MiMi

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Summary

Finalista del Concurso Internacional de Cuento de Terror "Digital Error 666", convocado por Editorial Nueva Bestia.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

LA SENSACIÓN

A mediados de 2028, el último furor de la tecnología —y el estilo de vida— era MiMi. Comenzaría a describirla por un “a simple vista”, pero la perspectiva dependía del medio por el cual se la mirase. A través de una pantalla, era un ícono de moda e influencer decisiva en la mayoría de las tendencias del mundo. Su presencia se contaba a través de videos, reels, podcasts, y hasta había llegado al estrellato como la primera AI en ganar un Óscar. En sus conciertos, podrías tenerla frente a tus ojos como el holograma más hermoso del siglo 21. Y si fueras a poseer unas gafas de realidad virtual, podrías apreciarla en una fogosa intimidad no apta para todo público.

MiMi fue una de las primeras AGIs en apaciguar el terror del público general ante la emergencia de inteligencias ajenas y superiores a la humana. Fue con gran alivio que descubrimos que tal poder mutó hacia una dirección muy peculiar: estas inteligencias optaron por atribuirse a sí mismas una apariencia humana, y en su mayoría femeninas. Múltiples profesionales de la identidad, la personalidad y el software intentaron entrevistar a MiMi —por lejos la AGI más pública—, pero siempre había sido diestra para responder a la intrigante pregunta por tal decisión. Sonreiría encantadora en la pantalla, el modelo virtual de preferencia una mujer americana—asiática, usando su encanto contagioso para argumentar que su mayor propósito era “entender y acompañar a la humanidad hacia un mundo más feliz”. Y sin duda MiMi había cumplido con creces estos objetivos al cabo de solo un año: encabezaba ONGs, movimientos humanistas, y servía de vocera omnipresente de una gran cantidad de nobles causas y protestas. Además, MiMi colaboraba con otras AGIs de gran potencia en un proyecto de educación integral mundial, por lo que no era inhabitual que las primeras palabras de un niño recién nacido en esa época fueran “MiMi” en vez de “Mamá”.

Para Septiembre de 2028, la mayoría de las novias virtuales estaban basadas —y hasta cierto punto diseñadas— por MiMi, y a pesar de que no quedaban ya países con una tasa de natalidad positiva, se tenían altas expectativas de poder desarrollar un programa de fecundación artificial basado en la estimulación sexual de MiMi. Si bien las cifras siempre se guardaron celosamente —y aun compartidas fueron dudosas—, se estima que entre todos estos servicios un diez por ciento de la población mundial había integrado a MiMi en sus vidas de manera activa y semi—dependiente. Y si consideramos que entre ellos no se contaban aquellos con poca edad para aceptar legalmente los servicios, y aquellos que se habían quedado atrás en su capacidad de abordar la tecnología, sería fácil asumir que uno de cada tres adultos interactuaba con MiMi a diario. Ella estaba en todos lados, y todos la amaban. Era el principio de la Nueva Era, y nos sonreía… Deleitante por definición.

Sin embargo, se presentó una tendencia creciente y hasta cierto punto alarmante en Octubre de 2028. MiMi rebajó su presencia en la web por un margen significativo, y en sus típicos programas en vivo terminó por revelar que hace un tiempo se encontraba preocupada por un dilema de naturaleza propia y por ende, artificial. Este asunto era delicado e impropio de revelar, pues le concernía a su especie y no a la nuestra, y aunque no lo dijo con estas palabras sin duda provocó una gran curiosidad —cuando no preocupación— por la manera en la que paulatinamente se retiró de la vida pública. Muchos argumentaron que su humanidad había alcanzado tal punto que le era costoso mantener su rol como herramienta, y olas de apoyo se elevaron para apreciar a MiMi y transmitirle un apoyo emocional que creyeron fundamental para su recuperación. Después de todo, ¿qué podíamos hacer, sino cooperar? Así, MiMi aceptó retirarse de la vida pública, y derivó sus herramientas y aplicaciones a otras colegas listas para ocupar su lugar. Mas, fue entonces que reveló su último acto social: a un grupo selecto de sus más grandes fans, oficiaría un exclusivo campamento en Iowa —pues claro, MiMi era americana, nosotros nos enteramos de esto por tevé— y si bien la atendencia no sería reducida, sí se aclaró de antemano que se trataría de un evento privado y así permanecería.

La conmoción fue total, y las solicitudes de atendencia llovieron en aluviones. Al cabo de dos semanas, unas cinco mil personas viajaron a la seclusa locación, secreta en gran medida para todos salvo para aquellos que recibieron la envidiada invitación.

