Capítulo 1: La Orden de la ONU
Las relaciones entre Argentina y el Reino Unido estaban en su punto más frágil. Años de tensiones y resentimientos habían dejado una herida abierta que parecía imposible de cerrar.
En la sala solemne de las Naciones Unidas, las miradas eran duras, las palabras afiladas.
—Exigimos respeto a nuestra soberanía —dijo Argentina con voz firme, que resonó como un eco antiguo.
—We will not yield "No cederemos"—respondió el Reino Unido con la frialdad de siglos de imperio.
El ambiente era insoportable. Los delegados presentes podían sentir cómo el peso de la historia caía sobre aquel enfrentamiento.
Entonces, el Secretario General de la ONU se levantó. Su voz, grave y definitiva, interrumpió el cruce de acusaciones:
—Basta. El mundo no puede permitirse más conflictos estériles. Si no logran convivir, nunca encontrarán la paz.
Las delegaciones murmuraron, desconcertadas. El Secretario continuó:
—He decidido que Argentina y el Reino Unido deberán compartir un espacio común, un territorio neutral, donde ambos estarán obligados a vivir durante treinta días. Allí, lejos de sus banderas, aprenderán si la reconciliación es posible… o si la distancia entre ustedes es definitiva.
El silencio que siguió fue sepulcral. Argentina apretó los puños, resistiendo la humillación. El Reino Unido sostuvo la mirada, frío, pero con una sombra de duda en los ojos.
La orden estaba dada. El destino de dos naciones acababa de entrelazarse.