Forjado a fuego

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Summary

Daniel D. Evans es un adolescente que vive en la calle, un ladronzuelo huérfano como tantos otros en la gran ciudad, que trata de buscarse la vida como pueden... salvo por sus increíbles poderes mutantes. Por si no tuviera pocos problemas se ve injustamente acusado de un atentado terrorista, elevado a la categoría de "enemigo publico" por las autoridades y perseguido por un mercenario que quiere cobrarse la generosa recompensa por su cabeza.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

Cinco días antes....

Desde la azotea del lujoso hotel Lúxur, uno de los edificios más altos de la ciudad, la ciudad se veía minúscula e insignificante. Las personas eran apenas puntos caminando entre la luz de las farolas, bajo el cielo nocturno, con tal nivel de polución, que ya casi habían olvidado como era alzar la cabeza y ver las estrellas.

Jason odiaba aquella maldita ciudad con cada fibra de su ser.

Era un vertedero humano, un imán donde iba a parar la peor escoria del país, bandas callejeras, crimen organizado, narcotráfico, estafadores, ladrones... Tenía la mayor variedad de delincuentes por metro cuadrado, un ecosistema de depravación donde las personas honradas era devoradas, victimas de todo tipo de depredadores y solo la escoria prevalecía.

Mientras tanto, los políticos llenaban sus bocas con falsas promesas durante las campañas electorales, jurando limpiar las calles, restaurar el orden y hacer valer la justicia. Sin embargo, una vez que aposentaban sus gordos traseros en despachos lujosos, elegían mirar para otro lado, evitando mancharse las manos con los verdaderos problemas.

Algunos por cobardía pura, temblando ante las amenazas veladas de los sindicatos criminales, otros, incapaces de resistir un jugoso soborno de las mafias que verdaderamente gobernaban la ciudad desde las sombras.

Nadie hacía nada.

Nadie cambiaba nada.

A Jason aún se le retorcía el estómago al recordar que esa misma mañana había inaugurado una biblioteca pública, un edificio erigido bajo una adjudicación turbia a una empresa propiedad de un cuñado del alcalde.

La ubicación no podía ser más ilustrativa, justo delante de un parque donde habían encontrado a un crío de quince años muerto por sobredosis, con los ojos vidriosos y una jeringuilla aún clavada en el brazo.

A diez metros de una joyería que había tenido que cerrar sus puertas porque ningún seguro cubría sus constantes robos.

A una calle escasa de la plaza donde dos bandas enemigas habían iniciado un tiroteo unos pocos días atrás, dejando balas incrustadas en las fachadas de los edificios colindantes y charcos de sangre que el servicio de limpieza tardo dos días en ir limpiar.

Estuvo a punto de vomitar al ver las caras satisfechas de la población aplaudiendo, como monos amaestrados, a un tipo que se había enriquecido a su costa. Vestido con un caro traje hecho a medida que ningún trabajador honrado podría permitirse, cortando una cinta pagada con sus impuestos, inaugurando un edificio construido con inexplicables sobrecostes que habían engordado bolsillos privados.

Aunque lo peor fue ver sus caras de felicidad, como si les estuvieran regalando algo.

Tal vez el cinismo y la amargura que corrían por las venas de Jason no le permitían ver nada bueno en una sociedad que consideraba podrida hasta la médula, enferma de estupidez, donde la corrupción era el cáncer que nadie parecía querer combatir.

Nadie salvo Jason.

Él no podía dejar de luchar por su ideal de hacer un mundo más justo, más humano. Era una llama que ardía en su pecho, inextinguible a pesar de las muchas decepciones, el dolor y las heridas.

—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. —se decía a sí mismo en esas noches oscuras, cuando sentía ganas de abandonar a su suerte a esa panda de estúpidos borregos que decían ser “ciudadanos”, dejando que se ahogaran en su propia complacencia.

Sin embargo, siempre volvía a ponerse la máscara, una noche tras otra, desde hacía ya siete años.

Había asumido el papel de vigilante de aquella ciudad, una responsabilidad autoimpuesta que se negaba a soltar. Detenía delincuentes en las sombras y era el único que se metía en lugares donde la policía temía entrar, en barrios controlados por carteles, almacenes fortificados, sótanos donde se traficaba con personas...

La prensa lo llamaba “Mercenario”, alegando que alguien financiaba sus acciones, especulando con partidos políticos de ambos extremos del espectro.

Unos lo tachaban de ser excesivamente violento, de creerse juez y jurado, de actuar de un modo antidemocrático y fascista... Y tenían razón, en parte.

