Capítulo 1
Los días de primavera son una cosa bella, en verdad. Disfruto tanto los paseos en bicicleta, con el viento aún frío picándome la nariz, o hacer picnic sola en una laguna cerca de mi casa. A diferencia de todos los que conozco, el polen no me hace estornudar, y estar sentada ahí no me estorba ni un poquito; es más, me encanta escuchar el cua cua de los patos de la laguna. Hay una familia en especial por ahí que siempre se acerca para que les dé algo de pan o migajas.
Una linda mama pata, con 5 patitos ya crecidos, todos vienen a investigar que traje para compartir, lo quiera yo o no.
Excepto por una patita pequeñita, que constantemente se aleja del grupo, nada cerca de los grandes tulipanes de colores en la orilla contraria. A ella no le importa mi pan ni lo que pueda obtener de mi cesta de comida; Solo aprovecha su tiempo nadando en un pequeño charquito junto a los tulipanes.
Claro que su mamá no esta contenta. La he visto más de una vez darle picotazos y alejarla de los tulipanes con fuerza. Supongo que son peligrosos para su especie, aunque ¿qué tanto puede pasarle? no sabía que los patos comen tulipanes, puede ser que solo tenga miedo de perder a su patia hija. A mi parecer, la pata mamá exagera.
Un día de aquellos de la nada vi que la charquita de los tulipanes estaba seca, como por obra y gracia del Espíritu Santo, ya la patita no podría nadar ahí, aunque lo más triste era que todos los tulipanes empezaron a decaer, los tallos que necesitan mucha agua se veían debiles. Pero ¿cómo ayudar? me pregunté. Habría algún encargado, alguien harían algo. yo había visto un par de personas, que sí trabajaban ahí. Me imaginé que deberían prestar atención.
Cua cua. Escuché a la patita, pero más que un cua cua como el de los otros, este tenía cierta desesperanza en el tono. Cua cua. Nadaba de un lado para el otro; hasta me pareció que estaba tratando de abrirse paso hasta los tulipanes.
Pero dos días pasaron, intenté yo misma llegar hasta los tulipanes, pero sin una barca me quedó muy complicado. Por suerte la pequeña patita, con su pico, abría desesperada un caminito desde el lago al charquito.
Qué concentración la que vi, qué ímpetu. Una patita tan interesada en rescatar tulipanes no era nada que yo habría imaginado en mi vida, pero ahí estaba ella, luchando con su pico, llevando agua a los tulipanes, hasta que, para mi sorpresa, lo logró. El agua invadió la zona y se formó otra vez el pequeño charco. Hasta alegría me dio; lo celebré dando un salto de emoción.
¡Madre santa, cómo es que eso puede ocurrir!
La patita en cuanto tuvo la oportunidad meneó sus alas y se impulsó desesperada hacia un tulipán en especial, uno robusto y alto, de color rojo intenso. Ella, feliz, feliz, se acurrucó junto a él, esperando a que el tulipán levantara sus pétalos llenos de vida otra vez.
A partir de ese momento, creo que no se separaron para nada. Ella se la pasaba ahí, nadando junto al tulipán rojo. A veces hasta me pareció que él le correspondía, inclinándose para acariciarle las plumas, pero no, ¿qué tonterías estaba pensando? Eso no es posible. “Qué loca estoy”, me dije.
Pero entonces la patita rozó el pico contra los pétalos, como si le estuviera correspondiendo. Mi mandíbula se abrió de par en par; ellos parecían hablarse y yo me resistía a creérmelo… Tal vez los días de primavera sí que me estaban afectando, al final de cuentas.
Mejor me concentraba en mi libro. Era suficiente locura para mí con el amor entre la patita y el tulipán.