Chapter 1
Hace mucho tiempo tuve un sueño. Fue un sueño tan real que desde entonces, conservo la secreta creencia de que es la vida despierta la que se sueña, y el mundo verdadero aquel que yace más allá del velo onírico. Siendo un joven de mente despierta y aguda, me interioricé temprano en los tópicos importantes de esta vida. Puede haber sido una curiosidad entremezclada de un espíritu pueril, pero perseguí los secretos del mundo, las leyes de esta realidad, y de mi propia alma. Reconocí la limitación de los cinco sentidos y busqué con velocidad el camino hacia la lucidez, consciente del velo de letargo que descendía tanto sobre mí como sobre todos los demás. Mi carisma y locuacidad me permitieron tomar un lugar en mi sociedad, siendo alguien querido y siempre acompañado. Mas nadie podía ingresar a mi cuarto más interno, mi salón privado, mi altar dedicado a la verdad — una verdad que, entendí rápidamente, a la mayoría poco les importaba. El vicio y la seducción de un hedonismo de poca vista les cegó raudo a los principios más misteriosos y esotéricos del mundo. Aprendí a aceptar esta realidad, viviendo de dos maneras: para mi gente hacia fuera, y para mi mismo hacia dentro.
Soñé sobre el Arriba y el Abajo: un enorme abismo se conectaba a una espiral en el cielo. Entendí silenciosamente el orden de las cosas, pues la Luz había venido solo después que la Oscuridad, y desde entonces las tinieblas son los espíritus encargados de recordarnos su verdadera procedencia: un agujero hondo, insondable, donde habitan bestias. Bestias anteriores a lo que algunos, en su ignorancia, llaman “Dios”.
Nataniel Bregman arribó al punto elusivo de la ruta 40 con la ayuda del confundido taxista. Portaba consigo un maletín abultado e impermeabilizado, lo cual era conveniente en vistas de la gélida tormenta que asolaba el camino de los Siete Lagos aquella tarde del 2 de octubre de 2032. Su llegada a San Martín de los Andes había sido auspiciosa, y no perdió tiempo alguno en relajarse o recrearse de tal forma que su enfoque pudiera mermar en lo más mínimo de su objetivo verdadero. Horas antes, en la compartimentada habitación del Hotel Arrayán, habría revisado sus notas cartográficas. El mapa de la región, las marcaciones prolijamente trazadas durante su estadía en Córdoba, las coordenadas y círculos de referencia cubriendo el relieve para determinar con precisión un punto en particular a pocos kilómetros de la ruta 40. Nataniel había invertido una década en determinar con maestría esta locación, este centro secreto, en parte gracias a extensas investigaciones y en otra a los rumores que supo adquirir de asociados al tema, en especial tras el Apagón. Nataniel, a diferencia de la gran mayoría de los argentinos, no había caído en esa ofuscación que raptaba las memorias y la claridad a la nueva realidad que todos accedimos —lo desearamos o no— después del apagón de 2030.
