El mundo después del miedo

All Rights Reserved ©

Summary

El miedo desapareció. Y con él, todo lo que hacía humana a la humanidad. En un mundo donde los infectados ya no son la mayor amenaza, los sobrevivientes han aprendido a vivir sin emociones, sin dudas… sin cuestionar nada. Hasta que un hombre experimenta lo imposible: vuelve a sentir. Pero no está solo. Los infectados también parecen notarlo. Ahora, en una sociedad donde sentir es peligroso, descubrir la verdad podría costarle más que la vida. Porque en el mundo después del miedo… ser humano es el mayor riesgo de todos.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El mundo después del miedo

No recuerdo cuándo dejé de tener miedo.

No fue un día específico.

No hubo un momento claro en el que algo dentro de mí se rompiera y dijera hasta aquí.

Fue más lento que eso.

Como cuando una herida deja de doler… no porque haya sanado, sino porque el cuerpo se cansó de avisarte que algo está mal.

Al principio, el miedo era todo.

Nos movía.

Nos mantenía vivos.

Nos obligaba a correr, a escondernos, a no confiar en nadie… ni siquiera en nosotros mismos.

El miedo era lo último que nos quedaba de lo que fuimos.

Y luego… se fue.

No de golpe.

No como una explosión.

Se fue apagando.

Como una luz que parpadea tantas veces que un día simplemente… no vuelve a encender.

Lo extraño no fue perderlo.

Lo extraño fue darme cuenta de que nadie lo mencionó.

Nadie dijo nada.

Seguimos caminando.

Seguimos comiendo.

Seguimos durmiendo.

Como si no hubiéramos perdido algo esencial.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Ahora el mundo es… más fácil.

Más silencioso.

Más limpio.

No hay pánico.

No hay gritos.

No hay decisiones impulsivas.

Solo hay… continuidad.

Un día después del otro.

Un paso después del otro.

Sin peso.

Sin urgencia.

Sin sentido.

Camino por una calle que alguna vez tuvo nombre.

Ya no importa cuál.

Los nombres dejaron de servir cuando dejamos de recordar por qué importaban.

Las casas siguen en pie, pero ya no protegen a nadie.

Las puertas están abiertas, no como invitación… sino como rendición.

El viento entra y sale sin pedir permiso.

Como todo lo demás.

Paso junto a un cuerpo.

No lo miro.

No por respeto.

No por miedo.

Sino porque no significa nada.

Y eso… debería doler más de lo que duele.

Pero no duele.

Nada lo hace.

Sigo avanzando.

Mis pasos son suaves, medidos, casi automáticos.

No porque algo me persiga.

Sino porque así es como aprendimos a existir cuando el mundo dejó de reaccionar a nosotros.

Entonces lo veo.

Está ahí.

De pie.

Inmóvil.

No hay tensión en mi cuerpo.

No hay impulso de huir.

Lo observo como observaría una pared… o un árbol muerto.

Otra cosa más que simplemente está.

Pero algo no encaja.

No en él.

En mí.

Me detengo.

Y en ese pequeño gesto… algo se rompe.

Es sutil.

Tan leve que casi pasa desapercibido.

Pero lo siento.

Una presión.

Aquí.

En el pecho.

Como si algo olvidado intentara abrirse paso desde dentro.

Respiro.

Y el aire… pesa.

No debería.

Pero pesa.

El infectado no se mueve.

No hace ningún sonido.

Solo… me mira.

Y entonces sucede.

No es un pensamiento.

No es una reacción.

Es una sensación.

Cruda.

Antigua.

Familiar.

Miedo.

Pero no como lo recuerdo.

No es violento.

No me empuja a correr.

Es… más lento.

Más profundo.

Como si no estuviera tratando de salvarme… sino de despertarme.

Trago saliva.

Y mi garganta duele.

No por sed.

Sino porque no está acostumbrada a sentir algo así.

Doy un paso hacia él.

No debería.

Las reglas no están escritas, pero todos las conocemos:

No te acerques.

No arriesgues.

No sientas.

Pero mis piernas no obedecen.

O tal vez… es la primera vez en mucho tiempo que sí lo hacen.

El suelo cruje bajo mi peso.

El sonido corta el silencio como si fuera algo prohibido.

Él sigue ahí.

Esperando.

No como un depredador.

No como una amenaza.

Sino como algo que… reconoce.

Me detengo a pocos metros.

Y por primera vez en años…

me doy cuenta de algo que nunca había cuestionado.

Nunca dejamos de mirarlos como si fueran completamente otros.

Completamente perdidos.

Completamente vacíos.

Pero ahora…

no estoy seguro.

Inclina la cabeza.

El movimiento es pequeño. Torpe.

Pero no es aleatorio.

Es… intención.

Y eso es lo que me quiebra.

Porque la intención implica algo peor que la muerte.

Implica que algo sigue ahí.

Atrapado.

Observando.

Esperando.

El miedo crece.

No por lo que podría hacerme.

Sino por lo que eso significa para todos nosotros.

Porque si ellos aún tienen algo…

entonces nosotros…

¿en qué nos convertimos cuando dejamos de sentir todo?

El aire se vuelve más frío.

O tal vez soy yo.

Doy otro paso.

Y en ese instante lo entiendo.

No era él quien estaba vacío.

Éramos nosotros.

Nosotros fuimos los que aprendimos a sobrevivir… dejando de ser.

