~•Lo que duele sin existir•~
En una gran casa yace un erizo jade acostado en su cama buscando al alcance de su teléfono dicha novela web que captó su atención, sin éxito alguno cuando sus sentidos alertan de pasos acercarse, inquieto salto de su cama eliminando las arrugas invisibles, al final resultó ser su hermano quien al pasar por el umbral no dejaba de pequeños brincos junto con una sonrisa de oreja a oreja, curioso y desconfiado pero antes de que pudiera preguntar es interrumpido.
- ¡Arreglense señoras y señores que saldremos al parque! -Exclama con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¡¡¡Por qué!!! Ahhh noooo quiero salir!!!
Se dejó caer sobre la cama con movimientos exagerados y sin vergüenza alguna en protesta.
— Ay ya Dan si no te gusta adelante y dile —.
Ese sutil desafío disfrazado de exclamación reprime su descontento, dejando solo escapar una respiración lenta.
Cada uno fue por su lado, buscando centenares de prendas como descartando otros, lo ideal para la ocasión optando por un pantalón acampanado, camisa beige y un par de pulseras junto con su collar de placa.
Sale descalzo del cuarto dejando que sus hermanos sigan en lo suyo. Optando por tomar su celular reproduciendo alguna lista de canciones mientras se pone sus tenis.
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Al iniciar el viaje se distrae jugando en su teléfono ignorando la creciente incomodidad debido al espacio reducido, pero conforme pasaba el tiempo sintió un extraño nudo creciente en el pecho que no pudo identificar del todo, costandole un poco respirar, busca soporte en la esquina dejándose llevar por el morfeo.
Su cuerpo algo adormecido reacciona ante el suave movimiento del auto por lo que al retirarse el seguro, sale dando un brinco logrando una falta de su madre, haciendo oídos sordos se estira mientras los sigue hacía la zona.
Toma la ventaja de ser el último, camina distraído observando el bullicio que se alzaba como una marea viva: risas de niños que estallan en el aire, pasos desordenados corriendo sin destino, voces que se entrelazan como hilos de luz. El aroma de la comida ascendía tibio, denso, abrazando la brisa que apenas lograba abrirse paso entre cuerpos y mesas, como si el mundo entero respirara en ese mismo instante. El espectáculo alzándose queriendo llegar a las estrellas.
Y, sin embargo, en medio de esa vida desbordada, su cuerpo era un territorio ajeno.
Habitaba su propia piel con cautela, como quien entra en una casa equivocada y teme ser descubierto. Cada movimiento parecía aprendido, ensayado a destiempo, y la risa cuando intentaba surgir se quedaba suspendida, incapaz de encontrar un lugar donde pertenecer.
Todo estaba en su sitio, todo era cálido, cercano, real... excepto él.
Porque había algo en la forma en que el momento lo sostenía: una leve desincronía, casi imperceptible, que lo dejaba fuera del compás del mundo. Como si hubiera llegado tarde a su propia vida, o como si el instante, bello y ajeno, se hubiera equivocado al incluirlo. Y así permanecía, inmóvil en su propia existencia, sintiéndose no un invitado, sino un error silencioso entre la alegría.
Nadie notaba de su lucha interna, como si no fuera real, pero un suave gesto, casi tímido lo jala de sus pensamientos. Su familia se había detenido a comprar antojitos, centrado en degustar una marquesita olvidando su reciente incomodidad.
Desde el fondo donde muchos deciden no mirar, observa infantes manejando carritos, un vendedor de algodón entre otros vendedores y pasando por una palapa donde se presentaba un artista que bailaba por el aire con la música de fondo aumentando la intensidad del acto.
— Habría sido genial si...
Pero no termino la frase.
— ¡¡Dan que haces?!! —Hay prisa en los movimientos de su hermana, que lo llama a distancia.
Volteo hacia el escenario, queriendo ver el resto del show pero tras ver a su familia alejarse abandona la idea y emprende una carrera con tal de alcanzarlos de ahí el volumen disminuye conforme más avanzaba.
Llegaron al pequeño parque de artesanías, un rincón más tranquilo de la zona mientras recorría los puestos de varios artesanales, desde collares de cristales hasta muñecos tejidos a mano. Entre objetos y pensamientos ajenos, una melodía logró abrirse paso. No era compleja ni llamativa, pero había algo en ella... algo que lo hizo detenerse y querer seguir su origen.
Al principio es apenas un murmullo entre el ruido cotidiano, una vibración tenue que parece equivocarse de camino y rozar el oído por accidente. Pero hay algo en ella que no parece encajar con el resto.
