Después De Mi Funeral.

All Rights Reserved ©

Summary

La muerte de Anne no debió convertirse en noticia. La encontraron dentro de una alcantarilla días después de desaparecer, con el cuerpo destruido y demasiadas preguntas alrededor de un caso que rápidamente intentaron cerrar. Su funeral estuvo lleno de lágrimas falsas, silencios incómodos y personas que jamás la comprendieron realmente. Excepto Ethan. Su hermano. La única persona que la amó lo suficiente como para romperse con su ausencia. Pero Anne abrió los ojos otra vez. En otro cuerpo. En otra vida. Ahora es True Montero, una CEO elegante, fría y peligrosamente inteligente cuya existencia parece no tener relación alguna con la mujer que murió semanas atrás. Mientras aprende a sobrevivir dentro de una vida que no le pertenece, True descubre que la muerte de Anne no fue un accidente… y que las personas responsables siguen libres. Dispuesta a encontrar a su asesino, utilizará el poder, el dinero y la identidad de True Montero para infiltrarse en un mundo de corrupción, negocios y secretos capaces de destruir vidas. Pero nada se vuelve más peligroso que regresar junto a Ethan. Porque aunque su rostro ya no es el mismo… él comienza a reconocerla. En sus gestos. En sus palabras. En la manera exacta en que aún lo cuida. Y mientras ambos intentan aceptar el imposible milagro o maldición de haberse reencontrado después de la muerte, una verdad comienza a acercarse lentamente: Anne

Status
Complete
Chapters
146
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo.

No recuerdo el momento exacto en que morí. No hay una imagen clara, ni un último pensamiento al que pueda aferrarme para darle sentido a lo que vino después.

No hubo despedidas, ni palabras finales dichas con la gravedad que uno imagina cuando piensa en su propia muerte. Fue más bien como un corte abrupto, una interrupción torpe en medio de algo que todavía no terminaba de ser.

Como si alguien, o algo, hubiera decidido que mi historia no merecía un cierre digno, y simplemente la hubiera detenido. Dicen que me encontraron en una alcantarilla.

Lo escuché después, en voces ajenas, dichas con ese tono extraño que mezcla el morbo con la lástima. No lo decían por mí, no realmente. Lo decían entre ellos, como quien comenta una noticia lejana, algo que ocurrió en otro mundo, en otra vida, en un lugar al que no pertenecen. “Qué horrible”, dijeron. “Pobrecita”.

Palabras suaves, casi vacías, que intentaban cubrir algo que no podía cubrirse: la oscuridad, el abandono, la forma en que mi cuerpo dejó de ser alguien para convertirse en algo. No sé si estuve ahí cuando lo dijeron.

A veces siento que sí, que de alguna forma ya estaba presente, escuchando sin poder responder. Otras veces creo que no, que todo eso ocurrió sin mí, como si mi muerte hubiera sido también una expulsión. Es confuso. Todo lo es. Lo único que recuerdo con claridad es el momento en que volví a abrir los ojos… si es que realmente fueron mis ojos.

Había una sensación extraña en mi pecho, como si respirar fuera un acto aprendido, no natural. El aire entraba, pero no se sentía propio. Mi cuerpo se movía, pero no respondía como antes. Cada gesto, cada pequeño movimiento, tenía algo ajeno, como si estuviera ocupando un espacio que no me pertenecía del todo. Miré mis manos y no las reconocí.

No por el miedo inmediato, sino por esa certeza lenta y devastadora de que algo no encajaba. Intenté hablar, pero mi voz tampoco era mía. Al principio pensé que seguía muerta. Que aquello era alguna clase de prolongación absurda, un eco mal formado de lo que había sido.

Porque nada tenía sentido… y, sin embargo, todo dolía de una forma demasiado real como para ser un sueño o una ilusión. Los recuerdos no llegaron como suelen hacerlo. No fueron suaves ni progresivos. No regresaron como

imágenes ordenadas que pudiera reconstruir con paciencia. Llegaron como golpes secos, fragmentos desordenados que irrumpían sin aviso y desaparecían antes de que pudiera sostenerlos. Un nombre. Una calle. Una noche que no terminaba de mostrarse completa. Y luego… él.