Y ahora, frente a mí…

lo que queda de él

me está mirando

como si yo fuera el que se perdió.

No sé cuánto tiempo pasa.

Podrían ser segundos.

Podrían ser minutos.

Aquí el tiempo no se siente… solo ocurre.

Pero hay algo distinto ahora.

Algo que no debería estar pasando.

Sigo ahí, frente a él.

Sin huir.

Sin atacar.

Sin justificarlo.

Solo… existiendo en el mismo espacio que algo que debería querer matarme.

El aire entre nosotros se vuelve espeso.

Cada respiración suena más fuerte de lo que debería.

Y entonces lo noto.

Un pequeño movimiento.

No es brusco.

No es instintivo.

Es… torpe.

Lento.

Levanta ligeramente una mano.

Los dedos rígidos, desgastados… como si ya no le pertenecieran.

Pero no intenta alcanzarme.

No intenta sujetarme.

Se detiene a medio camino.

Como si no recordara qué hacer después.

Mi pecho se aprieta.

Y esta vez no es leve.

Es más claro.

Más presente.

Más… humano.

Doy otro paso.

El suelo cruje.

Ese sonido, ese maldito sonido… antes significaba muerte.

Ahora significa algo peor.

Significa que estoy decidiendo.

Que no estoy reaccionando… estoy eligiendo.

Y no sé si eso es bueno.

O si es lo que finalmente nos va a terminar de destruir.

Me acerco lo suficiente para ver su rostro con claridad.

La piel abierta en algunas partes.

Oscura. Secándose.

Pero los ojos…

Los ojos no están muertos.

No del todo.

Hay algo ahí.

No inteligencia.

No conciencia completa.

Pero tampoco vacío.

Es como mirar una habitación después de que alguien se fue…

y darte cuenta de que aún quedan cosas en su lugar.

Rastros.

Residuos.

Presencias que no se han ido.

Abro la boca sin pensar.

—¿…me ves?

Mi voz suena extraña.

Rota.

Como si llevara años sin usarse.

Como si no fuera mía.

El sonido queda suspendido entre nosotros.

El infectado no responde.

Pero algo cambia.

Su cabeza se inclina un poco más.

Sus ojos… no se apartan.

Y por un instante—

un instante mínimo, frágil—

siento que no estoy solo.

Y eso…

eso es lo más peligroso que he sentido en años.

Porque la soledad nos mantenía a salvo.

La distancia.

La desconexión.

Eso era lo que evitaba que dudáramos.

Que recordáramos.

Que sintiéramos.

Doy un último paso.

Ya estoy demasiado cerca.

Si se lanza… no tendría tiempo de reaccionar.

Lo sé.

Y aun así no me detengo.

Levanto lentamente la mano.

No tiembla.

Pero debería.

Mi mano queda suspendida entre nosotros.

A unos centímetros de su rostro.

El mundo desaparece.

Solo estamos él… y yo.

Entonces—

se mueve.

Un espasmo.

Rápido.

Violento.

Mi cuerpo reacciona tarde.

Pero no ataca.

Su mano choca contra la mía.

No con fuerza.

No con intención de herir.

Es… contacto.

Directo.

Real.

Y en ese instante—

algo dentro de mí se rompe por completo.

No por el miedo.

Sino por lo que viene después.

Calor.

Una sensación ajena.

Como si algo tratara de atravesarme.

Como si lo que queda de él…

intentara decir algo.

Mi respiración se corta.

Mi visión se distorsiona.

Y por primera vez desde que el mundo terminó…

quiero retroceder.

No por sobrevivir.

Sino por no entender.

Arranco la mano.

Doy un paso atrás.

Luego otro.

El infectado no me sigue.

Solo se queda ahí.

Mirándome.

Como si hubiera perdido algo.

El silencio regresa.

Pero ya no es el mismo.

Bajo la mirada a mi mano.

Sigue intacta.

Sin sangre.

Sin marcas.

Pero sé que algo pasó.

Cierro el puño.

Esa sensación… sigue ahí.

Debajo de la piel.

Presente.

Persistente.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar.

Todo parece igual.

Pero no lo es.

Yo no lo soy.

Y eso basta para que nada vuelva a sentirse igual.

Entonces lo escucho.

Pasos.

No son míos.

Me detengo.

Escucho.

Detrás.

Vivos.

—Te tardaste.

Cierro los ojos un segundo.

No quiero esto.

Pero me doy la vuelta.

Son tres.

Observándome.

—Había uno —digo.

Mi voz suena… distinta.

—¿Y?

Miro hacia atrás.

Sigue ahí.

—No hizo nada.

Silencio.

—Eso no pasa.

No respondo.

Porque la verdad es peor.

No fue que no hiciera nada.

Fue que hizo algo distinto.

—Vámonos.

Empiezan a caminar.

Los sigo.

Intento volver a lo mismo.

Al ritmo.

Al vacío.

Pero no puedo.

Porque algo se quedó conmigo.

Camina conmigo.

Respira conmigo.

Ese momento.

Ese contacto.

Aprieto la mano.

Fuerte.

Como si pudiera borrarlo.

Pero no desaparece.

Y entonces lo entiendo.

Algo empezó.

No afuera.

Dentro.

No sé qué es.

No sé qué significa.

Pero sé esto:

Volví a sentir.

Y en este mundo…

eso es lo más peligroso que existe.