Sᴏᴍᴇᴛɪᴅᴏs Aʟ Dᴇsᴇᴏ
Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.
ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©
•
Velvet.
El reloj marcaba las 11:45 p. m.
Gokal seguía en su oficina, sumido en un montón de papeles. Últimamente apenas salía de ahí. El privado del Velvet, alguna vez su refugio favorito, ahora convertido en una sala vacía desde que Zarya había dejado de bailar. Desde entonces, todo perdió color, incluso para él.
Ya no le interesaban las otras mujeres, ni las luces, ni los espectáculos. Solo se mantenía alerta, encerrado, trabajando más de la cuenta. O eso quería creer.
Una pila de contratos descansaba sobre el escritorio cuando, sin previo aviso, las luces de su oficina se apagaron.
— ¿Pero qué demonios…? — masculló con fastidio.
De repente, una canción comenzó a sonar. Su voz ronca se encontró con la melodía provocativa de Dirty Mind de Boy Epic. Gokal frunció el ceño, confundido.
Entonces, una tenue luz roja invadió la habitación, bañando todo con un resplandor de deseo y peligro. En ese instante, su nariz captó algo que le heló la sangre.
Un perfume.
Uno dulce, floral, inolvidable.
El cuerpo de Gokal se tensó. Lo reconocía.
Era ella.
Y entonces apareció.
Zarya.
Vestía un conjunto negro de seda y tiras finas, exactamente como el de sus recuerdos más intensos. El vestido abrazaba su piel como una caricia, revelando más de lo que cubría. Caminó lentamente, como un fantasma hecho carne, cruzando la habitación hacia él.
Gokal no se movió. No podía.
Zarya se inclinó, tomó su rostro con una lentitud exquisita… y lo besó. Un beso lento, suave, profundamente venenoso.
— Te dije que regresaría a ti si de verdad me interesabas — susurró en su oído, con una voz que lo hizo estremecer hasta los huesos.
— Zarya… — alcanzó a decir, pero ella lo silenció con un dedo en sus labios.
— No digas nada.
Se apartó con una mirada fiera, encendiendo aún más la música. Y empezó a bailar. No como antes. Ahora cada movimiento estaba cargado de intención. De dominio. De una certeza letal.
Gokal tragó saliva. Se acomodó en su asiento, y con dedos temblorosos, se desabrochó dos botones de la camisa. El sudor comenzaba a marcarle la espalda, pero no podía apartar la vista de ella.
De su cuerpo.
De su control.
Había vuelto.
Y esta vez, era él quien estaba atrapado.
El bajo de la canción vibraba en las paredes, pero lo único que Gokal escuchaba era el latido brutal de su corazón. Zarya se movía frente a él como si la habitación fuera suya. Como si él fuera suyo.
El vestido negro se deslizaba con cada giro de cadera, y las cadenas plateadas que unían la tela en sus costados brillaban bajo la luz roja. Su piel parecía arder en ese resplandor, y Gokal sentía que cada centímetro que ella mostraba era una condena.
Zarya caminó alrededor de su silla. Pasó un dedo por su cuello, rozando la línea húmeda del sudor que nacía en su nuca. Luego bajó hacia su pecho abierto, hasta rozar el hueso esternón con la uña, apenas, lo justo para hacerle contener el aliento.
— ¿Me extrañaste? — susurró detrás de él, justo al oído, dejando que el calor de su aliento le erizara la piel.
— Todos los días… — confesó, con voz rasposa.
— No te pregunté eso — dijo Zarya con una sonrisa oscura. — Te pregunté si me extrañaste a mí. No a la fantasía. No a la muñeca que querías controlar.
Gokal cerró los ojos un momento. Cada palabra la sentía como una bofetada elegante y precisa.
Zarya se adelantó y se sentó sobre su regazo, con una pierna a cada lado de él. Lo obligó a mirarla. Lo sostuvo del mentón, obligándolo a levantar el rostro. Su cuerpo lo quemaba.
— ¿Sabes por qué estoy aquí? — preguntó, mientras su cadera se movía con una cadencia lenta, devastadora.
— Para volver a mí… — murmuró, como un niño atrapado.
Ella soltó una risa seca. Sin alegría.
