Capítulo 1: Contra nos
Contra nosotros
El canto de las aves dio los buenos días a la sencilla cabaña que se ocultaba en el bosque.
Nene, una mestiza con orejas de conejo, piel plateada y cabellos blancos, se asomó a la ventana de la humilde habitación con vistas de la granja, contemplando el amanecer mientras pensaba qué hacer durante el día.
Bajando las escaleras comenzó a planear cómo sorprender a su madre y a su hermana, porque quería aliviar la tensión que se respiraba en el ambiente, ya que desde hacía meses su padre había salido para comerciar todavía no había vuelto.
Muchas noches Nene había visto a su madre despierta, esperando frente a la ventana con la esperanza de encontrarlo de vuelta. Pero siempre acababa yéndose a dormir igual de triste.
Con el paso de los meses, las ojeras comenzaron a marcar el rostro de Aila, y el brillo de sus ojos se fue apagando.
Esta vez quería conseguir que su madre sonriera, aunque solo fuera por un momento. Así que cruzó frente a la habitación de su madre de puntillas procurando no hacer ruido, y salió al jardín a paso rápido.
Lo primero que hizo fue regar las plantas de la fachada, y luego arrancó las malas hierbas que crecían debajo de las baldosas. Entonces, mientras observaba las flores balancearse con el viento, se le ocurrió llevarle un ramo a su madre.
La mestiza se alejó hacia las profundidades del bosque, inspeccionando los arbustos y las ramas de los árboles en busca de las flores que más le gustaban a su madre.
Al llegar a la cima de una cumbre, había formado un ramo entre sus manos, pero antes de marcharse, le llamaron la atención unas relucientes flores azules de pétalos entrecruzados que crecían en unas rocas más elevadas.
Emocionada, Nene trepó entre las piedras, apoyándose con cuidado para no resbalar hasta llegar junto a ellas, y comenzó a añadirlas al ramo.
Casi al terminar su trabajo, oyó el relinche de unos caballos en las montañas y se detuvo a observar el bosque con curiosidad, para descubrir la procedencia del sonido.
Ensimismada, volvió a descender, preguntándose quién podría cabalgar en las profundidades de los bosques.
Tan distraída estaba, que no se había dado cuenta de que una presencia se había acercado a su espalda.
Cuando la figura puso una mano sobre su hombro, Le arrancó un grito del susto, pero otra mano le cubrió la boca al instante.
— Te has alejado mucho Nene. — Susurró sobre su oreja.
» Recuerda que todavía vivimos en la tierra de los humanos, Eglorn no es nuestro hogar, no puedes ir por ahí libremente o harás que nos encuentren.
Nene se separó de su hermana, y le lanzó una mirada molesta. A diferencia de ella, los cabellos de Yuri eran oscuros y desordenados, y sus ojos azulados eran tan afilados que endurecían la palidez de su rostro.
— Se cuidar perfectamente de mi misma. — Reprochó presionando el ramo contra su pecho.
— No, no lo sabes, Aila me ha puesto a cargo de cuidarte desde lo de la trampa de los humanos. — Dijo.
»Tienes suerte de que llegué primero, porque seguí tu rastro y llegué a tiempo para sacarte de allí. — Señaló apuntando su rostro con el dedo acusador.
— Estás exagerando. — Protestó Nene.
Yuri frunció el ceño y clavó la mirada sobre ella, claramente molesta.
— ¿Llamas exagerar a las dos semanas que tuvimos que pasar escondidas en casa?
— Por favor, Yuri, ya te dije una y mil veces que los humanos podrían haber pensado que allí cayó cualquier otro animal. — Se defendió Nene cruzándose de brazos.
» ¡Incluso pudo haber sido un corrupto! Siempre han habido corruptos por el bosque, el otro día vi a un Korokroko.
— ¡No seas estúpida!—Exclamó Yuri. —Esa trampa está hecha específicamente para los mestizos, si te hubieras parado a estudiar su mecanismo como lo hice yo, no dirías todas esas tonterías. — Indicó.
— Ya empiezas otra vez con tus sermones.
Yuri movió sus orejas de conejo, y levantó una mano con rabia, pero se detuvo unos segundos mirando el ramo entre los brazos de Nene, finalmente apartó la mirada con frustración.
— Es verdad, mejor vámonos a casa antes de que pierda la paciencia.
Cuando las dos mestizas llegaron a su pequeña cabaña, Aila se encontraba despierta, recortando las ramas secas de un pequeño árbol junto al jardín.
Sus cabellos blancos estaban recogidos en un moño, con solo unas pocas greñas rebeldes se deslizaban hasta su cintura. Y unas orejas de conejo que sujetaban el cordón de unas grandes gafas redondas que enmarcaban la dulzura de su mirada, y cuando vio llegar a sus hijas, su rostro se iluminó de alegría.
— Mamáaaa. —Exclamó Nene corriendo hacia ella para abrazarla y entregarle las flores.