De todo lo que fui, de todo lo que olvidé, de todo lo que se rompió en ese tránsito imposible entre la vida y lo que vino después, su rostro fue lo único que regresó intacto. Sin distorsiones, sin vacíos. Como si mi memoria hubiera decidido preservar solo eso. Como si, al final, todo lo que fui pudiera reducirse a la forma en que lo miraba. No entendí por qué. No en ese momento.

Tal vez porque entenderlo implicaba aceptar demasiado. Escuché mi nombre antes de comprender lo que estaba pasando. No como un recuerdo interno, sino como algo externo, pronunciado por otra voz, en otro lugar. Mi nombre, dicho con una tristeza que no reconocí como propia. Y en ese instante, algo dentro de mí se acomodó con una claridad dolorosa. No era un sueño. No era un error. Era real. Mi muerte… era real.

Seguí esa voz sin cuestionarlo, como si aún me perteneciera, como si todavía tuviera derecho a responder cuando alguien me llamaba. Caminé sin saber exactamente a dónde iba, guiada por una intuición que no podía explicar, hasta que lo vi. El lugar. La gente. El silencio contenido. Y al centro de todo, un ataúd cerrado que no necesitaba abrir para saber que era mío.

Había flores, demasiadas, como si la cantidad pudiera compensar la forma en que todo había terminado. Había rostros conocidos, otros apenas familiares, todos reunidos bajo la misma idea: que yo ya no estaba. Escuché lo que decían de mí, las versiones cuidadosamente editadas de quien fui, las palabras bonitas que solo aparecen cuando ya no hay posibilidad de corregirlas. Nadie habló de lo que dolía.

Nadie habló de lo que faltó. Y yo estaba ahí, de pie entre ellos, respirando un aire que no sentía, ocupando un cuerpo que no era mío, observando mi propia ausencia como si fuera una espectadora más. Por un momento pensé en irme. En dejarlo así, en aceptar que todo lo que había sido ya no me pertenecía, que mi lugar estaba cerrado dentro de ese ataúd y que lo que quedaba de mí no tenía derecho a reclamar nada. Era lo más lógico. Lo más sencillo. Pero entonces lo vi.

No estaba al frente, ni cerca del ataúd. No se había colocado entre los más cercanos, ni fingía una cercanía que no sentía. Estaba un poco más atrás, casi al margen, como si su dolor no necesitara ser exhibido o como si, en el fondo, creyera no tener derecho a ocupar un lugar más visible.

No lloraba. Al menos no como los demás. No había lágrimas recorriendo su rostro, no había gestos exagerados ni manos temblorosas. Pero lo conocía lo suficiente como para ver lo que otros no podían. Había algo contenido en su forma de estar ahí, algo rígido, casi insoportable, como si sostenerse en pie fuera lo único que lo mantenía entero. Y de todos los que estaban ahí… él fue el único al que realmente pude ver. No con los ojos. Con algo más. Porque lo amé. Porque lo conocía.

Porque, incluso ahora, incluso así, seguía siendo la única parte de mi vida que no se había vuelto irreconocible. Lo miré, y en ese instante entendí algo que no supe nombrar de inmediato: no todos los presentes estaban despidiéndose.

Algunos… se estaban quedando. Y él era uno de ellos. Sentí algo moverse dentro de mí, algo que no debería haber sobrevivido a la muerte, algo que no tenía sentido en este nuevo cuerpo, en esta nueva existencia incompleta. No era solo tristeza.

No era solo nostalgia. Era una necesidad profunda, casi desesperada, de no desaparecer del todo. Si él seguía ahí… si aún podía verlo… si aún existía un vínculo, por mínimo que fuera… Entonces tal vez yo tampoco había terminado. No del todo. Di un paso hacia él, casi sin pensarlo, como si ese movimiento fuera más instintivo que consciente.

Nadie me detuvo. Nadie se giró. Nadie pareció notar que una extraña avanzaba entre ellos con una intención que no encajaba. Porque para todos los demás… yo ya estaba enterrada. Pero para mí, mi historia apenas estaba empezando.