I'mPopular. La chica que todos querían. El chico que nadie vio venir.

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Summary

Elsa, la chica más popular del instituto, vive marcada por su pasado. Diez años después regresa al pueblo que la vio crecer sin saber que Alan, el chico friki al que ignoró, se convertirá en el hombre que pondrá su mundo patas arriba.

Status
Ongoing
Chapters
35
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

«A veces la vida se encarga de ponerte en tu lugar».

Esa frase atravesó el cerebro de Alan en cuanto la vio tras la barra. Inevitablemente los recuerdos hirvieron en su mente al volver a encontrarse con ella después de tantos años.

Elsa había sido su mayor fantasía, la chica con la que soñaba en el silencio de su habitación cuando nadie le escuchaba. Con ella había vivido su primer orgasmo, había crecido en el sexo y se había atrevido a explorar en él y conocer nuevas rutas que le conducían al placer. Nunca se había acostado con ella, no… Jamás la había tocado. Pero eso no significaba que no pudiera pensarla. Desde su más tierna infancia Elsa fue su amor platónico, pero ella jamás le miró. Nunca le dijo una palabra amable y a duras penas recordaba siquiera que existía.

Sin embargo, ahí estaba, en blanco; porque el mundo perfecto que había creado estaba a punto de derrumbarse por la llegada de esa intrusa.

Alan creció en un pueblo pequeño, en el que nadie reparaba, a una hora de Madrid. Fue a la escuela primaria y luego al instituto de su mismo pueblo, donde todos se conocían. No tuvo una experiencia especialmente traumática, pero nunca había sido un chico popular, más bien lo contrario.

Toda su vida había estado marcada por los imprevistos estéticos, como solía decir su madre. Pasó de las plantillas a las férulas para enderezar la columna, de las gafas de culo de botella a los aparatos dentales y todo empeoró cuando alcanzó la pubertad y empezaron a iniciarse los cambios. Una nariz demasiado grande para un rostro fino e imberbe, unos granos salpicando su frente, el pelo indomable comiéndole los ojos y esa voz de pito en proceso de transformación. Su cuerpo desgarbado y poco dado al deporte por las correcciones ortopédicas que había tenido que soportar durante toda su vida, le hacía parecer un chico enclenque y retraído. No era feo, o eso le repetía su madre cada mañana, pero él se veía muy diferente a los chicos del instituto, su cuerpo no se desarrollaba al mismo ritmo que el de los demás y eso le frustraba.

Las chicas apenas le miraban, era el rarito listo de la última fila, pero nada más. Un friki adicto a los ordenadores y a los salones de máquinas recreativas tan populares en los noventa. Pero eso no significaba que no sintiera nada por dentro, su corazón bombeaba con fuerza cuando la veía a ella. Tan guapa, tan segura de sí misma, tan mala… Su larga melena morena, a juego con su piel siempre de un tono bronceado y esos ojazos azul eléctrico… Sí, Elsa era la chica más guapa del instituto y evidentemente tenía un novio a su altura, nada más y nada menos que el mejor jugador de fútbol de último año: guapo, fuerte y rubio; todo lo que él no era.

Pensó en su adolescencia y le atravesó un estremecimiento.

—¡Eh, tú, rarito! ¿Puedes sentarte detrás? No quedan más sitios libres y me gustaría estar con Carlos, no te importa, ¿verdad?

Él asintió con premura y se movió torpemente, tropezando con todas las patas de las sillas de la fila hasta llegar al pasillo y sentarse detrás. Elsa reía al ver lo patético que había ido al abandonar la escena y se recostó en el fibroso cuerpo de Carlos, dejando su fina mano sobre la rodilla de él y apoyando la cabeza en su hombro.

Tragó saliva. Él mataría por un momento así con ella, por tenerla entre sus brazos y aspirar su aroma, pero él no era Carlos y eso aniquilaba cualquier posibilidad de poder acercarse.

Apartó la mirada y se sintió inseguro como hacía años que no le ocurría. ¿Por qué le sucedía eso? Había pasado mucho tiempo y él ya no era el mismo.

Alan Suárez había conseguido dar un vuelco a su vida. La universidad fue un gran alivio para él, entre otras cosas porque cambiar de aires le ayudó a madurar y a redefinirse como persona. En la universidad no solo desarrolló su inteligencia y se convirtió en uno de los mejores estudiantes de informática especializado en ingeniería de sistemas, también cultivó su cuerpo con mucha dedicación y trabajo duro y ahora era un hombre fuerte, atractivo y que se sentía capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera. Luego complementó sus estudios en Alemania e hizo un máster en Nueva York. Estudió mucho y llegó lejos. Tocó lo más alto y luego, contra todo pronóstico, volvió. Después de haber vivido en el extranjero echaba de menos su hogar y a los suyos; de hecho, no necesitaba más. Él era feliz con menos y allí, en un pequeño pueblo del que no vale la pena ni mencionar su nombre, se construyó una casa y retomó sus relaciones del pasado. Trabajaba en una importante empresa en Madrid, pero tenía su lugar de descanso lejos y le gustaba esa tranquilidad de dejar atrás la bulliciosa ciudad y regresar a casa, donde todo estaba en calma y nunca pasaba nada. La mayoría de sus compañeros de instituto había echado raíces fuera, un pueblo era un lugar demasiado aburrido y tranquilo para la gente joven, pero a él le gustaba precisamente por esa sencillez. Podía trabajar desde su casa, teniendo frente a él la imponente visión de un campo de olivos y solo iba a la ciudad cuando era estrictamente necesario. Tenía dinero, se sentía bien, libre y feliz. Todo su mundo apacible y tranquilo era maravilloso hasta que llegó ella.