— Oh, qué lindo. — Observó Aila mientras recibía a Nene entre sus brazos y tomaba el ramo.
» ¿Te has levantado temprano hoy, verdad? He visto las macetas regadas. —Dijo risueña deslizando una mano sobre su cabeza.
» Buen trabajo, querida. — Añadió jugando con sus orejas.
— ¡Sí! Y también traje las flores favoritas de la vaca. —Señaló mientras el mugido del animal resonaba desde el establo como si supiera que estaban hablando de él.
Yuri llegó caminando detrás de ella, cruzándose se brazos al detenerse, y comenzó a limpiarse el barro de sus botas contra la hierba.
— ¡Voy a darle de comer! — Exclamó Nene, antes de darle un beso rápido a su madre.
Luego agarró el cubo de madera que había junto al árbol y echó a correr hacia el establo, pero su marcha era tan rápida y distraída que tropezó con unas de las raíces que se sobresalían entre la hierba.
— ¡Estoy bien! — Dijo levantándose de un salto.
Yuri observó con el ceño fruncido como Nene recogía el cubo apresuradamente, como si aquella caída no hubiera sido nada.
Aila, en cambio, se acercó en silencio hasta ella. Sin decir una sola palabra, le apartó con cuidado algunas briznas de hierba del cabello negro, y comenzó a acariciarle la cabeza con suavidad.
— Esta niña es demasiado torpe. — Murmuró Yuri con desagrado.
— Oyeee, que te he oído. — Saltó Nene desde lejos.
Una pequeña sonrisa apareció en el cansado rostro de Aila mientras veía a Nene correr de un lado a otro con aquella energía despreocupada.
— Tienes que tener paciencia con tu hermana, ella siempre ha sido muy espontánea. — Murmuró con dulzura.
— Ya que papá no ha vuelto, Mañana tendré que volver a buscar comida en el bosque. — Indicó Yuri mientras se frotaba las manos.
Durante unos segundos permaneció en silencio, evitando la mirada de su madre.
—... ¿Sabes algo de él?—Inquirió.
— Llevamos mucho tiempo sin ninguna noticia, pero seguro que regresará, solo hay que seguir esperándolo. — Murmuró
Después, Aila entró en la casa y colocó las flores en un pequeño recipiente de madera lleno de agua, dejándolo sobre la humilde mesa del salón.
La mestiza sonrió mientras recorría con las yemas de los dedos el viejo grabado de flores y hadas que Nene había tallado años atrás.
— Quizás hasta lo encuentren los otros mestizos del bosque. — Dijo girándose hacia Yuri.
» De vez en cuando se acercan a hablar sobre la guerra, dicen que hay nuevas resistencias contra los humanos. — Dijo mientras que sus ojos terminaron desviándose hacia la ventana.
— Los humanos están cada vez más cerca. — Dijo Yuri apoyando una mano sobre la mesa. — Desde que empezaron a cazar corruptos, ya no le tienen miedo al bosque. Cada vez se adentran más.
» Hoy oímos caballos cerca de la colina. Nunca había visto a nadie pasar por ahí. — Reveló.
Aila permaneció unos segundos en silencio, como si intentara buscar una explicación menos preocupante. Pero al no saber qué decir, se quitó las gafas con un leve suspiro, limpiando los cristales contra la tela de su vestido.
— Sé que esto es difícil. — Insistió Yuri. — Pero deberíamos irnos de aquí cuanto antes, cada vez es más arriesgado vivir en el bosque.
— ¡Mamá! ¡Mira cuánta leche ha dado La Vaca! — Exclamó Nene entrando de golpe por la puerta.
Yuri dio un pequeño respingo al escuchar el portazo, frunciendo el ceño con molestia al verla aparecer de aquella manera.
Aila, en cambio, no pudo evitar sonreír levemente ante el entusiasmo de su hija, como si aquella energía despreocupada consiguiera alejar durante unos segundos todas las preocupaciones.
— Sabía que darle esas flores le iban encantar. —Añadió Nene con júbilo mientras dejaba el cubo, lleno a rebosar de leche sobre la mesa.
Aila levantó la mirada a Yuri, que por unos segundos intercambió la mirada con ella, y decidió cambiar de tema.
— ¡Estupendo! Vamos a cuidar el huerto, y después os prepararé una deliciosa comida. — Dijo dedicándole una sonrisa a Nene, que comenzó a celebrarlo al instante.
Mientras tanto, Yuri se detuvo a beber un poco de la leche del cubo.
— Vamos, Yuri. Coge la pala y ven a echarnos una mano. — Murmuró Aila mientras salía de la cabaña junto a Nene.
Yuri permaneció inmóvil unos segundos, limpiándose los labios mientras observaba cómo ambas se alejaban entre risas hacia el exterior de jardín.
Finalmente dejó escapar un suspiro resignado, agarró la pala apoyada junto a la pared y terminó siguiéndolas.
. . . . . . .
Cuando ya era de noche, Nene y Yuri ayudaban a hacer las tareas de la casa.