— No, Gokal. Vine a recordarte que nunca me tuviste. Que lo que tocaste fue apenas un permiso. Una ilusión.
Sus labios rozaron los suyos. No llegó a besarlo, pero lo dejó a un centímetro del infierno.
— Y ahora… — susurró con una sonrisa cargada de veneno — tú vas a suplicar.
— ¿Suplicar qué? — preguntó él, casi con temor.
— Lo que tú quieras de mí — respondió, bajando la voz hasta convertirla en un látigo suave — pero bajo mis reglas.
Zarya bajó de su regazo con una elegancia brutal. Volvió a bailar. Lentamente. Cada paso era una promesa, una amenaza, una sentencia.
Gokal estaba completamente rendido. No como un hombre ante una mujer, sino como un rey despojado ante su diosa.
Y entonces Zarya se detuvo frente a él.
— Si vas a arder… que sea por mi fuego — dijo, dándose media vuelta, dejándole ver la espalda descubierta, la curva perfecta de su cuerpo alejándose mientras la música bajaba.
La luz roja comenzó a apagarse.
Y entonces Gokal supo que esa noche, él no mandaba nada.
La luz roja se extinguió por completo, y durante unos segundos, la oficina quedó sumida en una oscuridad densa, cargada. Como un suspiro contenido. Como un trueno antes de estallar.
Gokal se removió en su asiento, sin saber si debía moverse. Pero antes de decidirlo, una chispa de luz volvió a encenderse, esta vez desde abajo, como si brotara del suelo. Era más tenue, más íntima. Iluminaba a Zarya desde los tobillos hacia arriba, dándole un aire de criatura imposible, salida de una pesadilla exquisita.
Ella se acercó otra vez. En sus manos llevaba algo.
Una corbata de seda negra.
— Ponte de pie — ordenó con voz baja, firme.
Gokal obedeció al instante, como un reflejo condicionado. Estaba tan duro como vulnerable. Cada fibra de su cuerpo vibraba por ella.
Zarya se colocó detrás de él y le rodeó los ojos con la seda. Lo dejó ciego.
— Si no puedes ver, sentirás más.
Él tragó saliva, y sus labios se separaron apenas, como si buscaran aire.
Entonces, una bofetada suave en su mejilla izquierda. No fue fuerte, pero sí suficiente para hacerlo reaccionar. Le siguió un susurro en el oído:
— No pienses. Solo reacciona.
Zarya deslizó sus manos por el torso de Gokal, bajando por su abdomen con lentitud, hasta llegar al borde del pantalón que todavía no se había quitado. Lo desabrochó despacio, con los dedos apenas rozando su piel.
Luego, sin decir una palabra, lo empujó suavemente hacia atrás, haciéndolo sentarse en la silla.
Ella se arrodilló frente a él.
Y lo desnudó completamente.
Gokal sintió cómo el aire frío le rozaba el cuerpo. Estaba expuesto, sin visión, sin poder. Solo podía oler su perfume, oír su respiración, adivinar su presencia por el calor de su piel cerca de la suya.
Zarya se irguió y le apartó las piernas con una patada suave, firme. Se sentó sobre él, desnuda también, pero sin permitirle tocarla. Solo lo rozaba.
— No me hables. No me toques — susurró —. No hasta que yo lo diga.
Sus uñas bajaron por su pecho, marcando líneas finas, apenas arañando. Luego se inclinó, y lo mordió en el hombro. Le dejó la marca de sus dientes.
Gokal gimió bajo. No podía más.
— Suplica.
— Por favor…
— ¿Por qué?
— Quiero… quiero sentirte…
Zarya rió.
— No. Quieres rendirte. Y eso me gusta más.
Entonces se montó sobre él de nuevo. Lo tomó entre sus dedos con firmeza, lo guió, pero no lo dejó entrar. Frotó su entrada lentamente, mojada, peligrosa.
— Todavía no. Vas a durar lo que yo diga.
Zarya comenzó a mover la cadera, rozando su clítoris contra la base de su erección, subiendo y bajando, humedeciéndolo con cada movimiento. Las caderas de ella marcaban el compás. Cada vez más lento. Más pesado.
Gokal respiraba entrecortado, mordía su labio. La ceguera lo obligaba a sentirlo todo.
Zarya lo tomó del mentón otra vez, con fuerza.