Hasta donde sabía Elsa se había casado con Carlos, su amor de instituto, y se habían ido a vivir lejos. No supo nada de ellos en todo ese tiempo y, pese a que estuvo tentado a buscar información acerca de ella por internet, nunca lo hizo. Demasiado doloroso…

Suspiró sonoramente y dio un trago a su cerveza, observándola desde una de las mesas más retiradas del bar y preguntándose por qué cojones una chica que lo tenía todo, una chica a la que la vida aburrida del pueblo siempre le había resultado insuficiente, estaba ahí. En su burbuja. Y como camarera, nada menos. ¿Tan mal le había ido la vida?

Es curioso porque siempre pensó que sería modelo o algo por el estilo. Nunca tuvo ninguna duda de que todo le iría bien con poco esfuerzo porque era Elsa. ¡Elsa! La chica más guapa, llamativa e increíble de todo el instituto. Aunque teniendo en cuenta su larga experiencia con el sexo opuesto, podía asegurar sin temor a equivocarse, que probablemente era la chica más hermosa del mundo entero. Y lo seguía siendo, para su enorme desgracia, lo seguía siendo…

—¡Eh, tío! ¿Sabes a quién tenemos ahí? —preguntó Josan acercándose a su mesa y bloqueándole las espléndidas vistas.

—No —mintió, tratando de mostrar indiferencia.

—¡Es la puta Elsa Méndez! Del instituto, ¿te acuerdas? Todos estábamos colados por ella…

—¿Dices que se llama Elsa?

—¡Vamos tío, no me jodas! ¡No puedes haberte olvidado de ese magnífico bombón!

Alan dio otro trago a su cerveza y se encogió de hombros.

—Bueno, han pasado muchos años.

—Sí, pero ella sigue estando buenísima… Tenía la esperanza de que engordara y se le cayera el pelo.

Eso le hizo reír.

—¿Por qué?

—¡Porque estoy casado, joder!

Alan volvió a reír y negó con la cabeza.

—¿Por qué está aquí? —preguntó mostrando vaga curiosidad.

—Lleva un par de días en el pueblo, está en la casa de su madre. Al parecer las cosas le han ido de pena en Barcelona y ha regresado. Se ha separado de Carlos, en realidad hace unos cuantos años de eso, aunque él sigue insistiendo… Resulta que ella lo dejó todo para seguir a ese enorme idiota y no acabó sus estudios, se convirtió en una simple ama de casa más hasta que le pilló engañándola, así que lo dejó, hizo las maletas y regresó al pueblo.

—Y tú le ofreciste el trabajo —observó Alan.

—Mi madre, que había hablado con la suya, insistió encarecidamente para que la ayudara, tiene un montón de deudas por culpa de ese idiota que pidió un montón de préstamos para sus gilipolleces. Le ofrecí un puesto en la barra y mírala; ahí está, aumentando mis ganancias. Esas tetas van a vender mucha cerveza las noches de partido —comentó echándole una fugaz mirada.

—¿Y Carlota qué opina?

Regresó la mirada a Alan que hizo una mueca.

—Cogió un enfado tremendo; aunque le dije que no era más que una víctima y mi madre insistió muchísimo. Puede que yo sea quien maneja el cotarro, pero el bar es de ella y negarme no es una opción…

Alan se echó a reír.

—Pobre Josan, es tan complaciente con todos…

—Ya me conoces —le guiñó un ojo.

—Bueno, y dime, ¿tiene pensado quedarse mucho tiempo?

—Tengo entendido que sí. No tiene un céntimo, tío, ahora mismo está desesperada… —Josan volvió a mirarla con descaro—, me pregunto cuál es el grado de su desesperación, ¿Hasta dónde sería capaz de llegar por dinero?

—¡Vamos tío! ¿En serio? —Alan hizo un gesto de repulsa.

—Joder, es que está buenísima. Podría sacar mucho más con una mamada, no entiendo qué cojones hace aquí.

—¿Sabes? Realmente es asqueroso que pienses así.

Josan alzó una ceja, impresionado por su reacción.

—¿Ya no recuerdas los filetazos que se daba con ese tipo en las fiestas? ¿Y todo lo que nos decía?