Las dos hermanas pasaban esponjas humedecidas sobre los escalones de madera, mientras Aila preparaba una sopa de verduras con lo recogido del huerto.
A diferencia de Yuri, que limpiaba los escalones de forma mecánica, Nene parecía mucho más distraída, entreteniéndose con las burbujas que flotaban sobre ella, y el agua que resbalaba entre los huecos de la madera.
— Oye Yuri, ¿alguna vez has llegado a ver a algún humano? — Preguntó con voz curiosa conforme escurría su esponja en el cubo.
Aquella pregunta hizo que Yuri levantara la vista desde unos peldaños más arriba, observando a su hermana como si ni siquiera le importaba el asunto.
— No.
— ¡Oh, vamos! Sé que estás mintiendo. Tú te has adentrado al bosque más veces que nosotras.
— Lo haría menos si no te perdieras tanto. — Espetó Yuri sin apartar la vista de los escalones.
— ¡Eso es jugar sucio! — Exclamó Nene levantándose de golpe.
Luego, entornando la mirada, la mestiza bajó la voz para que solo Yuri pudiera escucharle.
»Venga va, no se lo diré a mamá.
— Aunque lo supiera, ¿para qué demonios quieres saberlo? — Reprochó Yuri con cansancio.
— Papá nos hablaba mucho de los humanos ¡decía que son unos monstruos que si nos atrapan nos cortaran las orejas!
— Eso era solo un cuento— Objetó Yuri
— Ya, nunca me creí sus historias — Dijo Nene riendo mientras comenzaba a subir las escaleras.
» Por eso quiero saber la realidad ¿Los viste? anda cuentalooo.
Yuri continuó limpiando los escalones sin responder, apretando cada vez más la esponja entre sus manos mientras intentaba ignorarla.
— Venga, Yuri... — Insistió Nene subiendo las escaleras para tirar de su brazo con impaciencia.
Del tirón, a Yuri se le resbaló de las manos la esponja, y cayó rebotando por varios escalones. Con la paciencia agotada y el estrés acumulado, se giró bruscamente hacia su hermana, quitándosela de encima de un manotazo.
— ¡Me tienes harta, cállate!
El grito sorprendió tanto a Nene que terminó resbalando hacia atrás con un chillido que resonó por toda la casa.
Durante unos segundos, el tiempo pareció ralentizarse para Yuri mientras veía a su hermana caer escaleras abajo.
Y entonces, como un relámpago, el recuerdo de un niño mestizo envuelto en llamas precipitándose al vacío de un acantilado cruzó su mente.
Aila salió corriendo de la cocina y, al ver a Nene tendida en el suelo, se acercó alarmada hasta ella.
— Que Suneuss se apiade ¿Estas bien? ¿Dónde te has hecho daño? — Preguntó temerosa.
— Tranquila mama, estoy bien. — Indicó Nene frotándose la espalda.
Yuri permaneció inmóvil, observando a su madre ayudar a Nene. Pero su mente ya estaba en otra parte, atrapada en unos recuerdos que parecían haberla congelado.
. . . . . . .
A la mañana siguiente Yuri se levantó de la cama dando un suspiro, y con una mirada ensombrecida vio desde la ventana como su hermana salía corriendo a la granja para dar de comer a la vaca.
— ¡Yuri! baja a desayunar. — Se escuchó la voz de Aila desde la planta inferior.
Cuando la mestiza bajó al salón, encontró un tazón de leche y un huevo frito con verduras servidos sobre la mesa.
El aroma de la comida le despertó el apetito, y sin perder tiempo, se sentó frente a la mesa para ponerse a comer.
— Recuerda tener más cuidado de tu hermana. — Pidió su madre con conforme le acercaba un vaso de agua.
— Nene tiene solo dos años menos que yo. — Protestó Yuri después de tragar un bocado. — Yo no tendría que hacer de su niñera.
— Ella depende de ti más de lo que crees. — Dijo Aila bajando la mirada hacia la mesa.
» Por favor, hazlo por mí y tu padre Joan.
Aquello hizo que Yuri dejara una cuchara sobre la mesa.
Aila miró algo nerviosa a su hija, bajando todavía más la mirada mientras jugueteaba con las flores del jarrón.
— De acuerdo.
La madre mestiza abrió ligeramente más los ojos, sorprendida por la calma con la que Yuri había reaccionado.
— No voy a dejar que os pase nada a ninguna de las dos. — Murmuró Yuri.
Las palabras de su hija hicieron que una pequeña sonrisa apareciera en el cansado rostro de Aila, y durante unos segundos permaneció observándola en silencio, como si aquella promesa hubiera conseguido aliviar parte del miedo que llevaba acumulando durante meses.
— Entonces tendrás que ayudarme también con el huerto después de comer. — Bromeó intentando aligerar el ambiente.
Yuri le devolvió la sonrisa antes de terminar el último bocado, como si por un instante también quisiera creer en sus palabras.