— Eres mío — le dijo —. ¿Lo entiendes?
— Sí… Zarya…
— No. Dilo bien.
— Soy tuyo. Solo tuyo.
Y entonces, ella lo envolvió. Lo dejó entrar de una vez, con un gemido de poder, de victoria, de dominio total. Se quedó ahí, quieta, temblando por unos segundos, apretando con su interior.
— No te atrevas a acabar — le advirtió.
Y comenzó a cabalgarlo, lenta, pesada, marcando cada golpe de pelvis con una mirada muda, aunque él no podía verla.
Solo la sentía.
Solo la adoraba.
Solo se entregaba.
Y sabía que esa noche, su cuerpo no le pertenecía. Solo era un objeto, un templo que ella profanaba como quería.
Y lo peor o lo mejor era que le encantaba.
El ritmo se volvió un latido en la penumbra, una combinación perfecta de fuerza y sumisión, de poder y entrega.
Zarya bajó la velocidad, deteniéndose casi por completo, dejando que Gokal sintiera el vacío, la ausencia, antes de reclamarlo con una embestida lenta pero firme. Cada movimiento suyo dictaba la atmósfera, el tiempo, la respiración.
— ¿Sientes cómo te pertenezco? — susurró, su aliento cálido rozando su oído, como un fuego que amenazaba con quemar la poca resistencia que le quedaba.
Gokal gimió, su cuerpo temblando, entregado, esclavo voluntario de su voluntad.
— Sí, Zarya… soy tuyo. Solo tuyo.
Ella deslizó una mano por su pecho, bajando hasta tomar su cara con delicadeza brutal, marcando con uñas la línea de su mandíbula.
— Entonces cállate y obedece. No quiero palabras, solo respuestas con tu cuerpo.
Con un gesto firme, Zarya giró sobre él, ahora con la espalda arqueada, ofreciendo cada curva, cada promesa de dolor y placer, mientras con sus manos lo guiaba, lo dominaba, dejando claro que todo estaba bajo su control absoluto.
Su respiración se aceleraba, y Gokal lo sentía, como una ola que crecía y amenazaba con arrastrarlos a los dos.
— ¿Quieres acabar? — preguntó ella, con esa voz baja, cargada de autoridad que no permitía réplica.
— No… no todavía.
— Entonces no lo harás. Porque aquí mando yo. Porque esta noche, tu placer depende de mí.
Zarya apretó más fuerte, se dejó caer con fuerza, marcando el ritmo, el poder, la posesión total.
Gokal perdió el control, el mundo se redujo a la oscuridad que le impedía ver, a la piel de ella, a ese implacable y delicioso dominio que lo tenía rendido, cautivo y adorando cada instante.
Ella movió la cabeza, dejando caer un suspiro satisfecho.
— Así es como me gusta. Que aprendas a ser mío en cuerpo y alma. Que entiendas que no hay más voluntad que la mía.
Y con una última embestida, poderosa y segura, lo condujo hacia el límite que ella había decidido, hacia ese punto donde él sólo podía soltar todo y someterse.
Cuando por fin llegaron juntos, el silencio se hizo absoluto, roto solo por sus respiraciones agitadas, entrelazadas.
Zarya se recostó sobre su pecho, aún sin dejarlo recuperar la vista, su mano acariciando lenta y firme la piel de su espalda.
— Descansa. Porque esta noche no ha terminado. Y cuando te libere la vista, quiero que recuerdes que eres mío.
Gokal cerró los ojos, en ese momento sin ver, completamente entregado, sabiendo que esa verdad no cambiaría jamás.
Él jadeaba bajo ella, aún con la corbata cubriéndole los ojos, el cuerpo empapado en sudor, vibrando por dentro. Pero Zarya no le dio tiempo para relajarse.
Se incorporó lentamente, dejando que él sintiera cómo lo abandonaba desde dentro, húmeda, tibia, como un castigo sensual.
— No te duermas — murmuró, golpeándole suavemente el rostro con los dedos —. Esto no ha terminado.
Zarya se levantó de su regazo y caminó con pasos lentos, calculados, alrededor de él. El eco de sus tacones, porque sí, se los había dejado puestos a propósito, era lo único que él podía escuchar. Cada sonido resonaba como una amenaza dulce.