Durante la Larga Oscuridad, Nataniel se dedicó a contemplar y estudiar los fenómenos del aire y de las sombras que adquirieron forma para el displacer de todos los argentinos… o casi todos. Y cuando evidenció la Inversión del Obelisco y la caída de Microcentro a lo que ahora sería renombrado “El Bajo”, por fin contempló su sueño de una manera visceral que —para su frustración— era incapaz de explicar; algo que alguien tan versado y locuaz como él hallaba vergonzoso y desdeñable. Lejos de juzgar a los demás civiles, supo que había algo de sabiduría en semejante negativa al nuevo mundo: en cierto sentido, la propia nueva materia desafiaba la razón y lo arrastraba a uno hacia el delirio. Después de todo, somos ignorantes de lo hondo que cavan en nuestro ser las definiciones de realidad con las que convivimos toda nuestra vida. Lejos de ser simples ideas, son los pilares de nuestra realidad, nuestra capacidad para habitar el mundo y ser coherentes tanto con él como con nosotros mismos. Nataniel habría accedido temprano en su vida a ideas que desafiaban el orden común, jugando y experimentando con transmutaciones y construcciones de una visión de la realidad más amplia, profunda y verídica. Mas, reconocía que las implicaciones de algunas de las cosas que tomaron lugar para el Apagón eran una afrenta tan directa e implacable a las definiciones más elementales de la realidad humana que absorberlas por completo conllevarían el irremediable colapso de los sistemas cognitivos de uno que hoy se proclamaría como “razonable”. Es por eso que siempre se cuidó de aquellos que poseían un conocimiento más arcano y profundo de la nueva realidad, aunque lidiar con ellos con habilidad y dialéctica para obtener las informaciones más rebuscadas: mientras más alguien se descubriese disfrutando de la nueva realidad, mientras más la entendiera e internalizara, menos era de fiar. No eran enteramente humanos, pues ponían a prueba la esencial definición de lo que es ser una persona. Pertenecían a otra nación, y por ende no había que confundirlos por la piel que llevaban. Bajo esa corteza terrestre, esos hombres y mujeres optaban por la noche cuando a los demás les aterrorizaba y en su cabeza habitaban horrores inentendibles — y mejor así, pues de entenderlos, uno sería como ellos y no habría distancia entre la idea y la realidad de tal horror. Después de todo, el Todo es Mente.
Nataniel, sin jamás revelarse a nadie en este aspecto, durante largo tiempo contendió con un impulso que progresivamente le arrebataba su atención. Era una especie de tensión, algo que jalaba más allá de su visión, una necesidad de distraerse. Mermaba su voluntad y su capacidad para concentrarse, e hiciera lo que hiciera se descubría neciamente alejado de los tópicos de su dedicación. Casi como que algo estuviera intencionalmente oponiéndose a su autonomía, a su elección de camino, a sus tareas más elementales. Fue solo recientemente que encontró la fórmula mental que le permitió no solo repeler estas sombras, estos espíritus corrosivos — también pudo usarlos. A través de la hábil manipulación de sus fuerzas vitales, propias y ajenas, empleó tales influencias elusivas e indefinibles para apoyarse en su proyecto. Tal corrección fue el principio de los grandes avances: adquirió una enorme cantidad de información durante el 2031, y hasta mediados de 2032 pudo determinar la existencia y relativa ubicación de lo que él llamaba un punto de poder en Argentina, su país. Nataniel, firmemente determinado a no dejarse influenciar por los sucesos de 2030, decidió que sus habilidades debían ser puestas en uso con un objetivo de primordial importancia: aportar claridad y herramientas para lidiar con las consecuencias del Apagón. La gente normal ignoraba la profundidad del cambio, las implicaciones de la noche, las amenazas ocultas en los rincones de la mente y de la habitación.
La valija que cargaba era harto pesada, pero su voluntad era lo suficiente como para cargar el peso hasta el objetivo. El taxi se resignaba a abandonarlo en aquel lugar, pero Nataniel insistió en que se largara: en la tormenta, contando con su brújula y el conocimiento exacto según sus predicciones, se adentró en el oscuro bosque patagónico con solo la protección de su farol Telerman —aquel artefacto de fulgor cerúleo— para repeler la esencia insidiosa de aquello que vagaba sin forma por los bosques lejanos a la civilización. Todo es Mente: la principal forma de protegerse era mantener su imaginación centrada. Tarea hoy sencilla, pero harto difícil antes de su gran revelación, antes de aprender a usar a sus enemigos a su favor. Las artes del Mago, como a veces le gustaba llamarse, son las de reconciliar el arriba y el abajo, hacer uso de las fuerzas sin discriminarlas y ordenar el Cosmos a su favor. Avanzó con plena confianza en su habilidad para localizar el punto, atravesando la maleza que parecía oponerse a cada paso. La oscuridad de la tormenta cegaba los ojos, pero él no necesitaba ver más que su brújula. Con las botas enterradas en el barro succionante, la respiración forzada por el ascenso por el cerro, el rostro y los lentes empapados de agua de lluvia, sintió cómo su cuerpo bajo el piloto impermeable sudaba con furor.