— Voy detrás de tí. — Dijo
— ¡Los humanos Vienen hacia aquí! —Gritó una voz desde el huerto.
Como si aquella voz hubiera activado una alarma dentro de ella, Yuri se levantó echando hacia atrás la silla, y se asomó apresuradamente en el marco de la puerta para ver el exterior.
Con el corazón encogido, vio a varios mestizos corriendo cerca de la granja, huyendo desesperadamente para esconderse en las profundidades del bosque.
Al comprender el peligro que se aproximaba, volvió junto a Aila para agarrar su mano y tiró de ella hacia el jardín mientras observaba con urgencia su alrededor.
— Nene está en el establo, tenemos que sacarla de allí.
— Oh no, ojalá esté bien — Dijo Aila con voz temblorosa.
Mientras caminaban hacia el huerto, Yuri escuchó un extraño tañido de campanas, y después de un largo silencio, aparecieron entre los árboles varios caballos a galope que levantaron las hojas en el aire.
Los mestizos que no se habían alejado lo suficiente apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Uno de los jinetes embistió a un mestizo contra el suelo mientras otro levantaba una lanza cubierta de sangre. Los gritos comenzaron a mezclarse con el sonido de los caballos y el choque del metal, armando caos a su alrededor.
— ¡Démonos prisa! —Exclamó Yuri.
Pero al girarse hacia su madre, vio que apenas se movía, incapaz de no apartar la mirada del escenario sangriento.
Yuri sintió cómo el pánico subía por su pecho, y casi la arrastró detrás de ella al comenzar a correr.
» ¡Vámonos!
Mientras corrían a través del huerto, uno de los caballeros saltó de entre los árboles para lanzarse frente a ellas.
El jinete levantó la espada por encima de su cabeza y lanzó un tajo brutal en su dirección.
Por puro reflejo, Yuri agarró a su madre y se lanzó al suelo junto a ella, logrando que el filo de la gran espada silbara sobre sus cabezas.
Rápidamente Yuri recobró la compostura y levantó a su madre para seguir corriendo en dirección al establo y eludir al caballero, quién se había centrado ahora en perseguir a otro mestizo que trataba de escapar.
Cuando las mestizas llegaron al establo, y Yuri abrió la puerta, la Vaca salió bruscamente mugiendo con desesperación antes de perderse entre el caos.
Yuri apenas tuvo tiempo de seguirla con la mirada antes de cerrar la puerta detrás de ella, y caminó junto a su madre para esconderse detrás de varias pilas de heno para recuperar el aliento.
Segundos después, el sonido de los caballos y el metal comenzaron a rodear la cabaña, y las mestizas se quedaron en silencio un momento.
— ¿Qué sucede? — Preguntó Nene con voz temblorosa desde otra de las pilas. — ¿Son los humanos? — Añadió temerosa.
Yuri cerró los ojos un segundo, intentando ordenar sus pensamientos mientras el estruendo de los caballos seguía resonando fuera del establo.
— Sí... Son humanos. — Murmuró finalmente.
» Escuchadme. Tenemos que llegar hasta el caballo y salir de aquí antes de que entren al establo.
— Bueno... Sobre Furia... — Murmuró Nene apartando la mirada.
Yuri frunció el ceño al instante.
— ¿Dónde está? — Preguntó rápidamente.
Pero Nene no respondió. Permaneció inmóvil bajo el heno, con el rostro pálido mientras el ruido del pánico seguía resonando fuera.
El miedo terminó de romper la poca calma que le quedaba a Yuri, y acercándose a ella la levantó agarrándola de los hombros.
» ¡Dimelo YA! — Ordenó.
— ¡Está dentro del corral¡
— ¿Qué diablos hace ahí?
— Solo quería darle un paseo.
— Mierda.
Rápidamente Yuri tiró de su hermana y hizo una seña para que su madre la siguiera, y las tres mestizas salieron a escondidas del establo por una puerta trasera.
— Vayamos Despacio, no queremos llamarles la atención. — Ordenó Yuri sabiendo que no habría otra oportunidad de escapar.
El tiempo pasaba muy deprisa cuando llegaron al corral y se ocultaron en unos matorrales para esquivar a unos caballeros que perseguían a otros mestizos,
Al reanudar la marcha, Yuri abrió la puerta del edificio y las tres mestizas entraron de golpe.
En su interior vieron el heno revuelto, y al caballo relinchando junto a las gallinas que revoloteaban y saltaban cacareando de un lado a otro.
Aila se acercó despacio hasta él, acariciándole el cuello con suavidad mientras intentaba calmarlo.
— Shhh, tranquilo.
Cuando el animal dejó de patalear, Yuri se adelantó para abrir el portón del corral, encontrándose con el brillo anaranjado de las llamas que rodeaban la cabaña.
Aila vio aquel escenario al girarse, y sintió un golpe en el pecho, sujetándose al caballo para no caerse cuando una explosión cercana la desequilibró del susto.