Otros alegaban que protegía a los inocentes, que no se dejaba comprar por las mafias, que siempre estaba del lado del débil... Y en esencia, también tenían razón.

No obstante, Jason se reía en silencio cuando imaginaba las caras de todos sus críticos si supieran quién estaba detrás, quién lo financiaba, quien era el que facilitaba sus sofisticados equipos, sus trajes blindados con nanotecnología, sus visores nocturnos de última generación y sus armas.

—Siento llegar tarde. —dijo una voz a su espalda.

Jason no necesitaba girarse para saber quién era.

El superhéroe favorito de todos, el hijo preferido de América, Starnova, con su traje diseñado para proteger un cuerpo invulnerable de... de, bueno, absolutamente nada, ya que se decía que ningún material en la tierra podía perforar su piel.

Un mutante, hijo de mutantes, elevado a la categoría de dios entre los hombres, un símbolo viviente de perfección genética que la sociedad adoraba y temía a partes iguales.

Allí estaba, con su silueta imponente recortaba contra las luces de la ciudad, brillando bajo la contaminación lumínica.

—Tienes super-velocidad y puedes volar, llegas tarde porque te salió de las pelotas, Henry. —gruñó Jason, sin apartar la vista del abismo que se extendía bajo la azotea.

Henry suspiró pesadamente, Jason nunca se lo ponía fácil.—Dije que lo sentía.

— Ya te oí, Henry, no tengo tu super-oído pero no estoy sordo.— comentó con sarna.

—¿Podrías no llamarme por mi nombre de pila cuando llevo este traje, por favor?

—¿En serio quieres que te llame “Starnova”? —preguntó Jason de vuelta, con aire despreocupado, aunque era un triste mortal sin poderes especiales hablando con alguien que literalmente podía destrozarlo con una mirada láser o un triste puñetazo, de hecho, un soplido fuerte podía tirarlo de la azotea y terminar hecho papilla en la acera.

—¿Qué tiene de malo mi apodo? —replicó Henry, cruzando los brazos sobre sus anchos pectorales.

—Nada, de hecho si fueras un tipo de cincuenta años, calvo, que trabaja como transformista en un cabaret de mala muerte, seria perfecto. —gruñó Jason, finalmente girándose para enfrentarlo.

Sus ojos, ocultos tras un casco rojo que cubría su cabeza por completo, escrutaron al héroe con un desprecio palpable.

—Los niños me pusieron ese nombre. —aseguró Henry, defendiéndose con una sonrisa forzada.

—¡No me jodas! Esa fue la campaña de marketing más penosa de la historia de la humanidad, no me la recuerdes, que aún me revuelve el estómago pensar cómo el gobierno manipuló las masas para que sintieran que formaban parte de su “heroico plan nacional”. Que contribuyeron en darte un nombre cuando tus amos ya tenían decidido meses antes de empezar la campaña.—escupió Jason, llenando cada sílaba de veneno.

Recordaba las vallas publicitarias, los concursos escolares, la propaganda que en los medios de comunicación que convirtieron al mutante en un ídolo de masas fabricado a medida para agradar al público.

—Veo que no has cambiado. —aseguró Henry con calma, manteniendo su expresión serena, aunque sus ojos azules traicionaban un atisbo de frustración.

—Yo no fui el que se vendió. —replicó Jason, señalando con desdén una valla publicitaria en un edificio cercano, donde la imagen de Henry aparecía con una lata de refresco en la mano, sonriendo del tal forma que hacía parecer que el azúcar procesado era el elixir de la vida eterna. El anuncio parpadeaba con luces LED, prometiendo “La chispa estelar de la vida, para poner luz en tú día”.

—Lo que me pagaron por esa campaña terminó siendo una nueva planta de oncología en el hospital infantil, Jason, no todo es blanco o negro. Luchamos por la misma causa, cada uno con las herramientas que tiene. —argumentó Henry intentando tender un puente sobre el abismo insondable que los separaba.

Jason lo miró de arriba abajo, con una mueca ante el traje de un tejido extraño, demasiado apretado en todas partes, que delineaba cada músculo pegándose a su cuerpo como una segunda piel.

—Si tú lo dices debe ser cierto, después de todo eres el bastión de la verdad, el niño bueno, el prototipo de perfección absoluta... el sueño húmedo de un nazi. —señaló, apuntando a su piel blanca impecable, su cabello claro peinado a la perfección y sus ojos del color de los zafiros.

Henry levantó las manos en señal de rendición, un gesto que parecía más cansado que defensivo, mostrando un matiz triste en su voz.—No quiero pelear. —dijo, exhalando todo el aire de sus pulmones con un suspiro pesado.—Si te he llamado es porque tenemos un problema y necesito tu ayuda.