Tras una hora de ardua caminata, se detuvo. Entendía los riesgos más sutiles de adentrarse tan hondo en estos bosques, pero había calculado la hora y la dirección de tal forma que llegaría al punto antes de que fuera demasiado tarde. Para quien entiende las nuevas reglas, hay métodos para mantenerse a salvo incluso allí donde habita la muerte en una forma muy poco poética y más bien literal. Sabía que estaba próximo a su objetivo, tal como las marcaciones indicaban — proyectando la luz azulada del farol, rodeó la arboleda inspeccionando cada rincón… Y entonces, con una emoción que no experimentaba desde su niñez, lo halló: entre frondosas y filosas plantas, oculto por completo al ojo común, se hallaba un paso que se adentraba en la tierra. La parte superior estaba tapada por un enorme tronco caído cubierto de musgo, lo cual habría imposibilitado tanto el acceso como la detección del paso desde cualquier ángulo; las plantas, por su parte, parecían guardianes que negaban el paso y la observación del secreto sendero. Mas Nataniel, equipado con sus guantes gruesos y un bastón provisorio, supo hacerse paso entre ellos sin daño alguno. El matorral sanguinario se cerró tras su paso, velando por el secreto que ahora era solo accesible para él. Así debía ser.
Nataniel se descubrió descendiendo un tanto más de lo que había predicho: en un principio había estimado que esta debía ser una gruta en la ladera de la montaña, pero resultó ser un túnel que se internaba hacia sus entrañas subterráneas. El pasillo, iluminado sigilosamente por la luz azul, adquirió una apariencia fantasmagórica y emocionante que cargó a Nataniel de excitación aventurera. Arribó a un bloqueo en el paso que no era ni más ni menos que la puerta que supuso que iba a hallar. Una poderosa losa de piedra de un material desconocido, un descubrimiento no poco interesante mas necesariamente soslayado en este momento, en la necesidad de entender la extraña combinación de ranuras y formas que se grababan en su superficie. Una entrada, sin duda. Nataniel fue capaz de comprender ocho de las doce ranuras, y observó con intriga los veintidós símbolos que rodeaban la losa y que eran casi de su total desconocimiento. Uno de entre aquella larga lista se destacaba por su mayor tamaño, y ese es el que confirmó las diestras predicciones de Nataniel: era el símbolo de referencia al Sello del Caos. Caos, la acción en potencia, la posibilidad, la fuente de la magia del universo. Potencial absoluto esperando el advenimiento del Orden que diera forma y realidad. Manifestación. El hombre de treinta y cortos años se enderezó pues comprendía, en su confirmación, que estaba cerca de su meta. Este era un momento secreto e histórico para la Humanidad. Hoy marcaría un punto de no retorno. El futuro de la Argentina y el mundo se inclinaría a favor de los seres humanos, de los “vivos”, aunque no lo supieran. Quizás nadie entendía ni conocía su causa, pero la apreciarían sin saberlo.
Y tras unos momentos de conjeturas y análisis con respecto a los arcanos símbolos y las ranuras geométricas, Nataniel supo desplegar la combinación acorde para el comando de “entrada”. Sin dudar durante el breve silencio que acompañó al último traqueteo, hubo un “¡tsk!” y las figuras viraron para maravillar sus ojos por solo un instante, después del cual la pesada losa se desplazó… Revelando la recámara más allá de su protección.
