Amor e morte

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Summary

En el París de la bohemia y las sombras, el amor no es una salvación, es una transacción de sangre y óleo. Aurora es una joven idealista de veintiún años que vive por y para el arte. Su vida cambia cuando se enamora de Tristán, un pintor aristocrático cuya belleza atlética solo es superada por su tormento creativo. Convencida de que su misión es salvar al genio de su vacío, Aurora comete el error definitivo: en un arrebato de devoción, le entrega su alma para que él pueda finalmente "pintar la verdad". Tras el misterioso suicidio de Tristán, Aurora descubre la aterradora realidad: su cuerpo se está convirtiendo en una cáscara de porcelana fría y sus sentidos se apagan uno a uno. Es entonces cuando aparece Arantha, el Vampiro de la Memoria, un ser de elegancia gélida que le ofrece un trato: él la guiará al infierno para recuperar su alma, sin embargo, en el mundo de Arantha, nada es gratuito, por cada paso hacia la redención, Aurora deberá entregar un recuerdo sagrado. ¿Cuánto de ti estás dispuesta a borrar para volver a estar completa? Amor e Morte es una historia de terror sobre la pérdida de la identidad, la ambición y la búsqueda de una luz que, una vez apagada, solo puede ser reclamada a través del vacío absoluto.

Genre
Fantasy
Author
José
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: EL SUICIDIO

La Frialdad del Mármol

Aurora no sentía el invierno de París, y esa era la mayor de sus tragedias.

A sus veintiún años, cuando la vida debería ser un incendio de sensaciones, ella habitaba el centro de una parálisis absoluta. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, de pie ante el abismo; los minutos se habían diluido en una sustancia espesa y gris que la mantenía fuera del reloj del mundo.

A través de la ventana abierta, el aire gélido entraba como una jauría de cuchillos, desgarrando las cortinas de terciopelo que colgaban pesadas, como sudarios. Afuera, una luna eléctrica bañaba los tejados de pizarra, proyectando sombras que parecían tajos de tinta china sobre las paredes.

Era una luz que lo revelaba todo, pero no calentaba nada. Inquietantemente, la escarcha que cubría los cristales de la ventana parecía retroceder ante su proximidad, alejándose de ella como si el vacío que Aurora emanaba fuera un veneno para el invierno mismo.

Aquel vendaval se ensañaba con su melena, agitando sus cabellos rojos hasta convertirlos en lenguas de fuego danzando en la penumbra; un incendio de cobre que contrastaba con la quietud mineral de su rostro.

El viento golpeaba su tez blanca como la leche, una piel que solía arder con el rubor de la juventud y que ahora se mantenía tan imperturbable como el mármol de una fosa olvidada. Incluso la única vela que quedaba encendida en el estudio se inclinaba en la dirección opuesta a su cuerpo, huyendo de su aliento gélido.

Frente a ella, el cuerpo de Tristán ocupaba el sillón de orejas con una inercia definitiva. Su belleza atlética se había congelado en una escultura de hielo, pero era una perfección rota: una mancha oscura de láudano, como una sombra líquida, ensuciaba la comisura de sus labios, recordándole al mundo que aquello no era una obra de arte, sino un cadáver.

No quedaba rastro de la energía animal que solía ensanchar sus hombros; la vitalidad se había evaporado, dejando atrás una carcasa de una elegancia macabra.

Tenía la cabeza vencida hacia atrás. Sus ojos verdes, antes pozos de tormenta capaces de reducir a Aurora a cenizas, permanecían fijos en un punto ciego del techo. El brillo esmeralda se había extinguido, sustituido por dos cristales opacos.

A sus pies, el frasco de láudano seguía rindiendo su última gota: ploc, ploc, ploc. El sonido marcaba el pulso de una habitación donde el tiempo se había suicidado junto al artista.