— ¿Sabes lo que sigue? — preguntó, deteniéndose detrás de él. Él negó con la cabeza, mudo. — Bien. Me gusta que no sepas.
Zarya tiró del respaldo de la silla hacia atrás, haciéndola crujir bajo el peso de su control. Luego, tomó las muñecas de Gokal y, con una cinta nueva que sacó de quién sabe dónde, se las ató por detrás del respaldo. No con brutalidad, sino con técnica. Con práctica. Como si ya lo hubiera hecho antes.
Gokal tragó saliva. El corazón le latía en el cuello.
Zarya se agachó otra vez, esta vez entre sus piernas. Su boca rozó el interior de sus muslos, sin llegar nunca a tocarlo donde él más lo deseaba. Solo besos, soplos, mordidas sutiles. Una tortura elegante.
— Vas a aprender que no necesito tocarte para que pierdas la cabeza — dijo, y luego lamió lentamente el espacio entre su ingle y su abdomen, dejando un rastro húmedo que lo estremeció entero.
Y luego se apartó de nuevo.
Lo dejó atado, ciego, solo.
Gokal escuchó pasos, el crujido del cuero. Algo metálico. Un clic.
Cuando Zarya volvió a hablar, su voz venía desde otro ángulo. Desde el escritorio.
— ¿Recuerdas cuando jugaste conmigo? ¿Con amenazas, con poder? — Su tono era sereno, pero con una carga de fuego bajo control que lo estremeció más que cualquier grito —. Esta es la diferencia, Gokal: tú usabas el miedo. Yo uso el deseo.
El chasquido de un látigo delgado surcó el aire. No lo tocó. Solo rompió el silencio.
Gokal se tensó.
— ¿Tienes miedo ahora? — preguntó ella.
— No… tengo hambre de ti.
Zarya soltó una risa baja, oscura, y esa fue su única respuesta antes de caminar hacia él.
Lo montó de nuevo, esta vez con la firmeza de una reina que reclama su trono. Su pelvis bajó de golpe, tomándolo por sorpresa, envolviéndolo con su humedad abrasadora.
Y no se movió.
Se quedó ahí.
Quietísima.
Gokal comenzó a temblar, sus caderas intentaron empujar hacia arriba, buscando más fricción, más contacto, pero Zarya colocó una mano en su pecho.
— Si te mueves sin permiso, me bajo. Y no te dejaré tocarme por el resto de la noche.
Eso lo inmovilizó.
Y entonces comenzó el juego.
Movimientos lentos, tortuosos, milimétricos. Solo lo suficiente para excitarlo al borde del dolor, para que la necesidad se convirtiera en castigo.
Cada vez que él gemía o respiraba demasiado fuerte, ella se detenía. Le mordía el cuello. Le recordaba con sus uñas que el cuerpo que tenía entre sus piernas le pertenecía solo a ella, y que él no era más que un instrumento de su placer.
— Quiero que aprendas a sufrir por mí — le susurró —. A gozar sin pedir. A obedecer sin ver.
Y él aprendió.
Porque cuando al fin lo dejó acabar, cuando ella decidió que lo merecía, fue con un grito que salió de lo más profundo de su cuerpo, roto y renacido por ella.
Zarya se quedó sobre él unos segundos más, acariciándole el cabello como si fuera un animal domesticado que acababa de rendirse por completo.
Le quitó la venda de los ojos al fin.
Gokal parpadeó, cegado por la luz suave.
Zarya lo miró fijamente, aún encima, aún en control.
— No eres el mismo de hace una hora. Ahora eres mío. De verdad.
Él asintió.
Y por primera vez en su vida, no sintió miedo al entregarse.
Solo adoración.
El silencio posterior al clímax parecía un espejismo. Zarya aún estaba sentada sobre él, mirándolo desde arriba con esa expresión orgullosa, satisfecha, dueña del mundo. Pero fue entonces cuando Gokal la miró distinto.
Sus ojos ya no brillaban solo de deseo. Había algo más profundo, más denso. Algo que no le pedía permiso.
— ¿Terminaste? — murmuró él, con una voz ronca, grave. No era una pregunta inocente.