El espacio era el de una caverna, cuya superficie bruna de roca lisa escapaba enteramente a causas naturales y era en cambio en la forma geométrica de un dodecaedro: “El símbolo del éter, del universo” musitó Nataniel, identificado sus doce caras perfectamente lisas del extraño mineral oscuro. Era completamente negro. Revisando su superficie, ligeramente reflectiva, identificó cientos o tal vez miles de diminutos grabados. Estaba seguro de que si invertía el tiempo para leerlos, podría sacar magníficos al igual que terribles resultados. Pero entendía bien de esta clase de sitios, y su tiempo era limitado. Era tal la oscuridad de la habitación, tanto absorbía la luz del farol aquellos muros perfectos, que no había reparado hasta casi pisar en falso en el insondable agujero que yacía en el centro de la habitación. Era un verdadero abismo, cuyo fondo no pudo ser atisbado con el farol, el borde ceñido en una serie de formaciones rocosas similares a un serrucho o… dientes. Nataniel rió frente a su imaginación, pero reparó lo suficiente en la significancia simbólica de tal forma. Tenía la idea de que nada allí era casual, y el significado de estos espacios era clave en la determinación de la fórmula a utilizar. Ese factor era el último a resolver, el que sabía que no podría calcular hasta estar en el lugar. Mas, el abismo y sus “fauces” no eran un símbolo ajeno a él: estaba versado en las lecturas respecto al concepto del Inframundo, de la importancia sutil de los caminos verticales que se entierran en el vientre de la tierra, y la verdad detrás de la fórmula hermética de “Como es arriba es abajo”.
Extendió una gruesa lona grabada en tonos negros, dorados y violetas sobre el borde del abismo, dejando la maleta abierta a su lado para servirse de los múltiples elementos y artefactos que había procurado consigo. Desplegó los inciensos especiales que prendió con celeridad, inundando lenta pero certeramente la habitación con su vapor especial. Tendió las varas y el recipiente de los fuegos verdes y púrpuras, los cuales ardieron con correspondencia y una intensidad impropia del propio reactivo físico, advirtiendo a Nataniel de la certeza de sus predicciones. Sonrió para sí mismo. Todo iba de acuerdo al plan. Podía casi tocar las presencias que había atado a su voluntad, las sombras que se ceñían como si habitaran las doce oscuras caras de la recámara. Los espacios oscuros de su imaginación tenían esa misma forma, perfecta y entrenada para reflejar la luz de su voluntad. Recitó los versos ocultos y añadió su fórmula personal, evocando el principio final al pronunciar —en el idioma arcano— la frase “... y como es Abajo, también es Arriba”. Asumió la forma meditativa sobre el borde del Abismo y contempló en su oscuridad absoluta, por completo semejante a las sombras que habitan la visión cuando uno cierra los ojos y se concentra en el interior.
Evocó entonces sus visiones, rodeado por las piezas de color cobrizo que habría traído consigo para la labor de su vida. Sin cerrar los ojos, sondeando el espacio más allá de este mundo, emancipó su espíritu de esta tierra seca para navegar sutilmente los lugares subterráneos. Vibró con la recámara dodecaédrica, inhalando los vahos mientras recitaba para sí mismo el mantra de su convicción. Proyectó, como lo había hecho ya cientos de veces, la figura concreta de su intención. Lenta pero certeramente, sus manos fueron guiadas por la intuición ciega y silenciosa de esa esencia propia del recinto secreto, los dedos operando ajenos al conocimiento de la mente, pero con la total certeza de que estaba manifestando su visión. Sus manos, ocultas a sus ojos —clavados en el abismo frente a él—, operaban en la construcción del artefacto con el que habría soñado pero que jamás pudo contemplar en un mundo ni en el otro. Fue entonces, en un intenso trance que lo haría vibrar violentamente —el más poderoso en toda su vida— que vislumbró algo al final del abismo. Fue incapaz de determinar si lo veía o lo visualizaba, si era un producto de su imaginación. Sintió arremolinarse las fuerzas etéreas de su mente ante su presencia, y por primera vez en mucho tiempo dudó de si la forma era propia o ajena. Debía de ser una proyección, pero no la había invocado: las figuras más sutiles de sus conjuros se esfumaban o apartaban para dar lugar al brillante símbolo del Sello del Caos en el fondo del abismo insondable. Nataniel supo que era de otro mundo, y no habitaba el espacio físico que contemplaba… Advirtiendo que, con toda certeza, sus ojos ya no observaban las vicisitudes de la Tierra común. Buscó dominar la escena que se proyectaba con la fortaleza de su mente, pero advirtió que su imaginación se retorcía y resbalaba como un pez que se rehúsa a ser atrapado. Estas eran las fallas neófitas del recién practicante, no de un visualizador de su categoría. Las sombras se burlaban mientras pateaban el tablero y agitaban turbulentas las aguas de su receptáculo interior. La imaginación se rehusaba a tomar la forma señalada, en cambio asumiendo una apariencia amorfa y crecientemente horripilante. Conectó, en un punto emocional, con algo incierto que le provocó temor. Y en la inmediata correspondencia con el fondo del agujero, reconoció en cambio una emoción vieja: terror.