Aurora estiró una mano y rozó la mejilla de él. Debería haber gritado. Debería haber caído de rodillas, desgarrándose la garganta por el hombre que fue su norte. Pero al tocarlo, el horror no fue el frío de Tristán, sino el suyo propio.

Sus dedos no buscaron el calor; parecieron succionar el último rastro de temperatura que el cadáver aún retenía. No hubo el choque de dos pieles, sino el contacto del mineral contra la nada. Sus propios ojos azules permanecían secos, despojados de la humedad punzante que el invierno suele arrancar a los vivos.

¿Por qué no puedo llorar?, se preguntó.

Aurora se quedó allí, envuelta en su propio incendio de cabello rojo, preguntándose en qué momento exacto su corazón se había convertido en un reloj parado dentro de una casa abandonada.

El Espejo de la Desolación

La memoria de aquel calor la arrastró tres días atrás, de vuelta al estudio cuando todavía no era un mausoleo de silencio, sino un campo de batalla saturado de vapores de trementina y rabia.

Tristán no era entonces una estatua de hielo. Era un animal acorralado por su propio genio, una fuerza de la naturaleza en plena combustión. Aurora lo observaba desde el umbral, con el corazón encogido por una mezcla de terror y fascinación, mientras él arremetía contra su propio reflejo.

Su belleza atlética parecía una armadura que deseaba arrancarse a jirones. Con un rugido de asco, sus manos largas se cerraron sobre su camisa de seda aristocrática, desgarrándola con una violencia que hizo saltar los botones como proyectiles contra el suelo.

—¡Mírame! —había gritado él, volviéndose hacia el gran espejo—. ¡No soy un artista, Aurora! ¡Soy un farsante de buena cuna! Mi pulso es demasiado rápido, mi sangre hace demasiado ruido. ¡La vida es un error que ensucia el lienzo!

Él no buscaba la fama, sino la inmovilidad. Odiaba el parpadeo de sus propios ojos y el calor de sus manos; envidiaba la perfección gélida de las estatuas que no necesitan respirar para ser eternas.

—Solo la muerte es perfecta, Aurora —susurró él, con una fijeza letal en su mirada verde—. Solo en el final no hay rastro de mentira. Pero no puedo irme vacío. Necesito que algo de este mundo me sostenga mientras cruzo al silencio.

Aurora, movida por un idealismo que rozaba la ceguera, no pudo soportar ver a su ídolo desmoronarse entre los escombros de su creación. Ella lo amaba no a pesar de su tormento, sino por él.

Sin medir las consecuencias, la muchacha atravesó el caos de cristales rotos y telas rasgadas. Sus pies, aunque ella no lo notara, rozaban los fragmentos de vidrio mientras se acercaba a él por la espalda. Lo rodeó con sus brazos, hundiendo los dedos en la piel ardiente de sus hombros.

—Tristán, detente —susurró contra su nuca—. No estás vacío. Si sientes que el lienzo te pide una vida que no tienes, toma la mía. Úsala para comprar tu paz.

Él se tensó bajo su tacto. El aire en el estudio pareció comprimirse de golpe, volviéndose denso, eléctrico, difícil de procesar. Tristán se giró y la miró, pero no con amor, sino con el cálculo de quien encuentra el último material necesario para su obra final.

—¿Lo harías? —preguntó él, y su voz fue un hilo de seda fría—. ¿Me darías tu fuego para que yo pueda finalmente derretir mi hielo?

—Mi alma es tuya —insistió ella, con una pasión suicida—. Úsala como pigmento. Úsala para encender tus sombras. Si te falta fuego para cruzar, quéname a mí.

Fue entonces cuando el mundo dejó de ser ordinario. Un zumbido agudo y metálico vibró en las paredes con tal violencia que los fragmentos de cristal del suelo comenzaron a tintinear y saltar, como si el suelo mismo cobrara una vida frenética.