—Bien, de acuerdo, vamos al grano...“Starnova”... ¿Qué coño quieres? — Le concedió Jason, cruzando los brazos, sin saber muy bien que esperar.

—La explosión en ese instituto, en el distrito norte, no fue una fuga de gas, fue provocada. —aseguró Henry, sabiendo que esa frase era un cebo lo bastante jugoso como para ganar el interés de Jason.

—¿Por quién? —gruñó Jason con exigencia, tensándose de pronto.

—Un chico, un mutante resentido con la sociedad. Se llama Daniel Dwayne Evans, según nuestros informes acaba de cumplir 18. Su madre se resistió a la entrega obligatoria del menor a las autoridades hace cinco años, hubo un incidente desafortunado... Ella falleció.

— Ya veo, el típico caso de asesinato de padres que no ceden la custodia de sus hijos al estado.— gruño Jason.

— Te aseguro que fue un lamentable error humano.—aseguro Henry, haciendo que Jason negara con la cabeza, completamente convencido de que aquello no tuvo nada de “accidental”.— El caso es que el chico escapó y le perdimos la pista hasta la semana pasada. Aparece en las cámaras de seguridad, tenemos sus huellas y las declaraciones de algunos testigos. —explicó Henry, usando un tono más autoritario y profesional.

—¿Por qué me lo cuentas a mí? —quiso saber Jason, entrecerrando los ojos tras la máscara, con esa desconfianza tan arraigada en su ser.

—Las autoridades lo están buscando, pero preferimos que lo encuentre alguien... comprensivo con las circunstancias, que sepa mantener la discreción. —Explico Henry, eligiendo sus palabras con cuidado, con ese aire diplomático que Jason tanto detestaba.

Sonrió debajo de su máscara, una sonrisa amarga, sin ápice de humor. Negó con la cabeza de nuevo, entendiendo la situación desde su cínico punto de vista.—Espera a ver si lo entiendo. Matasteis a la madre de un crío porque no quiso entregarlo a vuestro programa fascista de control mutante, el mocoso crece, se convierte en terrorista por resentimiento y ¿quieres que lo mate y barra su cadáver bajo la alfombra antes de que le cuente a la prensa o a la policía por qué lo hizo?

—Las cosas no fueron así, he leído el informe, esa mujer sacó un arma y disparó primero contra los agentes... —empezó a explicar Henry, pero era evidente que Jason no le estaba creyendo ni una palabra. Resopló pesadamente, sacando todo el aire de sus pulmones, cansado.— Mira, hay una recompensa por él, un cuarto de millón libre de impuestos, para ti si completas el trabajo. Queremos que lo traigas aquí, preferentemente vivo, es un crío, con un programa de reeducación adecuado...

—¿Lavado cerebral y adoctrinamiento? ¿Esa es la pena por matar cuatro adolescentes y herir a más de una docena? —gruñó Jason subiendo de volumen de la voz con tanta ira como indignación.

—Jason, estará bajo custodia toda su vida, trabajará para pagar su deuda con la sociedad —aseguró Henry con ese tono de superioridad moral tan irritante, que hacía que pareciera que estaba predicando desde un púlpito.— Es apenas un adolescente, puede reformarse y usar sus poderes para causas nobles, salvando otras vidas.

—Queréis usarlo como arma. —resumió Jason, cortante y seco.

Henry se movió inquieto, su invulnerabilidad no lo protegía del escrutinio de quien una vez fuera su mejor amigo.— ¿Por qué siempre piensas lo peor, Jason?

—Porque rara vez me equivoco. —gruñó en respuesta,

Un silencio incómodo se instaló entre ellos mientras Jason se cuestionaba aceptar o no aquella misión.

Henry habló finalmente.— ¿Entonces, te encargas del trabajo o tengo que pedírselo a otro?

—¿Por qué no lo haces tú mismo? —quiso saber el mercenario, inclinando la cabeza con curiosidad fingida.

—Llamaría demasiado la atención, el consejo quiere que mantengamos un perfil bajo en esto, pero me pidió que se lo encargara a alguien de confianza. No conozco a nadie mejor para esto, Jason, conoces la ciudad, tienes contactos, la habilidad y los medios... por favor, detén al chico antes de que haga daño a alguien más.

—No puedo prometer que lo traiga vivo. —aseguró Jason, tanteando las condiciones del trato.

—Entonces tráelo muerto, pero tráelo. —pidió Henry con un tono que rallaba la súplica.—No si no podemos dejarlo suelto, ese chico es una bomba de relojería caminado por la ciudad, lleno de rabia y odio, buscando otro lugar que atacar.