El símbolo creció en dimensiones, aparentemente amplificandose en el ojo de su mente hacia su presencia a pesar de todo intento consciente de dominar su imaginación. Representó contra su voluntad a esta cosa con tentáculos, con apéndices reminiscentes a algo que se retuerce y rechaza una forma determinada en virtud de cambiar a todo momento y eludir toda definición. La cabeza le dolía con una agresividad nunca antes experimentada frente a la resistencia abismal de su propia lucidez a asumir las formas correctas. Advirtió entonces que los recursos oscuros que habría utilizado antes a su favor ahora… Le traicionaban. Era como descubrir que la soga que ataba a la bestia siempre estuvo desanudada, y la criatura simplemente estaba esperando… Su momento… Para revelar el ardid. Se horrorizó al momento que, soltando el control de su imaginación, la cadencia de la cosa simplemente siguió su rumbo normal: en ningún momento había tenido dominio sobre ella, hacía lo que quería. Entrando en pánico, apartándose del abismo que no paraba de agitarse y de aproximarse a su fatídico encuentro, Nataniel aulló como un niño mientras pateaba su mesa de trabajo y se desparramaban los fuegos coloridos sobre el suelo perfectamente pulido. Oyó cómo rebotaba sobre la roca aquello que ante su desconocimiento había construído, y advirtió con hondo terror que por seguro no era lo que él había querido crear, sino una abominación. El siseo insípido y gangrenoso proveniente del agujero se aproximaba, lo inalcanzable estaba cerca, y en un súbito momento de claridad comprendió el error de la fórmula que cantó. Lo de Arriba debe bajar… Pero lo de Abajo no debe subir. Eso es lo que los Sabios aprenden a temer. La realidad debe ser como la gravedad.
Al girar sobre sus talones, incapaz de resistir el pulso profundo que lo atraía, falto de control sobre su mente, halló en el centro de la habitación aquel ojo que disimulaba ser un símbolo. El Sello del Caos le miraba como si se tratara de la linterna de un Melanocetus, el rape abisal, el pez del abismo oceánico. Los fuegos arcanos, moribundos en su falta de sustento, fallaron en atisbar mucho más que un vil contorno, una silueta constantemente cambiante y reptante, una cosa cuya mera sugerencia era peor que mil apagones. El pánico asoló a Nataniel mientras ponderaba al respecto de las profundidades de su ser: ¿Cuánto de ello era realmente suyo, cuántos pensamientos y emociones, intuiciones y visiones? ¿Por cuánto tiempo había sido guiado por otros más que por sigo mismo, hace cuanto creía erróneamente tener el control?
¿Quién… había diseñado… este plan? O mejor dicho… ¿Qué?