Se detiene y escucha, las notas son suaves, casi tímidas pero tienen una dirección, como si supieran exactamente a dónde ir... como si lo buscarán.
Sin darse cuenta comienza a seguirlas.
Cada paso lo alejaba del bullicio de su familia y lo acercaba a un espacio distinto: La luz se filtra entre hojas y el suelo cruje bajo sus pies, la melodía ahora es más clara, más cercana... más suya.
Entonces lo ve, un grupo bloqueando su paso. Se alza un poco, intenta mirar por encima de los hombros, pero solo distingue fragmentos: una mano, una guitarra y pelaje brillante bajo la luz moviéndose con el viento.
La música lo invita.
Se abre paso, un "permiso" casi inaudible, un roce y otro más firme.
Alguien protesta, otro se mueve, pero él insiste. Hasta que llega al frente y entonces... todo se detiene.
Hacia el guitarrista... No solo lo que toca, si no la forma en que lo hacía.
Aquel canino tocaba con pasión, sus dedos no parecían presionar las cuerdas si no conversar con ellas. Cada nota nace con intención, como si estuviera diciendo algo que no puede pronunciar de otra forma, casi hipnótico.
Permanece quieto, demasiado quieto, solo con un suave gesto lleva su mano hacia su pecho y cuando cree que ya no podía más con aquella sensación, empieza a cantar.
Su voz lo atraviesa, no es perfecto pero era real, tiene grietas, respiraciones, pequeños quiebres... y justo por eso duele. Le duele de una forma extraña, como si algo dentro de él se estirara después de haber estado dormido demasiado tiempo.
Y no puede apartar la mirada.
Y ahí estaba él, apenas inclinado sobre el instrumento, con el cuerpo balanceándose suavemente al ritmo de la canción. Sus ojos están semi abiertos, no por timidez, sino por concentración... como si todo lo demás hubiera dejado de existir.
Sus dedos recorren las cuerdas con una precisión que no parece pensada. Automática, pero cargada con intención, ensayada pero viva.
A veces su ceja se contrae sutilmente, como si una nota no saliera exactamente como la sintió en su cabeza. En otras, una leve curva en sus labios aparece y desaparece, casi imperceptible, cuando acierta.
Respira entre versos y en esas pausas, el mundo vuelve por un instante... solo para ser expulsado otra vez cuando su voz regresa.
No entendía lo que pasaba.
Siente algo acumulándose en el pecho, creciendo con cada acorde, con cada palabra que no termina de comprender pero que aún así lo alcanza.
Confusión. Si. Pero no solo eso, es una presión como si algo dentro de él reconociera esa voz antes que su mente.
Como si esa melodía hubiera estado esperándolo desde mucho antes de ese momento.
Y eso lo aterra porque también duele...
No es un dolor físico, sino que lo quema.
Una chispa intensa , viva, que se expande demasiado rápido. Quiere alejarse pero no puede.
Algo en él lo mantiene ahí, desde en la forma en que inclina la cabeza al sostener una nota. En cómo su voz se quiebra apenas y luego se recompone, en cómo parece completamente ajeno a las miradas, a la gente, a él.
Dan traga saliva.
Porque, por un instante absurdo e imposible, siente que esa canción...
es para él.
En ese instante ocurre algo mínimo, un error casi imperceptible.
El dedo del guitarrista se retrasa una fracción de segundo sobre la cuerda. La nota no muere, pero se curva distinto... suficiente para romper la perfecta continuidad en la que estaba sumergido. Sus ojos se abren un poco más, no del todo.
Solo lo suficiente.
Y sus miradas se encuentran.
No es un giro brusco ni una reacción evidente. Es más bien un ajuste: su mirada, que antes flotaba en algún punto indeterminado, encuentra un lugar fijo... y se queda ahí.
En él.
Dan siente el impacto como un golpe seco.
El aire se le atasca.
Durante un instante absurdo, piensa que debería apartar la mirada, fingir, mirar a otro lado como cualquier persona normal haría.
Pero no puede.
Permanecen así.
Aquel guitarrista no deja de tocar, no deja de cantar, pero algo cambia. Ahora hay una ligera tensión en sus hombros, casi imperceptible, como si su cuerpo hubiera notado algo antes que su mente. Su voz vacila apenas en una sílaba... no lo suficiente para que alguien más lo note, pero para dan es evidente.
Porque está mirando demasiado.
Porque lo está sintiendo todo demasiado y el propio guitarrista lo sostiene con la mirada un segundo más de lo necesario... y luego la aparta.
Pero no del todo, sus miradas vuelven a cruzarse.