Zarya arqueó una ceja, divertida. Le iba a responder con una burla cuando Gokal, aún atado, movió sus muñecas. Con un solo tirón, rompió la cinta.
La cinta que ella le había atado con confianza.
Zarya no alcanzó a reaccionar.
Gokal se incorporó de golpe, la tomó de la nuca con fuerza, y en un movimiento ágil la hizo quedar debajo de él, sobre la silla, con las piernas abiertas, el cuerpo aún húmedo, aún vulnerable.
— Ahora me toca a mí.
Su tono era distinto. No gritaba. No exigía. Solo afirmaba, con un poder que se sentía natural, inevitable.
Zarya no dijo nada. Se mordió el labio. Un estremecimiento recorrió su espalda.
Gokal se inclinó, tomándola del mentón. La obligó a mirarlo.
— Me encantó que jugaras conmigo. Me encantó cómo creíste que podías someterme del todo. Pero esto… — acarició sus labios con el pulgar, apenas — …esto ahora es mío. Tu poder me pertenece. Y voy a devolvértelo. A mi manera.
Zarya intentó moverse, desafiar, pero él ya le tenía las muñecas sujetas por encima de la cabeza, presionándolas contra el respaldo de la silla.
Con la otra mano, bajó hasta su cuello. No la ahorcó, no aún. Solo la sostuvo con una firmeza eléctrica, como recordándole que él podía hacerlo cuando quisiera.
— Ahora no hablas. Solo obedeces.
Zarya abrió la boca para responder, pero él la hizo callar con un beso crudo, intenso, posesivo. Uno que no pedía entrada. Uno que marcaba territorio.
La besó como si quisiera borrar cada beso anterior.
Cuando se apartó, la dejó sin aire.
— Vas a quedarte sentada. Piernas abiertas. Espalda recta. Y vas a mirar solo mis ojos. Si bajas la mirada, si te mueves sin permiso… te castigo.
Gokal se arrodilló entre sus piernas, deslizando sus dedos por sus muslos hasta que llegó a su centro, aún húmedo, tembloroso, sensible. No la penetró. Solo trazó círculos lentos alrededor de su clítoris.
— ¿Ves? Ahora el deseo es mío. Y tú, mi reina, eres el campo donde juego.
Zarya apretó los dientes, los ojos clavados en los de él. Temblaba, pero no por miedo.
Sino por la maldita e insoportable expectativa.
— Voy a hacerte llegar al límite y dejarte ahí — susurró él —. Hasta que me supliques. No por placer… sino por redención.
Zarya tragó saliva. Por primera vez, no tenía el control.
Y por primera vez, le fascinaba.
Ella, inmóvil en la silla, piernas abiertas, ojos fijos en los de Gokal, contenía cada estremecimiento con una tensión casi dolorosa. Su respiración era corta, rápida, pero su espalda seguía recta. Obedecía. Como él le había ordenado.
Gokal la miraba desde abajo, aún arrodillado entre sus piernas, pero no había ni rastro de sumisión en su postura. Todo en él, la forma en que la tocaba, la calma en su rostro, la precisión con la que prolongaba cada caricia sin llevarla al final era dominio puro.
— Qué frágil es tu corona cuando alguien sabe exactamente cómo arrancártela — murmuró, rozando con los labios su muslo interior.
Ella cerró los ojos, solo por un segundo.
— Abre los ojos. Ya te dije que no los bajes.
Zarya obedeció.
Entonces, él deslizó dos dedos por su centro, lento, sin apuro. La sintió empapada.
— Me deseás tanto… que te odiás por eso.
Zarya apretó los labios, pero un pequeño gemido escapó de su garganta cuando Gokal introdujo los dedos, lentos, profundos, sin dejar de mirarla.
— No. No te corro todavía. No merecés el alivio — dijo mientras sacaba los dedos y los chupaba frente a ella, con una sonrisa oscura.
Se incorporó. La tomó del brazo y la levantó de la silla sin dificultad.
Zarya quiso hablar, pero él puso un dedo sobre sus labios.
— No digas nada. Solo subete al escritorio.
Ella titubeó. Él alzó una ceja. Una advertencia silenciosa.
Zarya caminó hacia el escritorio. Sus piernas temblaban, pero no por debilidad. Por entrega.
Se subió.