Al besarla con una desesperación salvaje, Aurora no sintió la calidez de un reencuentro, sino una descarga eléctrica que le astilló la columna y le arrancó un gemido de dolor físico.

Las velas de la habitación no oscilaron; se inclinaron horizontalmente hacia él en una reverencia antinatural antes de morir en un destello de azul eléctrico.

Aurora sonrió contra sus labios en medio de la oscuridad absoluta, sintiendo el sabor metálico del ozono en la lengua y creyendo, en su delirio, que aquel escalofrío que le vaciaba el pecho era el sello definitivo de su amor eterno. No sabía que Tristán solo estaba usando su luz para iluminar su propio camino hacia la nada.

El Lienzo del Sacrificio

Aurora se apartó finalmente del cuerpo de Tristán. El zumbido eléctrico que había sellado aquel pacto hacía tres días todavía vibraba en el fondo de sus oídos, pero ahora era un eco sordo, desprovisto de significado.

Sus ojos, ahora de un gris ceniza, se desviaron hacia el caballete que dominaba la estancia. Durante esas últimas setenta y dos horas, tras aquel instante en que el aire se saturó de ozono, Tristán no había vuelto a dirigirle la palabra.

Había pintado poseído por una energía ajena, una fiebre mecánica que lo mantuvo en pie sin probar bocado, mientras ella lo observaba desde la penumbra, sintiéndose cada segundo más ligera, más traslúcida, cada vez más fría.

Sobre la tela, finalmente, palpitaba la obra maestra que les había costado la existencia.

Era un retrato de ella, pero no de la mujer que ahora habitaba el estudio. En el lienzo, la figura desbordaba una vitalidad casi aterradora; el cabello rojo parecía quemar el óleo con un brillo ígneo y la piel conservaba el rubor de la sangre caliente, como si la esencia que ella entregó estuviera atrapada tras las pinceladas, latiendo con una fuerza que ya no le pertenecía.

Sus ojos en el cuadro eran de un azul tan profundo que parecían mirar más allá del espectador, encendidos por una chispa divina que Aurora acababa de perder. Era la captura perfecta de la vida; mientras tanto, la mujer de pie frente a la obra no era más que una sombra de porcelana.

Aurora miró el rostro de Tristán por última vez. Ahora comprendía la expresión de su cadáver. No era una máscara de dolor, sino de un triunfo gélido. Él no había muerto por una pena insoportable; se había marchado voluntariamente hacia la paz que tanto había ansiado.

Él había encontrado su silencio absoluto, convirtiéndose en la escultura de hielo que siempre envidió y dejando a Aurora como el andamio roto que sostuvo su gloria.

Bajó la vista hacia sus propias manos, que ahora tenían la transparencia del pergamino viejo y la frialdad del mineral. No sintió orgullo por el logro de su amante, ni tristeza por el cuerpo que se enfriaba a sus espaldas. Él había encontrado su paz; ella solo se había quedado con el vacío.

Con una parsimonia mecánica, se acercó a la ventana y cerró el pestillo con un clic metálico, apagando el aullido del viento de París. El silencio absoluto regresó al estudio, roto solo por el goteo final del láudano: ploc, ploc.

No hubo una despedida para el cadáver, ni un paño para cubrir el lienzo que la observaba con ojos que sí podían sentir. Simplemente caminó hacia la puerta, dándole la espalda a la belleza absoluta que le había arrebatado la razón de ser.

—¿Por qué no siento nada? —susurró hacia la oscuridad.

Su propia voz le sonó como la de una extraña, un sonido hueco que se disolvió entre las sombras de las paredes.

Al salir al pasillo y cerrar la puerta tras de sí, Aurora no sabía que muy pronto, entre los sollozos de una aristocracia hipócrita y el olor a tierra removida del cementerio, alguien la estaría esperando. Alguien que no buscaba su belleza, sino los fragmentos de memoria que todavía colgaban, como jirones de seda, de su cuerpo vacío.