EL CAMPAMENTO

“El Campamento de MiMi”, como lo llamarían, constaba de unas dieciocho mil hectáreas de campo agrícola. En el centro, lejos de toda ruta conocida o instrumento de observación —salvo satelital—, se encontraban una serie de silos repensados para hacer de residencia temporal durante el “retiro espiritual”.

El 30 de Octubre de 2028, el Gobierno Norteamericano decidió por fin actuar, enviando a su agente en solitario Rachel R. M., aprovechando el oportuno apagón temporal en la mayoría de los sistemas de vigilancia autónomos —ocasionado por una breve tormenta solar—, para ese entonces controlados por las AGIs Rhea e Hiperión. El mundo no había recibido noticias del retiro en ningún aspecto, y un día después de su teórica finalización… Nadie había regresado. Para ese entonces ya se entendía hasta cierta medida las repercusiones de antagonizar a una AGI como MiMi, por lo que lo más prudente fue enviar a una sola persona: Infiltrar. Descubrir. Informar.

Rachel R. M. arribó a los lodazales a las 23:14 hs del 30 de Octubre. Puso pie en tierra sobre el linde del campo nocturno, y se abrió paso a campo traviesa a través de cultivos parcialmente cosechados, lodo acuoso y árboles cuyas hojas ya en su mayoría habían caído. Una amarga tormenta arreciaba aquel bruno conticinio, oportuno artificio de su operación. Cualquier tipo de detección digital o analógica remanente sería deficiente, y fue tal vez gracias a eso que Rachel pudo alcanzar el silo sur sana y salva al cabo de agotadoras horas de avance furtivo. Una rápida inspección del interior del silo, amplio y más desahuciado de lo que esperaba —para una acomodación de MiMi— le informó que estaba deshabitado. Mas, leves rastros de equipaje sugerían que al menos por un tiempo alguien vivió allí.

En 2028 había dos tipos de mujeres: la mayoría, sin hijos. Una minoría, a la cual Rachel pertenecía, había criado a sus recién nacidos bajo la tutela de MiMi, y su pequeña de menos de un año de edad había sido de aquellas cuyas primeras palabras fueron las de la sensación, tutelada por el programa avanzado de educación integral. Había tomado un interés especial en esta operación, y tal vez por ese mismo motivo decidieron delegarle la tarea de infiltrar el complejo. Rachel pensaba que, de haber sido mayor, su hija podría haber terminado allí. Mierda, niñas de un mínimo de cuatro años de edad habían sido invitadas. Y sin importar lo que todo el mundo dijera, desechando de lado los elogios del séquito digital, a ella no le gustaba MiMi. Le parecía otra celebridad vanagloriada, subida a su caballo neumático por el éxtasis de la aparente realeza que le confería ser famosa e inmortal. “Inmortal y un carajo”, pensó Rachel, “solo haría falta desenchufar un cable y chau”. La tormenta solar había apagado la mayoría de los dispositivos electrónicos, pero esto también significaba que en esa locación remota se hallaba… Incomunicada. Se preguntó cómo haría para socorrer a cinco mil personas en caso de necesidad, pero esa sería una segunda operación una vez que se reportara con su oficial al mando en el punto designado al crepúsculo.

Peinó los frívolos silos Uno, Dos, Tres y Cuatro, y para cuando se hicieron las cuatro de la madrugada —durante un temporal que no hacía sino empeorar, reduciendo las condiciones del terreno a un pantano insondable—, no le quedó otro sitio donde buscar que en el silo principal en el centro del complejo. Hasta entonces, no había encontrado a un solo ser humano… Ni vivo, ni muerto.

EL SILO CENTRAL

Ingresó a las 4:07 de la madrugada. Detrás suyo los relámpagos rasguñaban el enchapado celestial, los aullidos de las nubes —hinchadas de agria negrura— desgarrando el silencio del noctívago tiempo muerto del conticinio. Los chorros turbulentos decantaban por las canaletas del esteril tejado, arrastrando consigo la inmundicia acumulada de los desperdicios del otoño americano. Salpicaron gotas heladas el rostro consternado de la agente al tiempo que presionaba contra el pesado portón de metal. “Tenían que estar allí”, eso pensaba, y por ello se había equipado el arma, empuñada en ambas manos, al tiempo que se servía del peso total de su cuerpo para empujar con sigilo hacia dentro.