Como si no pudiera evitar comprobar que sigue ahí.
Dan siente que el pecho le arde y la confusión se vuelve más densa, más difícil de ignorar.
Dicha chispa crece, se clava más hondo, como si cada vez que sus miradas coinciden algo se tensara dentro de él, algo que no sabe nombrar.
Duele.
Y, aun así... no quiere que pare.
Observa al canino bajar la mirada hacia su guitarra por un momento, como si intentara recuperar el hilo exacto de la canción. Sus dedos se mueven con más firmeza ahora, casi con una intención nueva.
Pero su voz...
Su voz ya no suena igual.
Hay algo más en ella.
Algo más presente.
Como si ya no estuviera cantando hacia el aire.
Como si ahora hubiera alguien.
Inconscientemente dan traga saliva, pero no logra aliviar esa presión en el pecho.
Siente que debería hacer algo... moverse, hablar o irse pero su cuerpo no responde.
Está atrapado.
No por el lugar, no por la gente. Por ese instante.
Por esa mirada que vuelve, aunque sea de reojo. Por esa voz que ahora parece rozarlo directamente y lo peor es que, en medio de toda esa confusión... lo entiende. No con palabras.
Pero lo entiende.
Y la última nota se queda suspendida en el aire.
Dan no aplaude de inmediato.
Hay un pequeño desfase entre el mundo y él, como si el sonido tardará en llegarle, como si algo en su interior siguiera aferrado a esa vibración que aún no termina de apagarse.
El eco a causa de los aplausos comienzan, lo hacen lejos, ajenos.
Casi irreales. Y parpadea.
El entorno vuelve poco a poco, pero no encaja del todo. Porque sus ojos lo siguen... aquel canino.
No sabe en qué momento dejó de observar la escena completa para centrarse solo en él. En sus manos, en la forma en que sostenía la última nota, en cómo su cuerpo parecía quedarse un segundo más dentro de la canción incluso después de terminarla.
Algo se aprieta dentro de su pecho.
Fuerte y sin aviso.
Traga saliva, incómodo, confundido... pero no aparta la mirada. Y entonces levanta la vista.
Y lo encuentra.
No por accidente.
Es directo, preciso.
Y ocurre demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.
Dan sintió el golpe, no físico. Pero inmediato. Su respiración se corta apenas, como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que su mente. Había algo en esa mirada que no entiende, algo que lo descoloca, que lo deja expuesto sin saber por qué.
No fué reconocimiento. No puede serlo.
Y aun así... se siente como si lo fuera. Como si algo en él hubiera estado esperando justo eso. Aquel joven dejo de sonríe.
No dice nada.
Pero tampoco aparta la mirada.
Y... eso es peor.
Porque el silencio entre ambos se llena de algo que no puede nombrar. Algo denso, incómodo... demasiado presente.
Demasiado... cercano. Dan frunce apenas el ceño.
Confusión, esa sensación otra vez. Esa presión que crece, que se instala en su pecho y se expande, como si algo quisiera abrirse paso desde adentro.
Y duele mucho.
No debería doler, era absurdo.
No lo conoce.
No hay motivo. Y... sin embargo, está ahí, latiendo con fuerza, desordenado, imposible de ignorar.
Su hermana lo llama desde lejos casi fuera de lugar, no responde de inmediato. Sigue mirando, como si apartar la vista fuera confirmar algo que no quiere entender. Como si, en ese instante sostenido, hubiera una respuesta... o al menos la promesa de una.
Lo llama otra vez, más insistente, más cerca esta vez.
El mundo insiste.
Dan parpadea y algo en él se rompe. No de forma evidente, ni dramática sólo... cede. Cómo un hilo que se tensaba demasiado, gira apenas la cabeza, lo justo para responder, lo justo para no parecer ausente. Sus labios se mueven, dicen algo automático, algo que no siente.
Pero antes de irse, voltea de reojo.
Y ahí seguía.
Mirándolo.
No como alguien que observa a la multitud o como alguien que ya terminó. Sino como si... estuviera esperando.
El pecho le arde, más fuerte y más profundo.
Empieza a dudar, es un instante mínimo, casi inexistente hacia afuera... pero adentro se abre como una grieta. Podría quedarse y lo sabe.
Podría ignorar las protestas de su hermana, dar un paso distinto, romper la inercia que lo arrastra fuera de ahí y podría acercarse.
Ante esa posibilidad
esa simple y absurda posibilidad lo sacude más de lo que debería. Pero no se mueve.
No hacia él.