Aquello no solo significaba que se quedaban sin casa, pensó en mitad de su perplejidad, sino también que habían perdido la última oportunidad de encontrarse con Joan.
Una ráfaga de pensamientos sacudió la mente de Aila hasta que escuchó a a Nene llorando, y al girarse hacia ella, la vio junto a ella agarrando su vestido.
— ¡Aila! — Exclamó Yuri desde la entrada del establo.
Dejando atrás sus temores, la mestiza ayudó a que Nene subiera al caballo y luego se montó ella, tomando sus riendas para avanzar hacia la salida del corral.
— Sube al caballo Yuri. — Pidió.
Yuri echó un último vistazo hacia el exterior, y acercándose al caballo se montó detrás de Nene.
Aila finalmente armándose de valor, agarró con firmeza las riendas del caballo y golpeó su lomo con los talones, haciendo que el animal se encabritara y corriera hacia el exterior.
— ¡Corre Furia! — Exclamó Aila.
El caballo empezó a trotar por el jardín mientras Aila intentaba esquivar a los caballeros que rodeaban la cabaña incendiada.
— ¡Matadlas! ¡No dejéis que escapen! — Exclamó uno de los humanos.
Los gritos y el sonido de los virotes silbando detrás de ellas resonaban cada vez más cerca cuando el animal terminó saltando la valla que separaba la granja del bosque.
Durante unos segundos, Yuri llegó a pensar que lo habían conseguido.
Pero entonces un proyectil atravesó el hombro de Aila, y su grito de dolor resonó justo cuando desaparecían entre los árboles.
. . . . . . .
Durante el trayecto, los restos de ceniza de la cabaña incendiada fueron convirtiéndose en copos de nieve que descendían lentamente, cubriendo de blanco el paisaje desolado de los páramos.
A su alrededor solo se escuchaba el murmullo de la marea chocando violentamente contra las rocas del acantilado donde subían.
El caballo resoplaba con pesadez tras el largo viaje, avanzando cada vez más lento sobre la nieve húmeda. Sus cascos se hundían en el suelo blanquecino mientras el viento helado azotaba aquel paraje desconocido.
Al llegar cerca del precipicio, Aila tiró suavemente de las riendas y lo hizo detenerse, permitiéndole recuperar el aliento entre densas bocanadas de vapor.
— ¿Está... nevando? — Murmuró Yuri mientras miraba a su alrededor.
— ¿Qué te sorprende? — Inquirió Aila retirándose la nieve de encima de la cabeza.
— Estamos en una estación cálida, no debería ni de hacer frío. — Observó Yuri entornando la mirada.
Nene soltó un resoplido incómodo y se abrazó a la espalda de Aila para protegerse del viento.
— ¿De verdad os estáis fijando en eso ahora? — Protestó mirando el acantilado y los páramos cubiertos de blanco. — Este sitio da miedo... No quiero estar aquí.
— Tranquila Nene, pronto estaremos a salvo. — Indicó Aila
El caballo reanudó la marcha lentamente entre la nieve, avanzando por los estrechos senderos de roca mientras el viento golpeaba sus ropas.
Yuri observaba el camino con atención, hasta que al alzar la vista distinguió otro abrupto risco oculto entre la niebla.
— ¡Para! — Exclamó mientras tiraba de las riendas del caballo para detener la marcha del animal antes de que se hundiera por el agujero.
» Mirad por dónde vamos. — Indicó presionando el cuero de los mandos entre sus puños. — Vamos a terminar cayendo al mar.
Cuando se quedó en silencio, notó como el aspecto de su madre se había deteriorado, con una respiración pesada y unas manos que apenas sujetaban las riendas entre los dedos entumecidos por el frío.
Tras dudar un instante, Yuri bajó del caballo, hundiendo los zapatos en la nieve. Luego se acercó hasta la cabeza del animal y tomó las riendas entre sus manos.
— Déjame a mí. — Murmuró. — Descansa un poco.
— Ten cuidado. — Le pidió Nene.
Sin nada más que decir, comenzó a andar, guiando al caballo entre los riscos nevados.
Mientras avanzaban, el estruendo de un rayo iluminó el cielo del atardecer, haciendo que el caballo resoplara con nerviosismo y agitara la cabeza.
Entre la tormenta, las mestizas pudieron distinguir la silueta de un castillo en ruinas que se alzaba entre la nieve.
— ¿Deberíamos acercarnos? — Preguntó Aila
— No tenemos muchas opciones. — Murmuró Yuri sin apartar la vista del camino. — Si la tormenta empeora, acabaremos congeladas aquí fuera.
Las mestizas terminaron dirigiéndose hacia las ruinas esperando encontrar refugio. Sin embargo, los rugidos de la tormenta y los destellos de los rayos acabaron alterando al caballo, que comenzó a agitarse y relinchar con nerviosismo a pesar de los intentos de Yuri por contenerlo tirando de las riendas.
