Capítulo 1
"En toda mi vida fui incapaz de quedarme quieto, pero esta vez... siento que mi cuerpo está cerca del colapso.
Japón me curó de mis heridas.
El profesor dijo que encontraría respuestas en mi cuaderno.
Si tan solo las hojas estuvieran en blanco".
Sobre la fría mesa, Esteban estaba sentado junto a su cuaderno arrumbado.
No paraba de pensar.
Nada encajaba.
—Esteban, Esteban, ¡ESTEBAN!
Esas palabras le hicieron volver.
—Tranquilo, Esteban. Si sigues así, te va a dar algo.
—No es nada… solo trato de no abrumarme.
Profesor... ¿cree que pueda ayudarme?
—…Bueno.
—Tienes una gran cualidad.
Nunca había visto a alguien entender a las personas con tanta precisión como tú.
Ni siquiera entre los mejores psicólogos.
Dime, Esteban: ¿dominas tu obsesión?
Si pierdes el control… puede salir mal.
—Debe estar bromeando, profesor.
¿En qué me va a ayudar saber eso con mi problema?
—Si no sabes lo que tienes, solo estás dando vueltas en círculo.
Cuando salió, ya era tarde.
Solo caminaba sin notar a las personas.
—Esas palabras.
"¿Dominas tu obsesión?"
—Nunca me he puesto límites.
Hasta que encontró una respuesta.
Entre una multitud de estudiantes,
Esteban buscaba su nombre en una extensa lista de aceptados.
Sintió más miedo que emoción.
—En mi mente, esta idea era la mejor —reprochó.
Cada segundo que pasaba sin ver su nombre, su felicidad aumentaba.
El hecho de buscar un nuevo departamento, conocer personas y horarios.
Hacer las cosas antes de pensarlas bien no es su estilo.
Hasta que vio su nombre.
—¿México?
El simple nombre le revolvió el estómago.
Años desde que prometió no volver.
Japón era silencioso. México estaba lleno de ruido, calor y recuerdos.
Una semana después, el calor y el tráfico no le dieron tregua en su llegada.
Las calles en donde se crio
le hacían recordar muchas cosas que había jurado olvidar.
Hasta que recordó
que un hospital lo estaba esperando.
El primer día no fue como lo imaginaba.
No hubo bienvenida.
Solo papeleo y mucha indiferencia.
Al terminar su jornada,
no pudo dejar de pensar.
Escribió en un pequeño cuaderno
que compró.
No le gustaba escribir.
Pero tampoco morirse de los nervios.
"Bitácora de avances — Dios mío... esto será difícil. Mi primer día aquí y ya me quiero ir. No puedo soportar este cuarto caluroso".
Su concentración se interrumpió por un par de toques sutiles detrás de la puerta.
—¿Se puede?
La puerta se abrió sin más.
Un hombre de traje oscuro, con el cabello peinado hacia atrás y una mirada que no parecía mirar nada en particular, entró sin esperar respuesta.
—¿Se le ofrece algo, doctor? —replicó Esteban, enderezándose en la silla rápidamente.
—Quieres trabajar en otra área.
Responde rápido.
—¿Más trabajo? ¿Cuál es el truco?
—¡Aceptas o no!
—Supongo que cualquier cosa es mejor que esta pila de papeles interminables y esta silla vieja.
—Muy bien, ven conmigo, te explicaré lo que harás en el camino.
—Será un trabajo sencillo con tus capacidades.
Esas palabras le hacían ruido.
Nunca se había arrepentido de tomar una decisión tan rápido.
Bastaron cinco minutos para estar dentro, sentado en un consultorio, esperando a su primer paciente.
La puerta se abrió sin más.