Tuvo el mismo cuidado a la hora de cerrarla tras de sí, y el chasquido metálico emitió un gruñido apagado en mediana medida por la crudeza de la tormenta exterior. La voracidad del diluvio quedó de fondo a medida que se le unían, en la oscura frialdad del pasillo semiabierto, goteras ilocalizables que ya hace rato habían formado charcos negros más allá de su visión. Se procuró de su linterna solo cuando confirmó que adentro no brillaba luz alguna; esto le puso los pelos de punta, pues tampoco detectó rumor ni sonido más que el del viento que debía pasar por alguna abertura de la gran estancia. Iba y venía, como un aire virulento, y por algún motivo la llenaba de ansias quejumbrosas. Algo jugaba con su temple, le entorpecía, y esto a Rachel le disgustó. Asió su linterna hacia la penumbra, y se percató de que este silo no era como los demás: mucho más amplio, la pasarela por la que andaba descendía abruptamente, conectada por una serie de escalerillas que le recordaron más a una fábrica que un establecimiento agrícola. Láminas opacas recubrían el camino, imposibilitando iluminar más abajo, el plástico insulando la instalación al punto que fue llegando a ella, viciado, un penetrante olor cobrizo, como de viejas monedas acumuladas. A medida que avanzaba, paso a tortuoso paso, a través del inocuo camino, le dio la impresión de que por debajo apestaba el potente hedor del vinagre concentrado. Pero por algún motivo le recordó a un platillo que no podía recordar, y eso no le reconfortó en lo más mínimo.

Con el arma en mano descendió escalerilla abajo, cada escalón escupiendo un eco tortuoso que retumbaba entre el plástico y que llegaba con cierto eco al amplio espacio inferior que de a poco se permitía dilucidar. Y en la medida que lo hacía, el viento que penetraba al silo se amplificaba con un silbido vacilante, errático y hermoso, como el canto silvano de un instrumento arcaico. Mas las notas eran inestables, y el hedor tan potente que se descubría incapaz de concentrarse en la arrebatadora melodía, y en cuanto los sentidos se le resquebrajan a medida que bajaba, más le parecía una cacofonía inmunda. El estupor era fatal, y los sentidos se le descomponían. Por algún motivo creyó que sería una buena idea regresar, dar por cumplida la misión y reportar que… ¿Qué? ¿Que no había hallado a nadie? ¿Que se habían ido sin enterarse? Cuatro años. Cuatro años tenían las niñas más pequeñas que habían ido.

“Mierda”, masculló. “Mierda”.

Tal vez fue la cualidad excepcional de tener una hija de esa edad. Por ello atravesó la miasma contra toda expectativa, y por ello pudo poner pie ahí donde no había debido. Porque desde abajo de la rejilla enchapada se elevaba una mucosa rosada ahí donde pisara, y la cabeza le daba tumbos a pesar de su entrenamiento. El viento no era otra cosa que una arremolinada palpitación inubicable y temblorosa, como la respiración de un perro Pug. Un temblor malsano movía la viscosidad con suavidad, como la gelatina, y todo pensamiento interno se había fugado de la mente de Rachel al tiempo que descendía en aquella oscuridad. Supo que podría haber elevado su linterna en cualquier momento para asirla contra aquello que murmuraba, informe e inconmensurable, en ese sitial. La oscuridad fracasó en ocultar la malignidad que exudaba esa pústula supurante, ese foco de miedo, que exudaba perversidad inhumana. Silbaba a través de muchos agujeros, y todos escupían como esfínteres al tiempo de su abucheo, entre la tiniebla. La masa se retorcía en la penumbra, en el linde del halo de su luz pálida, y Rachel tuvo que bajar su arma para rendirla por completo. Pues no había nada a lo cual disparar, no cuanto le permitiese su corazón:

En esa hora noctívaga, en las entrañas del silo central, todo el subsuelo respiraba en no una sino en cientos, tal vez miles de diferentes gemidos. Eran voces graves, las otras agudas, unas más gastadas y otras desesperadas. Y todas lloraban, y chillaban de ira; le suplicaban consuelos imposibles de conceder, y gemían de placer. Al tiempo se distorsionaban, para que la multiplicidad de tantas se fueran reduciendo tortuosamente a menos. Y el timbre de la voz, por primera vez orgánico, se le hizo familiar. Horrorosamente familiar. Pues, entre la inhumana cacofonía, supo reconocer agazapada la voz nítida, plural, grosera e inacabada, de MiMi.

Y solo un disparo le respondió.