— ¡Nos va a tirar!— Exclamó Nene mientras miraba con miedo el precipicio que estaba peligrosamente cerca de ellas.
Pero una vez más los chispazos de la tormenta asustaron al animal, que terminó encabritándose bruscamente. Haciendo que Yuri perdiera el agarre de las riendas cuando se alzó sobre sus patas traseras y las mestizas cayeron sobre la nieve antes de que el animal huyera desesperadamente, perdiéndose entre la tormenta.
— Rápido, vamos a refugiarnos. — Dijo Yuri mientras ayudaba a Nene ponerse en pie.
Cuando fue a ayudar a su madre, se percató de que le había manchado la mano de sangre, y descubrió el virote clavado en el hombro.
— Estás herida. — Observó.
— Estoy bien. — Dijo su madre para intentar calmarla.
— Ay, no puede ser. — Exclamó Nene, caminando de un lado a otro con nerviosismo.
Yuri se quedó paralizada unos segundos al ver la sangre extendiéndose alrededor del virote.
El miedo le atenazó el pecho mientras intentaba pensar qué hacer.
Finalmente, reaccionó arrancándose un fragmento de la camisa y lo ató alrededor del hombro de Aila para inmovilizar el virote y contener la hemorragia.
— Aguanta por favor, madre. — Dijo mientras la ayudaba a incorporarse.
A pesar de la tensión y el frío que entumecía sus cuerpos, las tres mestizas avanzaron hasta las ruinas para guarecerse de la tormenta.
Al entrar, se encontraron con una sala semiderruida rodeada de pilares cubiertos de escarcha, y el suelo de piedra colmado de nieve y fragmentos desprendidos del techo.
— ¿Qué vamos a hacer? — Preguntó Nene mientras buscaba el calor entre su hermana y su madre.
—Procuremos sobrevivir. — Respondió Yuri, recogiéndola en un abrazo.
» Esperaremos a que el temporal se calme.
. . . . . . .
La pequeña casa del bosque ardía bajo unas columnas de humo que se alzaban hacia el cielo como si quisieran advertir de la desgracia que acababa de ocurrir.
En mitad de un profundo silencio, varias figuras envueltas en sotanas blancas se habían reunido alrededor de una pila de cadáveres para rezar por ellos.
— Que Beneduss se apiade de vuestras almas. — Oró una de las figuras mientras el color rojizo de las llamas iluminaba su máscara plateada de facciones humanas.
El enmascarado iba vestido por una armadura desgastada y un amplio sombrero ocultaba parte de su rostro.
— Capellán Kenar , no logramos alcanzar a las mestizas que huyeron a caballo.— Comunicó uno de los jinetes de la caballería mientras salía de la espesura del bosque.
» Les seguimos hasta los páramos pero, tuvimos que retroceder cuando llegaron al territorio de los Yutrox.
— No te preocupes. — Respondió el caballero mientras bendecía al soldado con un gesto de la mano.
» Dejaremos que la providencia se ocupe por nosotros de esos corruptos.
— ¿Qué he hecho? — Habló la voz de un encapuchado un poco más alto que el resto de los caballeros con los que había venido.
» ¿A qué costo he salvado mi vida?
» Tenía la esperanza de que mi familia escaparía a tiempo... — Musitó mientras observaba atónito el foso lleno de cadáveres de los mestizos que los caballeros habían cavado en mitad de la granja.
Aquella visión terminó de derrumbar su esperanza.
La tristeza lo colmó hasta hacer que las lágrimas saltaran de sus ojos, mientras el resentimiento y la culpa comenzaban a devorarlo por dentro.
— Tranquilo granjero — Añadió de sopetón Kenar mientras se acercaba detrás de él y le obligaba a arrodillarse de una patada detrás de la rodilla.
» Enseguida te unirás a ellos. — Sentenció quitándole la capucha para agarrarle de las orejas de conejo.
— ¡Espera! he oído hablar de un grupo mestizo conocido como la Resistencia de Briateno. — Gritó.
» Puedo decirte donde se esconden.
El humano se puso a su nivel mirándole muy cerca a la cara mientras sacaba un puñal de su cinto y ponía la hoja cerca del mentón.
— Debes de ser el mestizo más estúpido que me he topado hasta ahora, realmente estas dispuesto a sacrificar las vidas de los de tu raza para conservar tu pellejo. Pobre desgraciado. — Indicó apartando el filo.
» Más te vale no estarme mintiendo, o te descuartizaré a pedazos.
Aquello congeló la sangre del mestizo y asintió torpemente, viendo con temor como el humano comenzó a reírse entre dientes, pero se sorprendió cuando lo pateó arrojándolo contra el suelo.
— Llévenselo encadenado — Exclamó Kenar volviendo a su montura.
» Tenemos que hacer una visita.