Alan volvió a tener un recuerdo, un recuerdo horroroso de su pubertad:

Era noche cerrada, pero eso no le importó. Iba a casa de Josan los viernes por la tarde para jugar a Dragones y Mazmorras y luego cogía el atajo para llegar a casa. Unos gemidos le alertaron y se dirigió hacia el sonido sin saber muy bien lo que iba a encontrar. Elsa estaba encima de Carlos, acariciando su entrepierna mientras él le metía una mano bajo el vestido y la hacía suspirar. Escuchaba el sonido de sus respiraciones agitadas junto a los gemidos de él mientras la besaba frenéticamente y le pedía, con voz entrecortada, que le chupara la polla. Casi no se lo podía creer y su corazón acelerado resonaba en el interior de su cabeza impidiéndole concentrarse en la escena. Nunca había estado tan excitado y, producto de esa excitación extrema, tuvo la sensación de que iba a correrse ahí mismo; lo hubiese hecho de no ser porque Carlos advirtió un destello en la oscuridad, el vidrio de sus gruesas gafas había reflejado la luz de la luna y él miró en su dirección.

—¿Qué cojones haces ahí parado, rarito?

Él se puso tenso y los nervios le hicieron tropezar con sus propios pies y caer al suelo. Elsa se echó a reír y cogió una lata de cerveza y la lanzó con tanta fuerza que le dio en la cabeza.

—¡Sigue soñando, pervertido! —gritó ella, retomando los besos con su novio.

Él salió corriendo, con una brecha abierta en la frente que le recordaba lo que había pasado y con una vergüenza que no podía con ella.

Alan se obligó a cerrar los ojos y desterrar ese recuerdo bochornoso.

—De todas maneras, no deberías hablar así; nadie tiene que dejarse hacer de todo por dinero y es respetable cualquier opción que elija para solucionar sus problemas económicos.

Josan puso cara de perro pachón y asintió con la cabeza.

—Vaya, no sabía que teníamos entre nosotros a un defensor de los Derechos Humanos.

—¡No seas gilipollas!

—¡No lo seas tú! —protestó el aludido—. A ver, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar por pasar una noche con ella?

—¿Qué? —le miró horrorizado.

—No pongas esa cara, solo estamos hablando de forma hipotética.

Alan inspiró profundamente.

—De forma hipotética, por estar con una mujer, no pagaría nada.

Josan se echó a reír ruidosamente.

—¡Y una mierda!

—¡Es la verdad!

—Y una mierda, tío, te estoy diciendo que cuánto estarías dispuesto a pagar si el mayor sueño erótico de tu infancia pudiera hacerse realidad por una cantidad de dinero.

Alan miró a Elsa, que seguía ajena a todo sirviendo copas tras la barra y un nudo se atascó en su garganta. Pagaría… joder, claro que lo haría, y lo peor era que no había puesto el tope que estaría dispuesto a alcanzar por disfrutar de ella. Pero eso no lo admitiría jamás, y menos a una persona con una mente tan retorcida como la de Josan.

—Llámame loco, pero no me gusta pagar para que una mujer esté conmigo, prefiero saber que lo hace porque realmente lo desea.

Josan soltó un bufido.

—Seguramente por eso estás soltero.

Alan se echó a reír.

—A mí me va bien así, no quiero comprometerme. Me gusta el sexo a mi manera, disfruto de otro tipo de cosas, digamos… menos convencionales. Lo que implica que mis relaciones deben ser poco estables.

—Algún día tienes que explicarme eso con más profundidad. ¿Qué cosas poco convencionales practicas tú, Christian Grey?

—¡Oh, Josan, por el amor de Dios!

—¡¿Qué?!

—Eres tremendamente básico y predecible, ¿lo sabías?

—Perdona… sé que lo tuyo no es el sado ese que está tan de moda. Mi mujer está ahora con los jodidos libros y hace y dice cosas raras. ¿Sabes que el otro día me pidió que le hiciera una trenza?

Frunció el ceño.

—¡¿Cómo?! —Alan estalló en carcajadas—. ¿Qué tiene eso que ver con el libro?

—No lo sé, pero dice ese tipo de cosas sin sentido y luego se enfada porque, aunque intento cumplir sus exigencias, soy un tanto torpe a veces. ¡No sé hacer trenzas! Mis dedos no están hechos para eso, pero ella no lo entiende y se enfada porque dice que no hago cosas por ella. Joder, ¿tú has visto esto?

Le mostró a Alan sus manos.

—Estos dedos parecen morcillas de Burgos, no están diseñados para la peluquería —aclaró Josan abriendo y cerrando la mano.

Alan no pudo parar de reír.

—¿Y te preguntas por qué sigo soltero?

Los dos volvieron a reír y siguieron conversando, esta vez dejaron a las mujeres de lado y se concentraron en los resultados del último partido.

Alan miraba a Elsa cuando Josan no se daba cuenta. Miraba cómo se movía detrás de la barra, cómo se estiraba para alcanzar una botella de la estantería y cómo sonreía a esos hombres mayores, los clientes fijos del bar que acudían cada tarde después de trabajar duramente en el campo.

Definitivamente su vida era más tranquila sin ella, todo era tan sencillo como respirar, pero ahora se había reencontrado con su yo del pasado y eso no le gustaba.