Cuento corto
Me enamoré de él cuando yo era una simple sirvienta y él el príncipe del reino. A pesar de todo lo que me hicieron sufrir, al final pudimos estar juntos. No importó que él fuera un demonio de las profundidades y yo una mortal condenada a envejecer.
Nos juramos amor eterno bajo un cielo estrellado sin comprender el peso real de esa promesa.
Volví a enamorarme cuando él era un caballero y yo la bruja del pueblo. Me encontró, me reconoció y me enamoró otra vez, aunque yo no lo recordaba. Pero ya no era aquel príncipe encantador; se había obsesionado conmigo tras haberme perdido. Cegado por el dolor, me convirtió en una criatura como él, hecha de sombras.
No me importó. Lo amaba, y como eso nos permitía estar juntos, lo acepté con gusto.
O al menos eso creí.
Al transformarme, algo en mi interior desapareció. Ya no me aterraba la muerte, pero tampoco podía sentir amor. No se lo dije, confiando en que era un efecto pasajero, así que me aferré al recuerdo de lo que había sentido alguna vez.
Los siglos pasaron. El mundo cambió y nosotros permanecimos juntos, fieles a nuestra promesa de amor eterno.
Lo apoyé cuando él decidió crear un ejército para destruir a los humanos. Lo apoyé cuando conquistó el mundo. No porque apoyara su causa, sino porque no tenía nada más.
Yo lo amaba, pero estaba cansada.
De su amor.
De su obsesión.
De su apego.
Sin pensar demasiado, tomé una decisión simple: me quité la vida.
Cuando volví a nacer, él me encontró de nuevo. Yo no lo recordaba, pero algo dentro de mí sí. Esta vez me daba miedo. Su cercanía me hacía temblar y no entendía por qué. Él era atento, dulce y perfecto, pero no lo quería.
Una noche lo cambió todo. Bebí demasiado en el bar, y al despertar estaba entre sus brazos. Yo estaba ebria. Él estaba sobrio. Aun así, dijo que había sido amor.
Semanas después, descubrí que estaba embarazada, así que me casé con él. No lo amaba, pero pensé que algún día podría hacerlo.
Y ocurrió.
Me enamoré de él. Semanas después mi bebé murió.
Yo no tenía a nadie, así que mi amor se volvió incondicional. Un día me confesó que era un ser inmortal y me pidió que lo acompañara para siempre. Acepté sin saber que, una vez más, recorría el mismo destino.
Éramos felices. Lo amaba a pesar de todo lo que hacía, ya que esta vez mis emociones no desaparecieron.
Hasta que un día vi a una mujer vendiendo pan. La reconocí como la que había sido mi madre en otra vida. Todos los recuerdos llegaron a mí, como una ráfaga sin control y con ellos una verdad insoportable: su obsesión.
Entendí por qué siempre estaba cerca, por qué siempre me vigilaba, por qué su dulzura me pesaba; temía que yo volviera a matarme. También entendí que ese hijo había sido su ancla para atraparme y que, al tenerme, me lo había arrebatado.
Esta vez decidí corresponder sus emociones con mayor intensidad.
Durante años le supliqué que tuviéramos un hijo y cuando dijo que no, invertí los papeles.
Ya no lo deje conquistar.
Ya no podía salir sin mí.
Ya no le permití vivir sin mi presencia.
Tiempo después descubrí un hechizo para volverlo humano y lo realicé sin su permiso. Al despertar, él estaba aterrado al sentir su sangre fluir, pero yo solo le sonreí. Después de todo, nos amábamos.
Me divertí viéndolo vivir como un frágil humano. Él ya no era aquel ser poderoso, así que lo cuidé como a una pequeña mascota. Cuando intentó escapar, no se lo permití. Sin poder, solo me pertenecía a mí y se lo demostré con todo mi amor.
Cuando me acosté con otros humanos, lloró y se enfureció. Le expliqué que era por nuestro amor. Si no podía darme un hijo, lo obtendría de otro lugar. Al final, dejó de suplicar.
Un día se quitó la vida y yo por fin pude sonreír. Por fin me había deshecho de aquel hombre que me perseguía sin descanso.
Viví en las sombras del mundo, divirtiéndome y viajando, jurando nunca volver a amar. Pero la inmortalidad es larga y el vacío fue inevitable.
Un día conocí a un sacerdote. Un fiel devoto de Dios, querido por el pueblo. Me enamoré otra vez y él, sin recuerdos, cayó ante mí.
Lo poseí.
Lo sometí.
Lo encadené a mí.
Lo destruí y reconstruí a mi gusto.
Así como él me había enseñado a amar.
Cuando ya no lo soportaba más, se quitaba la vida, dejándome sola. La historia se repitió cinco vidas distintas, hasta que en una recordó todo.
Me enfrentó bañado en ira. Al perder, herido y derrotado en un charco de sangre, mientras la vida se le escapaba con cada respiro, él me miró con miedo y me preguntó por qué le había hecho eso.
Yo sonreí.
—¿No es obvio? Porque te amo.