LEUKSNA
Cuando el horizonte comenzó a rayarse por las luces del sol, la mañana cubrió el paisaje de los páramos, el viento aullaba en compañía del sonido de la marea que chocaba contra las rocas de forma insistente. Yuri despertó por el sonido que provocaba la fuerza del viento sobre una bandera con el dibujo rasgado de una serpiente enroscada, su zarandeo en lo alto de la torre era la última memoria que quedaba en aquella fortaleza semiderruida.
Cuando Yuri se levantó sus músculos entumecidos delataban que apenas había descansado y estaba completamente helada.
— Nene, Aila, vamos a despertar. — Les pidió y comenzó a sacudirles.
» Si no nos movemos acabaremos muriendo congeladas aquí.
Nene abrió los ojos con unas ojeras muy marcadas , pero no tardó en reaccionar y se levantó del suelo enseguida, cuando esperaron a que su madre se levantara, ambas vieron como tenía el rostro más pálido de lo habitual.
— Vamos madre, tienes que levantarte. — Le pidió Yuri con el temor de haberla perdido para siempre.
» Nene, ayúdame a levantarla. — Ordenó a su hermana, y ambas mestizas sostuvieron a su madre sobre los hombros para levantarla, provocando que esta abriera los ojos fatigados.
— Ya amaneció. — Murmuró Aila conforme comenzaba a caminar junto a ellas.
— Busquemos el sol para entrar en calor. — Dijo Yuri dirigiéndola hacia uno de los boquetes de la pared por donde la luz del sol entraba junto con algunos fragmentos de nieve arrastrados por el viento.
— ¿Ahora qué? — Preguntó Nene mientras miraba el escenario blanco que se abría frente a ellas.
» ¿Cómo vamos a salir de aquí junto a mamá?
Yuri echó una ojeada al interior de las ruinas y dejando a Nene cargando con Aila, se dio una vuelta por los rincones que todavía no estaban destruidos.
— Primero buscaremos lo que podemos coger por aquí.—Dijo con semblante concentrado hasta que encontró bajo un montón de escombros una espada ligera con el filo desgastado.
— A no, eso sí que no, no vamos a luchar. — Negó rotundamente Nene mientras miraba con desagrado el arma.
— Nos persigue un grupo de locos que como mínimo quiere vernos colgadas en lo alto de un poste, nuestra madre necesita ayuda urgente y estamos en un lugar que no conocemos, no sé qué te esperas. — Replicó Yuri mientras inspeccionaba el estado del arma.
— Escúchame Yuri. — Insistió Nene.
» No podemos ponernos en peligro por absurdas peleas.
Aquello enfureció a Yuri y caminando hacia ella, se plantó frente a ella sosteniendo la espada.
— ¿Acaso no te vale la pena que siga defendiéndote a ti y a nuestra madre? — Le encaró.
» ¿Acaso crees que los mestizos que murieron intentando defenderse eran unos estúpidos? — Exclamó. — ¿Y qué sugieres entonces? ¿Vivir toda tu vida oculta como una rata en un agujero? ¿Eso es lo que quieres?
— Hazle caso. — Murmuró Aila apoyándose débilmente sobre el hombro de Nene.
» Ella ha estado cuidando de nosotras...
Nene desvió la mirada en silencio, bajando sus orejas con frustración mientras evitaba responderle.
De repente, un fuerte crugido resonó en algún lugar de las ruinas, haciendo que las tres mestizas se sobresaltaran.
Yuri apretó con fuerza la empuñadura de la espada, y observó a su alrededor.
— Quedaos aquí. — Ordenó mientras se dirigía silenciosamente hacia uno de los boquetes para echar un vistazo al exterior.
Cuando Yuri se asomó al exterior, un nuevo rugido la obligó a alzar la mirada hacia arriba.
De repente, vio como una bestia de enorme tamaño y aspecto de dragón se alzaba encima de ella, y por un momento sintió que se quedaba sin aliento.
La criatura la observaba desde lo alto de las ruinas con ojos brillantes, y unos mechones afilados como púas que parecían erizarse por la tensión.
— ¡Ahhh! — Exclamó Nene al descubrir a la criatura.
El monstruo rugió con furia y se lanzó desde la torre.
La nieve saltó por los aires cuando su enorme cuerpo aterrizó frente a las ruinas, haciendo temblar el suelo bajo los pies de las mestizas.
Yuri se apresuró en empujar a su madre y hermana hacia el interior de las ruinas para alejarse cuando la criatura se abalanzó sobre la entrada para atraparlas con una de sus garras.
Las tres mestizas retrocedieron mientras la estructura temblaba por los zarpazos de la bestia, advirtiendo por su tambaleo que en algún momento podría venirse abajo.
— Solo quiero que sepáis que siempre fuisteis mis niñas y os he querido muchísimo. — Murmuró Aila sujetándose sobre Nene con una voz quebrada.
— ¡Madre ahora no es el momento! — Gritó Yuri separándose de ellas mientras se aferraba a su espada.
— ¡Tenemos que hacer algo! — Exclamó Nene con desesperación mientras buscaba algún lugar para escapar.
— ¡Estoy pensando! — Replicó Yuri.