Gokal la empujó con la palma sobre el pecho, haciéndola recostarse con la espalda sobre la madera fría. Luego, tomó la misma corbata con la que ella lo había vendado… y le ató las muñecas sobre la cabeza.
— ¿Te sientes expuesta?
Ella asintió.
— Bien. Quiero que sientas lo que yo sentí. Pero sin venganza. Solo placer. Cruel y hermoso.
Gokal se inclinó sobre su cuerpo. Lo besó todo. Sin prisa. Le mordió los senos, le lamió el vientre, le marcó las caderas con sus manos grandes. No la penetró. No aún.
Se alzó, desnudo, firme, respirando como un animal paciente. Se colocó entre sus piernas, sujetándolas abiertas con fuerza, dominando cada centímetro de su cuerpo como si fuera territorio conquistado.
— ¿Quieres que te lo dé?
— …Sí.
— Suplicá bien.
— Por favor… Gokal… necesito sentirte.
Él sonrió. Colocó la punta justo en su entrada, pero no entró. Solo la rozó.
— Eres tan hermosa cuando te rindes.
Y entonces la tomó. Entera. Firme. Sin pausa. Se hundió en ella de una sola vez, haciendo que Zarya soltara un grito ahogado, una mezcla de placer y rendición.
No se movió. Se quedó dentro. Apretándola.
— Te voy a romper, Zarya. Y después te voy a armar de nuevo. Pero a mi forma.
Y comenzó a embestirla. Lento al principio. Luego más profundo. Más feroz. Cada golpe era castigo, pero también redención.
Zarya, atada, desnuda, expuesta, solo podía sentirlo. Solo podía gemir. Solo podía entregarse.
Gokal se inclinó, le tomó el rostro entre las manos, y le habló al oído:
— Tu fuerza me excitó. Pero tu sumisión… me obsesiona.
Y siguió.
Hasta que la hizo rogar.
Hasta que la llevó al borde del abismo y la dejó allí.
Y entonces, cuando ella ya no era Zarya la dominante, ni la que mandaba, ni la que dirigía las reglas, él la tomó de nuevo.
Y la hizo suya, por completo.
Zarya jadeaba. Su cuerpo temblaba con espasmos que no podía controlar, aún atada al escritorio, la piel marcada por sus caricias, sus mordidas, sus embestidas. Su mente flotaba en un limbo entre placer y obediencia, un territorio que nunca antes había pisado.
Y Gokal lo sabía.
Se apartó de ella unos segundos, aún desnudo, aún duro, con una mirada que ya no contenía deseo: contenía posesión. Caminó despacio hacia un pequeño gabinete en la esquina de la oficina. Lo abrió. Dentro, una caja negra.
Zarya lo seguía con la mirada, muda. Expectante. Atrapada.
Él volvió con un objeto en la mano: una barra de metal delgada, fría. Un separador de piernas.
Ella abrió los ojos, pero no dijo nada.
Gokal se arrodilló de nuevo, desató sus muñecas con delicadeza, y luego la levantó en brazos como si no pesara nada. La llevó hasta una pared de la oficina donde había una barra horizontal a la altura de la cintura.
— Apoyá las manos ahí — ordenó, suave, pero inflexible.
Zarya obedeció.
— Piernas abiertas. Más.
Y entonces la sujetó con el separador de metal, asegurando cada tobillo. Sus piernas quedaron abiertas en una posición fija, expuesta, entregada, sin posibilidad de cerrarse.
— ¿Cómo se siente no tener salida?
Ella tragó saliva.
— Excitante.
Gokal sonrió con malicia. La acarició por la espalda, bajando por su columna hasta llegar a su centro, húmedo, palpitante.
— No hay placer sin entrega total, Zarya. Lo sabés. Y ahora te lo voy a tatuar en la memoria.
Y lo hizo.
La tomó desde atrás, de pie, con las manos sujetando sus caderas con fuerza. Cada estocada era más profunda. Más rítmica. Cada vez que Zarya intentaba gemir fuerte, él la silenciaba sujetándole el rostro con una mano o tirándole del cabello hacia atrás.
— No grites. Solo siente.
Y lo sentía. Cada centímetro. Cada pulso. Cada gota de su dominio.
