rechinó una vez más y de él se incorporó Candela como de largas patas, reminiscentes a una mantis, al tiempo que indolente se inclinaba para volver a ponerse una prenda inferior desechada.
Vera se hiperventiló. Tía Irma procuró a Frida de la vela negra, y el haz de luz iluminó el interminable escote de una mujer; era Mamá, pero también era sensual y terrible, y en su rostro refulgía un solo ojo que no parpadeaba. Su mano tersa descendió desde lo alto, suspendida por unas sombrías patas luengas, sujetando la de Vera. Así le condujo próxima al lecho, contemplando a través de la calima que en ella respiraba débilmente un cerdo sobre un charco de inmundicia. Sobre el atramento yacía un cuchillo de cocina.
—Ahora sos una mujer, Vera. En la encrucijada negra, te introducimos al Umbra. Debes presentarle un obsequio… Un chanchito para comer.
Quiso gritar. Quiso correr. Quiso llorar. Quiso desaparecer. Las trece sombras, retorcidas y espantosas, le contemplaron y sintió el peso del aire entero. Plagada de espanto, le pareció que había agujeros en los lugares más oscuros de su visión. El cerdo gimoteó, apenas respirando. “Es una misericordia” susurró Vera, y sin pensarlo tomó el cuchillo y se lo enterró.
Silencio.
Las mujeres restallaron en risas, imprevistas las luces regresadas en el humor de la fiesta a un dormitorio impoluto salvo por la cama desarmada. Vera aulló: pues las sábanas estaban empapadas en el cadáver sangrante de su novio hendido.