Tras unos segundos de tensión, golpes cesaron, dejando escuchar solo el sonido de la respiración agitada de las tres mestizas.
— ¡Arriba!—Exclamó Nene al percatarse de que la bestia había subido al techo.
De repente, la cabeza de la criatura atravesó uno de los boquetes entre una lluvia de nieve y piedras.
Yuri apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se lanzó al suelo por instinto cuando las enormes fauces pasaron sobre ella y se estrellaron contra las piedras de las paredes.
En ese momento vio muy de cerca a aquel monstruo, y el miedo helo su sangre por su apariencia aterradora.
Pero entonces la criatura desvió lentamente la mirada las otras mestizas olfateando el aire, atraída por el olor de la sangre que descendía del hombro herido de Aila.
Un gruñido grave escapó de su garganta mientras acercaba sus enormes fauces hacia ellas. Obligando a Nene a retroceder sujetando a su madre justo cuando la bestia se abalanzó hacia delante.
— ¡No las toques! — Exclamó Yuri
En ese instante se lanzó sobre su cuello escamoso para golpearlo con su espada, pero el filo se partió en dos junto al destello de las chispas que saltaron sobre su fuerte coraza.
Sin embargo el impacto fue lo suficientemente fuerte para enfurecer a la bestia, y esta sacudió violentamente la cabeza mientras intentaba alcanzar.
Entonces un fuerte crujido recorrió las ruinas. Y las piedras comenzaron a desprenderse del techo mientras la criatura intentaba no perder el equilibrio.
— ¡Corred! — Gritó Yuri al ver cómo la estructura empezaba a venirse abajo.
Nene sujetó a su madre y las tres mestizas echaron a correr entre los escombros justo cuando parte del techo colapsó con la bestia parcialmente debajo.
Una nube de nieve y polvo cubrió las ruinas mientras el monstruo rugía revolcándose bajo los escombros.
— Tenemos que irnos cuanto antes de aquí — Señaló Yuri mientras se deshacía de la empuñadura rota.
— ¿A dónde vamos? — Preguntó Nene mientras andaba.
— Lo más lejos que podamos.
Cuando terminaron de subir por el monte, una nueva tormenta de nieve se había desatado sobre los páramos. A pesar de la aparente calma, los rugidos de más bestias seguían resonando en la distancia, atraídas por el estruendo del derrumbe.
Yuri bajó la mirada preocupada, desviándola hacia el acantilado que se abría detrás de ellas.
— Si nos encontramos con otra de esas criaturas esta vez será imposible escapar. — Supuso por lo bajo. — Seguidme, y no hagáis ruido.
Las tres mestizas continuaron avanzando en silencio sobre la nieve que les cubría hasta las rodillas mientras el viento helado golpeaba sus rostros.
— No mires abajo Nene. — Advirtió Yuri al encontrarse con los restos del caballo convertidos en una maraña de carne.
Tras una larga caminata, alcanzaron una pendiente desde la que podían distinguir varias de aquellas bestias deambulando por los páramos entre la tormenta.
— No vamos a conseguirlo. —Se rindió Nene con la respiración entrecortada.
»Haber tenido que cargar a mamá me ha agotado y no podré escapar con ella si otra de aquellas bestias nos ven.
— Nene , debemos seguir avanzando igualmente, y deprisa, la vida de nuestra madre y la nuestra están en juego, no podemos rendirnos ahora.
Nene desvió la mirada hacia ella, y luego a su madre, contemplando su rostro pálido y lleno de sudor.
— Podéis dejarme atrás, lo que más me importa es que vosotras viváis. — Indicó Aila.
— Eso nunca, madre. —Negó Yuri, y la apartó de Nene para cargar con ella.
»Vamos, debemos seguir.
Continuaron avanzando a través del monte azotado por la tormenta nevada, ocultándose entre la nieve cuando alguna de esas bestias se aproximaba, y avanzando cuando escuchaban sus pisadas alejarse.
Sin embargo, al bordear una zona cercana al precipicio, una de sus pisadas provocó un desprendimiento de nieve que se precipitó por las rocas con un estruendo seco.
En ese momento se escucharon rugidos, y Varias de aquellas criaturas alzaron la cabeza en su dirección y comenzaron a moverse entre la tormenta.
— ¡Corre, corre con todas tus fuerzas! — Ordenó Yuri sujetando a su madre mientras echaba a correr junto a Nene.
Finalmente una de las bestias saltó delante de ellas, cortándoles el paso y su rugido hizo temblar el aire y romper la nieve.
— ¡Agachaos! — Exclamó una voz desconocida. En ese instante una lluvia de flechas relucientes se precipitó sobre las bestias y estallaron con fuego mágico al entrar en contacto con ellas.
Durante aquel tiempo de confusión, dos caballos galoparon hasta las mestizas, y sus jinetes las atraparon en mitad de la carrera antes de perderse en mitad de la tormenta de nieve y escapar de las bestias.