Zarya ya no era la que mandaba. No era la que decidía cuándo ni cómo. Era suya. Y Gokal lo reafirmaba una y otra vez, hasta que la hizo correrse sin pedirlo, con la espalda arqueada, los dientes apretados, y el alma rendida.
Pero no terminó allí.
Cuando ella pensó que no podía más, Gokal le quitó el separador de piernas y la sostuvo, la levantó, y la llevó de nuevo al sofá.
La recostó con la cabeza en su regazo, acariciándole el rostro con los dedos, ahora con una ternura peligrosa.
— ¿Lo entendiste, Zarya?
Ella lo miró desde abajo, jadeante, los labios entreabiertos.
— ¿El qué?
— Que ahora me pertenecés. No porque te haya obligado. Sino porque lo necesitás.
Zarya no pudo responder.
No con palabras.
Solo con la mirada rendida de alguien que acababa de descubrir que su sumisión, con él, también era poder.
Y que Gokal sabía exactamente cómo convertir esa debilidad… en una cadena irresistible.
Zarya seguía recostada con la cabeza en su regazo, la piel aún tibia, el cuerpo extenuado, pero la mente en alerta. Cada caricia de Gokal ya no era sexual: era cálculo. Cada dedo que trazaba su mejilla o sus clavículas era una declaración muda de poder prolongado.
Él la miraba como se mira una obra conquistada tras una larga guerra. Con respeto… y con hambre.
— Te voy a hacer una pregunta — dijo de pronto, con voz suave, mientras seguía acariciando su cabello.
Zarya no respondió de inmediato.
— ¿Por qué te fuiste esa noche del Velvet? — continuó él, sin dejarla moverse —. Cuando me diste lo que quería… y después huiste.
Zarya giró apenas la cabeza, incomodísima. No por el tono, sino por lo que desataba en ella.
— Porque me asusté.
— ¿De mí?
— De mí contigo.
Gokal soltó una risa seca, sin burla. Más bien con… reconocimiento.
— Tú eres una peligrosa. Pero conmigo… eres libre.
Ella frunció el ceño, dudando.
— ¿Libre?
Gokal se inclinó hacia ella, su boca junto a su oído, hablándole como si recitara una profecía:
— Libre para dejar de fingir que eres la fuerte todo el tiempo. Libre para obedecer cuando lo necesitás. Libre para no tener que controlar nada. Porque yo lo hago por ti. ¿Entendés?
Zarya tragó saliva. Su pecho se alzaba con cada respiración, como si las palabras le cayeran pesadas, como si las sintiera demasiado verdaderas.
Gokal le sujetó el rostro y la obligó a mirarlo.
— ¿Quieres que decida por ti esta noche?
Ella asintió.
— Dilo.
— Sí. Quiero que decidas.
— Bien.
Se incorporó, la alzó otra vez entre sus brazos y la llevó hasta una pequeña habitación anexa, oscura, con un gran colchón en el suelo, paredes acolchadas, y luces tenues como de un templo antiguo. El aire tenía un aroma denso: incienso, madera, algo primitivo.
La recostó allí, y sin decir más, fue hasta una caja baja. De ella sacó un collar negro, de cuero fino, sin ornamentos. Solo una hebilla metálica.
Lo llevó hasta ella, y se lo mostró.
— Una sola palabra y no lo pongo.
Zarya lo miró, sentada, con el cabello suelto, los ojos encendidos. Tragó saliva. Y luego, con voz apenas audible:
— Póntelo tú.
Gokal sonrió despacio, como un depredador complacido.
— No. Esto es tuyo. Pero yo lo activo.
Y se lo colocó alrededor del cuello. Ajustado, pero no opresivo. Solo simbólico.
— A partir de ahora, esta noche, tu cuerpo es mío. Tu placer es mío. Y toda tú eres mía. Completamente. Hasta que yo diga lo contrario.
Ella cerró los ojos, rindiéndose al instante.
Gokal se quitó todo rastro de ternura.
— Boca abajo. Piernas abiertas. Y no te muevas, pase lo que pase.
Ella obedeció. Temblorosa. Empapada. En silencio.
Y entonces, la noche volvió a empezar.
Pero esta vez… no había Zarya dominante.
Solo era ella.
Y Gokal. Gokal ahora era su amo. Su dueño. Y su única verdad.