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Summary

Elena desapareció. Y cuando regresó... Iris fue la única que notó que algo no encajaba. En Blackridge, nadie hace demasiadas preguntas. Iris Calder estudia el comportamiento humano. Sabe leer miradas, gestos, silencios. Sabe cuándo alguien miente. Y Elena Virelli... ya no sabe mentir bien. Porque no es solo que haya cambiado. Es la forma en que la mira. Ah, y que esa noche algo más volvió con ella... 💀

Status
Ongoing
Chapters
41
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El departamento siempre olía a café antes de que saliera el sol, no era un accidente.

Era Elena.

Lo sabía sin abrir los ojos.

—Estás despierta —murmuré desde la habitación, con la voz todavía atrapada entre sueño y costumbre.

Luego, el sonido leve de una taza apoyándose con cuidado.

—No —respondió Elena desde la cocina—. Pero el café sí.

Sonreí apenas, todavía con los ojos cerrados. Había cosas que no cambiaban, y otras que se repetían con tanta precisión que dejaban de ser casualidad.

Me levanté, arrastrando los pies hasta la cocina, con una camiseta larga y el cabello recogido de forma descuidada. Elena ya estaba ahí, como siempre: apoyada contra la encimera, con una taza en la mano que no parecía haber probado todavía.

—¿Cuánto llevas despierta? —pregunté, sirviéndome café.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Desde que tengo el cerebro activo.

La miré entonces. No de forma evidente. No como lo haría alguien más:

Microsegundos de análisis automático: postura relajada, pero rígida en los hombros. Respiración más superficial de lo normal. Mirada fija... demasiado fija.

Y luego, ese pequeño detalle:

Elena no estaba mirándola a los ojos.

Estaba mirando su boca.

Aparté la mirada primero. —Hoy entregan los últimos avances, ¿no? —dije, como si nada.

—Sí.

—¿Lista?

—Siempre.

Mentira.

No era necesario, ya había aprendido hace años que Elena mentía solo en dos situaciones: cuando estaba asustada... o cuando estaba sintiendo demasiado.

Y ninguna de las dos cosas se le podía arrancar con preguntas.

Me senté frente a ella, apoyando el codo en la mesa.

—¿Dormiste? —le pregunté.

Elena dudó un segundo demasiado largo.—Algo.

Otra mentira.

Tomé un sorbo de café. —Te vas a desmayar en medio de una exposición y voy a tener que fingir que no te conozco.

—No te atreverías.

—Depende de qué tan dramático sea.

Eso sí le sacó una sonrisa.

Pequeña, pero real.

Y ahí estaba.

Ese microcambio que nadie más notaría. La forma en que los ojos de Elena se suavizaban cuando la miraba.

La forma en que su postura bajaba medio centímetro, como si soltara algo invisible.

Lo registré. Como siempre.

Habíamos pasado años así.

Clases juntas. Trabajos compartidos. Noches largas con teorías, café y silencios cómodos.

Y en algún punto, sin que nadie lo dijera en voz alta...

Elena había cruzado una línea.

No de golpe.

No con confesiones dramáticas.

Sutil.

En la forma en que recordaba detalles que nadie más retenía.

En cómo siempre sabía cuándo yo necesitaba espacio... o compañía.

En cómo me miraba cuando creía que no la estaba viendo.

Y aun así, nunca dijo nada.

Porque ponerle nombre a eso... lo cambiaría todo.

Y no estaba dispuesta a perder lo que sí teníamos, y lo hice evidente, somos amigas, y no quiero perder nunca eso... sé que llegará la persona perfecta para ella, pero era claro que no era yo.

—Oye —dijo Elena de pronto—. ¿Hoy sales tarde?

—Probablemente. Tengo que revisar unas evaluaciones.

—¿Con el profesor Hale?

—Sí.

—Puedo esperarte —dijo Elena, encogiéndose de hombros como si no importara.

Ahí estaba la intención detrás.

Evaluación interna rápida:

    •    tono casual → forzado

    •    postura → ligeramente inclinada hacia adelante

    •    mirada → expectante

Conclusión:

sí le importa.

Apoyé la taza—No tienes que hacerlo.

—No me molesta.

—Lo sé.– Elena no insistió.

Nunca lo hacía cuando marcaba ese límite suave. Y eso... también decía mucho.

—Pero si te quedas —añadió, sin mirarla directamente— tráete algo de comer. No pienso compartir.

—Eres horrible.

—Con mi comida no te metes.

Otra sonrisa. Más visible esta vez.

Cuando Iris salió del departamento, Elena se quedó quieta unos segundos.

Mirando la puerta, como si algo se hubiera quedado del otro lado.

Luego exhaló.

Lento.

Y apoyó la frente contra la taza de café, todavía intacta.

—Siempre igual —murmuró para sí misma.

Mientras tanto, caminando hacia la universidad, ajusté la correa de mi mochila.

Y sin darme cuenta, pensé: Lo está haciendo otra vez.

Solo con esa claridad fría que a veces odiaba tener.

Y una decisión ya tomada, aunque nunca dicha:

No iba a cruzar esa línea, nunca lo haría, es mi amiga nada más.

Porque algunas cosas...

funcionan mejor cuando permanecen exactamente donde están.

Y por ahora,

todo seguía en su lugar.