Nataniel no se atrevió a buscar el impío artefacto que no reconocía como suyo, más que la prole producto de la violación de su mente. No era cosa propia, no resonaba en nada con su alma, ajeno a las reglas de la virtud humana. Era un exabrupto abisal monstruoso, una cosa que de seguro traería horror a la Humanidad. Y por encima de ello, el abismo que habitaba el dodecaedro, la Cosa que Fingía… Su siseo se abría paso por su mente, en algún lugar íntimo resonaba, y sentía como esa sustancia tan elemental y propia se distorsionaba irremediablemente mientras soltaba lágrimas incontrolables. Por fin había hecho contacto con lo más íntimo de su ser, Nataniel lo identificaba a propósito de esta interferencia aborrecible, y supo en ese momento que aquello que lo hacía él estaba siendo destruído para siempre. Con horror, entendió que ya no era él. Si hubiera podido verse en ese momento ¿Habría sido capaz de identificarse? En la medida en la que los sonidos amorfos se hacían más claros, su interior era más inentendible. En la medida en la que sus ideas se expandían hacia el espacio más allá de la medida, y toda correspondencia con el ser humano se desdibujaba ¿Cuál podría ser la manifestación que le seguía? ¿Cuál era esa sintonía? Nataniel se descubrió hasta cierto punto fascinado por la expansión cáustica que sufría, su humanidad chillando como una gotita de agua que hierve sobre la sartén calcinante antes de evaporarse para siempre. Se notó seducido por aquella voz que le susurraba, fingiendo desde hace tanto tiempo en el fondo de su mente, por fin sacándose la máscara para revelarse como la cosa que era, infiltrada en ese ínfimo espacio entre acá y arriba ¿Sería que se introdujo subrepticiamente en algún momento de su vida, o se trataba de una fisura propia del alma humana que era ocupada desde tiempos arcaicos, incluso siquiera en el tiempo más allá del tiempo, o algo integral de la esencia humana?
Explorando la fisura, el espacio que como el abismo del dodecaedro se extendía más allá de incluso el ojo de la mente, entendió algo que no le pudo comunicar jamás al mundo, una advertencia fundamental para comprender lo que sucedió en el Apagón del 2030. Soltó lágrimas sabiendo que no podría nunca llegar a decirlo. Esa verdad, junto a él, se disipaba en el caos oculto de la oscura recámara. Con los fuegos consumidos, el farol Telerman apenas revelando algo inescrutable a lo que correspondía a sí mismo, se lanzó contra la losa de la entrada e inteligió que algo de corporalidad aún tenía. Las limitaciones entre él y el espacio eran elusivas, pero actuó a través de su voluntad restante, la que aún le obedecía, para cambiar la secuencia de las ranuras. La doceava cara del dodecaedro, la puerta, respondía a la configuración: ocho símbolos eran humanos, cuatro no. La idea de lo que es humano se expandía, y en el caos el significado de ello se diluía. Lloró, pues el sentido era el amor de su vida. En la vasta expansión constante, todas las cosas deben venir. Por eso cerró la configuración arcana, provisto del nuevo conocimiento reptante, y selló tras de sí la losa y el camino. Rezó, bajo la consciencia de que los Oyentes estaban escuchando, que ese camino fuera oculto para siempre. Giró la perilla del farol Telerman, su azul fuego exterminado, y respiró hondo frente al Sello del Caos que se ceñía sobre él. Cerró los ojos pues quiso ignorar aquello que lo contenía, la Cosa que Fingía y que había surgido del abismo ¿Habría salido del agujero, o de la oscuridad de su mente? Le parecían uno. Esas definiciones ya eran irrelevantes.
Nataniel nunca lo supo, pero tres días más tarde las autoridades de San Martín de los Andes lanzaron una breve búsqueda tras su ausencia prolongada, incitada por el personal del Hotel Arrayán. Siguieron las indicaciones del taxista y, adentrándose cautelosamente en el cenit del día, revisaron rápidamente el bosque. Descubrieron un enorme tronco ahuecado que podría haber servido de refugio para el desaparecido si se hubiera extraviado, pero bajo él no hallaron más que un río de lodo que alcanzaba la superficie, abarrotada de plantas espinosas. Bajo la necesidad de abandonar rápidamente aquella región del bosque, las autoridades determinaron que el turista era un delirante que había viajado hasta allí para suicidarse. Después de todo, nadie podría haber sobrevivido a la tormenta en aquel maldito bosque.
Pero de haber cavado, de haber reparado en la reciente inundación del ahora oculto túnel…
¿Qué habrían encontrado?