Algo en su interior retrocede, como si ese impulso fuera demasiado grande, demasiado intenso para sostenerlo sin romperse.
Baja la mirada un segundo y respira. Cuando vuelve a alzarla, ya es tarde o quizás siempre lo fue. Se gira por completo.
Da un paso y luego otro.
Y no vuelve a mirar no porque no quiera. Sino porque algo dentro de él le dice, con una claridad que asusta, que si lo hace otra vez... no va a poder irse.
El ruido regresa, las voces y Los pasos.
El propio mundo, pero hay algo que no vuelve con ellos. Algo que se queda atrás o que se rompe en el intento de seguir adelante aprieta los labios, sin entender, sin palabra alguna.
Solo con esa sensación persistente, clavada en el pecho como una pérdida sin recuerdo, como un vínculo sin historia, como haber llegado tarde... a algo que siempre fue suyo.
Y aun así seguir caminando, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de dejar atrás... lo único que por un instante, se sintió real.
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Los encuentra sin dificultad, su familia sigue donde debería estar, hablando, riendo, moviéndose con la naturalidad de siempre, como si el tiempo no se hubiera alterado en absoluto. Como si nada hubiera pasado.
Y eso... le resulta extraño.
Alguien dice algo, le preguntan dónde estaba -responde- o cree que responde.
No está seguro de qué palabras usa, solo sabe que su voz suena normal... lo suficiente.
Pero por dentro -no lo está- camina junto a ellos cuando retoman el recorrido. Escucha fragmentos de conversación, risas que reconoce, gestos familiares... todo encaja.
Todo debería encajar y sin embargo -siente un vacío, repentino y profundo- como si algo le faltara. Como si hubiera olvidado algo importante en algún lugar... algo que no puede nombrar, pero que su cuerpo insiste en buscar.
Frunce el ceño e intenta pensar, intenta entender. No tiene sentido, no pasó nada.
No fue gran cosa.
Solo... música. De... un desconocido.
Entonces, ¿por qué...?
Su respiración se desordena apenas. El pecho le pesa.
Esa presión se vuelve más intensa ahora, más difícil de ignorar. Se instala sin permiso, creciendo, empujando desde adentro, como si algo quisiera salir y no encontrará cómo.
Dan aprieta los labios y niega con la cabeza, leve.
No.
No es para tanto, no hay motivo pero su cuerpo no escucha. El ardor sube, le cierra la garganta, le nubla la vista sin previo aviso. Parpadea, confundido... y la primera lágrima cae antes de que pueda detenerla.
Se detiene.
Otra lágrima cae y otra. Silenciosas e incontrolables.
Finalmente baja la cabeza llevándose una mano al rostro, intentando contener algo que no entiende, algo que no puede justificar, sin forma clara... pero que duele demasiado para ignorarlo. Muerde su labio inferior evitando llamar la atención, conteniendo sollozos ahogados que le sacudían el pecho, lágrimas calientes que le corrían por las mejillas. Y la otra apretándose el pecho tratando de respirar hondo.
Pero falla.
Lo intenta otra vez y falla nuevamente o si lograba respirar, no era suficiente. Mientras su espalda subía y bajaba con un esfuerzo que parecía demasiado grande para algo tan simple como seguir respirando.
No sabe cuánto ha pasado desde que todo comenzó o si su familia se dió cuenta de él.
Por primera vez desde que todo había empezado... sus pulmones lograron tomar una bocanada de aire un poco más profunda -no fue calma- solo un segundo menos de ahogo.
Se abraza así mismo como si eso le ayudará a no desmoronarse por completo.
En medio de ese paseo que debía ser simple, cotidiano, ligero -algo en él se rompe en silencio-. Sin nombre y sin explicación.
Pero real, demasiado real.
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A veces la propia vida te da momentos que no tienen explicación.
Después de cuánto? Casi más de dos años que no traía nada, ya ni siquiera entraba más que para leer como escape de mi vida, aún lo hago..
Pero trato de también dar algo para contar y este es el primero, cuando debía de ser después de los otros pendientes, fue una linda y frustrante experiencia terminarlo, saben según sería algo breve de 500 palabras, pffff esto salió más extenso de lo esperado.
Quise agregar un estilo narrativo distinto, combinado con mi desordenada narración, aún sigo trabajando en eso, puede ser que tenga varias fallas o si el principio se sienta extraño, lo e intentado corregir como fuera posible pero ya lo quise dejar así, me gustaría leer sus comentarios y saber que opinan.
Aún es incierto pero ojalá tener la chance de traer otro proyecto completo.
2,884 palabras.
~Yal








